4/9/26

Del sermón de san León Magno, papa, sobre las bienaventuranzas (Sermón 95 2-3: PL 54, 462) DICHOSOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU No puede dudarse de que los pobres consiguen con más facilidad que los ricos el don de la humildad, ya que los pobres, en su indigencia, se familiarizan fácilmente con la mansedumbre y, en cambio, los ricos se habitúan fácilmente a la soberbia. Sin embargo, no faltan tampoco ricos adornados de esta humildad y que de tal modo usan de sus riquezas que no se ensoberbecen con ellas, sino que se sirven más bien de ellas para obras de caridad, considerando que su mejor ganancia es emplear los bienes que poseen en aliviar la miseria de sus prójimos. El don de esta pobreza se da, pues, en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el hombre puede vivir, pues pueden ser iguales por el deseo incluso aquellos que por la fortuna son desiguales, y poco importan las diferencias en los bienes terrenos si hay igualdad en las riquezas del espíritu. Bienaventurada es, pues, aquella pobreza que no se siente cautivada por el amor de bienes terrenos ni pone su ambición en acrecentar las riquezas de este mundo, sino que desea más bien los bienes del cielo. Después del Señor, los apóstoles fueron los primeros que nos dieron ejemplo de esta magnánima pobreza, pues, al oír la voz del divino Maestro, dejando absolutamente todas las cosas, en un momento pasaron de pescadores de peces a pescadores de hombres y lograron, además, que muchos otros, imitando su fe, siguieran esta misma senda. En efecto, muchos de los primeros hijos de la Iglesia, al convertirse a la fe, no teniendo más que un solo corazón una sola alma, dejaron sus bienes y posesiones y, abrazando la pobreza, se enriquecieron con bienes eternos y encontraban su alegría en seguir las enseñanzas de los apóstoles, no poseyendo nada en este mundo y teniéndolo todo en Cristo. Por eso, el bienaventurado apóstol Pedro, cuando, al subir al templo, se encontró con aquel cojo que le pedía limosna, le dijo: No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, echa a andar. ¿Qué cosa más sublime podría encontrarse que esta humildad? ¿Qué más rico que esta pobreza? No tiene la ayuda del dinero, pero posee los dones de la naturaleza. Al que su madre dio a luz deforme, la palabra de Pedro hace sano; y el que no pudo dar la imagen del César grabada en una moneda a aquel hombre que le pedía limosna, le dio, en cambio, la imagen de Cristo al devolverle la salud. Y este tesoro enriqueció no sólo al que recobró la facultad de andar, sino también a aquellos cinco mil hombres que, ante esta curación milagrosa, creyeron en la predicación de Pedro. Así aquel pobre apóstol, que no tenía nada que dar al que le pedía limosna, distribuyó tan abundantemente la gracia de Dios que dio no sólo el vigor a las piernas del cojo, sino también la salud del alma a aquella ingente multitud de creyentes, a los cuales había encontrado sin fuerzas y que ahora podían ya andar ligeros siguiendo a Cristo. OFICIO DE LECTURAS


 

(Ef 2, 13-16) Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos, judíos y gentiles, una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear en él un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en él al odio. LAUDES


 

VIVIRÉ CON TU PROMESA (Dt 1, 31b) Tu Dios te ha llevado, como un hombre lleva a su hijo, mientras ha durado tu camino. TERCIA


 

( Ba 4, 28-29) Como os inclinasteis a apartaros de Dios, así convertidos lo buscaréis diez veces más, pues el que trajo sobre vosotros el castigo, os traerá con la redención la eterna alegría. SEXTA


 

(Sb 1, 13-15) DIOS NO HIZO LA MUERTE, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte ni imperio del abismo sobre la tierra, porque la justicia es inmortal. NONA


 

(1 Co 2, 7-10a) Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria, que no conoció ninguno de los príncipes de este siglo; si la hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Pero, según está escrito: "Ni el ojo vio ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman." Pero a nosotros nos lo ha revelado por su Espíritu. VÍSPERAS


 

LA VOZ DE LOS PAPAS - Vino nuevo, odres nuevos. La novedad del Evangelio. ¿Qué nos trae el Evangelio? Alegría y novedad. Estos doctores de la ley estaban encerrados en sus mandamientos, en sus prescripciones. San Pablo, hablando de ellos, nos dice que antes de que llegara la fe —es decir, Jesús— todos estábamos prisioneros de la ley. Esta ley de estas personas no era mala: estaban prisioneros, esperando la llegada de la fe. Esa fe que se revelaría en Jesús mismo. (…) Jesús dijo: «No he venido a abolir la ley, sino a llevarla a su plenitud». Y la plenitud de la ley, por ejemplo, son las Bienaventuranzas, la ley del amor, el amor total, como Él —Jesús— nos amó. Y cuando Jesús reprende a estas personas, a estos doctores de la ley, los reprende por no haber protegido al pueblo con la ley, sino por haberlo hecho esclavo de muchas pequeñas leyes, de muchas pequeñas cosas que debían hacerse. (…) San Pablo distingue bien: hijos de la ley e hijos de la fe. Vino nuevo, odres nuevos. Y por esta razón la Iglesia nos pide a todos algunos cambios. Nos pide que dejemos de lado las estructuras perecederas: ¡son inútiles! Y que tomemos odres nuevos, los del Evangelio. No se puede comprender la mentalidad —por ejemplo— de estos doctores de la ley, de estos teólogos fariseos: no se puede comprender su mentalidad con el espíritu del Evangelio. Son cosas distintas. El estilo del Evangelio es un estilo distinto, que lleva la ley a su plenitud. ¡Sí! Pero de una manera nueva: es vino nuevo, en odres nuevos. (Francisco - Homilía de Santa Marta, 5 de septiembre de 2014)


 

SE CONSERVA EL MEJOR, "EL AÑEJO", EN EL ODRE DE UN CORAZÓN NUEVO CON INTELIGENCIA Y VOLUNTAD RENOVADA (Lucas 5, 33-39) Aquel día, los fariseos y los escribas dijeron a Jesús: «Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber». Jesús les dijo: «¿Acaso podéis hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán en aquellos días». Les dijo también una parábola: «Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque, si lo hace, el nuevo se rompe y al viejo no le cuadra la pieza del nuevo. Nadie echa vino nuevo en odres viejos: porque, si lo hace, el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se estropearán. A vino nuevo, odres nuevos. Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: “El añejo es mejor”».


 

CONFÍA EN EL SEÑOR Y HAZ EL BIEN: habitarás tu tierra y reposarás en ella en fidelidad; sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón. Encomienda tu camino al Señor, confía en él, y él actuará: hará tu justicia como el amanecer, tu derecho como el mediodía. Apártate del mal y haz el bien, y siempre tendrás una casa; porque el Señor ama la justicia y no abandona a sus fieles. Los inicuos son exterminados, la estirpe de los malvados se extinguirá. El Señor es quien salva a los justos, él es su alcázar en el peligro; el Señor los protege y los libra, los libra de los malvados y los salva porque se acogen a él. SALMO 36


 

DEJAD QUE INTERVENGA EL SEÑOR, QUIEN RENUEVA Y FORTALECE, CONVOCA Y ENVÍA (1 Corintios 4, 1-5) Hermanos: Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles. Para mí lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así, pues, no juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece.