5/4/26
LAS PALABRAS DEL PAPA - Meditando el misterio de la Resurrección, encontramos respuesta a nuestra sed de sentido. Ante nuestra frágil humanidad, el anuncio pascual se convierte en cura y sanación, alimenta la esperanza frente a los desafíos alarmantes que la vida nos pone por delante cada día a nivel personal y planetario. Desde la perspectiva de la Pascua, la Vía Crucis se transfigura en vía Lucis. Necesitamos saborear y meditar la alegría después del dolor, reatravesando con esta nueva luz todas las etapas que precedieron la Resurrección. La Pascua no elimina la cruz, sino que la vence en el duelo prodigioso que ha cambiado la historia humana. También nuestro tiempo, marcado por tantas cruces, invoca el alba de la esperanza pascual. La Resurrección de Cristo no es una idea, una teoría, sino el Acontecimiento que fundamenta la fe. Él, el Resucitado, nos lo recuerda siempre mediante el Espíritu Santo, para que podamos ser sus testigos también allí donde la historia humana no ve luz en el horizonte. La esperanza pascual no defrauda. Creer verdaderamente en la Pascua en el camino cotidiano significa revolucionar nuestra vida, ser transformados para transformar el mundo con la fuerza suave y valiente de la esperanza cristiana. (León XIV, Audiencia general, 5 de noviembre de 2025)
(Juan 20, 1-9) El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
(Colosenses 3, 1-4 )Hermanos: Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.
ESTE ES EL DÍA QUE HIZO EL SEÑOR: SEA NUESTRA ALEGRÍA Y NUESTRO GOZO - Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. «La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa». No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. SALMO 117
(Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43) En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».
4/4/26
1. VÍA CRUCIS - COLISEO ROMA, 3 DE ABRIL DE 2026 [- Introducción: La Vía Dolorosa se despliega por las callejuelas de la Ciudad Vieja de Jerusalén y nos hace recorrer el camino de Jesús desde el lugar de su condena hasta el de su crucifixión y sepultura, que es también el lugar de su resurrección. No es un recorrido en medio de gente devota y silenciosa. Como en tiempos de Jesús, nos encontramos caminando en un ambiente caótico, alborotado y bullicioso, entre personas que comparten la fe en Él, pero también entre otros que se burlan e insultan. Así es la vida de todos los días. El Vía Crucis no es el camino del que vive en un mundo asépticamente devoto y de recogimiento abstracto, sino el ejercicio del que sabe que la fe, la esperanza y la caridad deben encarnarse en el mundo real, donde el creyente es continuamente desafiado y constantemente debe hacer suyo el modo de proceder de Jesús. San Francisco de Asís, de quien este año se celebra el octavo centenario de su muerte, describe nuestra vida cristiana con palabras del apóstol Pedro; recordándonos que «nuestro Señor Jesucristo, cuyas huellas debemos seguir, llamó amigo a quien lo traicionaba y se ofreció espontáneamente a quienes lo crucificaron» (Regla no bulada XXII, 2: FF 56; cf. 1 P 2,21). El Poverello nos exhorta a fijar la mirada en Jesús: «Reparemos todos los hermanos en el buen Pastor, que por salvar a sus ovejas soportó la pasión de la cruz» (Admoniciones VI: FF 155). Al recorrer este Vía Crucis, acojamos la invitación de san Francisco a realizar un camino tras las huellas de Jesús que no sea meramente ritual o intelectual, sino que comprometa toda nuestra persona y toda nuestra vida: «Ofreced vuestros cuerpos y llevad a cuestas su santa cruz, y seguid hasta el fin sus santísimos preceptos» (Oficio de la Pasión del Señor XV,13: FF 303).
2. I estación JESÚS ES CONDENADO A MUERTE - Del Evangelio según san Juan (19,9-11) [Pilato] volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no lo respondió nada. Pilato le dijo: «¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte?». Jesús le respondió: «Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave». De los escritos de san Francisco de Asís (Carta a los fieles II, 28-29: FF 191) Los que han recibido la potestad de juzgar a los otros, ejerzan el juicio con misericordia, como ellos mismos quieren obtener del Señor misericordia. Pues habrá un juicio sin misericordia para aquellos que no hayan hecho misericordia. En tu coloquio con Pilato, Señor Jesús, desenmascaras toda presunción humana de poder. También hoy algunos creen que han recibido una autoridad sin límites y piensan que pueden usarla y abusar de ella a su antojo. Tus palabras al gobernador romano no dejan espacio a la ambigüedad: «Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto» (Jn 19,11). Francisco de Asís, que simplemente intentó seguir tus huellas, nos recuerda que toda autoridad deberá responder ante Dios por el propio modo de ejercitar el poder recibido: el poder de juzgar, pero también el poder de comenzar una guerra o de terminarla; el poder de educar a la violencia o a la paz; el poder de alimentar el deseo de venganza o el de reconciliación; el poder de usar la economía para oprimir los pueblos o para liberarlos de la miseria; el poder de pisotear la dignidad humana o de tutelarla; el de promover y defender la vida o de rechazarla y suprimirla. También cada uno de nosotros está llamado a responder por el poder que ejerce en la vida de todos los días. Tú, Jesús, le dices: haz buen uso del poder que te ha sido dado y no olvides que cualquier cosa que hagas a un ser humano, especialmente si es pequeño y frágil, me lo haces a mí; y es a mí a quien deberás responder por ello un día.
3. II estación JESÚS CARGA CON LA CRUZ - Del Evangelio según san Juan (19,14-17) Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos: «Aquí tienen a su rey». Ellos vociferaban: «¡Que muera! ¡Que muera! ¡Crucifícalo!». Pilato les dijo: «¿Voy a crucificar a su rey?». Los sumos sacerdotes respondieron: «No tenemos otro rey que el César». Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucifiquen, y ellos se lo llevaron. Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota». De los escritos de san Francisco de Asís (Admoniciones V, 7-8: FF 154) Aunque fueses el más hermoso y rico de todos y aunque hicieses tales maravillas que pusieses en fuga a los demonios, todo eso te es perjudicial, y nada te pertenece y de nada de eso puedes gloriarte. En esto nos podemos gloriar: en nuestras enfermedades y en cargar diariamente la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo. La palabra “cruz” produce en nosotros una reacción de rechazo, más que de deseo. Es más fácil que surja en nosotros la tentación de huir de ella, antes que el anhelo de abrazarla. Jesús, estoy seguro de que también fue así cuando te cargaron la cruz sobre los hombros. De hecho, en Getsemaní habías pedido al Padre que alejara de ti ese cáliz, aun queriendo con todo tu ser cumplir su voluntad. La cruz era el suplicio más terrible y doloroso, reservado a los esclavos, a los criminales irrecuperables y a los maldecidos por Dios. Y, sin embargo, la abrazaste y la llevaste sobre tus hombros, y después te dejaste llevar por ella. No porque fuera bella o atrayente, sino por amor a nosotros. Levantando su carga pesada, sabías que quitabas de nosotros el peso del mal que nos aplasta y cargabas con el pecado que arruina nuestra existencia. Abrazando la cruz y cargándola sobre tus hombros, abrazabas nuestra fragilidad y te hacías cargo de nuestra humanidad. Cargabas sobre ti nuestras esclavitudes, nuestros crímenes e incluso nuestra maldición. Líbranos, Jesús, del miedo a la cruz. Concédenos la gracia de seguirte por tu mismo camino y de no tener otra gloria más que la de tu cruz.
4. III estación JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ - Del Evangelio según san Juan (12,24-25) Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. De los escritos de san Francisco de Asís (Admoniciones XXII, 3: FF 172) Dichoso el siervo que no tiene prisa para excusarse y soporta humildemente el sonrojo y la reprensión por un pecado que no cometió. Tu existencia, Jesús, fue un continuo abajarte y descender. Aun siendo Dios, te despojaste para hacerte hombre. De rico que eras, te hiciste pobre. Y al llegar el final de tu misión, mientras cargabas sobre tus hombros el peso de toda la humanidad, caíste sobre las duras piedras de la Vía Dolorosa, la vía que los condenados a muerte recorrían ante la gente de Jerusalén, que acudía allí como si se tratara de un espectáculo. Es el anticipo de un abajamiento aún más profundo: el descenso a los infiernos, la caída en el misterio de la muerte, donde todos nosotros caemos al final de esta vida terrena. Pero la tuya es la caída en tierra del grano de trigo, que está dispuesto a morir para dar fruto. Ayúdanos también a nosotros a elegir estar por debajo, a los pies de los demás, más que buscar estar por encima y dominarlos. Ayúdanos a aprender el camino de la humildad incluso desde la experiencia de nuestras caídas y humillaciones, y a saber soportar en paz las ofensas y las injusticias sufridas. Haz que te sintamos cercano, precisamente y sobre todo cuando caemos, tan cercano en modo tal que nos demos cuenta de que eres tú el que nos levanta y nos vuelve a poner en el camino. Y haz que también nosotros aprendamos a confiar en la tierra, como el grano de trigo, sabiendo que la muerte, gracias a ti, es el seno de la vida eterna.
5. IV estación JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE - Del Evangelio según san Juan (19,25-27) Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa. De los escritos de san Francisco de Asís (Regla bulada VI, 8: FF 91) Confiadamente manifieste el uno al otro su necesidad, porque, si la madre cuida y ama a su hijo carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno amar y cuidar a su hermano espiritual? Es normal que la madre esté al inicio de nuestra existencia. No es normal que la madre esté a nuestro lado cuando es hora de morir, porque significa que la vida nos ha sido arrebatada: por una enfermedad, por un accidente, por la violencia, por la desesperación. María, la mujer de la cual tú, Jesús, fuiste engendrado, estuvo a tu lado también en tu camino hacia el Calvario y está contigo al pie de la cruz. Tú le pides que siga generando y que continúe siendo la madre del discípulo amado, de cada uno de nosotros, de la Iglesia, de esta nueva humanidad que está naciendo precisamente en la hora en la que entregas la vida y mueres. En la hora más solemne de tu misión y antes de llevar todo a cumplimiento, le pides ante todo a ella que acoja a cada uno de nosotros; y luego nos pides a nosotros que la recibamos a ella. Porque la Madre siempre precede. En las bodas de Caná te había precedido incluso a ti. Oh María, dirige una mirada de ternura hacia cada uno de nosotros, pero sobre todo hacia las tantas, tantísimas madres que hoy todavía, como tú, ven a sus propios hijos arrestados, torturados, condenados, asesinados. Ten una mirada de ternura hacia las madres que son despertadas en medio de la noche por una noticia desgarradora, y hacia aquellas que velan en los hospitales a un hijo cuya vida se está apagando. Y a nosotros concédenos un corazón materno, para comprender y compartir el sufrimiento de los demás, y aprender, también de esta manera, lo que significa amar.
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