CAPÍTULO TERCERO
CON INDECIBLE DESPRENDIMIENTO (1849 - 1857)
En la mañana del 9 de junio de 1876
- Déjeme marchar -había susurrado con la mirada suplicante. Era su éxodo y aún la impulsaba la obediencia. El padre Sebastián León, su confesor, había respondido entre lágrimas.
- Cúmplase la santísima voluntad de Dios.
Y antes de salir de la celda la bendijo de nuevo.
Brillaba la primera hora e la mañana, siempre alegre para ella después de las largas noches de vigilia. La tarde anterior había realizado una confesión general y ahora sentía correr por sus venas el consuelo del Santo Viático, la sagrada Comunión administrada a los moribundos. Había recibido al Señor, algo que desde los nueve años le parecía lo más importante de la vida. Estaba lúcida, serena, y así iba a morir. Faltaba poco para hallarse por fin en compañía de su Amado, se terminaban los trabajos y las penas. Ya era toda de Él. Y Él acababa de perdonarla en la confesión. Perdonaba las tribulaciones, la aridez, las dudas, las tristezas, las veces que no estuvo a la altura de Su llamada, los momentos en que no distinguió el padecimiento de alguien y pasó de largo, los cortos pasos de su esfuerzo. En aquella última hora comprendía que al manantial de toda misericordia no le importaba su pequeñez. La quería así; la había querido así desde el principio, en la consolación y en la desolación, cada minuto de su vida.
Ella, Doloretes Molas, había recorrido la vía mística sin atreverse jamás a creerlo. Había caminado cuesta arriba durante una larga noche del alma, se había encontrado sola en la expresión de lo inefable, había llegado a probar la unión con el Amado hasta alcanzar una alta morada y gustar la Gracia sobreabundante. Y a Aquel que había sido su amor, su único amor, tendía ahora los brazos para acogerla y le decía: "Estoy aquí, al final del camino". Nunca, nunca se había sentido tan feliz.
Abrió los ojos y contempló las paredes de su celda, tan lisas y despojadas. Junto a su lecho, dos hermanas rezaban el Rosario en voz bajísima, creyéndola dormida. Pero estaba despierta por completo. Los dolores, que eran como cuchilladas en el vientre, se habían amortiguado; el temblor de los miembros había cesado, como si el Viático sanara también la enfermedad del cuerpo. Llevaba en la mano su rosario y por un instante apretó aquellas cuentas desgastadas ya de tanta oración. Se iba a reencontrar con su buen padre, con su madre santa, con la abuela María, con la madre Rafaela Canals y la madre María Castells, con fray Salvador... Y con el desvalido Tinet, el doliente Ximo, y tantos hijos de Dios como había ayudado a bien morir.
Aparecían frente a ella, brillantes, como recien labados por el examen de conciencia, los recuerdos de su última parte de su vida. Y el escenario era Tortosa. La ciudad encajonada entre la montaña de piedra y el río de limo, con sus golpes de viento, su castillo imponente y sus gentes industriosas, había llegado a ser para ella la tierra más amada. ahora se convertía, definitivamente en su lecho.
Cuántos recuerdos estaban asociados al eterno rumor del Ebro...
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Los recordaba a casi todos. A Teresita, que pasaba por loca. Una mañana, ella la estaba levantando y le frotaba bien el jabón por todo el cuerpo mientras le contaba alguna pequeña historia. Entonces, aquella mujer sin edad, sonriendo con su boca negra, le había acariciado la mejilla y le había dicho:
Ese rezo, en el dormitorio de los pequeños, era su mayor alegría y lo prolongaba cuanto podía para permanecer más tiempo con ellos y escuchar sus oraciones purísimas. Cada noche se arrodillaba junto a algún chiquitín huérfano o rechazado por su madre, le juntaba las manitas, e iba recitando despacio el Padrenuestro para que el niño repitiera cada frase y la aprendiera. Luego, lo acostaba, lo cubría con el embozo, le besaba la frente y volvía a caer de rodillas, de nuevo entre lágrimas que no podía remediar, traspasada por las criaturas de Dios.
Pero también
saboreaba historias antiguas que le contaban los viejos. Le parecía que
aquellas experiencias de vida poseían una profunda belleza. Así lo aseguraba a
las hermanas:
-Es gran caridad
sostener con los ancianos conversación dulce y atenta, y dirigir palabras de
consuelo a los enfermos y a quienes se sienten desgraciados
Para la
trasformación interior de la Casa contó con otro aliado que, sin duda, le había
enviado el Señor: un jovencísimo seminarista de Vinaroz, alto como una torre y
flaco como un huso, que se alojaba en la casita de los guardeses, junto a la
tapia del huerto. Se llamaba Sebastián León Tomás.
“El padre Sebastián, mi confesor durante los últimos quince años, acaba de administrarme el santo Viático. Era un muchacho cuando lo conocí y ahora me va a acompañar a bien morir. Recuerdo la primera vez que lo vi, en un pasillo de la Casa de Misericordia. Yo iba montada sobre un balde de agua, como si navegara en un barco, y por poco no me lo llevo por delante. Enseguida me ayudó a que en la Casa hubiera práctica religiosa. Él mismo dirigía nuestra oración. Ha recibido durante estos años mis confesiones, conoce mis pecados y me los ha perdonado en Tu nombre. Gracias de corazón, Señor, por haber puesto en mi camino, cuando más lo necesitaba, a un segundo fray Salvador: un sacerdote que me ha acompañado como un verdadero padre en estos años de tanto esfuerzo”.
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No había transcurrido aún un mes de su llegada y la Casa de Misericordia había cambiado tanto que el arrabal de Jesús, antes evitado por los tortosinos, se había convertido en el nuevo paseo de la ciudad. Muchos iban a ver “las maravillas que hacían cinco monjas”; otros, por el contrario, no se privaban de inspeccionarlo todo en busca de algún defecto, y si no lo encontraban, se lo inventaban. Para su tristeza, algunos asilados colaboraban en el descrédito: no les gustaba ni tanto orden ni tanta limpieza, y mucho menos lo de tener que rezar. Ella reconocía que, en su momento, aquellas críticas le habían dolido, aunque no por sí misma. Le parecía que el trabajo ímprobo de las hermanas era digno de veneración. A una dama muy encopetada que les reprochaba con malos modos el pobrísimo atavío de los ancianos, ya que las ropas de abrigo seguían sin llegar, le dijo sonriente y calmada, pero en serio:
-Señora, me parece que unas jóvenes que, abandonando sus familias, van a servir a desconocidos, e incluso a veces hasta a viciosos, en casas como esta donde el primer día solo se podía entrar por caridad, deberían ser respetadas y miradas con mucha deferencia.
El padre Sebastián, contaba muchas veces la visita de un escritor importante de la ciudad, un anticlerical que presumía de serlo. Aquel caballero apareció sin previo aviso en el caserón, con el ceño fruncido, como un inspector de salud pública. Nada más entrar se dio de bruces con ella, que iba cargando un enorme capazo de sábanas para tender al sol. Y a pesar de verla así atareada, le dijo:
-Sí, para
servirle. ¿Cómo se ha dado cuenta?
-Hermana, se le
nota muchísimo. En la estatura, en el continente y, si me permite usted la
confianza, en la luz.
-¿Desea visitar
la Casa?
-Si es tan
amable…
Y se dedicó a
pasear por las salas. A los tres minutos ya estaba asombrado. Y al salir, dijo
a los amigos que lo esperaban: “¡Esto es increíble! ¡O son santas o son
brujas!”. Lo mejor del asunto es que, a partir de entonces, se convirtió en su
defensor más acérrimo en los círculos intelectuales de Tortosa. “Me veo
obligado a reconocer la influencia de la virtud, y la madre Molas la posee en grado
supremo”., decía. ¡Y a raíz de aquello el ayuntamiento tuvo que poner guardias
en la puerta! Sólo así se podía controlar el número de visitas de los
tortosinos al milagro de las cinco monjas. Por supuesto, se asombraban al
comprobar que la superiora era también la remendona, la sacristana, la
cocinera, la tornera. Todo como si nada.
Enseguida
comprendió la necesidad de crear una escuela para las niñas de los arrabales, a
quienes veía deambular por las calles y correr muchos riesgos. En cuanto pudo,
se lo planteó a don Mariano, el alcalde. Por supuesto, este dijo que sí. Ya la
mostraba a los visitantes como “una de las maravillas de la ciudad”. A ella,
sin embargo, le disgustaba aquella exageración y decía a las hermanas:
-Estaríamos
buenas si tomásemos en serio esas tonterías. Hagamos nuestras obras con mucha
perfección y desnudas de toda vanidad y gloria terrena.
La prensa publicó
inmediatamente aquella iniciativa:
-En la
Misericordia, La comunidad compuesta por Hermanas de la Caridad propagará la
instrucción entre las niñas de los arrabales. El día 16 de abril de 1849 se
abrirán la escuela y la costura, en las cuales se enseñará doctrina cristiana,
urbanidad, máximas de buena y sana moral, lectura, escritura y labores. Ninguna
retribución se exigirá para la enseñanza. Las niñas deberán llevar una sillita
para sentarse. (El Detorsense, 8 abril de 1849).
Ella, en Reus, se había enamorado de ser maestra, así que sentía mucha alegría por contar de nuevo con una escuela. Solo empañaban un poco aquel momento los intensísimos dolores de espalda. Por la noche, sobre todo, se le hacían muy difíciles de soportar, y se los ofrecía al Señor como sacrificio. Tampoco iban muy allá las rodillas; a veces parecían de madera y se negaban a doblarse. Tal vez trabajaba demasiado. Pero la espalda o las rodillas no significaban nada: quería dar aquellos huérfanos y ancianos su vida entera. Por eso se aseguraba de que nadie le notara el sufrimiento.
(María Rosa padeció, desde los treinta años, una
grave osteoartritis en la columna que determinó la fusión de tres vértebras en
el raquis dorsal y dos en el raquis cervical, formando una sola pieza. La causa
fue seguramente una espondilitis anquilosante, enfermedad crónica de origen
infeccioso que cursa además con problemas intestinales, como los que ella
padeció. También sufrió artrosis en las rodillas. Estas degeneraciones óseas
debieron de producirle dolores terribles.)
Las clases
funcionaban tan bien que en 1850 don Antonio González, siempre ocupado en mejorar
su ciudad, le pidió que se hiciera cargo de la escuela municipal de niñas, que
estaba situada en un edificio llamado Casa de la Enseñanza, en pleno centro de
Tortosa. Nueva responsabilidad y a la vez nuevo regalo de Dios. Para que
pudiera ejercer como directora, le otorgaron el nombramiento de maestra
interina y se le concedió un permiso para seguir residiendo en la Misericordia
aunque la escuela contaba con dependencias para las maestras. Y a partir de
entonces, el arrabal de Jesús, el puente de barcas y las viejas calles
medievales saludaron el trayecto diario de la madre Molas, a pie, entre una
Casa y la otra. Lo hacía rezando, se le notaba, pero también sonreía y
saludaba, tanto es así que los tenderos y los viandantes la esperaban. Aunque
siempre le costó creerlo, toda la ciudad sabía ya quién era.
Como sentía una
verdadera vocación por la enseñanza, puso en práctica en la escuela un método
del que se había informado, y que consistía en el “trabajo simultáneo”, opuesto
al individual que se usaba habitualmente. Las alumnas se dividían en grupos y
se explicaban y corregían unas a otras. El interés por el aprendizaje y los
progresos que resultaban de aquel método eran tan espectaculares que muy pronto
llamaron la atención. Para entonces, el colegio contaba ya con cuatro nuevas
hermanas, enviadas desde Reus y dispuestas a dar pruebas de su vocación. Verlas
la llenaba de alegría. Eran sus hijas. Y ellas, del gusto por estar a su lado,
no la dejaban marchar cuando iba a visitarlas. Le decían: “Madre María Rosa, no
se vaya todavía, déjenos levantar, como en el evangelio, tres tiendas para
acampar aquí. Es que sus consejos y su fervor al hablar de la caridad nos
sirven más que las lecturas y los sermones”.
Una vez por semana llevaba a las niñas del colegio a escuchar Misa en la capilla de la Misericordia, luego salían todas al huerto a jugar. A ella le encantaban aquellos momentos. Sacaba de la cocina unas bandejas de dulces que había preparado de madrugada, las sentaba alrededor suyo e impartía sonriente una catequesis sencilla, tanto que parecía una charla de familia. Las chiquillas la escuchaban con atención. Una de ellas, que se llamaba Cinta Nicolau, no paraba hasta sentarse a su lado en el corro. La mirada de aquella niña, impregnada de respeto y confianza, la emocionaba hasta las lágrimas. Por la noche rezaba por todas, y especialmente por ella. Le gustaba decirles:
-Tenéis que ser
buenas porque… ¡habéis comulgado! La niña que recibe al Señor en su pecho no
debe ya portarse mal. Cuando Jesús entra en nuestras almas, lo hace para
santificarlas. Y para conseguir esto nos inspira santos propósitos y nos habla
santas palabras. Cerrad los ojos, así. Asomaros adentro. ¿Lo escucháis? Pues
permaneced un ratito escuchando. Nuestro Señor siempre habla a los que comulgan
bien. (Cinta Nicolau escribió este testimonio para el proceso de beatificación
y canonización de la madre Molas).
Todo parecía
marchar sobre ruedas cuando llegó la noticia de que el ayuntamiento vendía el
huerto de la Casa de Misericordia. Lo adquiría uno de los letrados de la
magistratura que había conseguido ya un compromiso casi oficial por parte del
alcalde. Ella se encendió sin poder remediarlo. ¡El huerto!¡La verdura fresca y
la fruta que todos comían!¡Los juegos al sol de los niños para combatir el
raquitismo! ¡¡El pozo!! Intentó recordar la mansedumbre de Cristo, pero solo le
venía a la memoria su determinación al expulsar a los mercaderes del templo, así
que se puso en marcha para hablar con el señor letrado en su propio despacho
oficial. Se le plantó delante alta como era, envuelta en las ondas de su velo
negro y lanzando llamaradas desde sus ojos, más negros aún. Argumentó de tal
manera, dijo tales palabras que todavía las recordaba con un pálpito de
vergüenza. Pero el huerto se quedó en la Misericordia. El letrado no contó en
público nada de la reunión salvo una misteriosa frase: “¡Caramba con la
superiora! ¡Si mi mujer me dijera cosas como esas…!”.
Cuando regresó de
la entrevista se encontraba agotada, pero se recuperó al escuchar a Simón, el
asilado que hacía de hortelano:
-Madre, hay quien
cree que ser caritativo es ser blando. Quien no la haya conocido a usted no
sabe lo que es la caridad.
- Calla, Simón.
Solo he cumplido con mi deber. Y bien que me ha cansado.
Pero don Antonio
González, que se había opuesto desde el principio a la venta, dijo a todos
cuantos quisieron oírle:
-Sor maría Rosa
tiene la energía de un héroe y la fe de un apóstol, vive solo para hacer el
bien.
Y dejó bien claro
que mientras él fuese secretario, el Ayuntamiento respetaría el huerto de la
Misericordia.
Por entonces cayó enferma sor Ángela, una de las cuatro hermanas que habían llegado a Tortosa con ella. Era una muchacha ejemplar, a la que admiraba. Como no tenía buen aspecto y le preocupaba mucho, comenzó a levantarse varias veces durante la noche para preguntarle si necesitaba algo. Aún recordaba los diálogos con ella:
-Madre, usted que
vale tanto, ¿cómo consigue esa humildad?
-Mi pequeñez no
es humildad, sor Ángela, sino que es la verdad de lo que soy. Por eso, porque
está muy cerca de la verdad, la humildad es un tesoro escondido.
-Y ¿cómo puede
pasar tantas noches en oración? ¿No le perjudica luego la falta de sueño para
el trabajo del día?
Ella, emocionada
en lo más hondo, había respondido:
-Quien llega
aprobar cuán dulce es Dios no puede, sin gran violencia, dejar tan suave
ejercicio.
Y con aquellas
palabras desvelaba su mayor secreto: la vía de la contemplación y de
iluminación que ya transitaba y de la que no se atrevía a hablar.
“Señor, yo tenía que hablar a mis hijas de
Ti porque me rebosabas del corazón, porque eras mi Esposo, mi amado, y solo
deseaba estar contigo. Todo eres Tú, en todo estabas. Luego sentía mucho
haberme puesto a mí misma como ejemplo. Si hubiera sabido entonces que Tú me
perdonabas tantas limitaciones, si hubiera tenido la seguridad que tengo hoy
–en mi última hora- de que Tú me amabas así de frágil y confusa., hubieran
cesado todos mis tormentos. Pero tenía que vivirlo para que pudiera llegar
después la felicidad de la unión. Sí, así quisiste que fuera”.
En 1851 había ya
cinco comunidades que dependían de sor Luisa Estivill como superiora general de
la Corporación: el hospital y la Casa de Caridad en Reus, la de la Misericordia
y el colegio de Tortosa, y una Beneficencia en Tarragona, recién inaugurada.
Seguían, por supuesto, separadas de la autoridad eclesiástica y sumaban ya
muchos años de desobediencia a su congregación originaria. Tantos que las Hijas
de San Vicente de Paúl decidieron actuar con más energía. Como primer paso, su
visitador general exigió el abandono del hábito que sor Estivill había
conservado sin modificaciones. Lo hizo en una carta dirigida nada menos que al
ministro de la Gobernación.
… O las hermanas
disidentes de Reus y Tortosa se someten a mi dirección, como todas las demás
Hijas de la Caridad, o que sirvan en buena hora a los pobres con total
independencia, pero usando un traje que en modo alguno pueda equivocarlas nadie
con las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul.
María Rosa
recordaba aún el escrito porque efectivamente, aquella situación irregular le
hacía sufrir cada vez más. Sin embargo, sor Estivill respondió a la
requisitoria con el silencio. La junta municipal de Reus, temerosa de perder a
las servidoras de sus institutos de beneficencia, la respaldó y defendió ante
los Paúles. Al alejarse de las autoridades religiosas, las civiles se habían
convertido en el único pilar en que podía apoyarse aquella mujer obstinada.
En Tortosa el
trabajo seguía, y la necesidad de consolación era inagotable. La ciudad veía
afanarse cada día a la madre Molas. Se sentía querida y respetada; su fama
trascendía. Era fama de santidad, sí, pero a ella le mortificaba y pedía perdón
al Señor por sus carencias. Aquel delta
de su camino, tan ancho y tan cargado de riqueza como el cercano Ebro, iba a
desembocar muy pronto en un nuevo mar. Sin embargo antes la esperaba un momento
difícil. En la confesión general previa a recibir el Santo Viático, no lo había
dejado de lado. Además, el padre Sebastián León había sido testigo. Ella
perdonó enseguida a las protagonistas, y de todo corazón, pero incluso en el
umbral de la Casa del padre recordaba el sufrimiento.
A mediados de
1851, sor Estivill y el padre Carbonell creyeron necesario salvaguardar el
colegio de Tortosa de los cambios políticos. Al fin y al cabo, que la
Corporación dirigiese un centro educativo municipal era un gran avance. Como
primera medida, llamaron a María Rosa y le ordenaron que consiguiera el título
oficial de maestra en la convocatoria de aquel mismo año “con el fin de
mantener la estabilidad de su puesto mejor que con el nombramiento interino”.
Ella les dijo que obedecería, desde luego, pero se quedó preocupada: estudiar
una oposición bastante seria en apenas cinco meses era muy difícil. Si para
cualquiera hubiese sido un reto, para quien sacaba adelante a diario dos
instituciones muy complejas se trataba de un mandato abrumador. Por supuesto,
dedicaría horas a prepararla como fuese. Sin embaro, la orden iba acompañada de
otra, muy extraña, cuya causa no le explicaron:
-Tendrás que
guardar secreto absoluto. No podrás decirle a nadie que estás estudiando, ni
siquiera a tu confesor en Tortosa.
El trasfondo de
aquel mandato sonaba a corte de alas, a prueba encubierta. “¿Por qué?, se preguntó,
pero enseguida rechazó aquel pensamiento. “Debemos ser tan obedientes que lo
dejemos todo por esa virtud. Quien no tiene espíritu de obedecer, no tiene
vocación religiosa”. Así hablaba a sus hijas y eso debía mantener cuando le
tocaba a ella, aunque fuese una obediencia tan trabajosa. Por tanto, preparó
con absoluto sigilo la matrícula del examen y el resto de los documentos. Debía
presentarlos en Tarragona, ante la comisión Provincial de Educación, y las
excusas que tuvo que poner para el viaje le repugnaron. Allí mismo, en la
Escuela Normal, que ocupaba parte del antiguo convento de San Francisco, compró
los libros de estudio. Al abrirlos, se encontró con que tenía muchísimas
lagunas en el conocimiento. A los treinta y seis años, veinte después de haber
sido alumna de don Mariano Ríus, con experiencia como maestra de niñas pequeñas
para leer y contar, y de mayorcitas para bordar y coser, se enfrentaba a un
temario en el cual se hablaba de geometría, de análisis sintáctico, de
geografía, de historia natural… Necesitaba ayuda, necesitaba un preparador o
jamás aprobaría el examen. Y en esto no hubiera habido dificultad, cualquier
maestro de la Escuela de niños le hubiera echado una mano, salvo que ¿no podía
decírselo a nadie!
La Casa de
Misericordia contaba con un director administrativo que también ejercía como
capellán. Era don José Marqués, un sacerdote de treinta años, natural de
Tortosa, muy estimado y laborioso, que entendía de números y colaboraba
directamente con el obispo. Como por el volumen de asilados y la complejidad de
la economía hacía falta un contable, don José pasaba todas las tardes un rato
en el despacho, supervisando las cuentas y anotando en los libros. Ella
comprendió que era la persona adecuada para aclararle dudas y estuvo reflexionando
sobre la manera de pedirle ayuda sin traicionar su voto de obediencia. Después
de darle muchas vueltas, se decidió por fin.
-Padre, no quiero
molestarle, pero… necesito desempolvar algunas lecciones y aprender otras. ¿Le
importaría mucho si, de vez en cuando, le consulto dudas sobre aritmética o
gramática?
-Por supuesto que
no, madre María Rosa. Aquí me tiene a su disposición.
- ¿Tendría la
caridad de explicarme ahora, en un vuelo, el principio de Arquímedes?
-Desde luego.
Siéntese un momento, que con el despeje que usted tiene no vamos a tardar nada.
Pero no deja de asombrarme, madre. Le interesa Arquímedes mientras lleva
adelante el Colegio y esta Casa. Como es tan humilde, se esconde usted
detrás de sus sábanas para remendar y sus perolas de dulce membrillo, pero no
puede ocultar que tiene un alma gigantesca.
-Padre, por Dios.
Entonces aquel bueno de Arquímedes…
Y don José se
había sonreído porque sabía que ella padecía con las alabanzas.
-Verá, se trata de calcular la cantidad de
líquido que se desplaza hacia arriba cuando se sumerge un objeto en un
recipiente. Es la fórmula que explica por qué flotan los barcos.
En efecto se
enteró enseguida. Durante un par de semanas echó un ratito cada tarde con el
padre Marqués, tranquila, concentrada en la explicación como de niña, y con la
puerta del despacho cerrada para mantener el secreto sobre algo que, en sí
mismo, carecía de importancia. No vio el peligro. Nunca hubiera podido verlo
porque era casta en sumo grado –no por sus fuerzas sino porque así lo había
querido el Señor- e incapaz de imaginar actitudes que desconocía por completo.
Y de repente
volvió a aparecer la envidia. Una hermana, de las que habían llegado a Tortosa
con ella, convenció a otras dos de que algo prohibido ocurría en el despacho.
Los quince minutos en que aquella puerta permanecía cerrada servían como prueba
suficiente para dar pábulo a una terrible calumnia. Sin más argumentos que la
sospecha, la denunciaron a sor Estivill. Mientras tanto, un par de sacerdotes y
tres o cuatro beatas extendieron el rumor por la ciudad. De la noche a la
mañana se había desencadenado una tempestad en torno suyo, y ni siquiera se
había dado cuenta. Fue sor Rafaela, demudada y llorosa, quien se lo dijo. Le
costó mucho creerlo. Y le dolió sobre todo por don José, de quien no había
recibido más que amabilidad y respeto. La misma noche en que se llevó el enorme
disgusto, desvelada y en oración profunda, decidió lavar las penas del alma de
la forma en la que el Señor quería: con el infalible y sanador perdón. Así que
a la mañana siguiente reunió en su pequeña celda de superiora a las hermanas
que la habían calumniado, se arrodilló ante ellas y les dijo:
-Hijas queridas,
no vengo a deciros palabras en mi defensa porque solo lo que ofende a Dios debe
perturbarme. En esta hora que me sabe un poco amarga, me tranquiliza y me anima
no tener fines interesados y poder asegurar así la bondad de mis actos. Solo
siento que, sin querer, haya podido escandalizaros en algo, y por eso pido
perdón humildemente.
Aquellas tres
mujeres sintieron la conmoción que produce la verdadera humildad y se ahogaron
en llanto, como si la vergüenza fuese el mar. La principal responsable de lo
que había sucedido le dijo:
-Perdóneme, madre
perdóneme… Mejor hubiera sido echarle veneno que no levantar eso contra usted,
que es ejemplar.
Pero ya las había perdonado aquella noche ante
la cruz –ella entera, en cuerpo y alma, en corazón e inteligencia-, así que las
abrazó:
-Qué día tan
bonito estamos echando a perder. Queridas hijas, vamos juntas a presentarnos
ante el Señor, vamos a la capilla a rezar.
Tal vez no bastó
aquel abrazo. Los procesos del alma de cada ser humano siguen sus propias
rutas. La hermana que había instigado la calumnia regresó a Reus al poco
tiempo, por su propia voluntad.
Supo luego que el
padre Marqués se había llevado un enorme disgusto, y le había dicho al todavía
seminarista Sebastián León:
-A mí tampoco se
me ocurrieron peligros. Solo pensé en el privilegio de explicarle los sujetos y
predicados a la madre Molas. Es una santa, la religiosa más recatada, la más
inocente de tan inmundas calumnias. Impresiona cómo vive en constante presencia
de Dios. Nunca he visto una cosa igual. Además, en esa distancia corta, es muy
graciosa, mantiene la juventud en el alma. Sabe reírse de sí misma con un humor
estupendo, no descarado sino pleno de dignidad. Ahora comprendo mejor por qué
sus hijas la quieren tanto. El secreto está ahí, no solo en el ejemplo que da
sino en la forma de ser de ella.
Por supuesto
siguió adelante con su trabajo, con su oración, con sus estudios clandestinos y
consultando al padre Marqués cada vez que le hacía falta. Habían buscado
desacreditarla y encontraron aquella ocasión, pero –como decía a sus hermanas-
“trabajos son amores y no razones ni lamentos”. Eran, por cierto, palabras de
su abuela María y le emocionaba recordarlas.
Sin embargo en la
Corporación creyeron las murmuraciones. Solo sor Francisca Freixa la defendió y
en cuanto pudo habló con ella y le aclaró muchas cosas. Cuánto, cuánto dolor le
produjeron el silencio de sor Estivill, responsable directa de aquel absurdo
secreto, y del padre Carbonell que la conocía en confesión. ¿De verdad la
creían capaz de aquella oscuridad? ¿Qué tenían contra ella? ¿Era porque oraba
con fervor? ¿Por qué estaba sacando adelante una tarea complicada? Si no tenía
mérito, si ella era diminuta y caminaba por el desierto… Aquel fue un dolor
inmediatamente perdonado, pero había llegado muy hondo y asomaba rebelde en sus
dolores de espalda, en las venas hinchadas de sus piernas, en los puntitos
brillantes que le aparecían ante los ojos al fijar su mirada. Era triste
reconocer que la maledicencia podía acomodarse en el interior de una comunidad
religiosa. Después de aliviar miles de tormentos y vivir dos guerras, María
Rosa presenciaba atónita el poder del mal para impregnar las más santas tareas,
cuando quienes las llevan a cabo sueltan la mano de Dios, aunque sea un
instante. Y su Corporación no deseaba sujetarse, esa era la clave.
Para remontar
aquel disgusto, se acercó más que nunca a la oración del Vía Crucis. Era para
ella una fuente de consolación a la cual dedicaba media hora cada día, aunque
tuviera que restarla al descanso. Le admiraba cómo en la Pasión están
representados y purificados todos los sufrimientos posibles del ser humano. Y
al rezarlo, decía:
-Tú sufriste,
Jesús mío, hasta los límites de lo imposible. Yo sólo conozco estos dolores
pequeños, pero te doy las gracias por ellos, que me permiten acompañarte aunque
sea tan de lejos.
La ola de
murmuraciones impulsó a las hermanas de Tortosa a redactar un documento donde
hacían constar la inocencia de su superiora y su buen ejemplo. Ella misma lo
rompió al verlo. “Los escándalos cada uno se los hace a su propia guisa”, dijo.
No era necesario darle a aquel asunto mayor importancia.
No se la había
dado don Damián, el obispo, que conocía bien la naturaleza humana y sabía
adónde tenía que mirar. Por eso confirmó al padre Marqués como capellán de la
Misericordia –un puesto que desempeñó durante catorce años- y le adjudicó
nuevas tareas en la diócesis. Pero sobre todo dio un paso trascendental que
significó mucho para María Rosa: aprobó expresamente su trabajo y le ofreció su
protección. Poco después, cuando ella le solicitó por escrito la facultad de
conservar al Santísimo en la capilla de la Casa de Misericordia, se lo
concedió. Qué emoción tan grande fue, a partir de entonces, permanecer de rodillas,
absorta ante el Cuerpo de Cristo, y que la Casa de Misericordia fuese ya, más
que nunca, Su casa.
No cabía duda: La
Madre Iglesia tendía los brazos a aquella comunidad y a su humilde superiora
para que dejaran de ser huérfanas. La generosidad de don Damián se tradujo para
ella en muchas noches de vigilia, durante las cuales su corazón descifraba los
mensajes ocultos en los Salmos:
Si
el Señor no construye la casa,
En vano se cansan los
albañiles;
Si el Señor no guarda la
ciudad,
En vano vigilan los
centinelas.
En las tareas de consolación y caridad no
había lugar para el individualismo. Era el Señor quien debía cimentarlas.
¿Acaso no se consideraban ellas hermanas en la fe? Pues entonces no podían ser
más que hijas obedientes de la Iglesia de Cristo. El delta de su camino deseaba
ya desprenderse del limo y unirse al mar.
Tampoco hubo
consecuencias de la calumnia ante don Antonio Gonzaléz y el ayuntamiento de
Tortosa, que se acercaron en aquellos días para ofrecerle una nueva tarea de
beneficencia: La renovación del Hospital de la Santa Cruz. Era una institución
histórica en la ciudad y se encontraba en un estado lamentable. Aceptó, con
permiso de su superiora general, pocos días antes de su examen de ingreso al
magisterio.
El 9 de febrero
de 1852 expuso sus temas ante la Comisión examinadora de Tarragona y obtuvo su
título oficial de maestra con un “notable” estupendo, pero un poquito insípido
después de tanto sufrimiento. Enseguida volvió a arremangarse y a trabajar.
Los ecos de aquel
triste episodio se diluyeron tan de prisa como un puñado de tierra en el Ebro.
Solo hubo consecuencias para sus autores, que sufrieron. María Rosa lo sintió
sinceramente por ellos y por quienes confiaban en ellos. Así lo dijo al resto
de las hermanas: “Me duele el daño del ejemplo”. Tortosa, sin embargo,
pronunció otras palabras: “El nombre de María Rosa Molas merece aplauso como
inteligente e inquebrantable en el ejercicio de su persona”.
Poco después, en
el mes de mayo, sor Estivill accedió al cambio de hábito después de un segundo
requerimiento del visitador de los Paules. Ella recordaba muy bien el momento
en que estrenaron el nuevo, con él se vestirían después la Hermanas de la
Consolación: una túnica recta y negra con pechera almidonada de hombro a
hombro, y una toca sencilla, sin alas, de velo negro cobre una cofia blanca.
Aquel hábito la acompañó al cruzar por primera vez el umbral del Hospital de la
Santa Cruz, otro lugar de tristeza y desidia que levantar en lo terreno y hacia
el cielo.
Tres nuevas
hermanas llegaron de Reus para realizar un duro trabajo de acondicionamiento y
atención a los enfermos. Tres nuevas hijas a las que orientar y apoyar. A ellas
les decía:
-Todo sea siempre
para gloria de Dios y bien de los prójimos, nada para nosotras.
Dios, todo,
siempre, bien, prójimo… Las palabras de su vida.
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El colegio municipal, aunque funcionaba a la perfección y había duplicado el número de alumnas, se había convertido en una fuente de mortificaciones. Con frecuencia, debían sufrir malos modos de señoras que acudían a comprar las labores, porque “no habían destacado el de tal o cual alumna de apellido importante”. Ella escuchaba aquellas críticas con mansedumbre, pero luego decía a las hermanas:
-Entre los
alumnos no tengan distinciones, y si alguna ha de haber, tomen a los más
despreciables y busquen a los más humildes, con recta intención.
Más serio fue el
problema creado por una señorita de buena familia que se convirtió en
detractora feroz de los métodos que seguían las hermanas, y la tomó
especialmente con ella, a quien criticaba en todas partes. Ante el asombro de
la comunidad, esta vez tampoco quiso defenderse. Y se lo dejaba claro a sus
hijas:
-No se excusen de
nada, aunque las calumnien de una muerte.
Y ellas entendían
que la Madre imitaba a Jesús ante sus jueces, y además permitía al tiempo
ejercer su función de mensajero de la verdad. Mejor que ocuparse en vanidades
era sentirse unida cotidianamente a Jesús coronado de espinas. Ya les había
advertido en varias ocasiones:
-Meditemos la
Pasión, que es manjar predilecto de los mayores santos.
Tuvo que
solucionar también el episodio algo chusco, de un político que fue al hospital
a elaborar el censo, encontró a las hermanas enfrascadas en un millón de
tareas, se sintió desairado porque no le prestaban suficiente atención y elevó
una queja ante el pleno del ayuntamiento. Ella le envió una carta de discípula,
reconociendo los errores desde la mayor humildad porque cualquier crítica a sus
hijas la vivía como suya. A las hermanas les advirtió que, por muy susceptible
que fuese aquel caballero, el momento de descortesía no debía repetirse.
-Recordad que
somos religiosas y nuestra conducta está a la vista de Dios y de los hombres.
El mundo recibe gran escándalo de cualquier imperfección de una religiosa.
Y se encontró con
que le respondieron:
-Madre parece que
estamos oyendo a Teresa de Jesús. Casi desea una ser reprendida para gozar del
fruto de escucharla, que se sale de aquí más fervorosa que de la oración.
Ella sabía que en
el interior de las personas existen desiertos. Tenía el suyo propio, así que
cómo no iba a comprender los ajenos. Por eso mandaba como si rogase, reprendía
como si fuese culpable y con frecuencia era la primera en llorar. La humildad
era la verdad. Y ella había prometido a Dios mantenerse en la verdad siempre.
Por entonces, una
gran crecida del Ebro, que anegó los arrabales y huertos de las orillas y se
llevó consigo muchas vidas humanas, aumentó las tareas de consolación. Aunque
se desvivía por los enfermos, al ser la superiora muchos asuntos burocráticos le
restaban tiempo, la obligaban a visitar despachos, a ejercer sus modos de
señora para persuadir a políticos y gestores. A veces terminaba agotada, pero
otras, después de hablar con algún concejal que se creía rey, recordaba los
tiempos en que perseguía morosos por las casas de Reus y se sonreía por dentro.
Aun así, cada jornada abrazaba las horas de encontrarse con su Amado en la
oración, y se postraba ante el crucifijo de rodillas, siempre de rodillas
–también durante las misas y oraciones en común-, cada vez más concentrada,
cada vez en mayor vuelo, con más esfuerzo al despedirse de Él.
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1854 fue de nuevo un año proceloso en España, otro más en
aquel siglo sin tregua. El país había disfrutado de una década moderada, sobre
la cuerda floja pero tranquila, durante la cual se había redactado una nueva
Constitución y había mejorado la situación de las órdenes religiosas a raíz de
la firma de un Concordato. Sin embargo, la política continuaba hirviendo de
corrupción e intereses personales, y cualquier alcalde contrariado organizaba
un motín. La reina Isabel II, por su parte, no era capaz de ejercer su
liderazgo y los escándalos de su vida privada dañaban a las instituciones y al país
entero. Mientras tanto la sociedad –sobre todo en Cataluña, único territorio
español al que había llegado la industria- se transformaba vertiginosamente por
el imparable éxodo del campo a las ciudades.
El 28 de junio,
el general O’Donnell encabezó un pronunciamiento contra el gobierno moderado
que presidía el conde de San Luis. Las tropas de uno y otro bando se
enfrentaron a las afueras de Madrid, en una localidad llamada Vicálvaro, lo que
bautizo para siempre aquella jornada de Vicalvarada. Por medio se dirimían las
ambiciones de Narváez, Ríos Rosas o el incombustible Espartero. Después de
escaramuzas, asaltos y combates, un joven político emergente, Antonio Cánovas
del Castillo, redactó un manifiesto que planteaba “la conservación del trono
sin camarilla que lo deshonre, la rebaja de los impuestos, la restauración de
las milicias nacionales y la regeneración liberal”. Dio comienzo así, por
tanto, el que se denominó Bienio liberal. Mientras tanto, Cataluña iniciaba una
segunda fase de la revolución. El 15 julio se convocó en Barcelona la primera
jornada de huelga de la historia de España, encabezada por los obreros de la
industria textil a causa de las selfactinas, máquinas de hilar automáticas que
amenazaban con dejarlos sin empleo. Aunque también por primera vez, se habían
establecido sociedades obreras que representaban los intereses de los
trabajadores ante los dueños de las fábricas, la jornada desembocó en una
gravísima algarada en la cual fueron asesinados un empresario y su familia, e
inmediatamente fusilados los agresores.
A mediados de
julio se declaró una epidemia de cólera. Así se denominaba ya la antigua peste
azul de triste recuerdo para María Rosa. Quince días después del primer caso,
habían fallecido ya dos mil personas, una incidencia mayor que la de 1834. El
28 de julio, Espartero consiguió de nuevo el poder. El 30, las autoridades de
Tortosa se pronunciaron oficialmente a su favor. Como consecuencia de
desencadenó un violento motín popular, azuzado por los problemas de desempleo y
el terror a la enfermedad. Muy pronto se congregó a las puertas del
ayuntamiento una multitud que exigía la supresión de los impuestos municipales.
-¡Abajo los
consumos! ¡Fuera la injusticia!
A ella, que
estaba en la Casa de Misericordia, le llegó enseguida la noticia.
Inmediatamente reunió a los asilados en la capilla para rezar. Daba gracias a
Dios porque el verano hubiera interrumpido las clases en la escuela, y
encomendaba una vez más al Señor la salud de los coléricos que atendían en el
hospital. Mientras tanto, varios centenares de personas se habían concentrado
en el ayuntamiento, y proferían amenazas de muertes contra el alcalde y los
concejales. Estaban ya a punto de atacar la puerta principal cuando apareció
ante ellos el obispo don Damián, pálido y doliente el rostro bondadoso. Iba sin
mitra ni báculo, con la sotana más sencilla y en la única compañía de uno de
sus sobrinos. Toda Tortosa sabía que estaba muy enfermo y, de hecho, respiraba
con dificultad. Sin embargo, se irguió y, mirando de frente a los exaltados,
les tendió las manos con un gesto de súplica. Su presencia de hombre santo
acalló en el acto al griterío. Entonces habló con una voz tan clara que no
parecía surgir de aquel cuerpo frágil sino del espíritu:
-¡Hijos de
Tortosa, por el amor de Dios, que cese este furor! ¡Nada conseguiréis con la
violencia! ¡Yo mismo voy a interceder por lo que pedís! ¡Calmaos!
Buena parte de
los grupos, al escucharlo, se disolvieron en silencio. Sin embargo quedaron
allí los más violentos, que le increparon e hicieron ademán de arrojarle
piedras hasta que su sobrino lo alejó. Comenzaron entonces a romper las puertas
a martillazos y por fin consiguieron entrar en el edificio. El alcalde y los
concejales, que se encontraban reunidos en el salón de plenos, lograron escapar
por el tejado. Y solamente el secretario municipal, un hombre bajito de piel
cetrina y solemne bigote, permaneció allí, a pie firme, para defender el honor
de los servidores públicos.
¿Adónde van
Ustedes? ¡Así no se entra aquí!
María Rosa se
enteró al momento y se abismó en la oración, pero quiso leer al día siguiente
la crónica de aquel suceso:
Don Antonio
González, persona bondadosísima y de una honradez intachable, sale al rellano
del último tramo de la escalera para calmar los ánimos de los sediciosos, pero
estos lo asesinan cobardemente, lo arrastran hasta el puente de barcas y lo
tiran al río. Después se apoderan de los fondos de las arcas municipales. El
obispo don Damián Gordo, exponiendo su vida, recorre las calles aconsejando a
los revoltosos que depongan su actitud. El día 31 se organiza la milicia
nacional, acabándose los actos de salvajismo que, horrorizada, presenció
Tortosa. (Acta del ayuntamiento de Tortosa, 31 julio 1854)
De nuevo el odio,
de nuevo la violencia, pero además un profundo dolor por la muerte
incomprensible de aquel bienhechor, su primer y gran aliado en la ciudad, por
quien sentía un inmenso afecto. “¿Tan hondamente arraiga el mal en el corazón
de los hombres? ¿Qué sientes al vernos cometer estas atrocidades? ¿Dónde estás
Tú cuando hay guerra, Señor? En el Calvario, muriendo también”.
La ausencia de
don Antonio se notó enseguida. Con aquel enamorado de la Casa de Misericordia y
del trabajo de la madre Molas se había marchado un inmenso apoyo. La nueva
corporación municipal se propuso reducir los gastos e inmediatamente apuntó a
la educación, eterna secundaria de todas las políticas. Ella recibió un oficio
en el cual le planteaban que las hermanas –cuyo salario era de dieciséis reales
diarios, cuatro cada una- debían abandonar el colegio por motivos de ajuste
económico; a cambio contratarían a una maestra y su ayudante por seis reales
diarios cada una. A vuelta de correo, rogó con toda humildad que se tuviera en
cuenta la competencia como maestras de aquellas hermanas y el amor a las niñas
del cual daban tantas pruebas. “Si no pueden mantenerse las cuatro por falta de
dinero para sus sueldos, permitan quedarse a dos; y si les parece que las
cuatro merecen continuar su tarea, págueseles lo que se pensaba dar a las
sustitutas, pero por caridad no supriman una enseñanza que sirve a las alumnas
y hace mucho bien a Tortosa”. Le respondieron que aplazaban temporalmente la
decisión. Redobló la oración y las mortificaciones que nadie veía pero la
dejaban muchas horas en ayunas. Sin embargo, confiaba en la providencia y en
las hermanas, cuyo trabajo hablaba por sí mismo. Las familias, de forma
unánime, las apoyaron. Y poco después el nuevo alcalde confirmó oficialmente
que continuarían al frente del colegio.
“Aún recuerdo la
alegría que me llevé, tal vez una de las mayores de mi vida. Una vez más, el
Señor inclinaba la balanza hacia nosotras, gratis, sin que yo lo mereciera”.
Cuando, el 24 de
diciembre de aquel año de penas, falleció el obispo don Damián, ella sintió con
más profundidad que nunca el impulso de acercarse a la iglesia. “Cómo es
posible que, siendo religiosas en todas las manifestaciones de nuestra vida,
estemos desamparadas; cómo es posible que hoy no podamos llorar a don Damián
como a un padre, ni compartir el dolor unidas a su rebaño. Señor, te escucho
con claridad: me estás diciendo que debo intervenir en esta situación, por la
comunidad y por mi propia paz interior. Debo intentar que sor Estivill ceda”.
Se había decidido
y lo cumpliría. Sin embargo, aparecía en el horizonte una nueva y grave
preocupación, esta vez tan cercana que latía en su propia sangre. Se torcían
las cosas para su hermano José. Aquel emprendedor, decidido y valiente, no
había llegado a convertirse en el nuevo Simón Bolívar, como soñaba de pequeño,
pero sí en el industrial de primera línea y figura relevante en la vida
barcelonesa. De hecho era concejal del Distrito VI de la ciudad. Además,
presidía la Fundición Barcelonesa de Bronces y otros metales, primera sociedad
anónima creada en España. Se había convertido en un magnate, avispado para los
negocios, que conocía perfectamente el entramado económico. Pero además era
un artista del metal cuya obra decoraba las mejores casas y aparecía alabada en
los periódicos.
Al llegar 1855,
sin embargo, la Fundición Barcelonesa, asfixiada por la especulación y por una
gestión atolondrada, repleta de irregularidades, entró en quiebra. José
–siempre generoso- cargó sobre sus hombros toda la responsabilidad de cara a
los accionistas. Cuando aquel emporio, aquel sueño suyo, se vino abajo, se vio
obligado a dimitir de la presidencia y a responder ante la ley sobre graves
cargos de corrupción. En un impulso que ni siquiera pudo explicar ante su
querida Doloretes, se decidió a huir de Barcelona para exiliarse en Francia. Lo
hizo antes de ser juzgado, como un forajido, dando la razón a quienes lo
acusaban. Todo y nada, subir y caer… “Por qué, hermano mío, por qué?”.
María Rosa que le
escribió mucho durante aquel periodo, no quiso contárselo a nadie de Tortosa.
Evidentemente, en Reus todos lo sabían. Sufrió en silencio pero muy
profundamente, con dolor en las entrañas, y rezó con más fuerza que nunca por
el bien de su hermano.
“José, querido,
cuánto pedí al Señor entonces que vivieras aquella triste experiencia como un
accidente, igual a cualquier otro de la vida; como una vicisitud que el Señor
te mandaba para probar tu paciencia, para aumentar tu mérito, y tal vez para
que aprendieras humildad. Cuánto deseé que aquel sufrimiento y aquella
vergüenza terminaran por convertirse en serenidad y alegría. Que al final
comprendieras la misteriosa prueba de bendición y amistad de Dios que hay en
todas las quebraduras de la vida”.
Estaba segura de
que, en el cielo, José Molas padre y María Vallvé intercedían por aquel hijo a
quien el dinero y la fama habían herido. Solo compartió su tristeza con Antón.
Él seguía viviendo de su trabajo en el taller del carrer Padró, con muchos
hijos y algún nieto, sin lujos, más tranquilo que José, más feliz.
Otra persona, muy
cercana y muy relevante para ella, afrontaba también momentos difíciles, pero
esta vez anunciados ya desde hacía mucho tiempo. Sor Luisa Estivill veía
desmoronarse su obra.
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Al comenzar 1857,
llegaron a Tortosa noticias preocupantes y confusas sobre una grave crisis de
la Corporación. El ayuntamiento de Reus anunciaba, para el curso siguiente, la
supresión de la escuela de niñas de la Casa de Caridad.
Sor Estivill
había perdido la confianza de las autoridades civiles y se veía obligada a
suplicar que le mantuvieran la subvención del resto de las instituciones. Poco
antes se había cerrado de forma precipitada la comunidad de Tarragona, cuyas hermanas no habían querido continuar bajo su obediencia. La
situación era muy grave pero venía de lejos: del propio origen de la Corporación, con
la traumática separación de las Hijas de la Caridad y la constante negativa a
reintegrarse; del gobierno absoluto de sor Estivill, que no obedecía a ningún
superior puesto que la autoridad eclesiástica no lo era para ella. Provenía
también de una desmoralización interna que María Rosa conocía bien porque la
había presenciado en tres de sus propias hijas durante el periodo de la
calumnia. Era inevitable que unas mujeres que vivían sus votos como religiosas,
oraban y trabajaban como religiosas, pero no estaban seguras de serlo,
sufriesen graves crisis de identidad. La propia sor Estivill veía acercarse a
la Corporación muchas vocaciones ilusionadas que, al conocer su indefinición,
se marchaban a verdaderas congregaciones.
A las hermanas
de Tortosa, muy unidas en torno a su superiora y muy nutridas por su amor y su
ejemplo, les dolía la consideración de “señoritas” que empleaban quienes
querían criticarlas. Aquella comunidad, además, crecía en el entorno fértil de
una sede episcopal en la que habitaban muchos sacerdotes y prosperaban los
institutos religiosos. La iglesia tortosina era un Cuerpo, una familia, de la
que ellas formaban parte fundamental por la tarea de caridad, pero secundaria
por la ambigüedad de su situación.
“Señor, dulzura
mía, así me condujiste a la verdadera encrucijada de mi vida. No fue la tarde
en que planteé a mi padre la vocación, ni el momento en que abandoné mi casa,
ni siquiera cuando pisé Tortosa por primera vez. Fue aquel final del invierno
de 1857, cuando mi alma pequeña, vulnerable, sintió cómo la tomabas de la mano,
y escuché de Tus labios una frase estremcedora: “María Rosa, adelante. Para eso
has nacido”.
Por eso he dicho: Aquí estoy,
Tal como el libro dice de mí.
Me agrada cumplir tu voluntad, Dios mío;
Llevo tu enseñanza en el corazón.
Consultó en primer lugar con sacerdotes en quienes confiaba,
entre ellos don Ángelo Sancho, el nuevo vicario capitular, quien se encargó de
informar al arzobispo de Tarragona. Reunió luego a todas sus hermanas y les
pidió consejo. Ellas la apoyaron. Sor Catalina, que pertenecía a la comunidad
del colegio, le dijo:
-Madre, nos ha
exhortado siempre a dos cosas importantes: a ser muy caritativas y a tener
mucha unión entre nosotras. Pues unidas en torno suyo estamos.
-Gracias hijas. Vamos
a por ello entonces. Y apreciemos mucho nuestro estado, pues ser llamadas a la
vida religiosa es como escogernos para el cielo.
Por supuesto, la
obediencia y la lealtad seguían estando en primer lugar para ella, así que,
como estaba acostumbrada desde niña a planificar bien las cosas, trazó una ruta
con sus puntos de inflexión. El primero era convencer a sor Estivill de la
necesidad de reintegrarse a la Iglesia. Escribió a Reus pero no recibió
respuesta. Se decidió entonces a emprender el viaje. “Tuve, lo recuerdo muy
bien, una sensación curiosa: había salido de allí varios años atrás para
arreglar algo que se destruía, y regresaba con la misma tarea. Sólo podía
repetirme que todo lo vencería con el auxilio divino”.
Sor Luisa
Estivill ya no era la mujer capaz de pedirle un “alto el fuego” al general
Zurbano. La trasformación era tan notoria que María Rosa se estremeció al
verla. Sus ojos, siempre punzantes de fiereza y determinación, aparecían
inmóviles, como las agujas de un reloj sin cuerda. Faltaba la perpetua tensión
por la caridad, y en su lugar quedaban solo unas chispas de sarcasmo y dureza,
que en tiempos habían sido “las cosas de sor Estivill”, y ahora se hacían
dolorosas de contemplar.
-A ver, la
embajadora de Tortosa…
-Madre, no he
venido de visita. En nombre de mis hermanas me presento ante usted humildemente
para cumplir con mi responsabilidad.
-Vaya preámbulo.
Sor María Rosa siempre tan fina.
Qué triste estaba
sor Estivill por dentro. En aquel instante lo vio claramente y se compadeció de
ella.
No la voy a
entretener con rodeos, sé que nunca le han gustado. Esto es lo que he venido a
decirle, madre: la Corporación debe transformarse sin tardanza en un verdadero
instituto religioso. Nuestra tarea de caridad, nuestros votos de vida y el
Señor mismo nos lo exigen.
-¿Y qué es lo que
exigen exactamente?
-Que anudemos
cuanto antes los antiguos vínculos con las Hijas de la Caridad o que nos
pongamos bajo la autoridad de la Iglesia como una nueva congregación. Si esto
es lo que decide, madre, el arzobispo de Tarragona nos espera para iniciar los
pasos.
Sor Luisa
contestó, pero su respuesta fue tan amarga, tan cargada de burla y desprecio
que ella –para perdonar a su superiora y mantenerla en el lugar que merecía
dentro de su corazón- intentó olvidar enseguida sus palabras. Y las había
olvidado. Todas, menos una que le dirigió con ironía: “fundadora”. Al
escucharla le había temblado el corazón.
Regresó a Tortosa
muy triste pero muy serena. Ahora veía que las circunstancias eran
determinantes. Y no solo para ella, para sus hijas también. En los dos
platillos de una imperiosa balanza se encontraban, de un lado, una ruptura
dolorosa con la Corporación, que se hundía por falta de cimientos; del otro,
una comunidad viva y pujante, con profundo deseo de unirse a la Iglesia. La
elección estaba clara. Pero, una vez tomada, ¿cómo cumplirla? ¿Retornarían a
las Hijas de la Caridad con quienes nunca habían vivido? No, aquel paso
decisivo deberían darlo hacia delante. ¿Y quién lo daría? La palabra que le
había dicho sor Estivill regresó a sus oídos, pero despojada de todo sarcasmo,
limpia y redonda: fundadora. Ella, la Doloretes que jugaba a ser santa Teresa
en el patio. “¿Por qué? ¿Por qué yo, Señor? Si soy indigna, si soy pequeña, si parece que valgo y no valgo nada, si estoy muy cansada y tengo la espalda hecha
polvo”. Sin embargo, también escuchaba su propia voz diciendo: “Fundadora
porque es la única forma de que tus hijas desarrollen una verdadera vida
religiosa; porque ante el sagrario has dicho muchas veces que por ellas
entregarías la vida; porque solo deseas dar gusto a Dios…”.
Aquel era un plan
trascendental que englobaba su destino y el de las otras once hermanas de las
comunidades de Tortosa, por eso las había mantenido informadas en todo momento
del objetivo de su viaje a Reus, y por eso –temblando por dentro y sonriendo
por fuera- las reunió al llegar. Era muy importante que todas manifestaron
sinceramente su opinión. Se encomendaron a Nuestra Señora de la Cinta, patrona
de la ciudad, y dedicaron varias vigilias a la meditación en silencio y a orar
con intenso fervor. Luego, una a una, expresaron su voluntad. Y fue un clamor:
hacia delante. Decidieron redactar un informe dirigido al vicario capitular de
la diócesis de Tortosa, don Ángelo Sancho, que todas firmaron. En él
solicitaban la gracia de ser admitidas bajo la dirección y obediencia de la
autoridad eclesiástica diocesana. Era sábado 14 de marzo de 1857.
Sabían que don
Ángelo daría su visto bueno porque él mismo las había orientado sobre la forma
de redactar la solicitud, y había sido uno de los consejeros de María Rosa
antes de su viaje a Reus. Él les encomendó que escribieran también al alcalde
–su casero, al ser de propiedad municipal tanto la Casa De Misericordia como el
hospital y el colegio- para garantizarle que la nueva situación eclesiástica no
afectaría en nada a su trabajo y solicitar que se les transfiriera el contrato
firmado con la Corporación de Reus. Así lo hicieron.
“Ni recibimos
coacciones para tomar aquella decisión, ni tuvimos dudas una vez tomada. No fue
un momento de incertidumbre sino de inmensa esperanza. Las doce nos sentimos
más hermanas que nunca. El Señor nos proporcionaba la consolación que
anhelábamos durante los años de nuestra orfandad. No uníamos por fin a la
Iglesia y de nosotras brotaba un nuevo carisma”.
El 6 de abril
recibieron la carta que contenía la respuesta del vicario. Ella esperó al final
del Día para que pudieran leerla todas juntas, al concluir sus obligaciones.
Oraron primero en la capilla y pidieron al Señor que supiesen aceptar Su
Voluntad, fuese cual fuese. Después abrieron el sello episcopal y leyeron:
Tortosa, 6 de abril de 1857
En vita de la
solicitud dirigida por VV. a este Gobierno eclesiástico y razones expuestas en
la misma…
Tomamos a las
hermanas firmantes y demás que con el tiempo pudieran agregárseles, bajo
nuestra obediencia, protección y dirección en lo espiritual, como lo solicitan.
Este Gobernador
eclesiástico, al paso que experimenta un verdadero placer en reconocerlas como
parte especial de la grey del Señor que interinamente le está confiada, lo
tiene también en persuadirse de que perseverarán en el laudable celo con que
desempeñan los deberes de caridad que se han impuesto.
Lo que comunico a
VV. para su satisfacción y conocimiento. Dios guarde a ustedes muchos años.
El Vicario Capitular Gobernador Eclesiástico
S. V. Ángelo Sancho
María Rosa Molas, Ángela Sanfeliu, Francisca Ferré, María
Antonia Capdevila, María Castells, Teresa Secall, Rafaela Canals, María Teresa
Bartolomé, Josefa Salvadó, Josefa Solá, Carmen Oriol y Catalina Pereta.
Aquellos eran los nombres de las destinatarias.
