18/6/26

1. b) Nueva sacralización de los espacios Lo que en principio fue una medida cautelar para no ser enclaustradas – tendrán por establecimientos las casas de los pobres – se transforma en criterio de elección sobre cómo vivir y dónde habitar. De hecho, el espacio no es indiferente ni para expresar la propia identidad ni para forjarla. Así lo deja claro también la Regla Común I,2, anteriormente citada. Retomando sus palabras: La nueva forma de ser religiosa requiere nuevos espacios compatibles con los empleos de su vocación. Su carácter apostólico marcado por lo social implica que vivan en los establecimientos de los pobres. No por ello son menos religiosas, pues profesan igualmente los tres votos, aunque su identidad requiere que los expresen y vivan de otra manera: por clausura la obediencia, por rejas el temor de Dios y últimamente por velo la santa modestia. Esta coyuntura exige de ellas una mayor “perfección”, ya que se hallan más expuestas.




2. En cierto modo, RC I,2 manifiesta una comprensión muy profunda del misterio de la encarnación, el Hijo de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros (Jn 1,14). Que Dios sea un Dios Enmanuel es toda una declaración de intenciones de la forma con la que quiere estar entre nosotros pero también de lo que Él es. Por eso, su venir no solo es una acción: “aproximarse” es una forma de ser y comprenderse como Dios. Así lo canta el himno a los Filipenses: “precisamente porque era Dios no retuvo ávidamente cu condición, se despojó, pasó por uno de tantos, actuó como un hombre cualquiera” (Fil 2,6-7). La característica de Dios es la de no retener su condición. No necesita autoafirmarse. Su divinidad reside en darse y despojarse y se manifiesta en que se hizo prójimo, pasó como uno de tantos.

 


3. La encarnación de Jesús no solo rompió los espacios sagrados. Es decir, a partir de ahora Dios está en su cielo, vive entre nosotros. La encarnación expresa esa solidaridad profunda de Dios con nosotros hasta el punto de hacerse pecado. Algo que se aprecia muy bien en las comidas con los pecadores, pues en la mentalidad hebrea comer no era un acto social. Cuando tu ingieres un alimento se convierte en parte de ti y tú te conviertes en él. Pero, además, comer es admitir que tú no tienes la vida en ti mismo y, por esto, tienes que buscarla fuera. Por tanto, comer con otros indicaba que se compartía el mismo principio de vida. Esto es, que se tenía la vida en la misma fuente. O lo que es lo mismo, la comunión. Por eso, Jesús comiendo con los pecadores se hace pecador. No es solo venir y acercarse, sino ser uno de nosotros, profundamente solidario. Se trata de la plena identificación hasta el punto de correr la misma suerte.


 

4. Mateo profundiza también en lo que significa esta solidaridad y al final del primer ciclo de tres curaciones cita el pasaje del cuarto canto del siervo de Isaías (Mt 8,17). Lo que en definitiva cura es que Jesús cargue con el dolor. O o que es lo mismo, cura su solidaridad, cura la relación. En esta misma línea va la parábola del samaritano (Lc 10 25-37). Es decir, lo que salva aquel hombre caído no son solo las acciones que este realiza sobre él sino el hecho de que se hizo prójimo, hermano. No en vano Jesús cambia muy inteligentemente la pregunta que inicialmente se le lanza: “¿Quién es mi prójimo?”, y la devuelve reformulada: “¿Quién se hizo prójimo?”.


 

5. Pues bien, al igual que en tiempos de Jesús podemos estar enredados en discusiones sobre dónde y cómo tenemos que estar y quiénes deberían ser nuestros destinatarios, evitando o nublando que la projimidad no es una condición del otro sino nuestra. Como se infiere de los documentos, estos nuevos monasterios que son los establecimientos de los pobres son considerados por los coetáneos de María rosa como el hábitat natural de las religiosas, pues dotan al servicio asistencial que se venía realizando de un plus de consuelo, tal como convienen a esta humanidad doliente. Y no solo por lo que se hace sino porque su presencia es ya transformadora. – La “aproximación”, irse a vivir con ellos, es la forma más profunda de consolar, porque no se trata de hacer cosas, sino de crear relación, que es, en definitiva, lo que consuela. Transfiriéndose a sus hábitats, comparten desde abajo y desde dentro su historia, pues la solidaridad no es en ellas un acto puntual ni coyuntural, sino una forma de vivir, de comprenderse y de habitar que es compartir sus condiciones de vida, quedar tocadas y enfermar por su dolor para precisamente, curar mediante la relación, que es el único servicio que dignifica y no humilla. Haciéndose iguales les hicieron sentir sus hermanos. Y este es el principio que hace posible una fraternidad universal.

 


6. - 2. Nacemos en el espacio público, pero no solo En el apartado anterior se han desarrollado suficientemente las bases de una teología sobre el hábitat que arraigan en el misterio de la Encarnación, entendido no como un momento puntual, sino como una forma de venir y de pasar por el mundo que tiene que ver con la comprensión que el mismo Dios tiene de sí. Desvincular las acciones de Jesús de esto es no entender la salvación. Así con la cita del cuarto canto de Isaías, Mateo sugiere que el que cura es un siervo y lo puede hacer porque carga con su dolor (Mt 8,17). Esto es, la transformación del sufrimiento no es una acción traumatúrgica producida por una varia mágica, sino que está íntimamente relacionada con la muerte de Jesús. El sana porque carga, porque muere como un siervo entregándose por amor. Lo que en definitiva cura es la relación, la “aproximación”.


 

7. Por eso he querido empezar a construir la reflexión desde aquí y no desde otro aspecto importante de la consolación que es también el transformar, ya que nuestra tendencia es pensar que contribuimos más al cambio con nuestras acciones que con nuestra presencia. Es más, a veces hacer es una forma de huida de lo que verdaderamente consuela y nos pone en la intemperie que es la relación. O también, puede ser una evasión de un compromiso radical como es irse a vivir con. Posiblemente Dios desde su cielo podía habernos salvado de otra manera, podía haber desplegado su fuerza y erradicado el dolor. Sin embargo, desde el momento que vino para estar con nosotros, que se hizo Dios Enmanuel, no caben más digresiones ni posibilidades de entender la consolación, ni que la dimensión social congénita al carisma vaya por otros derroteros.

 


8. RC I,2 lo deja muy claro: el hábitat natural de las religiosas han de ser los establecimientos de los pobres. La Congragación de Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación, de hecho, en el espacio público y, paradójicamente, porque las autoridades civiles solicitan su presencia para asistir obras sociales: casas de beneficencia, hospitales y colegios. Sin embargo, en aras de la no simplificación es conveniente que analicemos pormenorizadamente los datos, ya que no todas las obras nacen a petición de las juntas municipales y, por tanto, no son de índole pública sino privada. Es importante que estudiemos no solo el carácter de las mismas, sino también qué condiciones de vida y de hábitat tenían las hermanas.




 

9. La Congregación de Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación, hasta la muerte de María Rosa Molas en 1876, cuenta con 13 casas. Ahora bien, se podría decir que se abren 11 fundaciones, ya que las tres casas de Tortosa comienzan bajo el patronazgo de la Corporación de Reus y, por tanto, los nuevos establecimientos serían 10. Sin embargo, dada la trillada historia del Colegio de Tortosa, cuyos vaivenes políticos precipitaron a las religiosas a tomar la decisión de abrir una escuela privada, contabilizamos 11. En conclusión, en 19 años se abren 11 casas. Una media superior a una cada dos años. – Las 13 comunidades de hermanas a tienden, además 16 obras apostólicas. Dos casas de beneficencia: en Tortosa (1849) y Castellón (1860). Cinco hospitales: en Tortosa (1852), Castellón (1859), Burriana, Villarreal y Vinaroz (1867). Nueve escuelas en Tortosa (1850), Ulldecona (1864), Mora de Ebro (1865), Burriana, Villarreal y Vinaroz (1867), Castellón (1871), Roquetas (1871) y Benicarló (1876). Es decir, algunas comunidades tienen a su cargo dos obras apostólicas.

 



10. Hasta 1868 todas la casas comienzan como establecimientos públicos. Exceptuando el cao particular de Mora de Ebro, que es sufragado por la población. A partir de la Septembrina los tres últimos colegios - Castellon, Roquetas, Benicarló - son de índole privada y el de Vinaroz y Tortosa, que no lo eran pasan a serlo, en 1869 y en 1871 respectivamente. La escuela de Mora de Ebro se tiene que cerrar por las guerras carlistas desde 1873 hasta 1877, que se reemprende su actividad. – Vamos a hacer un estudio detallado sobre la forma de vivir y habitar en las fundaciones, de manera que nos puedan aportar pistas para el análisis que nos compete. Así comenzamos primero por analizar los contratos celebrados con la autoridad civil en las correspondientes comunidades que se abren para gestionar una obra que depende de la administración pública. En un segundo momento, abordaremos aquellas que son de carácter privado o bien, que por desavenencias con los ayuntamientos pasan de públicas a privadas.