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17/6/26
1. Importancia teológica del hábitat Bastaría con la sintética frase de Juan, “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14) para condensar la teología encarnatoria y afirmar que esta no solo implica una forma de venir y “aproximarse” (se hizo carne), sino también de habitar (acampó entre nosotros). Como he indicado en otras ocasiones, la Revolución francesa se alzó con la proclama de tres valores: igualdad, fraternidad y libertad, que se impusieron paradójicamente por la fuerza y con violencia. En cambio, estas religiosas del siglo XIX fueron quienes en silencio y pacíficamente los vivieron, ya que libremente optaron por hacerse iguales a los pobres yéndose a vivir con ellos y, por tanto, compartiendo la misma casa. Qué mejor expresión de la fraternidad universal y de lo que hizo el Hijo de Dios. Y también una de las mejores formas de consolar, ya que en la Biblia esta acción se asocia a estar con, a acompañar en el dolor.
2. a) Habitar, expresión de una forma de vivir y de consolar - La Escritura es muy consciente de que no es indiferente dónde se habite porque expresa y configura. Morar en un determinado sitio es toda una declaración de lo que somos y aspiramos a ser. Al mismo tiempo que el lugar donde vivimos nos termina haciendo adoptar una forma de habitar y de pasar por este mundo. En la literatura profética se halla un nutrido grupo de oráculos que critican la construcción de palacios (Jer 22,13-17; Am 3,9-12; Hab 2,9-14). Como es sabido, la riqueza en sí misma no es mal vista por el AT. Todo lo contrario, es señal de bendición. – Ahora bien, para la teología bíblica la economía no se define por la relación que un sujeto entabla con los bienes, sino por la relación que un sujeto entabla con otro sujeto a través de los bienes. La actividad económica, por tanto, no es una actividad en sí misma y no puede convertirse en lucrativa. Solamente tienen sentido desde el otro y para el otro. O lo que es lo mismo, es el rostro del hermano el que pone en cuestión la forma de poseer y también nuestra forma de habitar y pasar por esta tierra.
3. El palacio era un edificio público que, en cuanto emblemático, representaba a la ciudad. Se podría decir que era como su espejo. Se trataba de una construcción pública en la que la población probablemente había tenido que participar y realizar una prestación y, además, era el centro neurálgico de la dimensión social. En torno a este se desarrollaba la vida económica, política y judicial. Sin embargo, cuando sus moradores no practican la justicia y solo tienen como horizonte enriquecerse lo convierten en todo lo contrario: una cueva de ladrones.
4. Así pues, el profeta Habacuc lo asemeja a un nido alto e inaccesible, parecido al de las aves de rapiña, ya que el que roba no quiere ser robado. Por eso, las fortalezas, lejos de ser una obra fruto de la sabiduría humana, en el fondo esconden en sus fundamentos violencia y sangre (Hab 2,9-24). Han sido edificadas sobre la injusticia y, encima, son una forma de blindarse, pues son inaccesibles. Una manera de protegerse análoga a lo que los ricos hacen en los tribunales. Es más, según Miqueas esos cometen el mal a plena luz del día, porque pueden. Esto es, porque tienen poder, porque se saben impunes (Miq 2,1)
5. De este modo, la construcción se convierte en el status simbol de sus moradores. Y el que habita una edificación grande termina creyéndose por ello superior al que habita en una mísera chabola. Esta comparación engendra orgullo, y esta ostentación de la riqueza trae de la mano violencia social (Is 5,11-17); (Am 4,1—6; 6,1-8), pues ver el tren de vida de unos pocos, mientras la mayoría malvive y no llega a final de mes provoca este sentimiento. Es más, algún profeta utiliza la metáfora del “terremoto” para explicar la convulsión social que estas diferencias generan, pues esta forma de habitar y de gozar de os bienes en sí misma es violenta (Sab 2,16ss) y como tal engendra violencia, ya que excluye a los demás. Solo unos pocos tienen acceso a los medios de producción que, en realidad, son de todos.
6. Esta forma de vivir suele ser el resultado de la codicia o de un deseo que se convierte en la norma de habitar. Dicen que los anuncios publicitarios funcionan por un mecanismo ´que técnicamente se denomina la metonimia del deseo. Esto es, se quiere el producto que anuncian y lo que está al lado. Profetas como Isaías critican a aquellos que juntan casa con casa, campo con campo (Is 5,11-17). Es decir, no les basta con lo que tienen, sino que quieren más: tu casa y la de al lado. El proyecto latifundista es, por eso, una forma violenta de habitar. Ya que, haciendo así, estos ricos son los únicos con derecho a residencia, pues en Israel la posesión de la tierra estaba conectada a la bendición de Abrahán.
7. Por este motivo, no se podía vender la heredad de los padres, como se muestra en el episodio de Nabot (1 Re,21). Es más, al entrar en la tierra prometida se distribuyen la tierra equitativamente como expresión de la fraternidad. Acaparar la tierra del otro es hacerle un no residente, un extranjero privado de la bendición de Abrahán y, por tanto, un no hermano. Pero, además, la tierra en una población agraria era el medio de producción. En consecuencia, expropiar la tierra es quitarles las posibilidades y las condiciones de trabajar. Los que habitan así se erigen como los únicos residentes con derecho a vivir en el país, mientras la pobre gente malvive.
8. El prototipo de lo contrario a cuanto estamos diciendo es el manso, cuya fisonomía queda bien definida en Gén 13. Abrahán deja a Lot que elija. Y este escoge la tierra mejor y se queda con la parcela más fecunda. El manso, en cambio, en aras de la no violencia se deja desposeer de la tierra y se queda con la peor parte. No casualmente en la bienaventuranza les promete que “poseerán la tierra” (Mt 5,6). Porque son el emblema de Aquel rey manso y humilde de corazón capaz de poseer sin violentar (Mt 11,25-28). Y, por tanto, del pastor no asalariado que llevará adelante el desarrollo vocacional de aquellos quienes se les ha confiado desde el servicio y entrega de la vida y no desde la fuerza (Jn 10).
9. En realidad, estos son los mejores sesgos de Jesús que, como el siervo de Yahvé, hereda aquello que nadie quiere, las heredades desoladas (Is 49,9), las gentes descatalogadas, ese material sobrante y de descarte que cada generación va dejando en la cuneta de la historia porque pensamos que no cuentan. Pues bien, el Hijo de Dios se fue a vivir con ellos, acampó en medio de ellos. Y por eso, nuestra forma de habitar debe ser lo más parecida a la suya. Primero, porque ellos son nuestra heredad y, segundo, para ser lo que fuimos al principio, Casa de Misericordia y de fraternidad.
10. Concluyendo, en correspondencia con la mentalidad bíblica, san Vicente de Paúl y la primera Regla Común de las Hermanas de la Consolación ofrecen pistas sobre una forma de habitar coherente con la vocación apostólica: tendrán por monasterio los establecimientos de los pobres. En este sentido, la forma de vivir y el dónde se vive expresa la dimensión social inherente a la identidad. Ahora bien, todavía existe una nota carismática que es conveniente reseñar, pues el verbo consolar en el AT en muchas ocasiones se halla asociado a la fórmula de asistencia: “yo estoy contigo”. – De este modo, queda patente que lo que consuela es la relación, la cercanía. Consolar es sinónimo de “acompañar”, de “estar al lado”, de “aproximarse”. En este sentido, “habitar”, “irse a vivir”, “acampar” es la señal definitiva de la superación de esa distancia, ya que no se trata de una acción puntual, sino de optar por hacerse cercanía constante en medio de la humanidad doliente. Por esta razón, consolar tiene que ver con una forma de habitar y no es indiferente el lugar donde se acampa.
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