CAPÍTULO 2 - CARMEN GUAITA - Consolación - Hª de la madre María Rosa Molas - SACRIFICADO ENTERAMENTE POR DIOS Y POR LA HUMANIDAD INFELIZ.

Ermita de Mig Cami



CAPÍTULO SEGUNDO

UN CORAZÓN SACRIFICADO ENTERAMENTE POR DIOSY POR LA HUMANIDAD INFELIZ  (1835 - 1848)


En la noche del 24 al 25 de marzo de 1857

- Léala en voz alta, madre María Rosa.

- Muy bien: 

Al Ilustrísimo Ayuntamiento, en Tortosa. (Esta es la primera carta que se conserva de la madre Molas)

Tortosa, 24 de marzo de 1857

Ilustrísimo Señor:

La superiora y demás Hermanas de la Caridad establecidas en esta ciudad de Tortosa a Vuestra Señoría Ilustrísima, con la mayor veneración y respeto, exponen:

Que no pudiendo sufrir por más tiempo la orfandad espiritual en que se halla su Instituto de Caridad, destituido hasta el presente de todo apoyo y protección de la autoridad eclesiástica, sin embargo de su carácter religioso, y persuadidas al mismo tiempo de lo acepto que sin duda será a Dios Nuestro Señor el procurar por cuantos medios estén a su alcance que dicho Instituto reciba el sello laudable de la aprobación de la Iglesia y de su Majestad la Reina doña Isabel II, que Dios guarde, han resuelto...

- ¿Por qué se interrumpe, madre?

- Porque hay momentos de la vida en los que falta el aire. Pero ya continúo. Han resuelto... Separarse de su Casa Matriz, establecida en la ciudad de Reus, y ponerse bajo la inmediata obediencia del Vicario Capitular y Gobernador Eclesiástico de esta diócesis, de quien esperan confiadamente la protección y ayuda necesaria hasta conseguir el objeto indicado... En el párrafo siguiente vamos a pedir al alcalde amparo y protección, y a cambio le prometemos mantener con hasta ahora el desempeño de las tres casas que llevamos adelante. Luego firmamos, ponemos el sello y... 

- Y en cuanto llegue la respuesta del obispo, habrá fundado una nueva congregación, madre María Rosa.

- Sí, sor Rafaela, querida amiga mía de tantos años. Este es el paso que hemos dado con la ayuda de Dios. Ahora que él nos bendiga y nos proteja. El 14 de marzo salió nuestra petición al obispo y sé que él está de acuerdo y apoya esta fundación.


El despacho de la Casa de Misericordia -en al arrabal de Jesús, muy cerca del Ebro que ciñe a Tortosa- era pequeño y estaba muy refregado. Contaba sólo con un reclinatorio junto a la imagen de la Virgen de los Dolores, un grabado de san José con el Niño y una mesita de escribir-antiquísima, pequeña, de madera de ébano y con una pagoda de marquetería embutida en la tapa del cajón- que debía de haber donado alguna dama ilustrada. Sobre la mesita reposaba un crucifijo, y al lado una diminuta silla de enea. Allí once religiosas estaban reunidas en torno a la superiora, que las imantaba con su ejemplo y su mirada. Madre María Rosa Molas era la que primero se ponía el delantal, la que siempre se ofrecía para limpiar la llaga más purulenta y el suelo más sucio, la que pensaba todo con vigor pero expresaba todo con dulzura. Y era también la que, a veces, parecía salir de la vida de tanto como entraba en la oración, pero al rato preparaba muy sonriente unas estupendas pastas de yema o les enseñaba a cuidar de las flores.

- Madre, cuando lleguen todos los permisos qué momento será, qué alegría.

- ¡Sí! ¡Alabado sea Dios! Queridas hijas, nuestra mayor recomendación debe consistir en el exacto cumplimiento de nuestros deberes, la más perfecta unión y la más rigurosa reserva. Y ya veréis cómo nuestra congregación se convierte en un baluarte sólido del que siempre seremos hijas aunque nos mudemos de casa y de región.

- ¿Puedo abrazarla, madre?

- Sí, sor Catalina, y estrechamente, que así no me verá llorar. Sor Francisca, sor Antonia, todas, vengan a darme un abrazo. Y ya nos despedimos hasta mañana.

- ¿Pasará esta noche en vela también, madre? ¿No querrá bajar a cenar con nosotras?

- Primero voy a terminar la carta y la firmo; luego a rezar. El Señor sabe cuánta ayuda tengo que pedirle. Además debo ordenar muchos asuntos en la cabeza y en el corazón. Este paso es muy grande para pies tan cortos. Bajen ustedes tranquilas. Muy buenas noches.

- Buenas noches, madre María Rosa.

Las once tocas blancas salieron del despacho, silenciosas y felices, y allí quedó la superiora. Era una mujer alta, morena, de ojos negros inmensos y elocuentes. Aquel 24 de  marzo había celebrado su cuarenta y dos cumpleaños. 

"Y han bajado al refectorio. Dios les recompensará tanta obediencia y tanta sencillez. Cómo me late el corazón. ¿Es valentía esto, Amado mío? ¿No será vanidad? Me viene ala memoria aquel buen mosén don Diego que me llamó fundadora. Entonces era una palabra muy grande para Doloretes y todavía lo sigue siendo. En fin, a ver si remato con buen tono la carta y todo sale como Tú deseas". 

Tomo la pluma y siguió escribiendo.

- Gracia que esperan las exponentes alcanzar de la conocida rectitud y generosidad de vuestra ilustrísima...

De repente se levantó y se acercó al reclinatorio. Debía orar. Su alma necesitaba refugiarse en el Amado. En aquellos momentos -con esa petición de amparo al alcalde y la solicitud ya enviada al obispo- se separaba de la Corporación de Caridad en la que había vivido durante casi dos décadas y regresaba, capitana de un barquito de doce monjas, al seno de la autoridad eclesiástica. Quien se lo hubiera dicho a Doloretes en aquella noche amarga, ya tan lejana, en que su padre le prohibió irse al convento. El caso es que el buen José Molas tenía razón con aquellas prevenciones acerca de los problemas de las Hijas de San Vicente de Paúl y sobre los tiempos terribles que esperaban en Reus.

1835, el año siguiente a la muerte de su madre y uno de los más difíciles de su vida, regresaba aquella noche a su memoria. Y con el él, los motivos de la contienda que ensangrentó de nuevo su patria y su ciudad cuando ella tenía solamente veinte años. La primera guerra carlista fue también la primera guerra en la vida de Dolores Molas. Cuánto se dejó sentir en Reus, qué duramente golpeó a personas tan queridas como fray Pedro Pablo Salvador. La pavorosa palabra "guerra" aún le arrancaba lágrimas de los ojos y la estremecía debido a tanto dolor como había presenciado. Recordaba sus inicios porque la historia, antes de pasara los anales, golpeaba como un martillo de herrero sobre el metal de las vidas. Y conocía bien las causas que la habían provocado porque estaba informada sobre los asuntos de su tiempo y leía las gacetas de noticias de todos los signos políticos.

Al comenzar 1830 se anunció que Fernando VII, después de cuatro matrimonios, esperaba por fin descendencia. La alegría se unió enseguida a la preocupación a causa de una grave cuestión dinástica: el ansiado heredero podía ser una niña. Por entonces estaba vigente la Ley Sálica que impedía la llegada al trono de las mujeres y el suceso legal del monarca, mientras no tuviera hijos varones, era su hermano, el Infante Carlos María Isidro. En marzo -tal vez en una de aquellas tardes felices en que Dolores Molas llamaba a fundar a sus amigas- Fernando decidió restaurar la Pragmática Sanción recogida en la Constitución liberal de Cádiz. Esta ley recuperaba la tradición castellana de que reinara el primogénito, fuese varón o mujer. Como contrapartida, despojaba al infante don Carlos de cualquier aspiración al trono. En septiembre nació una princesa a quien pusieron por nombre Isabel. Y poco después, en 1833, Fernando VII falleció dejando el país dividido en dos bandos -liberales y absolutistas- que se enfrentaban constantemente y jamás habían hallado algo en común que sumar por el bien de España. Inmediatamente se proclamó reina a Isabel II. Tenía solamente tres años y por tanto su madre, María Cristina, fue nombrada regente. El infante don Carlos, humillado en sus ambiciones, declaró la guerra. Lo apoyaron los absolutistas, que ya habían rechazado las veleidades liberales de Fernando VII en sus últimos años. Muy pronto aquella pelea entre tío y sobrina -y entre absolutistas y liberales- se convirtió en una verdadera contienda e incluso participaron ejércitos de Gran Bretaña, Portugal y Francia. Y por segunda vez en veinte años, el viento de la discordia recorrió España de norte a fue, arrastrando su triste cortejo de muerte y miseria. El alzamiento carlista se expandió rápidamente por el País Vasco y Navarra, y con mucha fuerza en la montaña de Cataluña y en Tortosa, donde sembraban el caos numerosas partidas de guerrilleros sin mando ni coordinación.

Reus -de antigua tradición liberal-, sufrió mucho durante aquella primera ola que anegó, destruyendo todo a su paso, el año transcurrido entre septiembre de 1834 -el de la muerte de María Vallvé- y de 1835, cuando llegó a Cataluña el general Guergué, enviado por los carlistas para organizar el frente y poner orden en las partidas. Y es que durante aquellos doce meses infernales, la guerra fratricida se reprodujo dentro de sus muros. La mayoría de la ciudad se mantenía fiel a Isabel II, pero corrían rumores de que la Iglesia simpatizaba con los carlistas porque el gobierno liberal quería expulsar del país a las órdenes religiosas. De entre todas, los franciscanos eran quienes habían concitado más sospechas de carlismo. En el verano de la peste, ya se los había señalado como "envenenadores de los pozos de agua" y por tanto causantes de la enfermedad . Los pasacalles -portavoces de los ánimos del pueblo- habían hecho circular una cancioncilla que se titulaba "Sangre e hígado comeremos" cuyo último verso decía: "Mueran los cabezas peladas". A mediados de julio del 35, cuando una partida de la milicia urbana de Reus fue atacada, torturada y muerta por guerrilleros carlistas, se corrió inmediatamente la voz de que entre estos había frailes. La tensión se disparó hasta el extremo de que el gobernador militar de Tarragona envió un destacamento de doscientos soldados para proteger el convento de San Francesc. 

La mañana del 22 de julio amaneció calurosa. Soplaba fuertemente el Garbí, cálido y seco, que traía en suspensión polvo del lejano desierto. Dolores, preocupada por la tensión que se vivía en la ciudad, había acudido muy temprano a confesar con fray Pedro Pablo Salvador. El franciscano, al comprender que la muchacha conocía la situación, le habló con confianza. Aún recordaba ella, palabra por palabra, el dolor de su querido director espiritual.

- Hija mía, estamos muy en precario, tememos por nuestra vida y hasta vigilamos por la noche en turnos de a dos. En tiempo de guerra, el pecado brota en la superficie de las almas como la espuma sobre el mosto. *El bien alimenta al bien, Dolores, y tú lo demuestras. Pero es triste comprobar que también el mal alimenta al mal.

- Padre, ¿deveras tienen que temer? ¿Es posible que tema usted, nacido aquí en Reus y que ha hecho tanto bien?

- Hace dos semanas que no puedo pisar la calle sin escuchar insultos. Y ya se nos ha anunciado la bullanga. Será en las próximas horas, tal vez esta misma noche. Escúchame bien, hija querida, como director de tu alma que soy, te ordeno solemnemente que regreses a casa y no salgas. Si sucede algo en el convento no quiero que acudáis en nuestra ayuda ni tu padre, ni tu hermano, ni tú. Bajo ningún concepto.

- Pero, fray Salvador, le debemos mucho apoyo y consuelo, ¿cómo no vamos a venir? Ni mi padre ni yo olvidamos que usted arriesgó su vida para acercar el sacramento de la Unción a mi madre en la noche de su muerte.

- Obedecerás, Dolores. Es una orden de tu confesor.

- Y ustedes, ¿van a esperar aquí encerrados?

- Como no terminamos de confiar en el socorro que hemos pedido al ayuntamiento, ni queremos poner en juego la vida de ningún soldado por nuestra causa, hemos preparado una salida secreta por si las cosas se tuercen. De la cocina del convento sale una mina de desagüe que atraviesa, bajo tierra, todo nuestro huerto y va a parar al de nuestro vecino, José María Gavalda. Él dejará abierto el escotillón de salida. Por ellí escaparemos.

La muchacha temblaba por la vida de aquel sacerdote a quien debía tanto.

- Y luego, ¿adónde irán? La huerta de Gavaldá no tiene escondites para todos ustedes.

- Pediremos asilo a los payeses. 

- Por favor, fray Salvador, escúcheme. Muy cerca de la huerta, a cien pasos por la carretera de Salou, está la vieja masía de mis abuelos maternos. Allí vive ahora mi tía Mariana, hermana de mi madre. Vaya a su casa, que ella no le negará el socorro. Yo la avisaré.

- Tú volarás ahora mismo a tu nido, que bastante preocupado estará ya tu padre.

- Me voy, fray Salvador. Pero...

- Ay dolores, que te temo cuando se te enciende en los ojos esa mirada tan decidida. Pero, ¿qué?

. Pues que... no me ha prohibido usted que avise a mi tía. Si tiene que slair corriendo, vaya sin dudarlo a la masía de Vallvé. Deme su bendición, yo rezaré por todos ustedes. 

- Hija del alma, sí, llévanos en la oración.

A primera hora de la tarde entraron e la ciudad los supervivientes de una columna liberal que había sido derrotada por los carlistas en Arnes, n localidad de las tierras altas de Tarragona, en el límite con Aragón. Aquellos muchachos, jóvenes todos, vecinos e hijos de Reus, regresaban diezmados, mutilados, con la mirada sumergida en los horrores de la guerra. Su triste desfile encendió los ánimos de la casa de los Molas, en el mismo carrer Padró, resonó por primera vez el grito: "¡Venganza!". Inmediatamente se extendió por la ciudad como un eco infernal: "¡Venganza, venganza, venganza...!". José Molas y su hija, abrazados tras las rejas dela ventana, vieron pasar corriendo al Arnau, un zapatero del carrer de Sant Joan que gritaba enajenado: "¡Esta noche cenaré pierna de fraile asada!". Le seguía mucha gente que jaleaba la blasfemia y profería amenazas contra los franciscanos. Entonces ambos, sin mirarse siquiera, cayeron de rodillas y comenzaron a rezar el rosario.

Al ponerse el sol, la muchedumbre, disparando tiros al aire, llegó hasta el convento de Sant Francesc. Los centinelas de la guardia estaban en posición de descanso, sentados en las aceras y abanicándose por el calor. Al ver a los bullangueros, les dieron el "¿Quién vive?", pero ante la respuesta "¡Voluntarios!" los dejaron pasar y se retiraron. Al pie de los muros resonaron entonces cien voces terribles:

- ¿Qué hacemos?

- ¡Entrar! ¡A golpes si hace falta!

- ¡A la hoguera con ellos!"

- ¡A la hoguera!"

- Allí abajo hay un horno de vidrio! ¡Nos darán ramas de pino o las tomaremos!

- ¡Vamos!"

Entre la multitud se encontraban también muchas mujeres, huérfanas de sus hijos, a quienes la guerra había colmado de rabia contra el mundo y contra el cielo. Una de ellas, más dispuesta, las organizó a gritos:

- ¡Vayamos corriendo a por cántaras de aguarrás! ¡Venga! ¡Traed todo lo que pueda prender!

Muy pronto las puertas del convento, talladas en roble, ardían como enormes teas. Una vez en el claustro, los asaltantes amontonaron todos los libros de la biblioteca, dejaron caer sobre ellos las antorchas y al poco una nube oscura, que alguna vez fue sabiduría, se extendió por la ciudad. Hasta el carrer Padró donde Dolores y su padre, Antón y Roseta rezaban unidos, llegó el olor a cuero quemado de los pergaminos mezclado con el intenso y asfixiante del aguarrás. El aliento cálido del Garbí esparcía las llamas como un gigantesco fuelle. Sin embargo los asaltantes necesitaban destruir más, porque el mal alimentaba al mal como el fuego al fuego.

- ¡A la Iglesia! ¡Que no quede ni una piedra en su sitio!

Este grito provino del zapatero Arnau. Durante la peste los franciscanos habían confortado a su esposa, pero allí estaba: armado, lleno de furia, con los ojos fuera de las órbitas.

- ¡Vamos! ¡Con ímpetu! ¡No salvéis nada! Y los frailes, ¿dónde están? ¡Hay que ir a por ellos!

Y gente que fue alguna vez buena y sencilla obedecía al Arnau sin pensar más que en la borrachera infernal.

Las gruesas vigas de la techumbre, envueltas en llamaradas, se derrumbaron enseguida y arrastraron con ellas el órgano y el altar mayor, que quedaron deshechos. Los asaltantes se dirigieron entonces al centro de la nave pero, antes de llegar, se detuvieron bruscamente, como si una mano de hielo hubiera enfriado su ira. En los sitiales del coro se hallaban doce franciscanos que no habían querido abandonar el convento- Rezaban de rodillas, temblorosos y pálidos, y el murmullo de su oración parecía elevarse más que el incendio. Fue Arnau quien, con la voz ronca, gritó a sus compañeros como si los sacudiera:

- ¿Qué estáis esperando? ¡Maldito el que no se atreva!

Él mismo clavó la primera puñalada. Los doce religiosos fueron muertos a golpes de hierro y quedaron allí, envueltos en el sudario de sus propios hábitos, hasta que las llamas los consumieron.

La madre María Rosa recordaba aquella noche de horror como si acabase de vivirla. Ella que, a pesar de su juventud, había consolado ya tantas dolencias del cuerpo y del alma, presenciaba entonces por primera vez los efectos del odio, una enfermedad que jamás habría de olvidar. Y durante aquellas interminables horas en vela, pidió perdón al Señor en nombre de los reusenses a quienes aquel odio había enajenado.

Fray Pedro Pablo Salvador pudo huir por la mina, pasó la noche y el siguiente día escondido bajo tierra con el resto de los frailes, y al salir encontró refugio en la vieja masía. Estuvo alojado en secreto hasta que se clamaron los ánimos y luego se refugió en la Prioral de San Pedro, donde adoptó el sobrenombre de mosén Peret como si perteneciese al clero secular. Y en San Pedro vivió a partir de entonces, volcado en la oración, dedicado a la predicación y, todavía, al cuidado del alma de que querida Dolores. Ella sintió que su confesor, privado del cobijo de su Orden y de su claustro, la comprendía mejor a ella, privada del cariño materno y del cumplimiento de su vocación.

1835 fue también el primer año de viudedad de su padre. José Molas parecía haber envejecido y la miraba en silencio, con una tristeza que Dolores compadecía. Al hojalatero le venían a la mente los reproches injustos a su mujer -"llevaste contigo a la niña"- y ella trataba de suavizar aquel remordimiento mostrando siempre serenidad de ánimo y alegría en el cuidado de la casa.

También fue por aquel entonces cuando comenzó a visitar con más frecuencia el hospital. La guerra lo colmaba de soldados heridos y las hermanas necesitaban ayuda. No había olvidado los cuerpos mutilados por las bombas, las espantosas agonías por de las heridas infectadas, el llanto amargo de quienes nunca volverían a su casa. Todo aquel dolor provenía de la guerra. Pero la guerra misma, ¿de dónde provenía? En sus horas de oración que eran muchas, siempre de noche para no dejar de cumplir sus obligaciones, le quemaba el alma la arena de su desierto interior. Entonces entre lágrimas , preguntaba a su Amado: "¿Tan hondamente arraiga el mal en el corazón de los hombres?¿Qué sientes al vernos cometer estas atrocidades? ¿Dónde está Tú cuando hay guerra, Señor?". En el calvario estaba, crucificado, un día tras otro. Y ella, que cada mañana soportaba con una sonrisa el olor de la carne quemada, lloraba de madrugada en la soledad de su cuarto por no llevar tanta consolación como su Amado, desde la cruz, le pedía. 

De entre todos aquellos soldados heridos, su memoria le acercaba el recuerdo de Ximo, un muchacho pelirrojo y pecoso, de familia de pescadores, a quien velaba. Ximo era muy joven, tanto como ella, y pasaba las horas en completo silencio, mirando fijamente la pared con los ojos empavorecidos. Estaba sacudido por la fiebre, tenía la cabeza vendada y las piernas destrozadas por la gangrena. Ella lo tomaba de la mano y le hablaba de recuerdos sencillos -el canto del grillo, el pan con tomate- para que cobraran algo de vida aquellos ojos fijos. Dando vueltas a la forma de animarlo, se le ocurrió una idea. Fue a por pluma y papel, regresó junto al muchacho, le acarició la mejilla y le dijo dulcemente:

- Ximo, ¿Te gustaría mandar una carta a tu madre? Ella se va a alegrar mucho cuando la reciba. Si me la dictas, yo misma la escribiré.

Entonces él pareció revivir con el calor de una minúscula llama y habló por primera vez.

- Sí, señora, me gustaría.

- Pues aquí mismo tengo los avíos. ¿Dónde vive ella?

- En Altafulla, señora. La viuda del Pel-roig -respondió Ximo, y dos llamitas oscilaron de nuevo en el fondo de sus ojos moribundos.

- Te prometo que le llegará la carta. Anímate, ¿qué le vas a decir?

- ¿Cuál es su nombre de usted, señora?

- María Rosa Dolores... Bueno, todo el mundo me dice...

¡María Rosa! Como la Virgen y como la flor que más consuela -al decir esto, Ximo la miró agradecido. Luego prosiguió muy despacio - María Rosa, yo... esto es lo que quisiera escribir: "Madre querida, me han engañado. Por la patria y la libertad, dijeron, pero yo nunca las ví, madre. Solo he visto hambre y heridas. De ellas muero. Dígale usted a la Mariona que le devuelvo la palabra de casamiento, que sea feliz. A usted, madre, que Dios la bendiga. Si yo pudiera recibir en esta hora un beso suyo, madre, como cuando era niño...".

Entonces se le crisparon los dedos, arqueó la espalda y aspiró el aire con angustia. Y fue Dolores Molas, el alma en los labios, quien besó la frente de Ximo para que atravesara el gran umbral con paz en el corazón.

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José Molas había acertado también en su descripción del momento tumultuoso que vivían las Hijas de la Caridad. El contacto diario con ellas había permitido a Dolores conocer los pormenores de aquella historia.

La Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl fundaron su casa de Reus en 1792. Desde el primer momento atendieron el hospital de la ciudad con un contrato del que habían derivado muchos malentendidos. En aquel documento se disponía que las hermanas obedecerían su regla en la comunidad, pero en el recinto hospitalario estarían bajo las órdenes de los administradores. La dificultad de armonizar las directrices religiosas con las civiles era muy grande y daba lugar a conflictos constantes con la casa madre de la Orden, pero no les impidió realizar una labor de servicio que la ciudad agradecía, atender también un colegio y abrir los brazos a muchas nuevas vocaciones.

Hubo, sin embargo, un punto de inflexión más serio que los otros. Durante la Guerra de la Independencia, los Padres Paúles, directores de la congregación, abandonaron la ciudad. A su regreso, las hermanas -que habían permanecido en su puesto entre riesgos y privaciones- solicitaron sin éxito abandonar la obediencia a los Paúles para permanecer bajo la del obispo de Tarragona, como habían estado durante la contienda. Los Paúles y las Hijas de la Caridad de Reus mantuvieron una relación intermitente y tensa durante los años de la posguerra y de la infancia de Dolores Molas. Cuando ella comenzó a visitar el hospital, las hermanas de Reus estaban ya al borde de la ruptura con su congregación.

Durante la revueltas de julio de 1835, los Paúles volvieron a abandonar la ciudad para instalarse en el pueblo de Castellvell. Aquel mismo verano, tres días después de que ardiera el convento de San Francesc. el gobierno liberal, presidido por el Conde de Toreno, aprobó la Orden de Exclaustración Eclesiástica por la que desaparecían los conventos en los que hubiera menos de doce religiosos. Poco después, su sucesor, Juan Álvarez Mendizábal, ordenó la supresión de todos los monasterios y la inmediata desamortización -es decir, la venta- de sus bienes. Reus respetaba y amaba a las Hijas de la Caridad, habían prestado servicios impagables y durante aquel tiempo de guerra no conocían reposo, así que el ayuntamiento decidió salvar de la desamortización el enorme edificio que había sido seminario de los Paúles -aquel que sirvió de hospital durante la peste azul y había visto morir a María Vallvé- y se lo ofreció como sede. Desde entonces fue conocido como Casa de Caridad. Mientras tanto, las hermanas daban vueltas a la idea de escindirse de su Orden para convertirse en una hermandad independiente. Las animaba su confesor, el padre Pablo Carbonell, cirterciense exclaustrado del monasterio de Pablet. En 1838 fue nombrada superiora so Luisa Estivill. Era una mujer indómita e ilustrada, partidaria de la separación. Con su impulso aquel grupo de religiosas decidió por fin excluirse de toda jurisdicción eclesiástica. Desde aquel instante, no pudieron conservar el título de congregación y quedaron reducidas a una corporación de vida en común sin vínculos canónicos. A pesar de ello, se llamaban y eran llamadas sores, y mantenían los votos, el hábito y el carácter religioso de sus vidas consagradas a la caridad. Tanto que no les importó ser denominadas "sirvientas del Hospital y de la Casa de la Caridad" en los documentos oficiales, ni que en ellos constase su superiora con el extraño título de "presidenta".

Dos décadas después de aquel pequeño cisma, en aquel 24 de marzo de 1857, la madre María Rosa Molas acababa de convertirse en fundadora de una Orden que surgía como nuevo vástago del tronco de San Vicente de Paúl para acercar a la obediencia de la Iglesia a la corporación donde ella misma había ingresado. Recordaba su candor a los veinte años, cuando se consagraba al servicio del hospital de la Casa de la Caridad ajena alos conflictos que agitaban a sus queridas hermanas, sin dar importancia a denominaciones ni a documentos. Desde el primer momento las había ayudado a acondicionar el vetusto caserón del seminario. A ella se debía que en cada rincón, y sobre todo en la capilla, florecieran las macetas. De hecho era quien las cuidaba. Sabía que nada hay como las flores para que una sala destartalada tome el aire de un hogar. Lo había comentado a sor Luisa Estivill y ella le había confiado aquel adorno primero y, enseguida otras muchas otras cosas.

La rutina de sus veintitrés años era casi la de una peregrina: levantarse con el alba, disponer la limpieza de su casa y el almuerzo de la familia, escuchar la primera Misa de la Prioral, luego arrodillarse un buen rato en la capilla de los Dolores y allí contemplar al Amado y hablar con su  madre. Con la de Él, María Santísima, a quien se había entregado en adopción, y también con la suya de cuna, aquella buena y generosa María Vallvé que la miraba desde el cielo. En ese momento de oración profunda e escondía el secreto de su serenidad: ella no se pertenecía a sí misma sino a Él. Sin poderlo explicar con palabras, Dolores habitaba en el mundo interior dela Gracia, su yo se había desplazado allí, y su verdadero hogar se encontraba en aquella oración, que era estar simplemente con el Señor, entregarle su libertad y dejarle conducir su vida. El segundo secreto estaba en el hospital, al que se dirigía luego. Allí trabajaba hasta la hora de comer, cuando marchaba presurosa para tender de nuevo a su padre y a los sobrinos. Regresaba a primera hora de la tarde, y el tiempo le volaba entre los pobres, los huérfanos, los enfermos, los frágiles. A fray Salvador, ahora cura de su parroquia, le confesaba:

- Cada mano sencilla que tiendo, cada sonrisa pequeña que brindo y que no valen nada, se reflejan mil veces en las manos, las miradas y las sonrisas de los necesitados, como si fueran un espejo queme devolviera el amor multiplicado.

- Así es como se nota que en ellos está el Señor -respondía el sacerdote, maravillado.

Y esa sensación -la felicidad de servir por amor a Cristo- la vivía Dolores incluso cuando realizaba las tareas más sucias, que a veces llegaban a ser repugnantes. Por eso pedía que se las dejaran hacer. "Si hago siempre lo que más me repugna, el Señor me ayuda", Solís decir a quienes le advertían de lo penoso de alguna tarea. Y es que notaba de una forma casi palpable que cuando se volcaba en el trabajo, Él estaba más cerca. Y tan colmada se sentía con aquella rutina diaria que ya no podía fingir interés en modas, festejos o murmuraciones, por eso la religiosas se habían convertido en mejores compañeras que las amigas. Y cuando hablaba con su querida Dolorcitas, y esta le mostraba un vestido nuevo, solía decirle:

- ¿Sabes una cosa? Más felices son las hermanas con su sayal que las reinas con sus sedas.

Sin embargo existía una grieta que a veces dejaba escapar su magma ardiente en forma de migrañas: no pertenecía aún a la Corporación. Sus votos de pobreza, de castidad y de obediencia, de momento, solo los conocía el Señor. Pero los había hecho, con el alma, durante una vigilia en sintió a su Amado más cerca que nunca de ella y se conmovió vivamente por la felicidad de esa cercanía. Desde aquella noche intensa, todo lo que podía llamar suyo era pobre. Llevaba la ropa muy limpia pero sencillísima, y decía a su cuñada Roseta: "Cuanto más gastada, menos molesta". También su dormitorio era despojado y severo hasta la exageración. Aquella austeridad enfadaba a su hermano José, que se había convertido ya en un próspero comerciante de Barcelona; le parecía ridículo -esa era exactamente la palabra- que sus regalos, siempre de buen gusto y a la moda, terminasen en donativos para la Casa de la Caridad. Y es que Dolores transformaba en un momento las piezas de brocado en casullas, y en sábanas los lienzos de algodón. En cuanto a los otros dos votos, toda su vida era casta sin esfuerzo; y obediente hasta el extremo su dedicación al padre y a la familia.   

El disgusto de José sobre el sencillo atavío de su hermana llegó hasta su propia boda, en la primavera de 1838. Ya completamente afincado en la Ciudad Condal, viento en popa su negocio de lámparas, contraía matrimonio con una joven llamada Carmen Sellés y deseaba que su familia lo acompañase en aquel gran día, desde luego arreglados con sus mejores galas. Pero Dolores vistió su ropa sencilla, y solo llevó como adornos sus ojos negros, radiantes de alegría por el paso que daba su querido hermano. Cuando los dos se abrazaron después de la ceremonia, José le preguntó:

- ¡Por qué no te has puesto el corpiño de encajes que te mandé? No se lo habrás regalado a alguna novia sin dote.

- Pues la verdad es que... sí.

- Pero, ¿qué me estás diciendo?

- Era tan bonito... Por favor, José, no te enfades. A mí todo me sobra, y cuántos hay sin amparo y sin consuelo. Quiero ser pobre como lo fue Jesús, y mientras viva en la casa de nuestro padre no puedo serlo más que en lo que a mí sola concierne. No llevo un vestido lujoso pero te llevo a ti en mi oración. Ahora va también Carmen. Estaréis en ella siempre. Estaréis en ella siempre.

El hermano, emocionado, contestó:

- Siempre te rodea un halo de luz. No te das cuenta, pero dondequiera que estés se te ve solo a ti. Si alguna vez tenemos una hija llevará tu nombre. ¡A ver si me sale otra santa!

- ¡Vamos, José, que ya estás con tus bromas de siempre!

Los dos rieron igual que hacían de niños. Pero al año siguiente, la primera hija de José y Carmen se llamó María de los Dolores Molas, como su tía.

Después de la boda y del rumboso convite -un desayuno con chocolate y emparedados que se animó con cantos-, los Molas se sentían felices y algo melancólicos también, por la añoranza de María Vallvé, en quien no habían dejado de pensar y que habría disfrutado tanto de aquel momento. Todos regresaban a Reus en la diligencia. Aquel enorme carricoche, que acomodaba a veinte personas en dos pisos de altura, partió a medio día de la Rambla de los Capuchinos, justo al lado del famosos mercadillo ambulante del Pla de la Boquería, donde payeses y pescadores ofrecían sus tesoros. Enseguida, al trote de las seis mulas, atravesó las calles de Barcelona, inundadas por el gentío, y después salió al camino. Poco a poco, el cansancio fue venciendo al patriarca de los Molas, a Roseta y a los niños, y pronto todos sesteaban, acunados por el traqueteo. Doloretes y su hermano Antón, sin embargo, permanecían extasiados ante la belleza de los montes y el mar. El sol de la tarde, brillante y orondo, parecía moverse a la vez que ellos, y por las ventanillas penetraba, junto ala brisa cargada de sal, el olor fresco de los pinos. Era buen momento para las confidencias. Antón le contó en voz muy baja que los jóvenes de su barrio -entre lo que hubiera podido estar, sin duda, un futuro esposo- la consideraban inaccesible.

- Dicen que eres una nueva santa Teresa. Y lo dicen con respeto, ¡eh? No con chanzas.

- ¡Qué disparate! -había susurrado ella, con asombro y con una pizza de alegría porque, bueno, el peso de explicar a un pretendiente que ya había encontrado a su Amado sí se lo quitaban.

Antón, entre susurros también, le había respondido:

- Lo de la santidad es cierto, Doloretes. Es que no te ves desde fuera: tan alta, tan seria y callada, una dama en el trato porque has nacido con un señorío natural, pero con esos ojos desprendiendo una luz divina. Una luz que ilumina a cada enfermo del hospital y luego vuelve adentro tuyo, porque no la empleas para deslumbrar sino para alumbrar. Vas caminando con los ojos bajos, no por cortedad sino porque las personas que más te interesan están a la orilla de la acera, mendigando en el suelo. En Reus todo el mundo lo sabe que serás monja. Y hasta he oído a alguno decir que ojalá todas las monjas fuesen como tú.

- Antón, es verdad. Prefiero ser religiosa a ser dueña del mundo. Y me entristece que todo Reus lo sepa menos nuestro padre.

- Él también lo sabe. ¿Te has dado cuenta de que no ha vuelto a decir eso de "conocer a los hijos de todos sus hijos"? 

Sí, se había dado cuenta. Debía guardar solo unos años más: a que crecieran algo los pequeños de Antón y Roseta; a que terminase aquella contienda que aún coleaba en la comarca. Hacía muy pocas semanas, allí cerca, entre los pinos que ahora pasaban de largo ante la diligencia, habían fallecido vecinos, amigos de sus hermanos, muchachos que hubieran podido ser sus pretendientes si no hubiera estado ya enamorada. Enseguida se había ocupado de consolar a las madres y las novias. Y de orar, cada vez más cerca de la Madre al pie de la Cruz, del cuerpo de Cristo traspasado por la lanza.

En Reus todos sabían que Dolores Molas sería monja, pero aquel anhelo podía esperar. Todo llegaría. El Amado había puesto a prueba su vanidad y su impaciencia, y a cambio ella debía resistir. Tarde o temprano llamaría por fin a la puerta de la Casa de la Caridad, esta vez para quedarse.

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La madre María Rosa seguía arrodillada en el reclinatorio de su pequeño despacho de la Casa de Misericordia de Tortosa. Era fundadora, Dios lo había querido. Y, como en un sueño, recordaba a la segunda persona que se lo anunció. Junto a ella veía la figura delgada y el rostro anguloso de sor Luisa Estivill. Por el empeño de aquella mujer, por su obstinada certeza de llevar siempre la razón, la Corporación de Caridad de Reus se hallaba desde 1838 fuera del ámbito de los institutos religiosos, separada de toda autoridad eclesiástica, Y realmente le gustaba tanta independencia a una superiora que, aunque solo tenía treinta y dos años cuando Dolores Molas la conoció, hubiera sido capitana general de cualquier guerra y gobernadora absoluta en cualquier reino.

Desde que comenzó a ayudar a las hermanas, sor Estivill la había tratado con afecto. Tan tajante en las órdenes como era, parecía suavizar su trato cuando hablaba con la más joven de sus colaboradoras seglares. Una vez le había escuchado decir, señalándola a ella: "Dichoso el albergue en que se deposite esta valiosa joya. Ojalá elija el nuestro". Aquella frase la puso de nuevo en guardia ante cualquier repunte de la vanidad. Poe el contrario, debía fortalecerse en la obediencia. No tenía nada que elegir, Dios la había elegido a ella, que era la de menos mérito. Cuando llegase la hora, solo tendría que dejarlo todo y seguirle, sin intenciones ni deseos sin expectativas más allá de esperar a ver qué quería que hiciese. Y mientras tanto, era preciso purificarse de todo lo malo, una tarea ardua e inagotable.

Se acercaba a su memoria las fiestas de Navidad de 1840, tal vez las más señaladas de su vida. Como cada año, en el amplio espacio porticado de la plaza del Mercadal, junto alas casa buenas y las tiendas de paños, se desplegaban docenas de puestos, cubiertos con toldillos, donde los payeses ofrecían sus viandas plenas de aromas y colores.  Aquí, los gallos para el rostit, todavía vivos; allá, un delicioso monte de panes de anís; por todas partes, el vermut, santo y seña de la ciudad. Delante del atrio gótico de la Prioral se instalaba siempre un precioso Belén viviente con animales de las granjas vecinas. Junto a él se reunían grupos de chicuelos que después recorrían las calles cantando villancicos:

Qué li darem, a n'el Nai de la mare?
Qé li darem, que li sápiga bo?
Panses i figues i nous i olives,
panses i figues i mel i mat´.

"¿Qué le daremos al Niño de la Madre? ¿Qué le daremos que le pueda gustar? Pasa e higos, nueces y olivad, pasa e higos, miel y requesón...". El propio villancico enumeraba los sabores tradicionales que convocarían a la gente de Reus en torno a la mesa navideña- La ciudad aparecía, por primera vez en mucho tiempo, feliz y tranquila. La últimas tropas carlistas habían cruzado la frontera hacía unos meses. La guerra había terminado.

Entre los Molas reinaba también la tranquilidad. José, entrado en los cincuenta y cinco, seguía activo y ágil a pesar de la viudedad. Antón llevaba el taller a plena satisfacción. Rosa y él criaban a cinco hijos sanos, cuya alegría colmaba cada rincón de la casa, y traían al sexto en camino. María Rosa, su primogénita, había cumplido ya los once años y era una mujercita que comenzaba a ayudar en las tareas del hogar e imitaba en todo a su tía. Solo en Dolores quedaba incompleto el plan de vida. Sentía muy hondamente la pena de no acercarse más a su Amado pero también la esperanza de que Él la ayudara a sortear los obstáculos, porque había tomado una decisión. La única persona con quien lo consulto fu fray Salvador:

- Se ha terminado la guerra, mi padre está bien de salud y lo acompañan a todas horas su hijo, su nuera y sus nietos. ¿Le parece a usted que puede haber llegado el momento?

El sacerdote emocionado, respondió:

- Sí. Ha llegado el momento.

Dolores cerró los ojos en los que se habían agolpado las lágrimas. Desde hacía diez años deseaba escuchar aquellas palabras. A pesar de todo, aún dudaba de sí misma. ¿Merecería una felicidad tan grande? Por eso preguntó:

- ¿Me admitirá sor Estivill?

- Se va a llevar una alegría. Deseas formar parte de la Corporación, ¡verdad? Piénsalo bien porque, aunque ellas en su forma de vida son ejemplares, ahora mismo su situación eclesiástica es irregular.

- No conozco otra orden ni otra regla, padre. No las hay en Reus. Y, ¿qué congregación podría yo buscar a estas alturas? Los enfermos del hospital y los acogidos de la Casa de la Caridad son como ojos míos o sangre mía. Así que no me separaré de ellos.

- Entonces díselo.

- Gracias, fray Salvador.

- ¡Ha llegado el momento!

- ¡Alabado sea Dios!

En la tarde de san Esteban, el 26 de diciembre, Dolores Molas se acercó a la Casa de la Caridad para hablar con sor Estivill. Había pasado la Nochebuena y la navidad en oración, y había preparado con todo su amor una comida familiar llena de serenidad, de tradiciones antiguas y de las recetas que fueron de su madre. Comulgó en la Misa del Gallo pensando: "La próxima vez que te alojes en mi casa yo seré tu esposa, Señor. No me lo merezco". Cada paso y cada momento de aquellos días de fiesta habían estado impregnados de emoción.

Nada más encontrar a sor Estivill, comprendió por su mirada que se imaginaba ya el motivo de la visita.

- Madre -comenzó, consciente del solemne paso que daba-, como usted sabe, yo deseo acompañarlas en su vida de caridad y oración.

- Claro que lo sé, Dolores. Tu siempre llevas el alma en la palma de la mano. 

- Vengo a suplicarle humildemente que me admitan entre ustedes.

Sor Luisa se alegró mucho. Aunque las amabilidades no estaban en su naturaleza, admiraba sinceramente a aquella muchacha y comprendía su valor, por eso se acercó a ella y la abrazó.

- Serás bienvenida.

Cuánta emoción sintió Dolores al escuchar aquellas palabras, qué alegría tan inmensa. Y a la vez qué grande era aquel paso para su fragilidad. Sin embargo no lo daba sola, tomaba la mano que su Amado le tendía. Se entregaría a los pobres para siempre. No dudaba, no sentía miedo, pero le preocupaba desafiar tan gravemente a José Molas. Había sido siempre una hija tan obediente... ¿Y si no la perdonase nunca?

- Sor Luisa, ya sabe usted que mi padre me lo prohibió.

- ¡Vaya cosa! ¡Pero si eres mayor de edad! ¿Queda él en mala posición acaso? ¿Abandonado? ¿Enfermo?

- No, no. Si fuese así yo no me atrevería.

-Pues, ¡a quién tienes tú que obedecer más que a tu vocación? ¿No has hecho ya diez años de sacrificio?

- Mi confesor, mosén Pedro Pablo Salvador, también me anima.

- Pues no hay que pensar más. dice el Señor: "Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí".¿Qué te pasa? ¿Por qué palideces? ¿Ves obstáculos acaso?

- sor Luisa, yo no puedo amar a mi padre más que al Señor, pero por nadie ni por nada que no fuera el Señor y su divino servicio cambiaría yo su amor y su compañía.

- Bien está. El alma en la palma, ya lo dije. Saldrás sin que te vean y estará hecho.

- ¿Sin despedirme de él?

- Si te despides, te quedarás. No hay más remedio que salir en secreto.

- Así lo haré, madre.

- ¿Qué más?

- Tengo dos dudas importantes que consultarle.

- Veamos. 

- La primera se refiere precisamente a mi padre. Salir de casa en secreto significa que no podré pedirle dote. Tendré que ingresar aquí de caridad. ¿Será posible?

- No es lo usual pero tampoco nos sobran vocaciones para andar ahora con remilgos.

- Y la segunda es que a veces padezco unas migrañas muy dolorosas. En eso días, porque son días completos, no puedo ni levantarme de la cama.No sé si eso será un inconveniente demasiado grande para ser vir al Señor, con tanto trabajo como hay aquí.

La expresión de la superiora fue imposible de olvidar para ella porque nunca, nunca había visto a aquella recia mujer tan conmovida.

- Hija, de la forma en que te he visto llenar tus días, con el tesón y el esfuerzo que pones en todo, compensarás en una sola hora lo que dejes de hacer a causa de tus migrañas. Te esperamos, ¿Cuándo vendrás?

- No quisiera disgustar a mi familia hasta el final de las fiestas. ¿Le parece bien la tarde de Reyes?

- Muy bien. Mientras tanto, ya que tú no lo vas a traer, te buscaremos un hábito. Alguno habrá guardado que pueda servirte. Por cierto, debes despedirte de fray Salvador. A partir de ahora tu confesor será nuestro capellán, don Pablo Carbonell.

- Como ordene, madre.

Otra despedida, y esta vez dolorosa por lo inesperada. El Señor continuaba poniendo pruebas. Para Dolores era difícil no volver a confesar con el sacerdote que la acompañaba desde niña, que presenció la última hora de su madre y la había guiado durante años tan procelosos... Antes de cruzar el umbral del antiguo seminario para salir de nuevo a la calle, se detuvo un instante y respiró hondo.

- ¿Esto deseas de í, Señor? Pues esto lograré con Tu ayuda. Yo solo quiero agradarte. 

La víspera de Reyes preparó torteles para los niños. Quiso hacerlo despacito, rememorando a su madre y su abuela. Luego limpió la casa a fondo hasta dejarla reluciente. Durante la comida del día seis, sencilla y familiar, permaneció en silencio porque un nudo en la garganta le impedía hablar, pero miró a su padre con toda la intensidad y el amor que pudo reunir. A su memoria asomaron los paseos de niña, de la mano de él, hasta el santuario de la Misericordia; su sonrisa rebosante de orgullo al ofrecerle el rosario que desde entonces siempre le acompañaba; y, en una jornada triste, sus labios crispados por la palabra nunca. "Querido padre -pensó-, comprendí aquella misma noche que eras un instrumento del Señor para ponerme a prueba. Pero esta noche de hoy, cuando yo ya no esté en casa, ¿comprenderás tú que no puedo oponer más resistencia a Su llamada? Dios mío, ayúdalo a aceptar mi vocación y a perdonarme.  
Dale paciencia". Luego posó lentamente la mirada en su hermano Antón, tan bueno, tan hogareño, uno de los mejores aliados de su vida; en su cuñada Roseta, que había sabido llenar aquella casa de hijos; y en estos, los cinco pequeñuelos que la querían tanto y la añorarían. "No estaré muy lejos. Rezaré con toda mi alma por vosotros". 

Recogió la cocina con unas lágrimas en los ojos que, afortunadamente, nadie vio. Al terminar, pasó la mano muy despacio, como en una caricia, por el hogar y sus perolas de cobre, por la gran mesa de castaño, por la vajilla de bodas de su madre, por el fanal con frutas de cera que había modelado de niña junto a su abuela: "Adiós, casa donde nací, donde aprendía a rezar. No volveré. Gracias por guardar el secreto de mi gran anhelo". Luego se acercó a su dormitorio. Estaba ya recogido. Había dejado el colchón de lana enrollado, y sus ropas de calle limpias y dobladas. Se anudó el pelo en una trenza, guardó en un hatillo su rosario de la Comunión y su camisa de dormir, y besó la imagen de la Virgen que había velado sus sueños. Cuando descendía la escalera, de puntillas, escuchó las risas de Antón y su padre que jugaban al dominó. Los niños cantaban villancicos:

A Betlén me'n vull anar.

Vols venir tu, rabadá?

"A Belén me quiero ir, Tú, pastor, ¿querrás venir?". Qué emoción tan intensa sintió al escuchar aquellas palabras. Procuró ocultarse en las sombras, pero el más pequeño la vio: "Adeu, tieta", dijo con su vocecita de ángel. Ella lo beso dulcemente en la mejilla y luego ya no mirá atrás. Entreabrió con cuidado la puerta de la calle y salió sigilosa. Su alma rebosaba de alegría y dolor. El bullicio de la gente en el carrer Padró la sorprendió. Eran las seis de la tarde del día de Reyes. Anochecía.

Las hermanas de la Corporación la esperaban en el umbral del viejo seminario y la abrazaron con alegría. Ella sentía que por fin encajaban todas las piezas de su vida. Menos una.

- Sor Luisa, permítame escribir una nota a mi padre.

- No, ya le mandaremos recado mañana.

- Se lo ruego, madre. Me parece verlo ahora mismo, junto a mi colchón enrollado, intentando comprender que me he marchado para siempre.

- Está bien. Una nota breve. Entra ahí, a mi despacho, y se la acercará el Tinet.

Mientras se alejaba escuchó a sor Estivill susurrar:

- Qué buen regalo nos han hecho este año los Santos Reyes.

Pero ella pensaba, conmovida hasta el fondo de su corazón: "Ya estoy aquí, ya estoy aquí, Señor". Gracias por hacerme el regalo de tu amor, gracias por admitir la entrega de esta pequeña y torpe vida mía".

Tinet, un muchacho a quien la sociedad llamaba "inútil", vivía en la Casa de la Caridad y hacía recados a las hermanas. Adoraba a Dolores, que siempre lo había tratado con un cariño muy singular, como si no reparase en sus limitaciones y mirase al fondo, a la persona que era. "Ella me quiere de verdad, ¿eh? Que yo de esas cosas sí me doy cuenta", decía con su hablar un poco atropellado. Así que, feliz por el encargo, llevó en un vuelo la nota breve en que Dolores avisaba a su padre de dónde se hallaba y le pedía su bendición. Cuando regresó, traía un recado que la colmó de gratitud y de alegría.

- Lloraba pero tranquilo. Dice que bastante ha esperado usted. Que le da su bendición y que un día de estos vendrá a verla.

José Molas, tal vez confortado por Antón, comprendía que la resolución de su hija era seria y profunda. Él no era un dueño egoísta sino el padre devoto que la enseñó a rezar: no debía interferir más en su camino.

Dolores supo que aquella respuesta era la garantía de que acertaba al consagrarse a los pobres. Con la bendición de su padre llegaba la del Señor. Así que en la nueva vigilia de oración, ya en su pequeña celda de la Casa de la Caridad, solo pudo abismarse en la presencia de su aAmado y darle gracias.

El 7 de enero, antes de amanecer, se unió por fin a las hermanas de la Corporación para rezar en comunidad los Laudes que tanto había añorado.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo.
Mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti
como tierra reseca, agostada, sin agua.

Diez años había esperado Dolores Molas para vivir aquel momento. Y en aquel comienzo del año 1841 podía por fin cumplir el compromiso que anhelaba desde la infancia.

Todo mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.

Aquella misma mañana, después de la confesión general con mosén Pablo Carbonell, tomó el hábito de las Hijas de San Vicente que la Corporación había mantenido a pesar de la escisión. Estaba formado por una túnica negra con pechera almidonada, y una toca blanca de largas alas que se cubría con un velo negro para estar en la iglesia o salir a la calle. Lo hizo sin solemnidad alguna, sin que asistieran más que el sacerdote y sus nuevas hermanas. Y se cumplió así lo que ella misma había anticipado: "Quería que mis padres me acompañaran orgullosos y tendré que acercarme sola". Sin embargo, se sintió verdaderamente desposada porque aquel breve camino hacia el altar, sin galas, con una túnica ya usada, era un ofrecimiento de ella misma por completo, de todo su ser. Y el Amado generoso, aceptaba a Dolores Molas con los momentos de aridez en que el alma se le oscurecía; con sus brotes de impaciencia, porque lo comprendía todo muy pronto y a veces le costaba esperar a los demás; con su vanidad, encerrada bajo llave en una cajita de la que escapaba de vez en cuando... Pero también con su alegría de servir, con su voluntad de trabajar, con su amor de enamorada que lo veía a Él en cada herida, en cada fealdad, en cada lágrima.

"Cómo es posible? ¿Cómo es posible que me aceptes, Señor?".

Al acercarse al altar, las hermanas la abrazaron mientras cantaban el Salmo 132:

Este es para siempre el lugar de mi reposo.
Aquí habitaré, porque me ha querido.
Bendeciré abundantemente su provisión, a sus pobres saciaré de pan.

Cuando mosén Carbonell le preguntó el nombre que iba a tomar, respondió:

- María Rosa.

Y el corazón se le anegó con una intensa emoción y con el recuerdo de una persona joven a quien solo ella acompañó en la hora de la muerte. "María y Rosa, como Tu Madre Santísima y como una de tus criaturas. Tuya soy, Señor".


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Parecía una profesa, no una novicia, todas lo reconocieron desde el primer momento. Como había observado sor Estivill, sus días estaban llenos. Sin embargo, ella no veía un gran mérito en esto porque estaba acostumbrada desde siempre a amanecer con energía, llegar a todo ¡, terminar cada tarea al poco de empezarla, poner a prueba la paciencia, la obediencia y, a veces, hasta el estómago. Ojalá aquellas cosas le costaren más esfuerzo; así hubiera podido ofrecerlas al Señor. Por si acaso, se repetía constantemente: "Debo ser humilde y observante de la Regla sin querer indagar por qué me mandan esto o aquello. De cumplir la Regla depende la santidad". 

En la Corporación había siete hermanas y otra novicia, ya a punto de profesar, que se llamaban Rosa Pascó y era una maravillosa enfermera. María Rosa se unió a ella para atender el hospital. Sor Estivill había dudado entre destinarla a los enfermos o a los alojados en la Casa de la Caridad porque, decía: "Todo lo hace bien, vale para cualquier cosa y donde ella está parece que nos duplicamos". La superiora y la novicia compartían la vocación de servicio y una especial disposición: eran activas, dispuestas, decididas y sabían resolver los problemas. A veces sor Estivill, con su lenguaje un poco belicoso, le decía:

- Eres como un arsenal, María Rosa. Estás provista de toda clase de armas para que podamos elegir cuál usar en cada momento y quedar siempre airosas.

A ella no le hacía gracia la comparación bélica y en sus noches de vigilia, que eran casi todas, se mortificaba pidiendo perdón al Señor por sentir momentos de satisfacción cuando quedaba tanto por hacer. La consolación ra una tarea inagotable. El dolor y la enfermedad se renovaban constantemente, como las olas en la orilla del mar, y ella solo alcanzaba a recoger pequeñas gotas que se escurrían entre sus dedos. 

De aquellos primeros momentos de su noviciado recordaba especialmente una tarde de domingo. Caminaba por las salas llevando en los brazos una pesada cántara de agua con la que iba llenando las escudillas de los enfermos. Ella misma los alzaba, pasándoles el brazo por la espalda, y les acercaba el agua a los labios. Después de que hubieran bebido, a cada uno le arreglaba un poco la cama, les secaba el sudor o le preguntaba por su familia, ya que se esforzaba mucho en recordar sus pormenores. Estaba junto a una muchacha recién parida, que lloraba el desamparo, y acababa de decirle:

- No estás sola. El Señor te ha dado al niño más bonito del mundo. Entonces vio llegar al Tinet. Guiñaba de alegría sus ojillos claros y parecía muy emocionado:

- Sor María Rosa, que tiene abajo una visita muy importante.

A ella le dio un vuelco el corazón. Adivinó.

- Voy enseguida Tinet. Quedan por beber muy pocos enfermos. 

Solo podía ser su padre. Quería corre escaleras abajo pero anduvo despacito, ofreciendo el sacrificio al Señor. Sí, era él, allí estaba, en la sala de recibir. Aguardaba junto a sor Estivill y sor Francisca Freixa, directora de la Casa de la Caridad, que al verla entrar dijo:

- Ya la tiene usted aquí, don José. La rosa de este hospital cuya fragancia llega ya a toda la ciudad. Qué alegría. Yo les dejo tranquilos y me vuelvo a la tarea.

La superiora intervino entonces:

- Sor Francisca tiene razón, no podemos pasar sin sor María Rosa. Que el trabajo es difícil y largo, pues lo lleva a cabo; que se trata de un compromiso ante los administradores o el ayuntamiento, allá se apaña ella con sus modales de señora; que es una tarea humilde o abyecta, vence las náuseas y la concluye sonriendo.

José Molas apenas pudo aguardar a que sor Estivill terminara. Había encanecido durante el mes de ausencia, las manos le temblaban y lloraba como un niño.

- ¡Hija de mi corazón!

- ¡Padre!

- ¿Eres feliz, hija?

- Inmensamente feliz.

- Perdóname, Doloretes, sor María Rosa, digo. Olvida mi cabezonería, mi obstinación, el que yo no quisiera reconocer tu verdad cuando estaba clara.

- Padre, no hay nada que disculpar. Siempre hizo lo que le pareció mejor para mí, siempre fue bueno. Yo necesitaba ponerme a prueba. El Señor lo quería así.

- Me duelen tanto ahora aquellos malos modos, aquella prohibición, el silencio... Cuánto daño debí hacerte.

- No, padre, no.

- Tu madre ¿me habrá perdonado desde el cielo? Ella lo sabía, te apoyaba. Yo hubiera podido echarte al mal camino por mi locura.

- Solo con esta tarde, padre, con la alegría que me está dando y que nunca olvidaré, Dios lo está llenando de bendiciones. Mire...

- ¡Tu rosario de la primera Comunión!¿Lo llevas?

- A él siempre en la mano, padre, y a usted siempre en la oración.

¡Hija! ¡Hija de mi alma!

José Molas, tembloroso, volvió a abrazarla entre lágrimas que parecían no tener fin.

- Vendré a verte más veces. Ya he dado a sor Luisa una limosna que compense aquella toma de hábitos tuya sin dote y sin familia.

- Gracias, padre. Pero yo debía ser pobre, así quería el Señor que fuera.

- Adiós, Doloretes, sor María Rosa. Hasta pronto. Hija, dame tu bendición.

Aquel momento inolvidable fue presenciado por sor Estivill, que no consideró necesario respetar la intimidad de la visita. A María Rosa, la obediencia escrupulosa le impidió decirle que los dejara solos en aquel instante.
  
Cuando regresó a la sala, Tinet, que no perdía palabra de todo lo que pasaba, le dijo:

- Sor María Rosa, parece que no, pero qué distinta es usted de sor Estivill. A ella yo la obedezco porque la temo, y a usted porque la quiero. Y ¿por qué la quiero, eh? ¿Por qué la quiero? -exaltado levantaba la vos-. Porque usted me quiere a mí, porque es dulce y buena conmigo. Y ¿sabe una cosa? ¡A todos los que están aquí les pasa lo mismo! A ver, escuchadme. Ya es hora de que ella lo sepa. A la de tres, ¿cómo llamamos a sor María Rosa cuando no está delante? Una, dos y...

Entonces, todos aquellos enfermos dijeron a la vez:

- ¡El ángel de la paz!

Y ella solo pudo sonreís de asombro.


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La Corporación seguía las normas y prácticas religiosas de las Hijas de la Caridad. La Regla era estricta: levantarse a las cuatro de la madrugada, tres cuartos de hora de oración personal y rezo comunitario. Misa, trabajo agotador, lectura espiritual, oración de la tarde, y descanso a las ocho y media si no tocaban turnos de guardia. Aun así, María Rosa arañaba tiempo al sueño para rezar un poco más. Aquella vigilia más prolongada era su única desobediencia. Porque también ayunaba severamente y se mortificaba el cuerpo con un cilicio, pero para estos sacrificios, que formaban parte de su camino de purificación, había pedido permiso al confesor.

Deseaba con todas sus fuerzas vivir en la humildad, y se sentía avergonzada cuando la superiora o el propio padre Carbonell le decían que su actitud edificaba al resto de las hermanas. Por eso respiró aliviada cuando, en la primavera de aquel año 41, ingresó otra novicia. Era una joven de Reus a quien ella conocía del colegio de don Mariano. Se llamaba Rafaela Canals y, a partir de entonces, fue su mejor compañera y amiga. Aquí estaba también, en la Casa de Misericordia de Tortosa, a su lado, en los solemnes pasos de la fundación de la nueva Orden.

La memoria le acercaba los bellos recuerdos del día más solemne de su vida, el de su profesión religiosa. Fue el 7 de enero de 1842, cuando se cumplía exactamente un año de su ingreso en la Corporación. Sintió por fin la enorme alegría de que la acompañara toda su familia: José y su mujer, llegados de Barcelona, Antón y Roseta con los niños, sus tíos Molas y Vallvé y sus primos. También muchos amigos entrañables como el padre Salvador y don Mariano Ríus, sus compañeras de juegos de la infancia y, por sorpresa, una nutrida representación de los acogidos en la Casa de la Caridad y del hospital. Por supuesto estaba también su padre que, ahora sí, la condujo emocionado hasta el altar. Cómo olvidar el olor  incienso, los cánticos de sus hermanas que invocaban al Espíritu Santo.

Veni Creator Spiritus,
mentes tuorum visita, 
imple superna gratia, 
quae tu creasti, pectora.

"Llena de gracia el corazón que tú mismo has creado", pidió también ella. Y luego pronunció con plena consciencia las palabras que la comprometían para siempre:

- Yo, María Rosa Molas y Vallvé, en presencia de Dios y de toda la corte celestial, renuevo las promesas de mi bautismo y hago a Dios los votos de pobreza, castidad y obediencia a la superiora de la Congregación, conforme a nuestras Reglas, y de emplearme en el servicio corporal y espiritual de los pobres enfermos, nuestros verdaderos señores, en la Corporación de las hermanas de la Caridad. Es lo que yo pido por los méritos de Jesucristo crucificado y por la intercesión de la Santísima Virgen.

Eran votos privados, al no constituir la Corporación un instituto religioso, pero eran sobre todo votos reales, en los que ella puso toda la fuerza de su vocación. Y al regresar al reclinatorio, de rodillas, prometió al Señor que rompería la red de sus imperfecciones y caminaría por el terreno de la santidad.. "Será muy difícil, Señor, por mi pequeñez, pero emplearé toda mi voluntad y todo mi esfuerzo en observar Tus mandamientos, sobre todo el supremo del amor a Ti y al prójimo. Deseo de todo corazón evitar el pecado mortal, y aun el pecado venial si le es posible a mi flaqueza. No podré conseguirlo sin Tu Gracia, pero ya que has querido tomarme por esposa, intentaré serlo de la manera que tú mereces".

Al terminar la ceremonia, su hermano Antón, como siempre mensajero de la opinión que Reus tenía sobre ella, le dijo que se hablaba en todas partes de lo edificante y hermoso que era verla atravesar de noche las salas, alumbrando la oscuridad con su sola presencia.

- Pero estás muy delgada, tienes que cuidarte -le había dicho también. Ella, tantos años después, aún recordaba su respuesta.

- Solo quiero complacer a Dios y beneficiar a quienes tanto sufren. Ojalá pudiera sacrificarles mi vida.

Habían pasado quince años y seguía pensando de la misma manera.

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La época era tormentosa en lo político, sin embargo se abría paso en ella una nueva mentalidad, más humanista, más preocupada por aliviar, desde las instituciones, el olor y la miseria. Si bien solamente los pobres ocupaban las camas del hospital de Reus -porque quienes tuvieran dinero, aunque fuesen unos pequeños ahorros, recibían la atención médica en su domicilio-, al menos estaban cuidados y ya no morían tirados en las calles. Por supuesto, quedaba mucha justicia por hacer. María Rosa cuidaba a pacientes, con frecuencia incurables, cuyos males provenían de pasar hambre y de vivir en casa que no merecían ese nombre.

Pasaba el día en trabajo constante, en constante oración, pero sacaba adelante también muchos otros pormenores. Y cuando eran humillantes -y los había a diario en aquel universo de cuerpos dolientes- se decía a sí misma: "En Tu casa no hay nada que sea bajo, Señor". Recordaba aun, como si los viese, a algunos enfermos. Por ejemplo a Eulalia, una antigua castañera de la Plaza del Mercadal que padecía tuberculosis. A pesar de la bajada de ánimo que suele conllevar esta enfermedad, Eulalia era muy bulliciosa y alegre. Como su cama estaba junto a la puerta de la sala de infecciosos, cada vez que la veía entrar para cumplir su turno, gritaba muy alto, como si aún pregonara sus cucuruchos de castañas. : "Eh! ¡Eh!¡Hoy nos toca sor María Rosa!¡Estaremos bien!". También recordaba a Ferrán, un leñador a quien hubieron de amputar sus brazos después de que se los aplastara un enorme troco. Los primeros días no paraba de llorar y ella estuvo buscando la forma de consolarlo. La encontró en el canto. Ferrán poseía una maravillosa voz de barítono así que poco a poco, gracias a la expectación que procuraba sor María Rosa -"¡Atentos todos, que Ferrán va a cantar!"-, fue recuperando algo de alegría. A ella la enternecía su agradecimiento. Una vez que se acercó a darle de beber y se dio cuenta de que quedaba poca agua en el cántaro, le dijo: "Espere un momento Ferrán, que se me ha quedado vacío". Y el leñador sin brazos, con los ojos cuajados en lágrimas, le respondió: "No hay vacío que su caridad no llene, sor María Rosa". Sin embargo, no todos eran buenos recuerdos. Más de una vez le escupieron a la cara los alimentos, o tuvo que escuchas ofensas muy groseras. Entonces redoblaba la amabilidad hacia el lunático i el borracho y se decía: "Gracias, Señor, porque me permites decirle a este hijo tuyo cuánto le quieres". Y cuando una de las hermanas le preguntó cómo aguantaba aquello, respondió con toda la franqueza de su alma: "Me parece que cuanto más enfadosos sean los enfermos, debemos servirles con más humildad y amabilidad, y así ganaremos sus corazones".

Desde luego hubo también momentos en los que perdió la paciencia, nunca con los ingresados sino con alguna hermana que no los trataba bien, A una de ellas, que protestaba porque eran desagradecidos, le dijo con una pizca de enfado:

- Haga las cosas bien y no busque otra cosa sino amar y servir a Dios.

Este gesto le costó luego largas horas de lágrimas y confesiones cuajadas de dolor, porque intentaba por todos los medios ser dócil y estar desprendida de sí misma, Y en sus largas noches de vigilia se decía: "Las más dignas cualidades vienen a estrellarse contra la roca de la voluntad, que mucho tiempo ha sido árbitro de sí misma". Y pedía a Dios fuerza para luchar contra todo lo que, en ella, se impregnara de otra voluntad que no fuese la Suya.


Mientras tanto, los tiempos volvían a ser convulsos. El reinado de Isabel II seguía oscilando, como un barquito a la deriva, entre los enfrentamientos de absolutistas y liberales. Como la reina era todavía menor de edad, sus gobiernos estaban sujetos a los intereses de dos regentes sucesivos: primero su madre, María Cristina, y luego el general Baldomero. El descontento latía cada vez con más fuerza, hasta que en la primavera de 1843 estalló un conflicto de gran repercusión histórica cuyo centro fue la ciudad de Reus, y su protagonista, un reusense ya por entonces ilustre: Juan Prim y Prats.


Juan Prim había nacido tres meses antes que María Rosa Molas y muy cerca del carrer Padró, en la plaza del Mercadal. Su padre, notario de la ciudad, había sido militar durante la guerra de la Independencia. El hijo del notario y la hija del hojalatero se habían visto muchas veces de niños porque la señora Prim visitaba el taller de José Molas y compraba allí sus lámparas y quinqués. Joanet ere por entonces un chiquillo muy rubio que tenía fama de travieso. Tanto que las vendedoras de la plaza le regañaban de vez en cuando les cogía del puesto algunos higos. Pero creció y muy pronto fueron conocidos sus méritos. Con veinte años se alistó como soldado en a primera guerra carlista y ascendió rápidamente por su valor en las batallas. Al terminar la contienda, era coronel y tenía veintiséis años. Los mismos que María Rosa cuando entró en la Corporación.


Prim era profundamente liberal, como su padre y la mayoría de los reusenses. En 1841 había sido elegido diputado por Tarragona, y su extraordinaria inteligencia le había otorgado la confianza del entonces regente , Espartero. Sin embargo, cuando el poderoso general quiso eximir del pago de aranceles a los tejidos ingleses -con gravísimo perjuicio para la industria textil catalana-, Prim se enfrentó abiertamente a él. La tensión llegó al extremo de que el gobierno bombardeó Barcelona. Prim entonces partió hacia el exilio en París y allí conspiró para derrocar a Espartero. De regreso a España, el 30 de mayo de 1843, encabezó en su ciudad natal un levantamiento contra el gerente. En un duro manifiesto dirigido a todas las provincias españolas, exigía su apartamiento de la Regencia y la proclamación inmediata de la mayoría de edad de Isabel II. Reus, unida en torno a aquel hijo tan joven y tan bravo, secundó el pronunciamiento. Entonces Espartero, como respuesta, amenazó con un bombardeo. Y efectivamente, el 10 de junio, la ciudad quedó sitiada por un ejército al mando del famoso general Martín Zurbano. Al hospital llegaron enseguida las noticias:

- La condición que ha puesto Zurbano para levantar el asedio es que Prim se rinda!

- ¡Han echado en cara a Prim que nos haya puesto en esta situación! ¡Hasta le han tirado piedras!

- ¡Sí! Pero, ¿Sabéis los que ha hecho? ¡Desde un balcón de la plaza de las Monjas, ha respondido que, donde ahora le increpamos pronto le levantaremos una estatua? (Cita 2- Estas palabras de Juan Prim constan en los anales de la ciudad de Reus. La antigua Plaza de las Monjas se llama hoy Plaza de Prim y la preside una estatua del gran estatista).

- ¡Ganxet tenía que ser! ¡Como su padre!

- ¡Pues mañana nos caen las bombas!

El 11 de junio amaneció colmado de belleza. Desde la ventana de su celda, María Rosa Había contemplado, en alabanza de Dios, el despertar de la naturaleza: el canto de las alondras, el azul purísimo del cielo y el verdor del campo al final de la primavera. Siempre le había gustado aquella hora temprana en la cual el mundo parecía recién creado. Sin embargo sabía que, en aquel mismo instante, un invisible cinturón de soldados ceñía la ciudad. Presentía que no iba a olvidar aquella jornada y, con toda la fuerza de su alma, rezó por la paz. A las siete en punto, mientras visitaba ya las salas y hacía las primeras curas, comenzó el bombardeo. El cielo se oscureció de repente y un silencio de muerte detuvo la ciudad. Un instante después todo se convirtió en estruendo. Comenzó a caer una intensa lluvia de proyectiles lanzados desde obuses y morteros, a la cual los milicianos, al mando de Prim y defendidos solo con arpilleras, contestaban a duras penas con sus fusiles de asalto. La población, presa del pánico, salió huyendo de sus casas. Muchos ancianos, niños y mujeres corrieron a buscar refugio en el viejo edificio del hospital. María Rosa y sus hermanas abrieron de para en par las puertas y los alojaron a todos, al abrigo de aquellos gruesos muros, mientras los obuses caían muy cerca del pórtico. El mismo Prim pasó por delante a caballo, gritando vivas para animar a los defensores.

Al comenzar el bombardeo, sor Rafaela y ella se habían mirado un instante y se habían entendido. "Calma", dijeron los ojos negros de María Rosa. Y "calma" respondieron los de su hermana en la fe. Mientras las paredes retumbaban y a cada golpe respondían los refugiados con sus gritos de terror, ellas sonrientes y serenas, trasladaron a los enfermos hasta los sótanos: en camilla a los más desvalidos y del brazo a quienes podían caminar. Luego ofrecieron agua, alimento y palabras de consolación a todos. Muy pronto comenzaron a llegar heridos por los obuses, y con ellos más rumores que esta vez preocupaban tanto como las bombas.

- ¡Se han derrumbado muchos edificios del centro! ¡A más de treinta personas dan por muertas!

- ¡En la plaza del Mercadal está el pregonero gritando órdenes que nadie escucha!

- ¡Han visto a los jefes del pronunciamiento en la taberna del Aixemús, comiendo y bebiendo entre vivas a la libertad!

- ¡Los milicianos de los pueblos vecinos han salido corriendo! ¡Detrás de las arpilleras solo aguantan ya los de Reus!

- ¡Dicen que no hay esperanza para nosotros!

En ese instante, María Rosa los invitó a rezar con ella:

Ave, María, llena de gracia, el Señor es contigo...

Y poco a poco, el santo Rosario apaciguó con su cadencia a aquella multitud temerosa.

A las dos de la tarde izaron la bandera blanca en la torre de San Pedro. La ciudad capitulaba. Sin embargo el fuego solo cesó durante una hora porque Zurbano, inmisericorde, quería rematar. Cuando se escuchó de nuevo el terrible silbido de los obuses, todos enmudecieron. También las hermanas. En ese instante vieron aparecer al Tinet, que llegaba corriendo desde la Casa de la Caridad. Buscaba, fuera de sí, a sor María Rosa.



- Me envía sor Estivill para que vaya usted volando a la Prioral, que se está formando allí una comisión, vamos no sé, esa palabra me han dicho. Que Prim da permiso, que vaya volando...

Y rompió a llorar de angustia. María Rosa lo abrazó con ternura, y él, mirándola con sus ojos de niño eterno, susurró:

- Esto es una pesadilla, ¿verdad? Enseguida me voy a despertar.

- No te preocupes, Tinet. No estamos soñando pero Jesús nos tiene de su mano. Voy volando como me has dicho. Quédate aquí y reza para que esto termine, que Él te escuchará.

Aquella llamada era inesperada y extraña, pero ella, ante todo, debía obedecer. En la Prioral la esperaban so Luisa Estivill y sor Francisca Freixa. Junto a ellas, el párroco y cuatro señores muy respetados en la ciudad. Habían decidido acercarse al campamento de Zurbano y pedirle que cesara el bombardeo. La superiora, desde el primer momento, había exigido que María Rosa formase parte de la arriesgada misión. Los demás estuvieron de acuerdo porque, aunque ella no quisiera saberlo, su fama de santidad traspasaba los muros del hospital. El párroco, que la conocía desde niña, asegurí:

- Sor María Rosa puede ablandar un corazón de piedra con la sola fuerza de su presencia.


Era el día de la Santísima Trinidad y, siguiendo una antigua tradición, la Virgen dela Misericordia, patrona de Reus, se hallaba expuesta en la Prioral en lugar de permanecer en su santuario. María Rosa comprendió que aquel era un signo de la propia señora y, antes de salir, le pidió ayuda. Como había aprendido ella de niña, misericordia significaba sentir dolor de otro en el propio corazón.

El campamento de Zurbano se hallaba situado al sur de la ciudad, junto al camino de Tortosa. De lejos ya lo señalaban el estruendo y el humo. Para llegar hasta él, debían avanzar de cara a los proyectiles y solo contaban con los olivos como defensa. Tardaron casi una hora en conseguirlo pero por fin lo alcanzaron. Los centinelas dela guardia, asombrados por ver salir de entre los árboles a tres religiosas con sus tocas blancas, un sacerdote y cuatro caballeros, los condujeron enseguida a la tienda de campaña desde la que el famoso general dirigía el asedio.

Marín Zurbano contaba cincuenta y cinco años y mil cicatrices de guerra. Era un hombre pequeño de estatura y rudo de carácter, liberal como Prim, que conocía bien los contrastes de las vida. Militar laureado, había nacido en una humilde pedanía de Logroño, de padres labradores. De niño había estudiado en el seminario, pero dedicó su primera juventud al contrabando y la guerrilla. Durante la invasión napoleónica adquirió una fama legendaria en el combate, acrecentada luego durante los siete años de guerra carlista. Los soldados temían su carácter arrebatado, su aura roja de sanguinario, su ferocidad que en el frente de batalla lo transformaba en invencible. Hasta aquel hombre, cuya sola presencia hacía temblar, llegó la comisión de paz decidida a todo. Entraron en su tienda de campaña conducidos por el teniente de la guardia y, donde esperaban encontrar un estado mayor completo, se hallaron frente al general solo, tranquilo y ala vez desafiante. Allí lo tenían, Zurbano en persona, con su uniforme singular de chaqueta corta y lazo al cuello, y su boina alavesa, de los tiempos en que era guerrillero, bien calada hasta las cejas. Los miraba severo, con la fuerza de unos insólitos ojos azules que parecían esculpidos en hielo puro. Al escuchar su enérgico "¿Qué desean ustedes?, los señores comisionados olvidaron los argumentos que llevaban preparados y enmudecieron. La propia sor Estivill comprendió que su fuerte carácter quedaba en nada frente a aquel hombre pétreo. Por recidumbre, nadie convencería a Zurbano de que abandonara un asedio.  Solo podría ser por misericordia. Y fue María Rosa Molas quien, invitada por el párroco, se atrevió a emplear aquella palabra. Habló erguida, conmovida y serena, mecida en las inflexiones de su voz serena:

- Usted fue niño general. Quiso a su madre. Por ella, tenga hoy misericordia de la gente sencilla que no puede salvar ni hundir tronos; tenga misericordia de esta ciudad, puesto que ya la ha tomado. A tiro de sus cañones hay ahora mismo muchos inocentes que lloran desesperados. Por la Virgen de la Misericordia, patrona de Reus, haga cesar este castigo. Por favor, denos esperanza.

El fiero militar retrocedió un paso, pensativo, con sus ojos helados fijos en los incandescentes de aquella monja que ere todavía una muchacha. Luego se descubrió la cabeza, se disculpó por no haberlo hecho desde el principio, y respondió:

- Esperanza, dice usted hermana. La Virgen de la Esperanza es la patrona de Logroño, hace tiempo que nadie me lo recordaba. Cuánta devoción le tenía mi madre. Está bien, trocaremos la guerra en paz. Que las milicias salgan de Reus a tambor batiente y banderas desplegadas, que habrá misericordia.

Y así fue. De regreso, María Rosa, con lágrimas en los ojos, rogó a sus acompañantes que el éxito se atribuyera a la comisión entera. Así se lo prometieron. Por supuesto, la alegría de los reusenses no tuvo parangón. Aquel día de la Trinidad quedó asociado ya a la Virgen de la Misericordia, y para ella se confeccionó un nuevo manto, carmesí y plata, que se llamó "el de las bombas". A las hermanas que habían expuesto así sus vidas, les llovieron los agradecimientos. El más significativo, el del propio Prim, que -camino de Manresa, donde iba a refugiarse con sus leales- acudió al hospital y saludó con admiración a sor María Rosa. Recordaba el taller de quinqués, claro que sí, y a la niña de cabello negro que entreveía en el patio.

Poco después de aquella rendición de los sublevados, acabó triunfando en toda España el alzamiento contra Espartero. Juan Prim fue condecorado con el título nobiliario de Conde de Reus e inmediatamente hizo llover ayudas para todos los damnificados en el bombardeo. También dispuso que en el escudo de su ciudad natal quedara labrado a partir de entonces el sobrenombre de La Esforzada. Por último, antes de marcharse a afrontar su destino, buscó en la plaza del Mercadal a las vendedoras de higos a quienes mortificaba de niño y los regaló varias onzas de oro.

A María Rosa, en cambio, su intervención en el fin del asedio le dio a probar el sabor amargo de la envidia. Aquel sentimiento era imposible de concebir para ella y le causaba un profundo dolor. Se había destacado mucho, sí, pero sólo porque le tocó hacerlo. Y se destacaba sin querer en el hospital, sencillamente porque los enfermos la adoraban, no porque hiciese algo -pensaba ella- especialmente bueno. Era cierto que llegaba a todo, que en la oración de la tarde, cuando muchas hermanas se retrasaban, ella era puntual y además llevaba la tarea terminada. Tenía que ser así porque el Señor la esperaba y no quería robarle ni un minuto. Pero el trabajo no lo veía ella como mérito suyo: si estaba hecho lo había Él. Además, ¿cómo presumir de fuerzas? Si cuando la golpearon las migrañas no podía ni moverse, si era tan humana como cualquiera y más falible todavía... Decían que edificaba verla rezar, pero no lo sabía con certeza porque en esos momentos no atendía nada fuera del invitado que ocupaba su corazón, a quien pedía perdón por los errores y a quien amaba con todas sus fuerzas, cada día más, con un enorme anhelo de unión. Vivía traspasada por la humildad porque había prometido a su Amado pensar y decir la verdad siempre, y comprendía que la humildad era la actitud más cercana a lo verdadero del ser. Aun así, notaba que sor Estivill y algunas de las hermanas se comportaban de forma distinta con ella. Eran pequeños gestos, palabras más ásperas, correcciones frecuentes que llevaba en silencio y ofrecía al Señor, pero a veces le producían dolor. Así sucedió, por ejemplo, cuando atendía a Llorenç, el aguador. Aquella figura querida y conocida en las calles de Reus, a quien siempre habían visto, primero junto a su padre y luego solo, acarrear las cántaras y mantener limpios los canales, agonizaba por la tuberculosis. No contaba más de treinta años pero parecía un anciano. La piel, adherida ya a los huesos, se le había tornado de un color grisáceo y su pobre cuerpo se retorcía a cada momento por los espasmos de una tos que lo levantaba en volandas. Ella trataba de sujetarlo y le aplicaba compresas de agua helada en la frente ardorosa, mientras rezaba con susurros, cerca de su sído, para que se tranquilizara. No podía hacer más porque Llorenç, afrontaba ya el final. Entonces una hermana que llevaba algún tiempo criticándola por todo se le acercó y le preguntó por sorpresa.

- Sor María Rosa, ¿es verdad que su madre murió por haber cuidado a una mujer enferma?

- Sí, es verdad.

- Así que usted es hija de una víctima de la peste.

- Bueno -respondió ella sonriendo-, mi madre no entregó su vida por la peste sino por la caridad.

- Pues ándese con cuidado y no se acerque tanto a este hombre, que le puede pasar lo mismo.

Primero le dolió en el alma la advertencia, pero cuando se dio cuenta de que Llorenç las había escuchado, sintió la quemazón del enfado. Rápidamente se arrepintió de su falta de mansedumbre, así que tomo a la hermana del brazo, se alejaran ambas y entonces ella respondió tranquila, con la certeza que portaba en el corazón:

- Tal vez la muerte me coja cumpliendo mi deber. Eso es lo que le pido a Dios.

Pero por dentro sentía aún e dolor de la injusticia y se esforzaba en olvidarla diciéndose a sí misma: "Necesito sobre todo buscar la voluntad de Dios, y poner la propia confianza en Él y no en las criaturas".

Por supuesto también la obediencia, que había convertido en el centro de su acción, era dolorosa a veces. La memoria le acercaba, envuelto en sacrificio, el episodio del huevo duro que le costó tantas conversaciones con el Tinet, las últimas antes de que Dios lo llamara a su seno. Con la constante humedad de las curas y los lavados, se le había formado un absceso en el pulgar de la mano derecha. Tenía ya mucha experiencia como enfermera y sabía como curarlo, pero antes de que pudiera aplicarse yodo, sor Estivill le ordenó que lo metiera dentro de un huevo duro, una solución de aldea que nadie usaba ya. Y ella obedeció, puesto que se lo había prometido al Señor. Durante una semana la persiguió su pequeña sombra destartalada, diciéndole:

- Sor María Rosa, que ese huevo apesta, que se le pudre el dedo.

- Calla, Tinet. Es más importante la obediencia que el dedo.

- Que se le pudre, sor María Rosa, que se le pudre... Ay, qué catástrofe va a ser.

Los dolores eran insoportables, el trabajo imposible con aquel apéndice en la mano, pero ella había decidido callar y ofrecerlo al Señor. Cuando sor Estivill le pidió que mostrara el efecto de la cura, el pulgar había comenzado ya el proceso de gangrena, y el médico tuvo que realizarle una enorme incisión para vaciar el pus. La superiora estaba demudada:

- ¿Cómo no dijiste nada? -le preguntaba.

- La alegría por fuera y el dolor por dentro, madre. No se preocupe.

- Verdaderamente eres de otra pasta que el resto de la gente, María Rosa. ¿Me gusrdarás rencor?

- Nunca.

Y era cierto. Sentía que siendo leal a la mujer que le había abierto la puerta del servicio a los pobres, era también leal al Señor.

A finales de 1844, los agasajos de Prim a su ciudad natal permitieron al ayuntamiento una donación importante. El hospital se caía de viejo, así que se permitió a las hermanas que acondicionaran para la asistencia sanitaria el monasterio de San Juan, antiguo convento desamortizado de los Carmelitas Descalzos. María Rosa y sus compañeras blanquearon paredes, hicieron desaparecer la suciedad de los rincones, baldearon suelos y cristales y trasladaron al nuevo hospital todos los recursos del antiguo, con otros nuevos, más modernos, regalo de la corporación municipal. En aquellos días fue cuando Tinet, que ya no se separaba de su querida sor María Rosa, dijo:

- Hermana, ¿por qué a usted el barrido y el encalado le cunden el doble que al resto de la gente? ¿No ha pensado en dedicarse a constructora? Mire que le llevaría yo las cuentas.

Ella lo miró con dulzura.

- Tinet, la verdad es que estarías muy guapo vestido de contable, con tu frac y tu chistera.

- ¿Guapo yo, sor María Rosa?

- Ya lo creo. En la Tierra no hay nada más hermoso que las obras del Creador, y tú eres un predilecto suyo.

Aún recordaba ella la mirada agradecida de aquel ángel sin alas.

Tan orgullosa estaba la ciudad de su nuevo hospital que se invitó a la inauguración nada menos que ala reina madre, María Cristina, que estaba de visita en Tarragona. Y un día entero pasó aquella dama entre las religiosas y los enfermos, que lo celebraron como fiesta mayor. Aquella misma noche, después de Vísperas, sor Estivill la llamó aparte y le dijo:

- Has trabajado muy bien aquí, María Rosa. Ahora te necesito en la Casa de la Caridad. Entre la frecuencia con que enferman algunas hermanas y las deficiencias de otras, no estamos atendiendo bien. Te incorporas mañana.

Y no hubo lugar en su vigilia para la vanidad de haber recibido el abrazo de una reina, sino para la obediencia y para el desgarro que esta provocaba a veces. Sin embargo, comprendía también que el Señor le regalaba aquel destino. La Casa de la Caridad estaba ubicada en el inmenso edificio que fue seminario de los Paúles, sagrado para su memoria desde la muerte de su madre.

Un dolor profundo vino a sumarse a la despedida. En la misma mañana de su partida, un carromato arrolló al Tinet. Lo trajeron al hospital, ya sin vida, y ella lo abrazó y vistió para la sepultura. Aunque había presenciado muchas muertes, aquella la conmovió especialmente. En la presencia del Tinet, en su hablar tartamudo y su rostro deforme, asomaba la verdad más profunda del ser humano: la fragilidad, el miedo, la condición eterna de desvalido. Aquel "inútil" era por dentro igual que ella. Ambos necesitaban consolación y, a la vez, se habían ofrecido mutuamente, como hijos del mismo Padre. Ambos habían recibido el mismo regalo esencial: "Yo entregué por ti mi vida".


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Si de puertas afuera la Corporación de Caridad vivía su mejor momento y las hermanas gozaban de cariño y fama, por dentro las decisiones cada vez más arbitrarias de sor Estivill suscitaban fricciones entre ellas. El despido de sor Concepción Bruguetas fue una de las consecuencias más tristes de aquellas diferencias. Sor Concepción había pertenecido a la Hermandad desde sus inicios, pero pensaba -y decía en voz bien alta- que ya era hora de retornar a la obediencia de la jerarquía eclesiástica. Durante bastantes meses, sor Estivill la hizo pasar por loca, criticando en público todo lo que hacía y dirigiéndose a ella con malos modos, hasta que llegó el día en que la expulsó de forma perentoria: llamó a un carricoche y la metió dentro, ante el asombro del resto de las hermanas. Luego supieron que había recibido asilo en un convento de clausura. María Rosa sufrió indeciblemente y sintió una profunda decepción ante aquella injusticia. También le sirvió como dolorosa aprendizaje: no bastaba con el servicio continuo a los necesitados, una congregación era también una asociación humana y necesitaba armonía, respeto y amor entre sus miembros. Y la persona que la dirigía era quien contraía más obligaciones. "superiora en servir, superiora en dar ejemplo de humildad, esa es la clave. Recuérdalo por si alguna vez el Señor te envía a una tarea tan grande", se decía.

A ella no se le escapaba una mota de polvo oculta en un rincón, y escuchaba el lamento en voz baja de un enfermo aunque estuviera en otra sala, pero le costaba reconocer algo torcido en los corazones de los demás. No era ingenua -pensaba-, nunca lo había sido; sencillamente, veía en primer lugar lo bueno porque Él así lo había querido. Pero eso no le impedía comprender un asunto muy serio: al permanecer emancipadas de la autoridad eclesiástica, el árbol de su caridad no se afianzaba sobre raíces firmes. A la Corporación le faltaba algo importante que debía sustentarla. Y se estremeció al pensar que pudiera tratarse de la confianza en el Señor.

"Tal vez de esta carencia provienen mis caminatas interiores por el desierto, tal vez por eso no te agrada mi tarea de cada día. Vivo fuera de Tu casa".

No podía hace partícipe de aquel pensamiento a su confesor, el padre Carbonell, porque este era impulsor de aquella separación y la defendía a diario, así que el silencio redobló su noche oscura del alma. Libraba desde la infancia una lucha cotidiana entre el amor de Dios y la certeza de que era miserable e indigna del amor de Él. Sus mayores esfuerzos no se dirigían a la caridad, con ser tantos, sino a la purificación activa de sus faltas y sus defectos. Aunque nadie lo notó, a partir de entonces el espíritu de aquella mujer serena, que sabía consolar el dolor con una sonrisa, comenzó a agitarse aún con más frecuencia en la desolación, mayor cuanto más deseaba acercarse a su Amado. Y no dejaba de preguntar en su rezo: "Señor, ¿es grato a tus ojos el estado de la Corporación? ¿No sería mejor que volviese plenamente a la obediencia de la Iglesia?". Se le ocurría que tal vez la fuerza de voluntad de sor Estivill no fuese sino una obstinación, pero desechaba muy pronto el pensamiento porque debía obediencia a su superiora con un voto solemne ante Dios. Sen embargo aquella idea, desvelada a su alma por primera vez, se corroboró muy pronto. Por aquellos días llegó a Reus el visitador general de los Paúles, padre Buenaventura Codina, con el encargo de que la Hermandad regresara al tronco vivo de la Hijas de la Caridad, como deseaba también el arzobispo de Tarragona. A pesar de los esfuerzos de ambos, el diálogo con sor Estivill fue imposible. Aunque ella sabía que las hermanas comenzaban a sentir malestar por la situación irregular en que vivían, y que no podría expulsarlas a todas como había hecho con sor Concepción, se negó a escuchar al visitador. A cambio redactó unos nuevos estatutos para suavizar los puntos más enfrentados a la regla de San Vicente de Paúl. Los acompañaba una misiva:



Mis apreciadas hermanas en Jesucristo. 

(Nota 4. La Regla de sor Luisa Estivill y esta carta se conservan en los archivos de la Congregación de 
San Vicente de Paúl)

Movida del afecto que os profeso y a fin de que cerréis la puerta a todo deplorable espíritu de relajación, os presento las Reglas, que viniendo de los cielos fundó en la tierra la Caridad entre los hombres, inspiró al gran Vicente de Paúl. Si algo, empero, notáis en ellas que se aparte de la letra de las que nos dejó el Santo, entended que el objeto de quitar ansiedades, dudas y escrúpulos me ha movido a ello. Apreciadas hermanas de mi filiación, recibid benévolas esta pequeña muestra de mi afecto. Sean estas Reglas un vínculo indisoluble que nos una en Caridad.

Sor Luisa Estivill


Ansiedades, dudas y escrúpulos había, sí. Y los causaba la separación de la autoridad eclesiástica. María Rosa sabía ya que parte de su dolor interno brotaba de la contradicción de permanecer leal al empeño de sor Estivill a sabiendas de que no iba bien encaminada. Y temblaba ante la sola sospecha de no estar cuempliendo, a causa de ello, la voluntad de Dios.

A lo lejos retumbó un trueno. Había comenzado a llover sin que se diera cuenta, así que se levantó del reclinatorio y se asomó un instante a la ventana. Siempre le había gustado el frescor del agua en el rostro. Agua que abrillantaba los cuartos sucios, que blanqueaba las sábanas, que alimentaba a las plantas, vivificaba a los enfermos y la acompañaba por donde ella fuese. El agua viva de Cristo. Aquella noche del 24 de marzo de 1857, en su cuarenta y dos cumpleaños, la madre Molas, fundadora, contemplaba su vida como un río cuyo cauce había establecido el Señor. Y comprendía que en el instante en que vio salir de la Corporación a sor Concepción Bruguetas, bañada en lágrimas, Él había impreso en su alma la verdadera ruta, para cumplirla con tiempo y paciencia.


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Al comenzar el año 1844 estaba ya en la Casa de la Caridad de Reus, y so solo para tender a los asilados sino para ocuparse como maestra de la escuela de niñas, que disponía también de internado y contaba con noventa y dos alumnas. A las más pequeñas las atendía sor Rosa Pascó, y ella daba clase a las sesenta más mayorcitas. Las dos maestras y todas las muchachas compartían aula en una de las naves del caserón. Se trataba de un nuevo aprendizaje y una tarea ilusionante para ella. Desde muy joven, al atender a sus sobrinos, había comprendido que en la mirada de los niños se halla el verdadero mensaje de la salvación, que en la pureza, la atención, la ingenuidad y la curiosidad de la infancia hay un misterio de vida. Y compartir cada día con la alegría de aquellas chiquillas llenas de futuro se convirtió en un verdadero regalo.

Qué buenos recuerdos venían a su memoria: las horas de clase, la comunicación profunda y tranquila con sus alumnas, que enseguida le mostraron confianza y le brindaron su cariño... Enseñaba doctrina cristiana, lectura, escritura, operaciones de cálculo, labores de punto, bordado y costura. La escuela poseía un sistema educativo propio, con su planificación y su método. Además ella recordaba las clases de don Mariano Ríus- a quien consultó alguna vez- y las conversaciones con su abuela, que habían dejado en su alma tanto poso. Sin embargo muy pronto, sin separarse de lo establecido, comenzó a aplicar sus propias ideas sobre cómo hacer clases más atractivas y útiles.

Había congeniado muy bien con algunas de sus compañeras de la Casa, por ejemplo con sor Gertrudis Sardá. Cuando una alumna decía que quería mucho a sor María Rosa, esta hermana le respondía:

- Cómo no la vas a querer, si tiene ese carácter tan bueno, es tan exacta, tan compasiva y tan mortificada.

Muy pronto la directora, sor Fancisca Freixa, le encargó el "Colegio de Señoritas", la sección donde estudiaban las alumnas más mayores, que se preparaban para trabajar y, en muchos casos, para formar una familia. Allí aprendían fundamentalmente labores: hilaban, tejían y bordaban. Ella, que tanto gustaba de los trabajos manueales, disfrutó al enseñarles los secretos que había aprendido de su abuela y, su madre, sobre todo el bordado en oro. Era la técnica más difícil. Requería mucha precisión porque no se podían desperdiciar ni el tejido sobre el cual se bordaba .seda o terciopelo- ni el hilo oro, que costaba una fortuna. Conocía muy bien las cuatro variedades -el matizado para los estandartes militares y las ropas de las imágenes religiosas, el pasado sobre terciopelo, el sentillo y el canutillo -y sabía que quienes aprendieran a realizar una labor tan compleja encontrarían enseguida un buen trabajo, por eso le daba tanta importancia. Mientras bordaban en el aula, animaba alas muchachas a orar, y también le encantaba escuchar sus confidencias. En los momentos de descanso, les hablaba con naturalidad del matrimonio.

- No seréis ya dueñas completas de vosotras, porque vuestro marido actuará como cabeza de la familia, pero vosotras debéis ser el corazón. Todas vuestras virtudes deberán reflejarse y aparecer en él.

Como sabía de la importancia de contar con el ejemplo de una madre, se volcaba especialmente con las huérfanas. Y ellas le revelaban sus secretos, sus enamoramientos y ensoñaciones, como años atrás había hecho su hermana María.

- Sor María Rosa no es ñoña, con ella nos podemos desahogar -decían.

El paso de los años no había borrado de su memoria aquellos rostros jóvenes e ilusionados. Recordaba especialmente a una de las alumnas. Margarida. Era una chiquilla muy bonita, de diecisiete años. Su padre había concertado su casamiento con un comerciante ya treintañero, y se ahogaba de dudas y tristeza ante aquel futuro sobre el cual nadie le había preguntado. "Ay, sor María Rosa, si yo tuviera madre... Pero sólo tengo una agujero muy grande en el corazón", le confesaba llorosa. Ella sintió que debía consolarla y orientarla con mayor dedicación aún que a las demás. Le habló de que el matrimonio era santo y un gran compromiso con la vida, pero también de lo que le podía traer:

- hazte respetar siempre. Jamás toleres un mal trato, ni de palabra ni de obra. Al primero que se anuncie, te vuelves aquí, que pan y abrigo no te faltarán. Pero si tu marido es bueno, aunque no lo hayas elegido, da le una oportunidad, porque el amor puede llegar después del trato y del afecto.

habló también con el adre de la muchacha, le hizo prometer que apoyaría en todo a su hija, e incluso citó en la Casa de la Caridad al futuro esposo. Le pareció mejor persona de lo que esperaba, pero aun así le dijo con toda seriedad.

- Margarida no es un objeto que se compra y se vende. Es una mujer, hija de Dios y por tanto llena de Su dignidad y Su belleza. Aunque los usos de la sociedad le permitan a usted casarse sin consentimiento de ella, está obligado ante Dios y ante la ley a tratarla con todo respeto y amarla. Ahora mismo me lo debe jurar solemnemente.

Y el hombre, muy impresionado, respondió:

- Se lo juro, sor María Rosa.

Qué difícil le resultó esta tarea, mucho más que curar heridas en el hospital. Cuánto rezó por aquella muchacha, durante cuántas noches en vela pidió al Señor que la protegiese. Y qué emoción sintió cuando, en el último día de su estancia en el colegio. Margarida la abrazó y le dijo:

- Gracias por todo, sor María Rosa, es usted una santa y mi verdadera madre, deme su bendición.

Ella le respondió:

- Es el Señor quien te bendice, hija. Y también tu Madre del cielo.

Mientras tanto penaba: "Si supieras cuánto me mortifica que me digan santa, hija mía; si supieras verme por dentro en los días que ofrezco a mi Amado un corazón lleno de ceniza". Y aquella noche redobló la oración por el futuro de todas las alumnas.

Había por entonces una costumbre que se llamaba "rifa de la doncella", por la cual se sorteaban las labores más bonitas, y también objetos donados por vecinos de la ciudad, para que las jóvenes del colegio pudieran reunir dinero para su dote. También se organizaban otras rifas, y hasta se vendían vestidos confeccionados en las clases de costura, como forma de sostener la Casa de la Caridad, donde se alojaban permanentemente y de forma gratuita más de doscientas personas. El caso es que muchos de los que encargaban boletos para la rifa, o compraban los vestidos, se olvidaban luego de pagarlos. Y allá que le tocó a ella ejercer de cobradora por orden de sor Estivill. Era un mal rato pero resultó luego un gran aprendizaje. Antes de salir en busca de los deudores, respiraba hondo y se decía: "Es justo que vaya a reclamar este dinero porque quien lo ofreció lo hizo libremente. Va para Tu casa, Señor; para la comida y el abrigo de Tus hijos más desvalidos. Así que adelante. Doloretes, fuera los apuros. Tesón, buenos modales y mucha paciencia. Luego ponía el pie en la calle y conseguía que todos pagaran. Algunos hasta le daban las gracias.

El colegio marchaba muy bien y la gente de Reus alababa el orden, el método y la educación de las niñas. Pero para ella no era la única tarea. Como multiplicaba el tiempo, también trabajaba en la Casa de la Caridad. Lo mismo cuidaba sus queridas macetas y labraba el enorme huerto, que inventaba una forma de que no se perdiera el calor por las rendijas y los techos altísimos. Y en las sucesivas horas del día, igual era enfermera que cocinera, maestra que portera. Sor Estivill y don Pablo Carbonell la seguían poniendo como ejemplo y urgían a las demás hermanas a comportarse como ella. Pero su actitud también había trascendido a la ciudad. Así que, una vez más, se enteró por su hermano Antón de lo que muchos decían.

- En poco tiempo la Casa de la Caridad ha cambiado de semblante. Se ha elevado el nivel espiritual.

- Hay un aire nuevo, de optimismo, de manos ágiles, de corazón abierto y presencia de Dios.

- La caridad, el sacrificio y la oración de sor María Rosa son muy elocuentes. Allí ha entrado una mujer verdaderamente enamorada de Cristo.

A pesar de que estas palabras le producían asombro, ya iba aprendiendo a mantener su vanidad coronada de espinas. El foco favorito de su oración nocturna era contemplar la Pasión de Cristo, que la bañaba en su fuerza redentora. Procurando imitar en todo a su Amado, se impregnaba de sus sentimientos, del espíritu de sus misterios, de su pasión, de su crucifixión, de su resurrección. Sabía que él la conocía a ella y se esforzaba a su vez por conocerlo cada vez mejor. Desde luego, no se atrevía a expresar aquellas emociones tan profundas. Tampoco hacían falta palabras porque allí, en la Casa de la Caridad, encontraba a diario el sufrimiento del crucificado en el huérfano muy niño, en el abandonado muy viejo, en los dementes y los retasados, todos compañeros de babas y de moscos, de orines y de lágrimas. Aquellas necesidades y las de la escuela hacían  brotar en ella, redoblado, todo su amor. Pensaba: "Aunque sea yo una mensajera tan pobre, debo seguir llevando Tu consolación, Señor"
.

Mientras tanto, Reus seguía siendo zarandeada por los vendavales de la historia. En septiembre de 1846 estalló la segunda guerra carlista, circunscrita esta vez a las tierras de Cataluña. Si el desencadenante de la primera había sido el ascenso al trono de Isabel II niña, en esta la discordia nacía de la decisión de su matrimonio, para el que aparecieron candidatos de casi todos los países de Europa. El pretendiente carlista era el príncipe Carlos Luis de Borbón, hijo del Infante don Carlos, cuya opción defendía el ilustre filósofo barcelonés Jaime Balmes. Sin embargo, después de muchas conversaciones entre embajadas, el agraciado con la mano de Isabel II fue otro de sus primos, Francisco de Asís de Borbón, que contaba con el apoyo de Francia. Era, y todos lo sabía, un hombre incapaz de hacerla feliz. Por supuesto, nadie preguntó su opinión a la novia. María Rosa, que seguía con interés la actualidad política y social, no pudo dejar de pensar en que la reina de España era una Margarida más, y que así vivían las mujeres, fuera cual fuese su cuna.


En tierras catalanas, los rescoldos mal apagados de la primera contienda, una profunda crisis agraria e industrial que se tradujo en periodos de hambre, y decisiones impopulares del gobierno, como el fin de la propiedad comunal, desencadenaron un gran levantamiento popular contra  el pretendiente afrancesado. Y de nuevo volvió la guerra a los campos y los montes, de nuevo el hospital de Reus se llenó de víctimas de odio y la Casa de la Caridad, de víctimas de la miseria. Durante tres años, el ejército regular del general Pavía se enfrentó a los armados carlistas, a quienes llamaban matiners porque casi siempre hostigaban a los liberales al amanecer. Unos y otros, sin saberlo, eran títeres al servicio de los intereses de quienes dirigían cómodamente aquella guerra desde Londres o París.

Por entonces fue cuando don Pablo Carbonell, su confesor, se dio cuenta de que los sacrificios que ella realizaba para purificar su alma -ayunos muy severos, disciplinas corporales y vigilias muy continuadas- junto con el trabajo incesante y los fuertes dolores de cabeza, habían minado su salud. Estaba muy delgada, costaba reconocer su rostro en aquella piel pegada a los huesos, y sus ojos parecían hundirse en las cuencas . Ella lo sabía pero le hacía feliz ofrecerlo a su Esposos: "Dulzura mía, Señor, ya sabes con cuánto gusto sufro". Sin embargo, cuando don Pablo le prohibió los ayunos, el cilicio y las vigilias hasta que estuviera más fuerte, la obediencia le costó un gran esfuerzo. Intentó argumentar sin éxito con el confesor.

- No será nada, padre, que yo siempre me quejo.

Y es que aquellos sacrificios eran una ofrenda y le parecía compensar con ellos sus propias limitaciones. Sin embatgo, don Pablo se mantuvo inflexible:

- Buenos estaría que se nos muriera la que más trabaja.

Para superar la decepción, ella se dijo: "La resignación a la voluntad de Dios es la única fuerza que suaviza la amargura y tranquiliza el ánimo. Si por la salud no puedo hacer penitencia, practicaré la mortificación de los sentidos, intentaré aumentar la caridad, la humildad, la obediencia y la pobreza". Y a ello se aplicaba. (Nota 5. Probablemente, María Rosa padeció una enfermedad inflamatoria intestinal (EII), asociada a un espondilitis anquilosante (enfermedad de los huesos). Es una enfermedad crónica que cursa con brotes). Dos años y medio duró aquel malestar que le impedía asimilar los alimentos y afectaba incluso a la marcha de su trabajo. Treinta meses de dolores abdominales constantes, de deshidratación, de noches en camino desde su celda alas letrinas, en las que se prometió a sí misma que nadie descubriera quién perdía así las horas de sueño. Todavía se sonreía la recordar sus trucos para el anonimato. : cambios de ruta, embozarse con la manta, andar de puntillas... "Sólo lo que ofende a Dios debe perturbarme", se decía. Y así conseguía tranquilizarse y animarse. Nadie puedo descubrirla, y cuando alguna hermana preguntaba por la que pasaba malas noches, ella dejaba asomar una pizquita de su vanidad porque estaba contenta de haberlo conseguido. Aun así fue un tiempo terrible, que la dejó flaca y desmejorada por fuera y deshecha por dentro, durante el cual tuvo que decirse muchas veces: "Debo sufrir con el silencio de los labios y la paz en el corazón".


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En 1848, una revolución liberal a la que llamaron "la primavera de los pueblos", de aires nacionalistas y sociales, estalló de forma casi simultánea en Francia, Austria, las repúblicas italianas y los reinos germanos, a causa del empobrecimiento de los obreros que trabajaban en las fábricas. Su triunfo terminaría con la hegemonía del absolutismo, haría caer a monarcas y constituiría el primer paso para la reunificación de Italia y de Alemania. Por supuesto, en Cataluña se convirtió en el punto álgido de la segunda guerra carlista.

María Rosa ya sabía, y comprobaba a diario, que el mundo había cambiado sustancialmente en poco tiempo. Una de las grandes innovaciones era el ferrocarril, rapidísima forma de viajar. Aquel mismo año se había inaugurado la primera línea española, entre Barcelona y Mataró, y los treinta y cinco minutos que duraba aquel viaje convertían a las diligencias de mulas en reliquias del pasado. Aunque aún no funcionaba en todas partes, se sabía que ya era posible comunicarse con personas que estuvieran a distancia, gracias al telégrafo. Y nuevos grupos sociales habían transformado la fisonomía de Reus como la del mundo entero: el capital, dueño de las fábricas y los bancos, habitaba ahora en las mansiones de los aristócratas; comerciantes como los Molas, junto con médicos, abogados y cuantos ofrecían servicios, constituían la pequeña o gran burguesía; y los obreros se hacinaban en los antiguos terrenos de cultivo, que ahora se denominaban arrabales.


A la Casa de la Caridad llegaban todos aquellos cambios sin sordina, en forma de pobreza y confusión, porque lo establecido, lo conocido desde siempre, se transformaba. Las noticias de los revolucionarios, desde luego, eran preocupantes: en Francia habían derrocado al rey Luis Felipe y se instauraba la Segunda República; en Roma, el Papa Pio IX marchaba hacia el exilio. ¿Y en España? Estallaron siete procesos revolucionarios, que pronto fueron sofocados por el gobierno del moderado Narváez. Menos uno, el que se situaba precisamente en la provincia de Tarragona, donde ya había guerra y la reacción contra las revoluciones había conllevado un reforzamiento del carlismo. Al mando de las escaramuzas estaba un  héroe popular, el tortosino Ramón Cabrera, que pasó a a historia con el sobrenombre de El Tigre del Maestrazgo. Y allí, entre los campos de olivos y avellanos, de cara l Mediterráneo brillante, hubo combates, hubo heridos y muertos. Y ganó Narváez. y amnistió alos vencidos aunque las cicatrices siguieran frescas.


María Rosa recordaba el año 1848 por otro motivo, tan doloroso como la guerra pero mucho más cercano: la enfermedad y muerte de su padre.

Desde los primeros momentos de viudedad, José Molas había perdido alicientes para vivir. Sin embargo, se había mantenido sano u ágil. Contaba ya con setenta años y  nada hacía presagiar problemas de salud hasta que comenzó a sentir un cansancio extraño, como si le hubieran desaparecido las fuerzas. Una de las tardes en que visitaba a su hija en la Casa de la Caridad, ella se sobresaltó al verlo: había perdido en apenas un mes muchísimo peso, tenía la piel macilenta y los ojos vidriosos.

- Padre, ¿se encuentra bien? ¿Qué le pasa?

- Nada, hija, ¿Por qué me lo preguntas?

- Porque no me lo puede ocultar, padre querido. Llevo muchos años ya cuidando a enfermos.

- María Rosa, hija, no sé qué tengo. Es como si por dentro me estuviera desmoronando. No me pasa el alimento, y si me pasa, lo vomito. Estoy ronco todo el día, me cuesta respirar y apenas puedo moverme.

Ella sintió una punzada e el corazón. José Molas había aspirado demasiadas virutas de metal durante demasiados años.

- Padre, voy a pedir a mi superiora un permiso de unos días para cuidar de usted.

- Hija, qué bendición sería.

Así lo hizo. Sor Estivill la autorizó, y durante cuatro semanas ella presenció con lágrimas en el alma el grave deterioro de aquel hombre bueno que aún sonreía a su Doloretes, feliz y agradecido por los cuidados.

Al caer la tarde del 5 de noviembre, José Molas dejó de respirar mientras su hijo lo tomaba de la mano. Se cumplía el aniversario de su boda con Marí Vallvé y del fallecimiento de su madre, María Arias, así que las tres mujeres que más había amado en su vida estaban presentes en aquella hora.

"Se fue tranquilo, confortado por los Sacramentos. Yo recuperé durante un tiempo precioso mi nombre de niña. Y todavía hoy, tantos años después, agradezco de rodillas al Señor que me permitiera, ya que no pude hacerlo con mi madre, estar junto a él y acompañarlo en la última hora".

Pocos meses después de aquella revolución de 1848, se produjo otra en su vida. Se marchó de Reus. Iba destinada aun lugar que llegaría a ser determinante: la Tortosa rebelde y necesitada de consuelo donde la esperaba el destino marcado por la Providencia.




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Amanecía ya el 25 de marzo de 1857. La tormenta de la noche, apaciguada, había impregnado el aire con el aroma de los limoneros. El río Ebro, cinturón dorado de Tortosa, murmuraba caudaloso y cercano. María Rosa sentía en los huesos una pizca de frío por la vigilia, y en el corazón un incendio de amor y gratitud. Había dado los pasos necesarios para que las hermanas que la acompañaban como miembros de la Corporación de Caridad regresaran por fin al seno de la Iglesia. No iban a restituirse a la congregación original sino que harían crecer un nuevo árbol. Era todavía una pequeña semilla recién germinada, pero enraizaría por fin en suelo fértil. Ella, la sor María Rosa de los enfermos, la Doloretes de su familia, la esposa de Cristo insegura de sus méritos para serlo, acababa de fundar una Orden religiosa. ¿Qué le esperaría a partir de ahora? Más trabajo, más oración, más tirar de sus pocas fuerzas y más pedir ayuda a su Amado. Sin embargo, sentía el alma henchida de felicidad. Sí, habían desaparecido las dudas: eso era lo que el Señor quería. La aridez de su desierto había disminuido, la Iglesia la acogía, estaba en casa. Su pequeño paso, que nacía para servir como consolación, también otorgaba consolación a su alma. Y se admiraba, con auténtico asombro, de lo que el Señor había hecho empleando su pobre ser como instrumento.

Volvió a arrodillarse en el reclinatorio y susurró: 

- Jesús, Esposo mío, qué bueno eres, que dulce. Todo lo venceremos con tu auxilio.