CAPÍTULO TERCERO
CON INDECIBLE DESPRENDIMIENTO (1849 - 1857)
En la mañana del 9 de junio de 1876
- Déjeme marchar -había susurrado con la mirada suplicante. Era su éxodo y aún la impulsaba la obediencia. El padre Sebastián León, su confesor, había respondido entre lágrimas.
- Cúmplase la santísima voluntad de Dios.
Y antes de salir de la celda la bendijo de nuevo.
Brillaba la primera hora e la mañana, siempre alegre para ella después de las largas noches de vigilia. La tarde anterior había realizado una confesión general y ahora sentía correr por sus venas el consuelo del Santo Viático, la sagrada Comunión administrada a los moribundos. Había recibido al Señor, algo que desde los nueve años le parecía lo más importante de la vida. Estaba lúcida, serena, y así iba a morir. Faltaba poco para hallarse por fin en compañía de su Amado, se terminaban los trabajos y las penas. Ya era toda de Él. Y Él acababa de perdonarla en la confesión. Perdonaba las tribulaciones, la aridez, las dudas, las tristezas, las veces que no estuvo a la altura de Su llamada, los momentos en que no distinguió el padecimiento de alguien y pasó de largo, los cortos pasos de su esfuerzo. En aquella última hora comprendía que al manantial de toda misericordia no le importaba su pequeñez. La quería así; la había querido así desde el principio, en la consolación y en la desolación, cada minuto de su vida.
Ella, Doloretes Molas, había recorrido la vía mística sin atreverse jamás a creerlo. Había caminado cuesta arriba durante una larga noche del alma, se había encontrado sola en la expresión de lo inefable, había llegado a probar la unión con el Amado hasta alcanzar una alta morada y gustar la Gracia sobreabundante. Y a Aquel que había sido su amor, su único amor, tendía ahora los brazos para acogerla y le decía: "Estoy aquí, al final del camino". Nunca, nunca se había sentido tan feliz.
Abrió los ojos y contempló las paredes de su celda, tan lisas y despojadas. Junto a su lecho, dos hermanas rezaban el Rosario en voz bajísima, creyéndola dormida. Pero estaba despierta por completo. Los dolores, que eran como cuchilladas en el vientre, se habían amortiguado; el temblor de los miembros había cesado, como si el Viático sanara también la enfermedad del cuerpo. Llevaba en la mano su rosario y por un instante apretó aquellas cuentas desgastadas ya de tanta oración. Se iba a reencontrar con su buen padre, con su madre santa, con la abuela María, con la madre Rafaela Canals y la madre maría Castells, con fray Salvador... Y con el desvalido Tinet, el doliente Ximo, y tantos hijos de Dios como había ayudado a bien morir.
Aparecían frente a ella, brillantes, como recien labados por el examen de conciencia, los recuerdos de su última parte de su vida. Y el escenario era Tortosa. La ciudad encajonada entre la montaña de piedra y el río de limo, con sus golpes de viento, su castillo imponente y sus gentes industriosas., había llegado a ser para ella la tierra más amada. ahora se convertía, definitivamente en su lecho.

Cuántos recuerdos estaban asociados al eterno rumor del Ebro...
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Después de la segunda guerra carlista, Tortosa deseaba resurgir. Por eso había refundado la sociedad lírico-dramática del Liceo, orgullo de la ciudad por sus funciones de ópera y de teatro en las que actuaban grandes artistas. Para su nueva decoración se habían empleado los mayores adelantos, por ejemplo, unas modernísimas lámparas de gas fabricadas por el acreditado José Molas y Vallvé. Era su hermano, sí, convertido ya en eminente empresario. Pero había más: se constrían colegios y hospitales, veían la luz nuevos periódicos, se extendía el cultivo del arroz por los humedales del delta, un novísimo barco de vapor realizaba el trayecto regular entre la ciudad de Barcelona, y se inauguraba a bombo y platillo el canal de la margen derecha del Ebro.
Precisamente allí, junto al canal, en una zona modestísima que se conocía como arrabal de Jesús, se hallaba -enestado de abandono- un asilo para niños y ancianos denominado Casa de Misericordia. Hasta 1837 lo habían atendido las Hijas de la Caridad, pero se habían marchado diezmadas por la separación de las de Reus y las desamortizaciones. Desde entonces, en medio de revoluciones y guerras, la Casa había permanecido abierta, atendida de mala manera por empleados civiles, y asfixiada por la miseria y la incuria. Tan grave era la situación que los tortosinos evitaban pasar por las cercanías a causa del insoportable olor que escapaba de las ventanas. La nueva Tortosa no podía consentir por más tiempo aquel abandono, así que a primeros de marzo de 1849 el secretario del ayutatamiento , un hombre honesto y volcado en sus conciudadanos que se llamaba Antonio González mercé, escribió a la corporación de Reus solicitando que enviaran a algunas hermanas para encargarse de los asilados. Sor Estivill se sintió muy halagada de la oferta, sor Francisca Freixa le sugirió quién podía ser la persona más adecuada para sacar adelante una empresa tan difícil, y así se decició.
- María Rosa, voy a mandarte a Tortosa como superiora, a cargo de cuatro hermanas. ¿Qué me dices?
- Que obedezco de corazón, madre.
- Por lo poco que me han contado, no va a ser un paseo. Llévate a sor Rafaela, que allí harán falta manos dispuestas. Te acompañarán también sor antonia, sor Ángela y sor Marina.
¡Superiora de cuatro hermanas! En aquel mismo instante, intuyó que el Señor la sacaba de su tierra, como a abrahán, para ensanchar su horizonte. Y le pidió serenidad y fortaleza.
El propio alcalde y secretario fueron a buscarlas en coches municipales para dar marchamo oficial a su viaje. Poco antes sor Estivill había recibido una nueva carta, esta vez del ayuntamiento de Barcelona, solicitando el mismo favor para otra casa. Y en el momento de partir, aseguró a los caballeros:
- Debo rechazar esta nueva solicitud, bien que lo siento. ¡Pero no tengo otra María Rosa!
Con aquellas palabras se habían dicho adios. fue sor Francisca Freixa quien quiso despedirla con mayor afecto:
- Mi amiga querida, la de mayores virtudes, te agradezco muchísimo todo lo que has hecho en esta Casa. Que el Señor te bendiga.
Se marchaba de Reus, el hogar de su familia, dejando parte del corazón en sus enfermos y sus alumnas, que habían ido a despedirla y repetían su nombre a sabiendas de que no volverían a estar con ella. sin embargo, sentía ilusión.Necesitaba aquel cambio, le parecía bueno separarse un poco de la égida arbitraria de sor Estivill, y sabía que podía, con ayuda del Señor, hacerse cargo de la tarea. El trabajo nunca la había asustado. Y dirigir una casa como superiora, si era lo que Él quería, tampoco. así que mientras los coches recorrían el camino de la costa, y el azul y el sol le enviaban ánimos, ella oraba: " señor, que las cuatro hermanas que inician conmigo esta aventura encuentren en mí a una verdadera madre. Permite que les tenga igual aprecio a todas, que las trate con caridad, que las corrija con prudencia. Y que yo tenga mucho celo y caridad en Tu servicio. Hasta perder la vida si es necesario".
En la tarde del 18 de marzo de 1849, divisó por primera vez los torreones del imponente castillo templario de la Zuda, que domina Tortosa. Entre los muchos recuerdos de aquellas horas, uno había permanecido indeleble en su memoria. Y era que antes de atravesar el puente de barcas para pasar a la margen derecha del Ebro, el excelentísimo señor alcalde había descendido del coche y le había dicho, seguro y sonriente:
- Reverenda madre, no sé con cunatas gallinas contarán en le huerto, pero sean las que sean, mañana mismo le dobla la cantidad el ayuntamiento.
Y entonces el bueno de don antonio González, que las acompañaba para mostrarles la Casa de Misericordia, la miró muy apurado y no volvió a promuniar palabra hasta que llegaron.
¡Gallinas! ¡Allí no había nada! nunca había visto ella una suciedad y una miseria tan profundas. Tanto que en un primer instante le dolió el corazón. ¿Cómo era posible que así, en aquellas condiciones inhumanas, vivieran los hijos predilectos de Dios?

En aquel recinto enorme todo era confusión, inmundicia y pobreza. El olor a excrementos, al entrar, provocaba náuseas. los doscientos huérfanos alojados allí estaban devorados por los piojos y tenían la piel llagada y el vientre abultado por la malnutrición. Los más pequeños dormían sobre tablas de madera invadidas por las cucarachas; los mayorcitos, juntos en una gran cama olvidada allí por algún marqués de otro siglo, situada junto all muladar y cubierta por puñados de paja. Medio centenar de ancianos esqueléticos vestían jirones de camisas, sin más ropa interior ni de abrigo. Las cabezas tristtes, cubiertas de arañazos, les sangraban de tanto rascarse el picor de la tiña. En la despensa no había practicamente nada, ni siquiera jabón, y en todo el edificio, para salvaguardarse del relente de la primavera y de la humedad del río, encontraron solo siete mantas apolilladas. La zona de las monjas, llena de trastos, parecía el desván de una casa antigua, y solo la capilla estaba amueblada, o eso parecía bajo el peso de las telarañas.

Don Antonio estaba demudado y la miraba de reojo mientras ella observaba todo en silencio. No podía
hablar. El nombre de la casa le enviaba una invitación antigua: misericordia significaba sentir aquel dolor en su propio corazón, y lo sentía tan profundamente que se asfixiaba. Aquella era una tarea titánica, pero no de orden ni de limpieza, aunque lo pareciese, sino de consolación. Sor Rafaela, que iba a su lado, le susurró como si le leyera el pensamiento: "Usted puede con esto, madre. El Señor le manda un encargo a su medida". Ella se lo agradeció, con lágrimas en los ojos ante aquel desamparo. Consolar por amor era lo que Él deseaba que hiciera.
- Sor María Rosa, dígame lo que necesita. Mañana al amanecer lo tendrá aquí.
- Muchas gracias, don Antonio. Pero si le fuera posible mandarme ahora mismo jabón y unos cubos grandes que llenemos de agua...
- La huerta es inmensa, no hay gallinas que pueda duplicar el señor alcalde, pero hay pozo, tiene muchas posibilidades. Ya lo verá.
- Sí. Con la ayuda del Señor pronto estaremos bien. Pero...
- Pida usdted, madre.
- Por el amor de Dios, don Antonio, búsqueme usted cuanto antes ropas de abrigo y unas camas sencillas para estos pobrecitos.
- Hablaré con el ayuntamiento lo de las ropas. Y ya se me ha ocurrido de dónde van a salir las camas. Del almacén del hospital. Mañana las tiene, se o prometo.
Ella comprendió entonces que en aquel hombre bajito, de piel cetrina y solemne bigote, había encontrado un aliado para siempre.
Desde el día siguiente -19 de marzo, san José- corrieron por los suelos de la Casa de Misericordia grandes baldes de agua, se encalaron las paredes, se fregaron y cepillaron las puertas, se ordenaron los trastos, se llenaron los pasillos de macetas con flores, la comida comenzó a ser caliente y las ropas limpias. También para eso tuvo que echar mano del ingenio y, como no llegaban las nuevas, estableció un sistema de turnos para lavar, estirar y secar durante la noche, y que así todo estuviera impecable al amanecer. Por supuesto, entabló también una batalla de meses contra los piojos y las cucarachas. Y, como si solo aquel cuidado bastase para hacerlos florecer, los niños sin padres, los ancianos abandonados, los dementes y los enfermos se sintieronn personas. Caminaban más erguidos, se comportaban con más cuidado, sonreían, daban las gracias...
Los recordaba a casi todos. A Teresita, que pasaba por loca. Una mañana, ella la estaba levantando y le frotaba bien el jabón por todo el cuerpo mientras le contaba alguna pequeña historia. Entonces, aquella mujer sin edad, sonriendo con su boca negra, le había acariciado la mejilla y le había dicho:
- Nos hemos convertido en una familia y tenemos una madre.
O a don Lanas, un anciano con aire de hidalgo que no recordaba como se llamaba, y a quien decían así por la aureola de cabello blanco. A ella, que no paró hasta que descubrió su nombre en unos viejos registros, le impresionaba la profundidad de su alma.
- Tiene razón, don Manuel. Muchísimas gracias. O al pequeño Agustín, un huérfano que tenía solo siete años. Un día le escuchó decir: "Yo de mayor quiero ser sastre". Y ella se empeño en sacar ratos para enseñarle a coser. La verdad es que aquel chavalillo le hacía mucha gracia porque estaba lleno de inteligencia y era muy observador. Tanto que un día le dijo:
- Madre, ¿a que para usted sobre todo está Dios?
- Sí, Agustín.
- ¡Lo sabía! ¡Se lo dije a los otros!
Cómo evitar que le brotasen las lágrimas. Se emocionaba mucho en compañía de aquellos desvalidos que eran imágenes de su Esposo.
- Nuestro Señor en todas partes nos habla, es la suerte que tenemos -comentaba alas hermanas.
Sin embargo le apuraba que ellas la encontrasen tantas veces deshecha en llanto, así que les pedía perdón por aquella sensibilidad. Aún así, rezaba con todo el corazón por sus asilados, uno por uno, día y noche, en el trabajo y en la vigilia. Iban con ella al pie de la Cruz.
Por supuesto nunca había olvidado a don Damián Gordo, el obispo de Tortosa, que tenía fama de santo. Nada más verlas llegar, había solicitado por carta a todas las parroquias que contribuyeran al sostén de aquella obra de Dios. Aquel gesto revivió su inquietud por que la Corporación se mantuviera alejada de la obediencia a la Iglesia. Era una desazón interior que nunca la abandonaba.
Aún recordaba una mañana en que, como siempre, encontró un minuto para leer el periódico. Le parecía muy importante saber lo que pasaba, y ahora que dirigía a las hermanas , más: "Debemos estar informadas para servir mejor a quienes servimos y para evitar los engaños", les decía. Pues bien, en el Detortense aparecía un comunicado del ayuntamiento:
Gracias alos esfuerzos de nuestro celoso Alcalde Corregidor don Mariano Escartín, la Casa de Misericordia va a salir del lamentable estado en que se halla. a este fin se han hecho venir de Reus Hermanas de la Caridad que, con su entendida e infatigable directora, se están ocupando sin tregua ni descanso de montar en este establecimiento, corrigiendo muchos abusos e introduciendo grandes reformas.
- Mire esto Rafaela.
- Madre, que bien le va la palabra infatigable. Algo estaremos haciendo, cuando ya presume el alcalde.
- Aún no hemos hecho nada. La verdadera tarea es cambiar esta casa por dentro.
Se había aplicado a ello. Y a partir de entonces no solo barría, inundaba los suelos de agua limpia, cocinaba, remendaba, cosóa, cuidaba enfermos, limpiaba caritas mocosas o consolaba el llanto