CONSOLAR,
cuando la dimensión social es inherente a un carisma
MARTA GARCÍA FERNANDEZ
En el contexto del s. XIX, un siglo de revoluciones, marcadas por la Revolución francesa, eclosiona el carisma consolar. Y, aunque en ocasiones, se ha confinado su identidad a una mera labor de suplencia, lo cierto es que santa María Rosa Molas y las primeras Hermanas de la Consolación llevan hasta las últimas consecuencias los valores de igualdad, fraternidad y libertad que con tanta demagogia y tan a la ligera, se abanderan desde otras instancias. Ellas son una tesela más del inceríble mosaico de una Iglesia-Samaritana cuyas riendas de caridad asumen en buena parte mujeres heróicas y audaces que fecundaron con su testimonio el s. XIX y no legaron entre otras cosas la inserción de la mujer en el ámbito público y laboral, su derecho a formación y con ello a contribuir a la construcción de la sociedad y de la Iglesia. Esta es su increíble historia.
La frase utilizada en el decreto de don Ramón Manero, vicario capitular de la diócesis de Tortosa, para validar y argumentar por qué la Congregación de hermanas de Nuestra Señora de la Consolación adopta ese nombre, se me antoja elocuente y de gran clarividencia. Además, la fuerza expresiva que contiene esa aserción y lo que evoca al escucharla le dota de un plus de significatividad para cualquier miembro de la Familia Consolación. Ya que nos bautizaron con ese nombre porque era en lo que se ejercitaban aquellas doce primeras hermanas en su día a día, en su minuto a minuto, entregando cada segundo de su existencia a esta misión. Ahora bien, si la dimensión social es congénita al carisma de consolar, se podría decir que ella también es innata a lo que de ordinario se ejercitaron las hermanas, ya que con el carisma fueron transformando poco a poco su entorno y contribuyeron al cambio de su sociedad desde el horizonte del Reino y desde los valores evangélicos. Se inculturaron, por tanto, en su realidad y desde ahí fermentaron la gran masa de un convulso siglo XIX.
Junto a esa salvedad que funda la oportunidad de adoptar ese título para la presente introducción y también como eje que atraviesa toda la investigación, esta opción pretende ser, además, un señuelo de la memoria elaborada por Emilia Sebastiá Llorens presentada en el marco del XVIII Capítulo General (Roma 2017). No solo por los contenidos que allí se desarrollan, sino por las claves hermenéuticas que la enmarcan. Por una parte, se recupera el icono de las doce primeras hermanas como elemento imprescindible para comprender el carisma fundacional y recobrar una visión comunitaria y no tanto individual. El liderazgo indiscutible de María Rosa Molas está en perfecta cohesión con el sentido de cuerpo para la misión. Por otro lado, en la exposición se trenzan y cruzan elementos de vida espiritual, comunitaria, apostólica, sin compartimentarlos.
Desde este mismo horizonte hermenéutico afronto el objetivo encomendado por el actual gobierno general: estudiar la dimensión social inherente al carisma de consolar a lo largo de la historia de la Congregación. Por eso, intentaré tejer pacientemente los datos históricos con los teológico-espirituales, evitando en su análisis separarlos netamente y dando por hecho su confluencia en lo que llamamos existencia. Precisamente, lo que buscaba el seminario celebrado en diciembre de 2019 en Brasil era sortear una visión esquizofrénica de la cuestión, en la que la dimensión social sería un cuerpo externo o un añadido al carisma de consolar y no algo inherente al mismo.
La idea originaria que se me encargó era una investigación que abarcase toda la historia de la Congregación. Misión imposible de realizar a corto plazo con la exhaustividad requerida. Por este motivo, y por el momento, me he circunscrito a la figura de María Rosa y al periodo fundacional en el que tuvieron un papel relevante las primeras generaciones religiosas que compartieron esta aventura. Considero que esta etapa se extingue con la muerte de María Rosa Molas o, al menos, lo acotamos así. Por tanto, el espacio temporal que este ensayo afronta coincide con el de su existencia y va desde 1815 hasta 1876. Una época muy convulsa en España a nivel social y político, lo cual como un foco de luz ilumina cualquiera de los avatares que posteriormente nos haya tocado vivir.
El estudio se divide en dos partes. En la primera, compuesta por dos capítulos, sustraemos los pilares espirituales-teológicos en los que se sustenta la dimensión social del carisma consolar. Me parece de vital importancia no presentar esto principios ni desencarnados ni “desincardinados” de su contexto histórico, social y cultural, ya que este constituye el marco hermenéutico indispensable, a parir del cual horadar el lugar teológico donde Dios se manifiesta y actúa. En una segunda parte, iremos desbrozando de una manera articulada elementos de relieve que perfilan los rasgos carismáticos propios de esta dimensión social inherente al consolar. Los tres capítulos que componen la segunda parte ofrecen un trazado de la espiritualidad consolacionista entendida como modo de ser, de sentir, de percibir y de relacionarnos con Dios, con los demás y con la realidad que nos rodea.
Parte I - CUANDO LO SOCIAL ESTÁ EN EL ORIGEN TEOLOGAL















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