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26/5/26
1. c) Otra forma de infravalorar el hecho - Como ya hemos abundado anteriormente, ciertas posturas del análisis historiográfico ven en este fenómeno único y propio del siglo XIX un plan urdido sea por el regalismo vigente, o bien, por la jerarquía eclesial como forma de ganar el protagonismo perdido en la vida pública, o simplemente un curioso fenómeno social de emancipación femenina. En el análisis que hemos realizado no hemos descartado que estas razones pudieran sazonar el hecho, pero desestimamos que sean su origen. Ahora bien, a mi juicio existe otra forma más sutil y peligrosa de infravalorarlo. Peligrosa porque viene del ámbito teológico y sutil porque lo que se indica no es incorrecto, pero paradójicamente es una forma de no dar primado a la acción de Dios.- Es más, me ha sorprendido que estudios históricos como el de Langlois muestren mayor sensibilidad para entrever la importancia y magnitud de esta explosión de vida en la Iglesia que otros de corte teológico, algunos de los cuales reducen la vida religiosa apostólica femenina a una especie de respuesta del Espíritu a las grandes precariedades y demandas sociales de aquella época. De hecho, leyendo he llegado a encontrar afirmaciones que señalan que cada una de estas congregaciones femeninas apostólicas del siglo XIX nacen para paliar una determinada necesidad.
2. Pues bien, aun cuando no me parece del todo incorrecto, ante este tipo de afirmaciones también me formulo los siguientes interrogantes: primero, si estos institutos apostólicos han nacido simplemente para hacer frente a una demanda social que el Estado del siglo XIX era incapaz de cubrir, ¿su existencia y razón de ser dejaría de tener sentido en nuestros días? Ya que actualmente la administración pública se encarga de ello. La segunda pregunta que me provoca este tipo de silogismo es por qué esta misma consideración no se hace en referencia a las órdenes religiosas masculinas de corte apostólico y que, supuestamente, también han nacido para lo mismo: para atender una determinada necesidad.
3. Soy consciente de que la estrecha conexión entre carisma e historia, o mejor, que la dimensión social innata a cada carisma nos puede jugar malas pasadas a la hora de intentar formular el sentido último de estos institutos femeninos de corte apostólico. Pero si bien es cierto que estas congregaciones nacieron en estrecho contacto con el dolor de la humanidad y siendo una respuesta de Dios a las innumerables carencias de aquellas sociedades, planteado así, se puede terminar relegando o minimizando su función al ámbito del hacer y no del ser. - De hecho, y en mi opinión, parte de la crisis que llega hasta nuestros días, arraiga en haber escorado su identidad desde el hacer o en haberse definido desde las obras apostólicas. En ocasiones, cuando me preguntan por mi carisma y respondo que es consolar, algunas personas me dicen: "Ya, pero ¿qué hacéis?, ¿estáis en colegios o en hospitales? Es decir, en el imaginario común ha calado muy hondo que el sentido de la vida religiosa femenina es atender unas determinadas necesidades. El problema es que cuando estas ya no existen o bien sus funciones las ha asumido el Estado o las están haciendo ahora los laicos, es inevitable que se entre en una crisis de identidad, pues ya "no servimos para hacer lo que hacíamos".
4. A esta consideración se le añade otra más sutil y peliaguda y es que, comprendida así, no solo se confina a la vida religiosa femenina apostólica al ámbito del hacer, sino, además, de un hacer de corte asistencialista. Este hecho es todavía más mortífero porque implica una comprensión minimalista de la caridad reducida al ámbito paliativo, cuando toda la tradición bíblica entiende que la misericordia no es solo paliar sino crear. Y, además, enturbia la visión que se tiene sobre la función de la vida religiosa femenina apostólica en la vida y misión de la Iglesia, ya que reducirla al asistencialismo es otra forma de enclaustrarla, posiblemente distinta a lo que sucedió antes del siglo XIX, pero igualmente letal. Aun con todos los avances que se han dado en este sentido, a veces no se han superado del todo las mentalidades que, si bien ya no destierran como antes a la mujer a la casa, sí las encorsetan a ciertas funciones. Y mientras la asistencia y el servicio se ven como propio de esta, cuesta más imaginarlas y aceptarlas en funciones de docencia o de gobierno. Y aunque de iure nuestra sociedad predique y proclame a los cuatro vientos la igualdad, de facto existe un techo de cristal infranqueable.
5. Para salir del impasse que supone definir la identidad de la vida religiosa apostólica femenina incorporando lo social en lo teologal y articulándolo sin caer en polarizaciones, de manera que Dios y hermano constituyan un tándem inseparable, me parece ilustrativa la historia de Moisés. De hecho, el texto bíblico hila muy fino, pues precisamente cuando Moíses sale del ámbito palaciego es testigo del sufrimiento de Israel y, posicionándose, ante el maltrato dispensado por Egipto, paradójicamente, Moíses descubre su propia identidad, pues también él es hebreo y no lo sabía. Pero tendremos que esperar a Éxodo 3 para que nuevamente Moíses se salga del camino para contemplar un extraño fenómeno: el de una zarza que arde sin consumirse. Y al asomarse para ver, paradójicamente es visto. Dios le habla desde allí a liberar a su pueblo. Su identidad no se reduce simplemente a la de ser un hebreo, sino que es enviado a liberar a Israel de la esclavitud.
6. Se podría entablar una analogía entre estos episodios y el nacimiento del a vida religiosa femenina apostólica. Confrontadas con la necesidad y el dolor del hermano, estas religiosas empezaron a descubrirse en salida. Pues bien, asomándose al sufrimiento de tantos hombres y mujeres, fueron vistas y llamadas por Dios a la laudable misión de comprometerse con la causa de la justicia y del Reino y enviadas a sacarles de la esclavitud de la pobreza, de la ignorancia o de la marginación por cualquier motivo.- Precisamente, en el servicio al prójimo fueron ahondando en su identidad, y este lugar fue uno de los ámbitos propios donde horadar en su vocación, donde conocer más y mejor la voz de Aquel que las enviaba a una opción sin precedentes: tener como monasterio las casas de los pobres y armarse de valor y de formación para afrontar una estructura social que envía a la cuneta de la historia a los débiles y margina a los que son diferentes. Viviendo con ellos y luchando por ellos, les proclamaron la Buena Noticia del Reino, y es que Dios no bendice ni quiere la miseria a la que el mundo les había condenado. ciertamente acometieron con vigor la acción de asistirles hasta la extenuación del sacrifico de sus propias vidas, pero, lejos de considerarse una acción paliativa, fue el detonante de una transformación social por ser, precisamente, una opción profundamente evangelizadora y, por eso, completamente revolucionaria como es la escala de valores de Dios y los criterios que la mueven, muchas veces tan distintos a los nuestros (Is 55,6-7). En este sentido, al mismo tiempo que reivindico que la dimensión social es innata a su génesis, también interpelo a adoptar hermenéuticas que no simplifiquen ni minimicen su esencia, despojándole la naturaleza teologal y teológica que tiene.
7. d) En conclusión: odres nuevos para un vino nuevo - La apabullante proliferación de congregaciones religiosas femeninas en el siglo XIX ha llevado a preguntarse a los estudiosos sobre las razones de su origen. hemos ido analizando pormenorizadamente cada una de ellas, poniendo sobre la mesa sus pros y sus contras y, con ello, se ha perfilado mejor las múltiples aristas del problema. La respuesta rotunda del Espíritu a la situación traída por la Revolución francesa y al nuevo paradigma cultural y antropológico está profundamente conectada a su historia y resulta complejo expurgar o separar las circunstancias de la identidad de la vida religiosa apostólica femenina. Sería similar a comprender la figura de Moíses sin la liberación de Egipto. Esta estrecha conexión entre el hecho teologal y la historia donde se encarna ha traído de la mano hermenéuticas que, pudiendo ser ciertas, a veces pecan de sesgadas. Y, por este motivo, hemos ocupado un buen espacio en ir deshilachando la problemática, pues la comprensión presente y futura de la vida religiosa apostólica femenina se juega mucho en la hermenéutica que se haga de su origen y en cómo se gestione esta articulación entre dimensión social y carisma.
8. Aquella imagen del vino nuevo que logra reventar los odres viejos es una buena metáfora para comprender lo sucedido con la vida religiosa femenina del siglo XIX, pues, gracias a Dios, el vino no se estropea. Es más, tiene la fuerza de romper los estrechos confines en los que, sin mala intención, comprimimos como podemos el don de Dios. Ahora bien, estirando la imagen se podría igualmente concluir que los viejos odres conceptuales del regalismo, la cruzada eclesial, la emancipación o el asistencialismo se muestran reductores e inadecuados para contener el misterio de esa explosión inusitada de la vida y, por tanto, la teología y la vida religiosa debe seguir trabajando para comprender su origen, ya que el futuro está siempre en los fundamentos.
9. En un siglo complejo, en el que las administraciones cambiaban de manos liberales a conservadoras y viceversa, estas mujeres nos dejaron el profundo legado de su audaz caridad, pues a pesar de todos los avatares que les tocó vivir, se mantuvieron ahí, como hábiles funambulistas, en la cuerda floja de un mundo que se prodiga en la defensa de los valores de la Revolución, mientras fueron ellas quienes llevaron adelante los principios de igualdad, fraternidad y libertad sin más sangre que la de su propia vida entregada a la causa de los pobres. Alejadas de la retórica política y eclesial vivieron entre los pobres y les hicieron sentirse iguales y hermanos yéndose a habitar con ellos. También alejadas de los focos de las cámaras y sin abanderar las proclamas del feminismo, estudiaron, se formaron fueron sacándose títulos de maestras y crearon escuelas para formación de niñas. Pusieron así las bases e hicieron posible el sueño de la igualdad de género, del acceso a la universidad y al mundo laboral que, en cierto modo, ellas iniciaron con su intrépido e inagotable apostolado.
10. No sé si extenuadas por el esfuerzo ímprobo de sus predecesoras y habiendo sacado a la Iglesia del impasse del siglo XIX, a la cual regeneraron y repoblaron con su ejemplo, más tarde parece vivirse un cierto proceso de involución, pues algunos institutos de corte apostólico comienzan a tomar una fisonomía más conventual. Pero, por ahora, los siglos XX y XXI no serán objeto de nuestro estudio. La espectacular regeneración llevada a cabo en el siglo XIX por muchas de estas mujeres, devolvió con creces a esta forma de vida apostólica el adjetivo de "religiosa" y esta audacia sigue siendo inspiradora para futuras generaciones.
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