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1. B) Nueva convulsión social (1868-1876) Los últimos ocho años de vida de María Rosa Molas están muy marcados por la inestabilidad política y el anticlericalismo provocado, fundamentalmente, por la revolución Septembrina y la tercera guerra carlista que marcan dos etapas en las que se puede subdividir este turbulento periodo. Pues bien, tras el levantamiento de Cádiz de Prim, Serrano y Topete, la así llamada revolución “gloriosa” derroca a Isabel II. La monarca abdica ya en exilio (1870) en favor de Alfonso XII. Antes, sin embargo, se decreta una nueva Constitución claramente anticlerical (1869) que traerá muchos quebraderos de cabeza y sobre todo sufrimiento a los religiosos. En 1871 asesinan a Prim y entronizan a Amadeo de Saboya como rey de España.


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2. Pero la decisión política no traerá paz. Al contrario, en 1872 estalla otra guerra carlista. Y, aunque en todo el territorio español no se siente igual, en Tortosa los conflictos se hacen notar por las continuas escaramuzas, saqueos y hostigamiento a los arrabales, especialmente en el periodo comprendido entre 1873 y 1874. Por un breve periodo se proclama la Primera República, que no dura ni un año 1973. Con ella, vuelve el hostigamiento a las órdenes religiosas, algunas de las cuales se suprimen. En 1874 Martínez Campos logra restablecer el régimen monárquico. De hecho, en Sagunto proclama rey a Alfonso XII. Precisamente en el mismo año que muere María Rosa (1876), se da fin a la persecución religiosa y se promulga una nueva Constitución, instaurándose un periodo de cierta tolerancia y paz.


 

3 . Exceptuando en Villarreal y Burriana, las Hermanas de la Consolación van a tener que lidiar con alguna situación difícil en todos los demás establecimientos. El periodo previo marcado por la cordialidad y admiración sirvió para consolidar su presencia en las obras y acreditarlas ante la población. Sin embargo, en esta etapa la autoridad civil las somete a innumerables trabas jurídicas, les empeora las condiciones laborales o de viviendas y las hostiga económicamente hasta el punto de sufrir hambre y penuria. En algunas poblaciones el vecindario sale en su defensa y presiona al ayuntamiento para que no las eche. Así pues, en la mayoría de los hospitales y casas de misericordia las hermanas logran resistir. No así en los colegios, que serán el principal campo de batalla con la administración pública.


 

4 . A) La Septembrina y sus consecuencias (1868-1871) (De nuevo, seguimos un orden cronológico, y no por casa, de manera que nos podamos hacer una idea de la infinidad de pruebas que a lo largo de un año María Rosa tiene que ir afrontando). En este periodo ingresan a la Congregación 15 hermanas: doce en 1868, una en 1869 y dos en 1871. Se contabilizan cuatro fallecimientos y quince secularizaciones; cinco en 1868, cinco en 1869, uno en 1870 y cuatro en 1871. Por tanto, el crecimiento es negativo. De 74 hermanas se pasa a 70. El 4 de enero de 1868 el obispo Villamitjana firma los nuevos Estatutos reformados y la Regla Común. Y el 31 de octubre de 1869, por primera vez en su historia, las Hermanas de la Consolación hacen votos perpetuos en la Iglesia. Pero esta alegría por el desarrollo y crecimiento del Instituto va a estar mezclada con muchos sinsabores a lo largo de este periodo provenientes del ámbito público.


 

5. _ 1869, en pie de guerra El primero no se hace esperar y llega del colegio de Tortosa. Como ya indicamos, en 1863 se había querido transferir el colegio al hospital, pues el ayuntamiento necesitaba los locales para la enseñanza secundaria. María Rosa protesta por las condiciones del hospital y la municipalidad le facilita una solución. Sin embargo, el alumnado crece y nuevamente, el 13 de enero de 1868, remite una solicitud. La petición fue inmediatamente aprobada, aunque se le impone una única condición: “que combine el traslado de manera que solo tenga que pagarse el alquiler de la escuela”. Sin embargo, al final del año comienza el via crucis. – Lo primero que hizo la nueva junta “septembrina” al tomar posesión fue suprimir el presupuesto municipal reservado a la escuela, partida que María Rosa, amparada por la ley , reclama a la junta provincial, quien le da la razón: “Con arreglo al artículo primero de la Real Orden de 15 de septiembre de 1857, queda autorizada la maestra de la escuela pública de Tortosa en fuerza del mismo título que precede, y deberá percibir desde el 1º de enero del corriente año la dotación de 4000 reales de vellón anuales.

 




6 Escocidos por el conato frustrado, el 11 de febrero de 1869 la junta le envía un oficio por el que la obliga a residir en la escuela e impartir clases, ya que ella era la maestra titular. María Rosa alega incompatibilidad de cargo e incoherencia administrativa ya que ha sido la junta provincial quien la ha designado para encargarse de la Casa de Misericordia y el Hospital y, por tanto, hasta que nombren a otra persona no puede satisfacer su demanda. Sin embargo, el ayuntamiento replica que debe transferirse sin dilación y comparecer “inmediatamente a desempeñar la escuela de niñas de que estaba encargada, cobrando su asignación de presupuesto, en la inteligencia de que, si la excelentísima diputación provincial le había confiado otros cargos compatibles o no con la maestría de niñas, a la interesada compete la reclamación de que se le la exonere de uno o más de ellos.

 


7. Por el acta municipal sabemos que en esa misma sesión del 11 de febrero María Rosa fue injustamente vilipendiada por dicha junta por un motivo distinto: la administración del hospital. Y con una acusación análoga: incumplimiento de su deber. De hecho, el día 4 de febrero se había dado la orden de transferir el hospital a un edificio de la Compañía de Jesús, ya que a estos religiosos se les había echado tras la Septembrina. En esta coyuntura la junta pide una inspección administrativa y observa que quien lleva las cuentas no es María Rosa Molas, sino una persona de confianza. Esta delegación de sus funciones es tildada por el inspector como “una infracción de las reglas del establecimiento”. – Es posible que María Rosa se defendiera, pero no contamos con ninguna documentación. Ahora bien, aunque en el acta del 20 de mayo de 1869 nuevamente se las amenaza con la expulsión del hospital, todo apunta a que de donde se las quieren quitar de en medio es de la educación. Así pues, la sesión del 11 de febrero se cierra con el ultimátum irrevocable: o se traslada a vivir al colegio o pierde la plaza. Interviene, entonces, sor Teresa Bartolomé alegando que María Rosa estaba enferma. La junta, no conforme, le pide un certificado médico, que es enviado sin dilación y cuya lectura se realiza el 28 marzo.

 

8. La enfermedad retrasa solamente la llegada de María Rosa, quien, cuando se recupera, pasa a vivir a la escuela. El ayuntamiento, sin embargo, vuelve a la carga y a la política de hostigamiento. Ahora le pide un inventario del colegio. Ella lo envía diligentemente, pero no se aprueba. Interviene entonces una inspección para verificarlo. Finalmente, el concejal, don Antonio Oliveres, encargado de la misma, da el visto bueno. En la misma línea, al poco tiempo la junta le comunica que ha cedido los locales de la escuela para otras actividades y, por tanto, tienen que trasladarse de allí. María Rosa gana un poco de tiempo elevando una queja el 15 de septiembre de 1869. Esta recibe respuesta al día siguiente: el ayuntamiento quiere comprobar si las razones que alega son suficientes.

 

9. Entre tanto, y por si fuera poco con lo de Tortosa, en junio del 69 había tenido sus más y sus menos con la junta de beneficencia en 1867 con motivo de la reducción de hermanas. En agosto de 1868, antes de la Septembrina, se vio también en la coyuntura de defenderlas, ya que estaban siendo desprestigiadas. Con este motivo amonestó a las autoridades con una carta que no tiene desperdicio, ya que les increpó a tratarlas con consideración. Pero el 2 de junio de 1869 vuelven a la carga con el pretexto de reducir la plantilla de hermanas del Hospital hasta el número de 10my prescindir de sus servicios en la Casa de Caridad. María Rosa nuevamente escribe una misiva en la que les recuerda el deber de cumplir con lo pactado en los contratos de 1860 y 1866.

 


10 Sin sosiego, y ya de cara al verano, la municipalidad de Ulldecona exige a las hermanas jurar la Constitución aprobada en 1869. Estas escriben a maría Rosa, quien las desaconseja hacerlo. Es más, el 8 agosto ella misma dirige una carta al alcalde en la que le puntualiza y advierte que las hermanas no son funcionarias públicas. Además, le argumenta que en ninguna otra ciudad donde se hallan se les ha hecho realizar este acto, por lo que de ahí se infiere la ilegalidad ya que no es una exigencia establecida por el Gobierno. Preso de sus propios argumentos, el alcalde se tiene que retractar públicamente, pero como buen arrogante, no puede soportar perder e incrementa la violencia por otros medios que sí están a su alcance: les retira la subvención. El pueblo de Ulldecona se vuelca entonces con ellas y el vecindario paga una suscripción para poder mantener la obra. Sin embargo, quien no tiene argumentos recurre a la intimidación mezquina y callejera mediante insultos vejatorios y denigratorios. En un primer momento María Rosa se dirige en una carta al párroco y amigo, Agustín Lluch, para que las apoye, pero viendo el incremento de intimidación, se llega a plantear retirar a las hermanas. Algo que después no se efectúa.