CAPÍTULO 3 - CON INDECIBLE DESPRENDIMIENTO (1849 -1857)







CAPÍTULO TERCERO

CON INDECIBLE DESPRENDIMIENTO (1849 - 1857)


En la mañana del 9 de junio de 1876

- Déjeme marchar -había susurrado con la  mirada suplicante. Era su éxodo y aún la impulsaba la obediencia. El padre Sebastián León, su confesor, había respondido entre lágrimas.

- Cúmplase la santísima voluntad de Dios.

Y antes de salir de la celda la bendijo de nuevo.



Brillaba la primera hora e la mañana, siempre alegre para ella después de las largas noches de vigilia. La tarde anterior había realizado una confesión general y ahora sentía correr por sus venas el consuelo del Santo Viático, la sagrada Comunión administrada a los moribundos. Había recibido al Señor, algo que desde los nueve años le parecía lo más importante de la vida. Estaba lúcida, serena, y así iba a morir. Faltaba poco para hallarse por fin en compañía de su Amado, se terminaban los trabajos y las penas. Ya era toda de Él. Y Él acababa de perdonarla en la confesión. Perdonaba las tribulaciones, la aridez, las dudas, las tristezas, las veces que no estuvo a la altura de Su llamada, los momentos en que no distinguió el padecimiento de alguien y pasó de largo, los cortos pasos de su esfuerzo. En aquella última hora comprendía que al manantial de toda misericordia no le importaba su pequeñez. La quería así; la había querido así desde el principio, en la consolación y en la desolación, cada minuto de su vida.

Ella, Doloretes Molas, había recorrido la vía mística sin atreverse jamás a creerlo. Había caminado cuesta arriba durante una larga noche del alma, se había encontrado sola en la expresión de lo inefable, había llegado a probar la unión con el Amado hasta alcanzar una alta morada y gustar la Gracia sobreabundante. Y a Aquel que había sido su amor, su único amor, tendía ahora los brazos para acogerla y le decía: "Estoy aquí, al final del camino". Nunca, nunca se había sentido tan feliz.

Abrió los ojos y contempló las paredes de su celda, tan lisas y despojadas. Junto a su lecho, dos hermanas rezaban el Rosario en voz bajísima, creyéndola dormida. Pero estaba despierta por completo. Los dolores, que eran como cuchilladas en el vientre, se habían amortiguado; el temblor de los miembros había cesado, como si el Viático sanara también la enfermedad del cuerpo. Llevaba en la mano su rosario y por un instante apretó aquellas cuentas desgastadas ya de tanta oración. Se iba a reencontrar con su buen padre, con su madre santa, con la abuela María, con la madre Rafaela Canals y la madre María Castells, con fray Salvador... Y con el desvalido Tinet, el doliente Ximo, y tantos hijos de Dios como había ayudado a bien morir.

Aparecían frente a ella, brillantes, como recien labados por el examen de conciencia, los recuerdos de su última parte de su vida. Y el escenario era Tortosa. La ciudad encajonada entre la montaña de piedra y el río de limo, con sus golpes de viento, su castillo imponente y sus gentes industriosas, había llegado a ser para ella la tierra más amada. ahora se convertía, definitivamente en su lecho.

Cuántos recuerdos estaban asociados al eterno rumor del Ebro...


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Después de la segunda guerra carlista, Tortosa deseaba resurgir. Por eso había refundado la sociedad lírico-dramática del Liceo, orgullo de la ciudad por sus funciones de ópera y de teatro en las que actuaban grandes artistas. Para su nueva decoración se habían empleado los mayores adelantos, por ejemplo, unas modernísimas lámparas de gas fabricadas por el acreditado José Molas y Vallvé. Era su hermano, sí, convertido ya en eminente empresario. Pero había más: se constrían colegios y hospitales, veían la luz nuevos periódicos, se extendía el cultivo del arroz por los humedales del delta, un novísimo barco de vapor realizaba el trayecto regular  entre la ciudad y Barcelona, y se inauguraba a bombo y platillo el canal de la margen derecha del Ebro.




Precisamente allí, junto al canal, en una zona modestísima que se conocía como arrabal de Jesús, se hallaba -en estado de abandono- un asilo para niños y ancianos denominado Casa de Misericordia. Hasta 1837 lo habían atendido las Hijas de la Caridad, pero se habían marchado diezmadas por la separación de las de Reus y las desamortizaciones. Desde entonces, en medio de revoluciones y guerras, la Casa había permanecido abierta, atendida de mala manera por empleados civiles, y asfixiada por la miseria y la incuria. Tan grave era la situación que los tortosinos evitaban pasar por las cercanías a causa del insoportable olor que escapaba de las ventanas. La nueva Tortosa no podía consentir por más tiempo aquel abandono, así que a primeros de marzo de 1849 el secretario del ayuntamiento, un hombre honesto y volcado en sus conciudadanos que se llamaba Antonio González Mercé, escribió a la corporación de Reus solicitando que enviaran a algunas hermanas para encargarse de los asilados. Sor Estivill se sintió muy halagada de la oferta, sor Francisca Freixa le sugirió quién podía ser la persona más adecuada para sacar adelante una empresa tan difícil, y así se decició. 

- María Rosa, voy a mandarte a Tortosa como superiora, a cargo de cuatro hermanas. ¿Qué me dices?

- Que obedezco de corazón, madre.

- Por lo poco que me han contado, no va a ser un paseo. Llévate a sor Rafaela, que allí harán falta manos dispuestas. Te acompañarán también sor Antonia, sor Ángela y sor Marina.

¡Superiora de cuatro hermanas! En aquel mismo instante, intuyó que el Señor la sacaba de su tierra, como a Abrahán, para ensanchar su horizonte. Y le pidió serenidad y fortaleza.

El propio alcalde y secretario fueron a buscarlas en coches municipales para dar marchamo oficial a su viaje. Poco antes sor Estivill había recibido una nueva carta, esta vez del ayuntamiento de Barcelona, solicitando el mismo favor para otra casa. Y en el momento de partir, aseguró a los caballeros:

- Debo rechazar esta nueva solicitud, bien que lo siento. ¡Pero no tengo otra María Rosa!

Con aquellas palabras se habían dicho adios. Fue sor Francisca Freixa quien quiso despedirla con mayor afecto:

- Mi amiga querida, la de mayores virtudes, te agradezco muchísimo todo lo que has hecho en esta Casa. Que el Señor te bendiga.

Se marchaba de Reus, el hogar de su familia, dejando parte del corazón en sus enfermos y sus alumnas, que habían ido a despedirla y repetían su nombre a sabiendas de que no volverían a estar con ella. Sin embargo, sentía ilusión. Necesitaba aquel cambio, le parecía bueno separarse un poco de la égida arbitraria de sor Estivill, y sabía que podía, con ayuda del Señor, hacerse cargo de la tarea. El trabajo nunca la había asustado. Y dirigir una casa como superiora, si era lo que Él quería, tampoco. Así que mientras los coches recorrían el camino de la costa, y el azul y el sol le enviaban ánimos, ella oraba: "Señor, que las cuatro hermanas que inician conmigo esta aventura encuentren en mí a una verdadera madre. Permite que les tenga igual aprecio a todas, que las trate con caridad, que las corrija con prudencia. Y que yo tenga mucho celo y caridad en Tu servicio. Hasta perder la vida si es necesario".



En la tarde del 18 de marzo de 1849, divisó por primera vez los torreones del imponente castillo templario de la Zuda, que domina Tortosa. Entre los muchos recuerdos de aquellas horas, uno había permanecido indeleble en su memoria. Y era que antes de atravesar el puente de barcas para pasar a la margen derecha del Ebro, el excelentísimo señor alcalde había descendido del coche y le había dicho, seguro y sonriente:

- Reverenda madre, no sé con cuántas gallinas contarán en el huerto, pero sean las que sean, mañana mismo le dobla la cantidad el ayuntamiento.

Y entonces el bueno de don Antonio González, que las acompañaba para mostrarles la Casa de Misericordia, la miró muy apurado y no volvió a promuniar palabra hasta que llegaron.

¡Gallinas! ¡Allí no había nada! nunca había visto ella una suciedad y una miseria tan profundas. Tanto que en un primer instante le dolió el corazón. ¿Cómo era posible que así, en aquellas condiciones inhumanas, vivieran los hijos predilectos de Dios?

En aquel recinto enorme todo era confusión, inmundicia y pobreza. El olor a excrementos, al entrar, provocaba náuseas. los doscientos huérfanos alojados allí estaban devorados por los piojos y tenían la piel llagada y el vientre abultado por la malnutrición. Los más pequeños dormían sobre tablas de madera invadidas por las cucarachas; los mayorcitos, juntos en una gran cama olvidada allí por algún marqués de otro siglo, situada junto all muladar y cubierta por puñados de paja. Medio centenar de ancianos esqueléticos vestían jirones de camisas, sin más ropa interior ni de abrigo. Las cabezas tristtes, cubiertas de arañazos, les sangraban de tanto rascarse el picor de la tiña. En la despensa no había practicamente nada, ni siquiera jabón, y en todo el edificio, para salvaguardarse del relente de la primavera y de la humedad del río, encontraron solo siete mantas apolilladas. La zona de las monjas, llena de trastos, parecía el desván de una casa antigua, y solo la capilla estaba amueblada, o eso parecía bajo el peso de las telarañas.



Don Antonio estaba demudado y la miraba de reojo mientras ella observaba todo en silencio. No podía
 hablar. El nombre de la casa le enviaba una invitación antigua: misericordia significaba sentir aquel dolor en su propio corazón, y lo sentía tan profundamente que se asfixiaba. Aquella era una tarea titánica, pero no de orden ni de limpieza, aunque lo pareciese, sino de consolación. Sor Rafaela, que iba a su lado, le susurró como si le leyera el pensamiento: "Usted puede con esto, madre. El Señor le manda un encargo a su medida". Ella se lo agradeció, con lágrimas en los ojos ante aquel desamparo. Consolar por amor era lo que Él deseaba que hiciera.

- Sor María Rosa, dígame lo que necesita. Mañana al amanecer lo tendrá aquí.

- Muchas gracias, don Antonio. Pero si le fuera posible mandarme ahora mismo jabón y unos cubos grandes que llenemos de agua...

- La huerta es inmensa, no hay gallinas que pueda duplicar el señor alcalde, pero hay pozo, tiene muchas posibilidades. Ya lo verá.

- Sí. Con la ayuda del Señor pronto estaremos bien. Pero...

- Pida usdted, madre.

- Por el amor de Dios, don Antonio, búsqueme usted cuanto antes ropas de abrigo y unas camas sencillas para estos pobrecitos.

- Hablaré con el ayuntamiento lo de las ropas. Y ya se me ha ocurrido de dónde van a salir las camas. Del almacén del hospital. Mañana las tiene, se lo prometo.

Ella comprendió entonces que en aquel hombre bajito, de piel cetrina y solemne bigote, había encontrado un aliado para siempre.

Desde el día siguiente -19 de marzo, san José- corrieron por los suelos de la Casa de Misericordia  grandes baldes de agua, se encalaron las paredes, se fregaron y cepillaron las puertas, se ordenaron los trastos, se llenaron los pasillos de macetas con flores, la comida comenzó a ser caliente y las ropas limpias. También para eso tuvo que echar mano del ingenio y, como no llegaban las nuevas, estableció un sistema de turnos para lavar, estirar y secar durante la noche, y que así todo estuviera impecable al amanecer. Por supuesto, entabló también una batalla de meses contra los piojos y las cucarachas. Y, como si solo aquel cuidado bastase para hacerlos florecer, los niños sin padres, los ancianos abandonados, los dementes y los enfermos se sintieronn personas. Caminaban más erguidos, se comportaban con más cuidado, sonreían, daban las gracias...


Los recordaba a casi todos. A Teresita, que pasaba por loca. Una mañana, ella la estaba levantando y le frotaba bien el jabón por todo el cuerpo mientras le contaba alguna pequeña historia. Entonces, aquella mujer sin edad, sonriendo con su boca negra, le había acariciado la mejilla y le había dicho:

- Nos hemos convertido en una familia y tenemos una madre.

O a don Lanas, un anciano con aire de hidalgo que no recordaba como se llamaba, y a quien decían así por la aureola de cabello blanco. A ella, que no paró hasta que descubrió su nombre en unos viejos registros, le impresionaba la profundidad de su alma.

- Tiene razón, don Manuel. Muchísimas gracias. O al pequeño Agustín, un huérfano que tenía solo siete años. Un día le escuchó decir: "Yo de mayor quiero ser sastre". Y ella se empeño en sacar ratos para enseñarle a coser. La verdad es que aquel chavalillo le hacía mucha gracia porque estaba lleno de inteligencia y era muy observador. Tanto que un día le dijo:

- Madre, ¿a que para usted sobre todo está Dios?

- Sí, Agustín.

- ¡Lo sabía! ¡Se lo dije a los otros!

Cómo evitar que le brotasen las lágrimas. Se emocionaba mucho en compañía de aquellos desvalidos que eran imágenes de su Esposo.

- Nuestro Señor en todas partes nos habla, es la suerte que tenemos -comentaba a las hermanas.

Sin embargo le apuraba que ellas la encontrasen tantas veces deshecha en llanto, así que les pedía perdón por aquella sensibilidad. Aún así, rezaba con todo el corazón por sus asilados, uno por uno, día y noche, en el trabajo y en la vigilia. Iban con ella al pie de la Cruz.




Por supuesto nunca había olvidado a don Damián Gordo, el obispo de Tortosa, que tenía fama de santo. Nada más verlas llegar, había solicitado por carta a todas las parroquias que contribuyeran al sostén de aquella obra de Dios. Aquel gesto revivió su inquietud por que la Corporación se mantuviera alejada de la obediencia a la Iglesia. Era una desazón interior que nunca la abandonaba.

Aún recordaba una mañana en que, como siempre, encontró un minuto para leer el periódico. Le parecía muy importante saber lo que pasaba, y ahora que dirigía a las hermanas, más: "Debemos estar informadas para servir mejor a quienes servimos y para evitar los engaños", les decía. Pues bien, en el Detortense aparecía un comunicado del ayuntamiento:

Gracias a los esfuerzos de nuestro celoso Alcalde Corregidor don Mariano Escartín, la Casa de Misericordia va a salir del lamentable estado en que se halla. a este fin se han hecho venir de Reus Hermanas de la Caridad que, con su entendida e infatigable directora, se están ocupando sin tregua ni descanso de montar en este establecimiento, corrigiendo muchos abusos e introduciendo grandes reformas.

- Mire esto Rafaela.

- Madre, que bien le va la palabra infatigable. Algo estaremos haciendo, cuando ya presume el alcalde.

- Aún no hemos hecho nada. La verdadera tarea es cambiar esta casa por dentro.



Se había aplicado a ello. Y a partir de entonces no solo barría, inundaba los suelos de agua limpia, cocinaba, remendaba, cosía, cuidaba enfermos, limpiaba caritas mocosas o consolaba el llanto de los viejos; también procuró que, una vez al día, todos se reunieran en la capilla para oír la Santa Misa y rezar el Trisagio de la Santísima trinidad, del cual era muy devota. Ella misma leía en voz alta libros espirituales durante las comidas, que comenzaron a ser desde entonces silenciosas y tranquilas, y se ocupaba de que los niños y niñas rezaran por la mañana y por la noche.


     Ese rezo, en el dormitorio de los pequeños, era su mayor alegría y lo prolongaba cuanto podía para permanecer más tiempo con ellos y escuchar sus oraciones purísimas. Cada noche se arrodillaba junto a algún chiquitín huérfano o rechazado por su madre, le juntaba las manitas, e iba recitando despacio el Padrenuestro para que el niño repitiera cada frase y la aprendiera. Luego, lo acostaba, lo cubría con el embozo, le besaba la frente y volvía a caer de rodillas, de nuevo entre lágrimas que no podía remediar, traspasada por las criaturas de Dios.

     Pero también saboreaba historias antiguas que le contaban los viejos. Le parecía que aquellas experiencias de vida poseían una profunda belleza. Así lo aseguraba a las hermanas:

     -Es gran caridad sostener con los ancianos conversación dulce y atenta, y dirigir palabras de consuelo a los enfermos y a quienes se sienten desgraciados

     Para la trasformación interior de la Casa contó con otro aliado que, sin duda, le había enviado el Señor: un jovencísimo seminarista de Vinaroz, alto como una torre y flaco como un huso, que se alojaba en la casita de los guardeses, junto a la tapia del huerto. Se llamaba Sebastián León Tomás.

     “El padre Sebastián, mi confesor durante los últimos quince años, acaba de administrarme el santo Viático. Era un muchacho cuando lo conocí y ahora me va a acompañar a bien morir. Recuerdo la primera vez que lo vi, en un pasillo de la Casa de Misericordia. Yo iba montada sobre un balde de agua, como si navegara en un barco, y por poco no me lo llevo por delante. Enseguida me ayudó a que en la Casa hubiera práctica religiosa. Él mismo dirigía nuestra oración. Ha recibido durante estos años mis confesiones, conoce mis pecados y me los ha perdonado en Tu nombre. Gracias de corazón, Señor, por haber puesto en mi camino, cuando más lo necesitaba, a un segundo fray Salvador: un sacerdote que me ha acompañado como un verdadero padre en estos años de tanto esfuerzo”. 

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     No había transcurrido aún un mes de su llegada y la Casa de Misericordia había cambiado tanto que el arrabal de Jesús, antes evitado por los tortosinos, se había convertido en el nuevo paseo de la ciudad. Muchos iban a ver “las maravillas que hacían cinco monjas”; otros, por el contrario, no se privaban de inspeccionarlo todo en busca de algún defecto, y si no lo encontraban, se lo inventaban. Para su tristeza, algunos asilados colaboraban en el descrédito: no les gustaba ni tanto orden ni tanta limpieza, y mucho menos lo de tener que rezar. Ella reconocía que, en su momento, aquellas críticas le habían dolido, aunque no por sí misma. Le parecía que el trabajo ímprobo de las hermanas era digno de veneración. A una dama muy encopetada que les reprochaba con malos modos el pobrísimo atavío de los ancianos, ya que las ropas de abrigo seguían sin llegar, le dijo sonriente y calmada, pero en serio:

     -Señora, me parece que unas jóvenes que, abandonando sus familias, van a servir a desconocidos, e incluso a veces hasta a viciosos, en casas como esta donde el primer día solo se podía entrar por caridad, deberían ser respetadas y miradas con mucha deferencia.


     El padre Sebastián, contaba muchas veces la visita de un escritor importante de la ciudad, un anticlerical que presumía de serlo. Aquel caballero apareció sin previo aviso en el caserón, con el ceño fruncido, como un inspector de salud pública. Nada más entrar se dio de bruces con ella, que iba cargando un enorme capazo de sábanas para tender al sol. Y a pesar de verla así atareada, le dijo:

      -Usted es sin duda la superiora.

     -Sí, para servirle. ¿Cómo se ha dado cuenta?

     -Hermana, se le nota muchísimo. En la estatura, en el continente y, si me permite usted la confianza, en la luz.

     -¿Desea visitar la Casa?

     -Si es tan amable…

     Y se dedicó a pasear por las salas. A los tres minutos ya estaba asombrado. Y al salir, dijo a los amigos que lo esperaban: “¡Esto es increíble! ¡O son santas o son brujas!”. Lo mejor del asunto es que, a partir de entonces, se convirtió en su defensor más acérrimo en los círculos intelectuales de Tortosa. “Me veo obligado a reconocer la influencia de la virtud, y la madre Molas la posee en grado supremo”., decía. ¡Y a raíz de aquello el ayuntamiento tuvo que poner guardias en la puerta! Sólo así se podía controlar el número de visitas de los tortosinos al milagro de las cinco monjas. Por supuesto, se asombraban al comprobar que la superiora era también la remendona, la sacristana, la cocinera, la tornera. Todo como si nada.

     Enseguida comprendió la necesidad de crear una escuela para las niñas de los arrabales, a quienes veía deambular por las calles y correr muchos riesgos. En cuanto pudo, se lo planteó a don Mariano, el alcalde. Por supuesto, este dijo que sí. Ya la mostraba a los visitantes como “una de las maravillas de la ciudad”. A ella, sin embargo, le disgustaba aquella exageración y decía a las hermanas:

     -Estaríamos buenas si tomásemos en serio esas tonterías. Hagamos nuestras obras con mucha perfección y desnudas de toda vanidad y gloria terrena.

     La prensa publicó inmediatamente aquella iniciativa:

     -En la Misericordia, La comunidad compuesta por Hermanas de la Caridad propagará la instrucción entre las niñas de los arrabales. El día 16 de abril de 1849 se abrirán la escuela y la costura, en las cuales se enseñará doctrina cristiana, urbanidad, máximas de buena y sana moral, lectura, escritura y labores. Ninguna retribución se exigirá para la enseñanza. Las niñas deberán llevar una sillita para sentarse. (El Detorsense, 8 abril de 1849).

     Ella, en Reus, se había enamorado de ser maestra, así que sentía mucha alegría por contar de nuevo con una escuela. Solo empañaban un poco aquel momento los intensísimos dolores de espalda. Por la noche, sobre todo, se le hacían muy difíciles de soportar, y se los ofrecía al Señor como sacrificio. Tampoco iban muy allá las rodillas; a veces parecían de madera y se negaban a doblarse. Tal vez trabajaba demasiado. Pero la espalda o las rodillas no significaban nada: quería dar aquellos huérfanos y ancianos su vida entera. Por eso se aseguraba de que nadie le notara el sufrimiento.

 (María Rosa padeció, desde los treinta años, una grave osteoartritis en la columna que determinó la fusión de tres vértebras en el raquis dorsal y dos en el raquis cervical, formando una sola pieza. La causa fue seguramente una espondilitis anquilosante, enfermedad crónica de origen infeccioso que cursa además con problemas intestinales, como los que ella padeció. También sufrió artrosis en las rodillas. Estas degeneraciones óseas debieron de producirle dolores terribles.)



     Las clases funcionaban tan bien que en 1850 don Antonio González, siempre ocupado en mejorar su ciudad, le pidió que se hiciera cargo de la escuela municipal de niñas, que estaba situada en un edificio llamado Casa de la Enseñanza, en pleno centro de Tortosa. Nueva responsabilidad y a la vez nuevo regalo de Dios. Para que pudiera ejercer como directora, le otorgaron el nombramiento de maestra interina y se le concedió un permiso para seguir residiendo en la Misericordia aunque la escuela contaba con dependencias para las maestras. Y a partir de entonces, el arrabal de Jesús, el puente de barcas y las viejas calles medievales saludaron el trayecto diario de la madre Molas, a pie, entre una Casa y la otra. Lo hacía rezando, se le notaba, pero también sonreía y saludaba, tanto es así que los tenderos y los viandantes la esperaban. Aunque siempre le costó creerlo, toda la ciudad sabía ya quién era.

     Como sentía una verdadera vocación por la enseñanza, puso en práctica en la escuela un método del que se había informado, y que consistía en el “trabajo simultáneo”, opuesto al individual que se usaba habitualmente. Las alumnas se dividían en grupos y se explicaban y corregían unas a otras. El interés por el aprendizaje y los progresos que resultaban de aquel método eran tan espectaculares que muy pronto llamaron la atención. Para entonces, el colegio contaba ya con cuatro nuevas hermanas, enviadas desde Reus y dispuestas a dar pruebas de su vocación. Verlas la llenaba de alegría. Eran sus hijas. Y ellas, del gusto por estar a su lado, no la dejaban marchar cuando iba a visitarlas. Le decían: “Madre María Rosa, no se vaya todavía, déjenos levantar, como en el evangelio, tres tiendas para acampar aquí. Es que sus consejos y su fervor al hablar de la caridad nos sirven más que las lecturas y los sermones”.

     Una vez por semana llevaba a las niñas del colegio a escuchar Misa en la capilla de la Misericordia, luego salían todas al huerto a jugar. A ella le encantaban aquellos momentos. Sacaba de la cocina unas bandejas de dulces que había preparado de madrugada, las sentaba alrededor suyo e impartía sonriente una catequesis sencilla, tanto que parecía una charla de familia. Las chiquillas la escuchaban con atención. Una de ellas, que se llamaba Cinta Nicolau, no paraba hasta sentarse a su lado en el corro. La mirada de aquella niña, impregnada de respeto y confianza, la emocionaba hasta las lágrimas. Por la noche rezaba por todas, y especialmente por ella. Le gustaba decirles:

     -Tenéis que ser buenas porque… ¡habéis comulgado! La niña que recibe al Señor en su pecho no debe ya portarse mal. Cuando Jesús entra en nuestras almas, lo hace para santificarlas. Y para conseguir esto nos inspira santos propósitos y nos habla santas palabras. Cerrad los ojos, así. Asomaros adentro. ¿Lo escucháis? Pues permaneced un ratito escuchando. Nuestro Señor siempre habla a los que comulgan bien. (Cinta Nicolau escribió este testimonio para el proceso de beatificación y canonización de la madre Molas).

     Todo parecía marchar sobre ruedas cuando llegó la noticia de que el ayuntamiento vendía el huerto de la Casa de Misericordia. Lo adquiría uno de los letrados de la magistratura que había conseguido ya un compromiso casi oficial por parte del alcalde. Ella se encendió sin poder remediarlo. ¡El huerto!¡La verdura fresca y la fruta que todos comían!¡Los juegos al sol de los niños para combatir el raquitismo! ¡¡El pozo!! Intentó recordar la mansedumbre de Cristo, pero solo le venía a la memoria su determinación al expulsar a los mercaderes del templo, así que se puso en marcha para hablar con el señor letrado en su propio despacho oficial. Se le plantó delante alta como era, envuelta en las ondas de su velo negro y lanzando llamaradas desde sus ojos, más negros aún. Argumentó de tal manera, dijo tales palabras que todavía las recordaba con un pálpito de vergüenza. Pero el huerto se quedó en la Misericordia. El letrado no contó en público nada de la reunión salvo una misteriosa frase: “¡Caramba con la superiora! ¡Si mi mujer me dijera cosas como esas…!”.

     Cuando regresó de la entrevista se encontraba agotada, pero se recuperó al escuchar a Simón, el asilado que hacía de hortelano:

     -Madre, hay quien cree que ser caritativo es ser blando. Quien no la haya conocido a usted no sabe lo que es la caridad.

     - Calla, Simón. Solo he cumplido con mi deber. Y bien que me ha cansado.

     Pero don Antonio González, que se había opuesto desde el principio a la venta, dijo a todos cuantos quisieron oírle:

     -Sor maría Rosa tiene la energía de un héroe y la fe de un apóstol, vive solo para hacer el bien.

     Y dejó bien claro que mientras él fuese secretario, el Ayuntamiento respetaría el huerto de la Misericordia.


     Por entonces cayó enferma sor Ángela, una de las cuatro hermanas que habían llegado a Tortosa con ella. Era una muchacha ejemplar, a la que admiraba. Como no tenía buen aspecto y le preocupaba mucho, comenzó a levantarse varias veces durante la noche para preguntarle si necesitaba algo. Aún recordaba los diálogos con ella:

     -Madre, usted que vale tanto, ¿cómo consigue esa humildad?

     -Mi pequeñez no es humildad, sor Ángela, sino que es la verdad de lo que soy. Por eso, porque está muy cerca de la verdad, la humildad es un tesoro escondido.

     -Y ¿cómo puede pasar tantas noches en oración? ¿No le perjudica luego la falta de sueño para el trabajo del día?

     Ella, emocionada en lo más hondo, había respondido:

     -Quien llega aprobar cuán dulce es Dios no puede, sin gran violencia, dejar tan suave ejercicio.

     Y con aquellas palabras desvelaba su mayor secreto: la vía de la contemplación y de iluminación que ya transitaba y de la que no se atrevía a hablar.

     “Señor, yo tenía que hablar a mis hijas de Ti porque me rebosabas del corazón, porque eras mi Esposo, mi amado, y solo deseaba estar contigo. Todo eres Tú, en todo estabas. Luego sentía mucho haberme puesto a mí misma como ejemplo. Si hubiera sabido entonces que Tú me perdonabas tantas limitaciones, si hubiera tenido la seguridad que tengo hoy –en mi última hora- de que Tú me amabas así de frágil y confusa., hubieran cesado todos mis tormentos. Pero tenía que vivirlo para que pudiera llegar después la felicidad de la unión. Sí, así quisiste que fuera”.




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     En 1851 había ya cinco comunidades que dependían de sor Luisa Estivill como superiora general de la Corporación: el hospital y la Casa de Caridad en Reus, la de la Misericordia y el colegio de Tortosa, y una Beneficencia en Tarragona, recién inaugurada. Seguían, por supuesto, separadas de la autoridad eclesiástica y sumaban ya muchos años de desobediencia a su congregación originaria. Tantos que las Hijas de San Vicente de Paúl decidieron actuar con más energía. Como primer paso, su visitador general exigió el abandono del hábito que sor Estivill había conservado sin modificaciones. Lo hizo en una carta dirigida nada menos que al ministro de la Gobernación.

     … O las hermanas disidentes de Reus y Tortosa se someten a mi dirección, como todas las demás Hijas de la Caridad, o que sirvan en buena hora a los pobres con total independencia, pero usando un traje que en modo alguno pueda equivocarlas nadie con las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul.

     María Rosa recordaba aún el escrito porque efectivamente, aquella situación irregular le hacía sufrir cada vez más. Sin embargo, sor Estivill respondió a la requisitoria con el silencio. La junta municipal de Reus, temerosa de perder a las servidoras de sus institutos de beneficencia, la respaldó y defendió ante los Paúles. Al alejarse de las autoridades religiosas, las civiles se habían convertido en el único pilar en que podía apoyarse aquella mujer obstinada.

     En Tortosa el trabajo seguía, y la necesidad de consolación era inagotable. La ciudad veía afanarse cada día a la madre Molas. Se sentía querida y respetada; su fama trascendía. Era fama de santidad, sí, pero a ella le mortificaba y pedía perdón al Señor por sus carencias.  Aquel delta de su camino, tan ancho y tan cargado de riqueza como el cercano Ebro, iba a desembocar muy pronto en un nuevo mar. Sin embargo antes la esperaba un momento difícil. En la confesión general previa a recibir el Santo Viático, no lo había dejado de lado. Además, el padre Sebastián León había sido testigo. Ella perdonó enseguida a las protagonistas, y de todo corazón, pero incluso en el umbral de la Casa del padre recordaba el sufrimiento.



     A mediados de 1851, sor Estivill y el padre Carbonell creyeron necesario salvaguardar el colegio de Tortosa de los cambios políticos. Al fin y al cabo, que la Corporación dirigiese un centro educativo municipal era un gran avance. Como primera medida, llamaron a María Rosa y le ordenaron que consiguiera el título oficial de maestra en la convocatoria de aquel mismo año “con el fin de mantener la estabilidad de su puesto mejor que con el nombramiento interino”. Ella les dijo que obedecería, desde luego, pero se quedó preocupada: estudiar una oposición bastante seria en apenas cinco meses era muy difícil. Si para cualquiera hubiese sido un reto, para quien sacaba adelante a diario dos instituciones muy complejas se trataba de un mandato abrumador. Por supuesto, dedicaría horas a prepararla como fuese. Sin embaro, la orden iba acompañada de otra, muy extraña, cuya causa no le explicaron:

     -Tendrás que guardar secreto absoluto. No podrás decirle a nadie que estás estudiando, ni siquiera a tu confesor en Tortosa.

     El trasfondo de aquel mandato sonaba a corte de alas, a prueba encubierta. “¿Por qué?, se preguntó, pero enseguida rechazó aquel pensamiento. “Debemos ser tan obedientes que lo dejemos todo por esa virtud. Quien no tiene espíritu de obedecer, no tiene vocación religiosa”. Así hablaba a sus hijas y eso debía mantener cuando le tocaba a ella, aunque fuese una obediencia tan trabajosa. Por tanto, preparó con absoluto sigilo la matrícula del examen y el resto de los documentos. Debía presentarlos en Tarragona, ante la comisión Provincial de Educación, y las excusas que tuvo que poner para el viaje le repugnaron. Allí mismo, en la Escuela Normal, que ocupaba parte del antiguo convento de San Francisco, compró los libros de estudio. Al abrirlos, se encontró con que tenía muchísimas lagunas en el conocimiento. A los treinta y seis años, veinte después de haber sido alumna de don Mariano Ríus, con experiencia como maestra de niñas pequeñas para leer y contar, y de mayorcitas para bordar y coser, se enfrentaba a un temario en el cual se hablaba de geometría, de análisis sintáctico, de geografía, de historia natural… Necesitaba ayuda, necesitaba un preparador o jamás aprobaría el examen. Y en esto no hubiera habido dificultad, cualquier maestro de la Escuela de niños le hubiera echado una mano, salvo que ¿no podía decírselo a nadie!

     La Casa de Misericordia contaba con un director administrativo que también ejercía como capellán. Era don José Marqués, un sacerdote de treinta años, natural de Tortosa, muy estimado y laborioso, que entendía de números y colaboraba directamente con el obispo. Como por el volumen de asilados y la complejidad de la economía hacía falta un contable, don José pasaba todas las tardes un rato en el despacho, supervisando las cuentas y anotando en los libros. Ella comprendió que era la persona adecuada para aclararle dudas y estuvo reflexionando sobre la manera de pedirle ayuda sin traicionar su voto de obediencia. Después de darle muchas vueltas, se decidió por fin.

     -Padre, no quiero molestarle, pero… necesito desempolvar algunas lecciones y aprender otras. ¿Le importaría mucho si, de vez en cuando, le consulto dudas sobre aritmética o gramática?

     -Por supuesto que no, madre María Rosa. Aquí me tiene a su disposición.

     - ¿Tendría la caridad de explicarme ahora, en un vuelo, el principio de Arquímedes?

     -Desde luego. Siéntese un momento, que con el despeje que usted tiene no vamos a tardar nada. Pero no deja de asombrarme, madre. Le interesa Arquímedes mientras lleva adelante el Colegio y esta Casa. Como es tan humilde, se esconde usted detrás de sus sábanas para remendar y sus perolas de dulce membrillo, pero no puede ocultar que tiene un alma gigantesca.

     -Padre, por Dios. Entonces aquel bueno de Arquímedes…

     Y don José se había sonreído porque sabía que ella padecía con las alabanzas.

     -Verá, se trata de calcular la cantidad de líquido que se desplaza hacia arriba cuando se sumerge un objeto en un recipiente. Es la fórmula que explica por qué flotan los barcos.

     En efecto se enteró enseguida. Durante un par de semanas echó un ratito cada tarde con el padre Marqués, tranquila, concentrada en la explicación como de niña, y con la puerta del despacho cerrada para mantener el secreto sobre algo que, en sí mismo, carecía de importancia. No vio el peligro. Nunca hubiera podido verlo porque era casta en sumo grado –no por sus fuerzas sino porque así lo había querido el Señor- e incapaz de imaginar actitudes que desconocía por completo.

     Y de repente volvió a aparecer la envidia. Una hermana, de las que habían llegado a Tortosa con ella, convenció a otras dos de que algo prohibido ocurría en el despacho. Los quince minutos en que aquella puerta permanecía cerrada servían como prueba suficiente para dar pábulo a una terrible calumnia. Sin más argumentos que la sospecha, la denunciaron a sor Estivill. Mientras tanto, un par de sacerdotes y tres o cuatro beatas extendieron el rumor por la ciudad. De la noche a la mañana se había desencadenado una tempestad en torno suyo, y ni siquiera se había dado cuenta. Fue sor Rafaela, demudada y llorosa, quien se lo dijo. Le costó mucho creerlo. Y le dolió sobre todo por don José, de quien no había recibido más que amabilidad y respeto. La misma noche en que se llevó el enorme disgusto, desvelada y en oración profunda, decidió lavar las penas del alma de la forma en la que el Señor quería: con el infalible y sanador perdón. Así que a la mañana siguiente reunió en su pequeña celda de superiora a las hermanas que la habían calumniado, se arrodilló ante ellas y les dijo:

     -Hijas queridas, no vengo a deciros palabras en mi defensa porque solo lo que ofende a Dios debe perturbarme. En esta hora que me sabe un poco amarga, me tranquiliza y me anima no tener fines interesados y poder asegurar así la bondad de mis actos. Solo siento que, sin querer, haya podido escandalizaros en algo, y por eso pido perdón humildemente.

     Aquellas tres mujeres sintieron la conmoción que produce la verdadera humildad y se ahogaron en llanto, como si la vergüenza fuese el mar. La principal responsable de lo que había sucedido le dijo:

     -Perdóneme, madre perdóneme… Mejor hubiera sido echarle veneno que no levantar eso contra usted, que es ejemplar.

      Pero ya las había perdonado aquella noche ante la cruz –ella entera, en cuerpo y alma, en corazón e inteligencia-, así que las abrazó:

     -Qué día tan bonito estamos echando a perder. Queridas hijas, vamos juntas a presentarnos ante el Señor, vamos a la capilla a rezar.

     Tal vez no bastó aquel abrazo. Los procesos del alma de cada ser humano siguen sus propias rutas. La hermana que había instigado la calumnia regresó a Reus al poco tiempo, por su propia voluntad.

     Supo luego que el padre Marqués se había llevado un enorme disgusto, y le había dicho al todavía seminarista Sebastián León:

     -A mí tampoco se me ocurrieron peligros. Solo pensé en el privilegio de explicarle los sujetos y predicados a la madre Molas. Es una santa, la religiosa más recatada, la más inocente de tan inmundas calumnias. Impresiona cómo vive en constante presencia de Dios. Nunca he visto una cosa igual. Además, en esa distancia corta, es muy graciosa, mantiene la juventud en el alma. Sabe reírse de sí misma con un humor estupendo, no descarado sino pleno de dignidad. Ahora comprendo mejor por qué sus hijas la quieren tanto. El secreto está ahí, no solo en el ejemplo que da sino en la forma de ser de ella.

     Por supuesto siguió adelante con su trabajo, con su oración, con sus estudios clandestinos y consultando al padre Marqués cada vez que le hacía falta. Habían buscado desacreditarla y encontraron aquella ocasión, pero –como decía a sus hermanas- “trabajos son amores y no razones ni lamentos”. Eran, por cierto, palabras de su abuela María y le emocionaba recordarlas.

     Sin embargo en la Corporación creyeron las murmuraciones. Solo sor Francisca Freixa la defendió y en cuanto pudo habló con ella y le aclaró muchas cosas. Cuánto, cuánto dolor le produjeron el silencio de sor Estivill, responsable directa de aquel absurdo secreto, y del padre Carbonell que la conocía en confesión. ¿De verdad la creían capaz de aquella oscuridad? ¿Qué tenían contra ella? ¿Era porque oraba con fervor? ¿Por qué estaba sacando adelante una tarea complicada? Si no tenía mérito, si ella era diminuta y caminaba por el desierto… Aquel fue un dolor inmediatamente perdonado, pero había llegado muy hondo y asomaba rebelde en sus dolores de espalda, en las venas hinchadas de sus piernas, en los puntitos brillantes que le aparecían ante los ojos al fijar su mirada. Era triste reconocer que la maledicencia podía acomodarse en el interior de una comunidad religiosa. Después de aliviar miles de tormentos y vivir dos guerras, María Rosa presenciaba atónita el poder del mal para impregnar las más santas tareas, cuando quienes las llevan a cabo sueltan la mano de Dios, aunque sea un instante. Y su Corporación no deseaba sujetarse, esa era la clave.



     Para remontar aquel disgusto, se acercó más que nunca a la oración del Vía Crucis. Era para ella una fuente de consolación a la cual dedicaba media hora cada día, aunque tuviera que restarla al descanso. Le admiraba cómo en la Pasión están representados y purificados todos los sufrimientos posibles del ser humano. Y al rezarlo, decía:

     -Tú sufriste, Jesús mío, hasta los límites de lo imposible. Yo sólo conozco estos dolores pequeños, pero te doy las gracias por ellos, que me permiten acompañarte aunque sea tan de lejos.

     La ola de murmuraciones impulsó a las hermanas de Tortosa a redactar un documento donde hacían constar la inocencia de su superiora y su buen ejemplo. Ella misma lo rompió al verlo. “Los escándalos cada uno se los hace a su propia guisa”, dijo. No era necesario darle a aquel asunto mayor importancia.

     No se la había dado don Damián, el obispo, que conocía bien la naturaleza humana y sabía adónde tenía que mirar. Por eso confirmó al padre Marqués como capellán de la Misericordia –un puesto que desempeñó durante catorce años- y le adjudicó nuevas tareas en la diócesis. Pero sobre todo dio un paso trascendental que significó mucho para María Rosa: aprobó expresamente su trabajo y le ofreció su protección. Poco después, cuando ella le solicitó por escrito la facultad de conservar al Santísimo en la capilla de la Casa de Misericordia, se lo concedió. Qué emoción tan grande fue, a partir de entonces, permanecer de rodillas, absorta ante el Cuerpo de Cristo, y que la Casa de Misericordia fuese ya, más que nunca, Su casa.



     No cabía duda: La Madre Iglesia tendía los brazos a aquella comunidad y a su humilde superiora para que dejaran de ser huérfanas. La generosidad de don Damián se tradujo para ella en muchas noches de vigilia, durante las cuales su corazón descifraba los mensajes ocultos en los Salmos:

     Si el Señor no construye la casa,

     En vano se cansan los albañiles;

     Si el Señor no guarda la ciudad,

     En vano vigilan los centinelas.

      En las tareas de consolación y caridad no había lugar para el individualismo. Era el Señor quien debía cimentarlas. ¿Acaso no se consideraban ellas hermanas en la fe? Pues entonces no podían ser más que hijas obedientes de la Iglesia de Cristo. El delta de su camino deseaba ya desprenderse del limo y unirse al mar.

    Tampoco hubo consecuencias de la calumnia ante don Antonio Gonzaléz y el ayuntamiento de Tortosa, que se acercaron en aquellos días para ofrecerle una nueva tarea de beneficencia: La renovación del Hospital de la Santa Cruz. Era una institución histórica en la ciudad y se encontraba en un estado lamentable. Aceptó, con permiso de su superiora general, pocos días antes de su examen de ingreso al magisterio.

     El 9 de febrero de 1852 expuso sus temas ante la Comisión examinadora de Tarragona y obtuvo su título oficial de maestra con un “notable” estupendo, pero un poquito insípido después de tanto sufrimiento. Enseguida volvió a arremangarse y a trabajar.

     Los ecos de aquel triste episodio se diluyeron tan de prisa como un puñado de tierra en el Ebro. Solo hubo consecuencias para sus autores, que sufrieron. María Rosa lo sintió sinceramente por ellos y por quienes confiaban en ellos. Así lo dijo al resto de las hermanas: “Me duele el daño del ejemplo”. Tortosa, sin embargo, pronunció otras palabras: “El nombre de María Rosa Molas merece aplauso como inteligente e inquebrantable en el ejercicio de su persona”.

     Poco después, en el mes de mayo, sor Estivill accedió al cambio de hábito después de un segundo requerimiento del visitador de los Paules. Ella recordaba muy bien el momento en que estrenaron el nuevo, con él se vestirían después la Hermanas de la Consolación: una túnica recta y negra con pechera almidonada de hombro a hombro, y una toca sencilla, sin alas, de velo negro cobre una cofia blanca. Aquel hábito la acompañó al cruzar por primera vez el umbral del Hospital de la Santa Cruz, otro lugar de tristeza y desidia que levantar en lo terreno y hacia el cielo.

     Tres nuevas hermanas llegaron de Reus para realizar un duro trabajo de acondicionamiento y atención a los enfermos. Tres nuevas hijas a las que orientar y apoyar. A ellas les decía:

     -Todo sea siempre para gloria de Dios y bien de los prójimos, nada para nosotras.

     Dios, todo, siempre, bien, prójimo… Las palabras de su vida.

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     El colegio municipal, aunque funcionaba a la perfección y había duplicado el número de alumnas, se había convertido en una fuente de mortificaciones. Con frecuencia, debían sufrir malos modos de señoras que acudían a comprar las labores, porque “no habían destacado el de tal o cual alumna de apellido importante”. Ella escuchaba aquellas críticas con mansedumbre, pero luego decía a las hermanas:

     -Entre los alumnos no tengan distinciones, y si alguna ha de haber, tomen a los más despreciables y busquen a los más humildes, con recta intención.

     Más serio fue el problema creado por una señorita de buena familia que se convirtió en detractora feroz de los métodos que seguían las hermanas, y la tomó especialmente con ella, a quien criticaba en todas partes. Ante el asombro de la comunidad, esta vez tampoco quiso defenderse. Y se lo dejaba claro a sus hijas:

     -No se excusen de nada, aunque las calumnien de una muerte.

     Y ellas entendían que la Madre imitaba a Jesús ante sus jueces, y además permitía al tiempo ejercer su función de mensajero de la verdad. Mejor que ocuparse en vanidades era sentirse unida cotidianamente a Jesús coronado de espinas. Ya les había advertido en varias ocasiones:

     -Meditemos la Pasión, que es manjar predilecto de los mayores santos.

     Tuvo que solucionar también el episodio algo chusco, de un político que fue al hospital a elaborar el censo, encontró a las hermanas enfrascadas en un millón de tareas, se sintió desairado porque no le prestaban suficiente atención y elevó una queja ante el pleno del ayuntamiento. Ella le envió una carta de discípula, reconociendo los errores desde la mayor humildad porque cualquier crítica a sus hijas la vivía como suya. A las hermanas les advirtió que, por muy susceptible que fuese aquel caballero, el momento de descortesía no debía repetirse.

     -Recordad que somos religiosas y nuestra conducta está a la vista de Dios y de los hombres. El mundo recibe gran escándalo de cualquier imperfección de una religiosa.

     Y se encontró con que le respondieron:

     -Madre parece que estamos oyendo a Teresa de Jesús. Casi desea una ser reprendida para gozar del fruto de escucharla, que se sale de aquí más fervorosa que de la oración.

     Ella sabía que en el interior de las personas existen desiertos. Tenía el suyo propio, así que cómo no iba a comprender los ajenos. Por eso mandaba como si rogase, reprendía como si fuese culpable y con frecuencia era la primera en llorar. La humildad era la verdad. Y ella había prometido a Dios mantenerse en la verdad siempre.

     Por entonces, una gran crecida del Ebro, que anegó los arrabales y huertos de las orillas y se llevó consigo muchas vidas humanas, aumentó las tareas de consolación. Aunque se desvivía por los enfermos, al ser la superiora muchos asuntos burocráticos le restaban tiempo, la obligaban a visitar despachos, a ejercer sus modos de señora para persuadir a políticos y gestores. A veces terminaba agotada, pero otras, después de hablar con algún concejal que se creía rey, recordaba los tiempos en que perseguía morosos por las casas de Reus y se sonreía por dentro. Aun así, cada jornada abrazaba las horas de encontrarse con su Amado en la oración, y se postraba ante el crucifijo de rodillas, siempre de rodillas –también durante las misas y oraciones en común-, cada vez más concentrada, cada vez en mayor vuelo, con más esfuerzo al despedirse de Él.

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1854 fue de nuevo un año proceloso en España, otro más en aquel siglo sin tregua. El país había disfrutado de una década moderada, sobre la cuerda floja pero tranquila, durante la cual se había redactado una nueva Constitución y había mejorado la situación de las órdenes religiosas a raíz de la firma de un Concordato. Sin embargo, la política continuaba hirviendo de corrupción e intereses personales, y cualquier alcalde contrariado organizaba un motín. La reina Isabel II, por su parte, no era capaz de ejercer su liderazgo y los escándalos de su vida privada dañaban a las instituciones y al país entero. Mientras tanto la sociedad –sobre todo en Cataluña, único territorio español al que había llegado la industria- se transformaba vertiginosamente por el imparable éxodo del campo a las ciudades.

     El 28 de junio, el general O’Donnell encabezó un pronunciamiento contra el gobierno moderado que presidía el conde de San Luis. Las tropas de uno y otro bando se enfrentaron a las afueras de Madrid, en una localidad llamada Vicálvaro, lo que bautizo para siempre aquella jornada de Vicalvarada. Por medio se dirimían las ambiciones de Narváez, Ríos Rosas o el incombustible Espartero. Después de escaramuzas, asaltos y combates, un joven político emergente, Antonio Cánovas del Castillo, redactó un manifiesto que planteaba “la conservación del trono sin camarilla que lo deshonre, la rebaja de los impuestos, la restauración de las milicias nacionales y la regeneración liberal”. Dio comienzo así, por tanto, el que se denominó Bienio liberal. Mientras tanto, Cataluña iniciaba una segunda fase de la revolución. El 15 julio se convocó en Barcelona la primera jornada de huelga de la historia de España, encabezada por los obreros de la industria textil a causa de las selfactinas, máquinas de hilar automáticas que amenazaban con dejarlos sin empleo. Aunque también por primera vez, se habían establecido sociedades obreras que representaban los intereses de los trabajadores ante los dueños de las fábricas, la jornada desembocó en una gravísima algarada en la cual fueron asesinados un empresario y su familia, e inmediatamente fusilados los agresores.



     A mediados de julio se declaró una epidemia de cólera. Así se denominaba ya la antigua peste azul de triste recuerdo para María Rosa. Quince días después del primer caso, habían fallecido ya dos mil personas, una incidencia mayor que la de 1834. El 28 de julio, Espartero consiguió de nuevo el poder. El 30, las autoridades de Tortosa se pronunciaron oficialmente a su favor. Como consecuencia de desencadenó un violento motín popular, azuzado por los problemas de desempleo y el terror a la enfermedad. Muy pronto se congregó a las puertas del ayuntamiento una multitud que exigía la supresión de los impuestos municipales.

     -¡Abajo los consumos! ¡Fuera la injusticia!

     A ella, que estaba en la Casa de Misericordia, le llegó enseguida la noticia. Inmediatamente reunió a los asilados en la capilla para rezar. Daba gracias a Dios porque el verano hubiera interrumpido las clases en la escuela, y encomendaba una vez más al Señor la salud de los coléricos que atendían en el hospital. Mientras tanto, varios centenares de personas se habían concentrado en el ayuntamiento, y proferían amenazas de muertes contra el alcalde y los concejales. Estaban ya a punto de atacar la puerta principal cuando apareció ante ellos el obispo don Damián, pálido y doliente el rostro bondadoso. Iba sin mitra ni báculo, con la sotana más sencilla y en la única compañía de uno de sus sobrinos. Toda Tortosa sabía que estaba muy enfermo y, de hecho, respiraba con dificultad. Sin embargo, se irguió y, mirando de frente a los exaltados, les tendió las manos con un gesto de súplica. Su presencia de hombre santo acalló en el acto al griterío. Entonces habló con una voz tan clara que no parecía surgir de aquel cuerpo frágil sino del espíritu:

     -¡Hijos de Tortosa, por el amor de Dios, que cese este furor! ¡Nada conseguiréis con la violencia! ¡Yo mismo voy a interceder por lo que pedís! ¡Calmaos!

     Buena parte de los grupos, al escucharlo, se disolvieron en silencio. Sin embargo quedaron allí los más violentos, que le increparon e hicieron ademán de arrojarle piedras hasta que su sobrino lo alejó. Comenzaron entonces a romper las puertas a martillazos y por fin consiguieron entrar en el edificio. El alcalde y los concejales, que se encontraban reunidos en el salón de plenos, lograron escapar por el tejado. Y solamente el secretario municipal, un hombre bajito de piel cetrina y solemne bigote, permaneció allí, a pie firme, para defender el honor de los servidores públicos.

     ¿Adónde van Ustedes? ¡Así no se entra aquí!

     María Rosa se enteró al momento y se abismó en la oración, pero quiso leer al día siguiente la crónica de aquel suceso:

     Don Antonio González, persona bondadosísima y de una honradez intachable, sale al rellano del último tramo de la escalera para calmar los ánimos de los sediciosos, pero estos lo asesinan cobardemente, lo arrastran hasta el puente de barcas y lo tiran al río. Después se apoderan de los fondos de las arcas municipales. El obispo don Damián Gordo, exponiendo su vida, recorre las calles aconsejando a los revoltosos que depongan su actitud. El día 31 se organiza la milicia nacional, acabándose los actos de salvajismo que, horrorizada, presenció Tortosa. (Acta del ayuntamiento de Tortosa, 31 julio 1854)

     De nuevo el odio, de nuevo la violencia, pero además un profundo dolor por la muerte incomprensible de aquel bienhechor, su primer y gran aliado en la ciudad, por quien sentía un inmenso afecto. “¿Tan hondamente arraiga el mal en el corazón de los hombres? ¿Qué sientes al vernos cometer estas atrocidades? ¿Dónde estás Tú cuando hay guerra, Señor? En el Calvario, muriendo también”.

     La ausencia de don Antonio se notó enseguida. Con aquel enamorado de la Casa de Misericordia y del trabajo de la madre Molas se había marchado un inmenso apoyo. La nueva corporación municipal se propuso reducir los gastos e inmediatamente apuntó a la educación, eterna secundaria de todas las políticas. Ella recibió un oficio en el cual le planteaban que las hermanas –cuyo salario era de dieciséis reales diarios, cuatro cada una- debían abandonar el colegio por motivos de ajuste económico; a cambio contratarían a una maestra y su ayudante por seis reales diarios cada una. A vuelta de correo, rogó con toda humildad que se tuviera en cuenta la competencia como maestras de aquellas hermanas y el amor a las niñas del cual daban tantas pruebas. “Si no pueden mantenerse las cuatro por falta de dinero para sus sueldos, permitan quedarse a dos; y si les parece que las cuatro merecen continuar su tarea, págueseles lo que se pensaba dar a las sustitutas, pero por caridad no supriman una enseñanza que sirve a las alumnas y hace mucho bien a Tortosa”. Le respondieron que aplazaban temporalmente la decisión. Redobló la oración y las mortificaciones que nadie veía pero la dejaban muchas horas en ayunas. Sin embargo, confiaba en la providencia y en las hermanas, cuyo trabajo hablaba por sí mismo. Las familias, de forma unánime, las apoyaron. Y poco después el nuevo alcalde confirmó oficialmente que continuarían al frente del colegio.

     “Aún recuerdo la alegría que me llevé, tal vez una de las mayores de mi vida. Una vez más, el Señor inclinaba la balanza hacia nosotras, gratis, sin que yo lo mereciera”.

     Cuando, el 24 de diciembre de aquel año de penas, falleció el obispo don Damián, ella sintió con más profundidad que nunca el impulso de acercarse a la iglesia. “Cómo es posible que, siendo religiosas en todas las manifestaciones de nuestra vida, estemos desamparadas; cómo es posible que hoy no podamos llorar a don Damián como a un padre, ni compartir el dolor unidas a su rebaño. Señor, te escucho con claridad: me estás diciendo que debo intervenir en esta situación, por la comunidad y por mi propia paz interior. Debo intentar que sor Estivill ceda”.

     Se había decidido y lo cumpliría. Sin embargo, aparecía en el horizonte una nueva y grave preocupación, esta vez tan cercana que latía en su propia sangre. Se torcían las cosas para su hermano José. Aquel emprendedor, decidido y valiente, no había llegado a convertirse en el nuevo Simón Bolívar, como soñaba de pequeño, pero sí en el industrial de primera línea y figura relevante en la vida barcelonesa. De hecho era concejal del Distrito VI de la ciudad. Además, presidía la Fundición Barcelonesa de Bronces y otros metales, primera sociedad anónima creada en España. Se había convertido en un magnate, avispado para los negocios, que conocía perfectamente el entramado económico. Pero además era un artista del metal cuya obra decoraba las mejores casas y aparecía alabada en los periódicos.

     Al llegar 1855, sin embargo, la Fundición Barcelonesa, asfixiada por la especulación y por una gestión atolondrada, repleta de irregularidades, entró en quiebra. José –siempre generoso- cargó sobre sus hombros toda la responsabilidad de cara a los accionistas. Cuando aquel emporio, aquel sueño suyo, se vino abajo, se vio obligado a dimitir de la presidencia y a responder ante la ley sobre graves cargos de corrupción. En un impulso que ni siquiera pudo explicar ante su querida Doloretes, se decidió a huir de Barcelona para exiliarse en Francia. Lo hizo antes de ser juzgado, como un forajido, dando la razón a quienes lo acusaban. Todo y nada, subir y caer… “Por qué, hermano mío, por qué?”.

     María Rosa que le escribió mucho durante aquel periodo, no quiso contárselo a nadie de Tortosa. Evidentemente, en Reus todos lo sabían. Sufrió en silencio pero muy profundamente, con dolor en las entrañas, y rezó con más fuerza que nunca por el bien de su hermano.

     “José, querido, cuánto pedí al Señor entonces que vivieras aquella triste experiencia como un accidente, igual a cualquier otro de la vida; como una vicisitud que el Señor te mandaba para probar tu paciencia, para aumentar tu mérito, y tal vez para que aprendieras humildad. Cuánto deseé que aquel sufrimiento y aquella vergüenza terminaran por convertirse en serenidad y alegría. Que al final comprendieras la misteriosa prueba de bendición y amistad de Dios que hay en todas las quebraduras de la vida”.

     Estaba segura de que, en el cielo, José Molas padre y María Vallvé intercedían por aquel hijo a quien el dinero y la fama habían herido. Solo compartió su tristeza con Antón. Él seguía viviendo de su trabajo en el taller del carrer Padró, con muchos hijos y algún nieto, sin lujos, más tranquilo que José, más feliz.

     Otra persona, muy cercana y muy relevante para ella, afrontaba también momentos difíciles, pero esta vez anunciados ya desde hacía mucho tiempo. Sor Luisa Estivill veía desmoronarse su obra.

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     Al comenzar 1857, llegaron a Tortosa noticias preocupantes y confusas sobre una grave crisis de la Corporación. El ayuntamiento de Reus anunciaba, para el curso siguiente, la supresión de la escuela de niñas de la Casa de Caridad.

     Sor Estivill había perdido la confianza de las autoridades civiles y se veía obligada a suplicar que le mantuvieran la subvención del resto de las instituciones. Poco antes se había cerrado de forma precipitada la comunidad de Tarragona, cuyas hermanas no habían querido continuar bajo su obediencia. La situación era muy grave pero venía de lejos: del propio origen de la Corporación, con la traumática separación de las Hijas de la Caridad y la constante negativa a reintegrarse; del gobierno absoluto de sor Estivill, que no obedecía a ningún superior puesto que la autoridad eclesiástica no lo era para ella. Provenía también de una desmoralización interna que María Rosa conocía bien porque la había presenciado en tres de sus propias hijas durante el periodo de la calumnia. Era inevitable que unas mujeres que vivían sus votos como religiosas, oraban y trabajaban como religiosas, pero no estaban seguras de serlo, sufriesen graves crisis de identidad. La propia sor Estivill veía acercarse a la Corporación muchas vocaciones ilusionadas que, al conocer su indefinición, se marchaban a verdaderas congregaciones.

      A las hermanas de Tortosa, muy unidas en torno a su superiora y muy nutridas por su amor y su ejemplo, les dolía la consideración de “señoritas” que empleaban quienes querían criticarlas. Aquella comunidad, además, crecía en el entorno fértil de una sede episcopal en la que habitaban muchos sacerdotes y prosperaban los institutos religiosos. La iglesia tortosina era un Cuerpo, una familia, de la que ellas formaban parte fundamental por la tarea de caridad, pero secundaria por la ambigüedad de su situación.

     “Señor, dulzura mía, así me condujiste a la verdadera encrucijada de mi vida. No fue la tarde en que planteé a mi padre la vocación, ni el momento en que abandoné mi casa, ni siquiera cuando pisé Tortosa por primera vez. Fue aquel final del invierno de 1857, cuando mi alma pequeña, vulnerable, sintió cómo la tomabas de la mano, y escuché de Tus labios una frase estremcedora: “María Rosa, adelante. Para eso has nacido”.

Por eso he dicho: Aquí estoy,

Tal como el libro dice de mí.

Me agrada cumplir tu voluntad, Dios mío;

Llevo tu enseñanza en el corazón.

     Consultó en primer lugar con sacerdotes en quienes confiaba, entre ellos don Ángelo Sancho, el nuevo vicario capitular, quien se encargó de informar al arzobispo de Tarragona. Reunió luego a todas sus hermanas y les pidió consejo. Ellas la apoyaron. Sor Catalina, que pertenecía a la comunidad del colegio, le dijo:

     -Madre, nos ha exhortado siempre a dos cosas importantes: a ser muy caritativas y a tener mucha unión entre nosotras. Pues unidas en torno suyo estamos.

     -Gracias hijas. Vamos a por ello entonces. Y apreciemos mucho nuestro estado, pues ser llamadas a la vida religiosa es como escogernos para el cielo.

     Por supuesto, la obediencia y la lealtad seguían estando en primer lugar para ella, así que, como estaba acostumbrada desde niña a planificar bien las cosas, trazó una ruta con sus puntos de inflexión. El primero era convencer a sor Estivill de la necesidad de reintegrarse a la Iglesia. Escribió a Reus pero no recibió respuesta. Se decidió entonces a emprender el viaje. “Tuve, lo recuerdo muy bien, una sensación curiosa: había salido de allí varios años atrás para arreglar algo que se destruía, y regresaba con la misma tarea. Sólo podía repetirme que todo lo vencería con el auxilio divino”.

     Sor Luisa Estivill ya no era la mujer capaz de pedirle un “alto el fuego” al general Zurbano. La trasformación era tan notoria que María Rosa se estremeció al verla. Sus ojos, siempre punzantes de fiereza y determinación, aparecían inmóviles, como las agujas de un reloj sin cuerda. Faltaba la perpetua tensión por la caridad, y en su lugar quedaban solo unas chispas de sarcasmo y dureza, que en tiempos habían sido “las cosas de sor Estivill”, y ahora se hacían dolorosas de contemplar.

     -A ver, la embajadora de Tortosa…

     -Madre, no he venido de visita. En nombre de mis hermanas me presento ante usted humildemente para cumplir con mi responsabilidad.

     -Vaya preámbulo. Sor María Rosa siempre tan fina.

     Qué triste estaba sor Estivill por dentro. En aquel instante lo vio claramente y se compadeció de ella.

     No la voy a entretener con rodeos, sé que nunca le han gustado. Esto es lo que he venido a decirle, madre: la Corporación debe transformarse sin tardanza en un verdadero instituto religioso. Nuestra tarea de caridad, nuestros votos de vida y el Señor mismo nos lo exigen.

     -¿Y qué es lo que exigen exactamente?

      -Que anudemos cuanto antes los antiguos vínculos con las Hijas de la Caridad o que nos pongamos bajo la autoridad de la Iglesia como una nueva congregación. Si esto es lo que decide, madre, el arzobispo de Tarragona nos espera para iniciar los pasos.

     Sor Luisa contestó, pero su respuesta fue tan amarga, tan cargada de burla y desprecio que ella –para perdonar a su superiora y mantenerla en el lugar que merecía dentro de su corazón- intentó olvidar enseguida sus palabras. Y las había olvidado. Todas, menos una que le dirigió con ironía: “fundadora”. Al escucharla le había temblado el corazón.

     Regresó a Tortosa muy triste pero muy serena. Ahora veía que las circunstancias eran determinantes. Y no solo para ella, para sus hijas también. En los dos platillos de una imperiosa balanza se encontraban, de un lado, una ruptura dolorosa con la Corporación, que se hundía por falta de cimientos; del otro, una comunidad viva y pujante, con profundo deseo de unirse a la Iglesia. La elección estaba clara. Pero, una vez tomada, ¿cómo cumplirla? ¿Retornarían a las Hijas de la Caridad con quienes nunca habían vivido? No, aquel paso decisivo deberían darlo hacia delante. ¿Y quién lo daría? La palabra que le había dicho sor Estivill regresó a sus oídos, pero despojada de todo sarcasmo, limpia y redonda: fundadora. Ella, la Doloretes que jugaba a ser santa Teresa en el patio. “¿Por qué? ¿Por qué yo, Señor? Si soy indigna, si soy pequeña, si parece que valgo y no valgo nada, si estoy muy cansada y tengo la espalda hecha polvo”. Sin embargo, también escuchaba su propia voz diciendo: “Fundadora porque es la única forma de que tus hijas desarrollen una verdadera vida religiosa; porque ante el sagrario has dicho muchas veces que por ellas entregarías la vida; porque solo deseas dar gusto a Dios…”.

     Aquel era un plan trascendental que englobaba su destino y el de las otras once hermanas de las comunidades de Tortosa, por eso las había mantenido informadas en todo momento del objetivo de su viaje a Reus, y por eso –temblando por dentro y sonriendo por fuera- las reunió al llegar. Era muy importante que todas manifestaron sinceramente su opinión. Se encomendaron a Nuestra Señora de la Cinta, patrona de la ciudad, y dedicaron varias vigilias a la meditación en silencio y a orar con intenso fervor. Luego, una a una, expresaron su voluntad. Y fue un clamor: hacia delante. Decidieron redactar un informe dirigido al vicario capitular de la diócesis de Tortosa, don Ángelo Sancho, que todas firmaron. En él solicitaban la gracia de ser admitidas bajo la dirección y obediencia de la autoridad eclesiástica diocesana. Era sábado 14 de marzo de 1857.

     Sabían que don Ángelo daría su visto bueno porque él mismo las había orientado sobre la forma de redactar la solicitud, y había sido uno de los consejeros de María Rosa antes de su viaje a Reus. Él les encomendó que escribieran también al alcalde –su casero, al ser de propiedad municipal tanto la Casa De Misericordia como el hospital y el colegio- para garantizarle que la nueva situación eclesiástica no afectaría en nada a su trabajo y solicitar que se les transfiriera el contrato firmado con la Corporación de Reus. Así lo hicieron.

     “Ni recibimos coacciones para tomar aquella decisión, ni tuvimos dudas una vez tomada. No fue un momento de incertidumbre sino de inmensa esperanza. Las doce nos sentimos más hermanas que nunca. El Señor nos proporcionaba la consolación que anhelábamos durante los años de nuestra orfandad. No uníamos por fin a la Iglesia y de nosotras brotaba un nuevo carisma”.

     El 6 de abril recibieron la carta que contenía la respuesta del vicario. Ella esperó al final del Día para que pudieran leerla todas juntas, al concluir sus obligaciones. Oraron primero en la capilla y pidieron al Señor que supiesen aceptar Su Voluntad, fuese cual fuese. Después abrieron el sello episcopal y leyeron:

 

                                                                                                                    Tortosa, 6 de abril de 1857

     En vita de la solicitud dirigida por VV. a este Gobierno eclesiástico y razones expuestas en la misma…

    Tomamos a las hermanas firmantes y demás que con el tiempo pudieran agregárseles, bajo nuestra obediencia, protección y dirección en lo espiritual, como lo solicitan.

     Este Gobernador eclesiástico, al paso que experimenta un verdadero placer en reconocerlas como parte especial de la grey del Señor que interinamente le está confiada, lo tiene también en persuadirse de que perseverarán en el laudable celo con que desempeñan los deberes de caridad que se han impuesto.

     Lo que comunico a VV. para su satisfacción y conocimiento. Dios guarde a ustedes muchos años.

                                                               El Vicario Capitular Gobernador Eclesiástico

                                                                                      S. V. Ángelo Sancho

 

María Rosa Molas, Ángela Sanfeliu, Francisca Ferré, María Antonia Capdevila, María Castells, Teresa Secall, Rafaela Canals, María Teresa Bartolomé, Josefa Salvadó, Josefa Solá, Carmen Oriol y Catalina Pereta. Aquellos eran los nombres de las destinatarias.