
Consolación - Hª de la madre María Rosa Molas
NOTA DE LA AUTORA (Carmen Guaita)
Los hechos de la vida de santa María Rosa Molas narrados en este libro son reales y están tomados de las biografías escritas por su confesor, el padre Sebastán León Tomás, por el padre Anastasio Sinués, por Madre Esperanza Casaus y por la madre María Teresa Rosillo, hermanas de la Consolación. También se han obtenido de los documentos del proceso de su canonización, de los testimonios de sus contemporáneos y de las cartas escritas por ella misma. Las opimiones sobre su figura que se responden están documentadas. La mayor parte de las frases que ella pronuncia corresponden a sus escritos.
ELLA SABÍA QUE UN INSTANTE IMPORTA UNA ETERNIDAD
P. Sebastián León Tomás, confesor de María Rosa Molas
Reus, el lugar natal de María Rosa, era en 1808 la segunda ciudad más poblada de Cataluña. Próspera e industriosa, campesina y burguesa, liberal hasta la médula, había atraído entorno suyo a un buen número de emprendedores. Al comenzar la guerra acogió también a centenares de refugiados que huían del asedio de Barcelona. Así llegó la familia del buen José Molas, artesano y comerciante, que ya quedó allí afincada. Enseguida la propia Reus se vio golpeada atrozmente por la campaña napoleónica. Como toda Cataluña, fue anexionada a Francia e incluso llegó a ser constituida capital del departamento galo de Bocas de Ebro. Así permaneció, sofocada y humillada, hasta 1814. Durante las décadas siguientes, en la infancia y juventud de María Rosa, Reus pasó sucesivamente de manos españolas a francesas, presenció motines y sublevaciones, inició algaradas que quemaron sus iglesias y conventos, fue cuartel general de carlistas, soportó asedios y bombardeos, enfermedades, hambre y tristezas. En sus calles céntricas y en sus arrabales vivieron, amaron y perecieron miles de personas cuyos nombres se ocultan bajo los laureles de los reusenses ilustres, como el político Prim, el pintor Fortuny o el arquitecto Gaudí.
María Rosa Molas y Vallvé, canonizada por la Iglesia católica en el año 1988, vivió en un tiempo que necesitaba consolación. Desde el principio comprendió esa llamada de sus contemporáneos y tendió las manos. Supo enseguida que a través de ellos le llegaba el grito doliente de toda la humanidad. Entonces pidió a sus hermanas que tendieran sus manos hacia el futuro, hasta hoy. Para siempre.

