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13/6/26
1. _Primera República. De nuevo el fantasma del anti-clericalismo (1872-1874) El periodo comienza con un accidente ferroviario la noche del 8 septiembre de 1872. Un tren correo que iba de Barcelona a Valencia descarrila y deja un reguero importante de heridos, la mayor parte de los cuales debieron ser atendidos en el hospital de Tortosa, tal como se desprende del telegrama que escribe el Gobernador de Castellón al ministro de gobernación: “Del sitio del siniestro me trasladé a Tortosa, para visitar a los heridos; he visto cinco bien asistidos en el Hospital, al resto en casas particulares”. - Aunque el nivel de instigación en Tortosa parece disminuir, tal como se infiere del carteo, la situación económica de la Casa de Misericordia era completamente insostenible. - La situación se precipitó en el bienio 1872-1873: en la Casa de Misericordia se carecía hasta de lo más imprescindible; los albergados andaban mal vestidos; no había ropa para mudar las camas; faltaban medicinas para los enfermos y dinero para pagar a las amas de lactancia y a los empleados (Archivo Municipal de Tortosa, Libro de Actas 1873). – De hecho, en la sesión del ayuntamiento tenida el 21 de junio de 1873 se lee el oficio de los señores Passanán, Piñol y Llasar dando cuenta del pésimo estado, por lo que la junta municipal acuerda corresponder con la mayor celeridad la petición. Ayudas que nunca llegaron.
2. Así pues, aprovechando que el gobernador de Tarragona le había pedido el estado de cuentas, interviene María Rosa Molas poniendo en conocimiento a las autoridades del agujero económico en el que estaba sumida la obra y el sin número de deudas sin pagar a sus acreedores. Pero ni por esas las ayudas sociales llegaban. Posiblemente porque la administración pública también estaba embargada. Las pocas partidas que recibían en la casa de misericordia no servían más que para disminuir mínimamente la gran deuda contraída que, lógicamente, aumentaba. Para paliar el hambre las religiosas recurren a la caridad de los benefactores y de las gentes del Jesús, así como al mismo obispo Villamitjana y al P. Sebastián León. Es más, a pesar de la gran ilusión que tenían por adquirir aquel terreno, utilizan los fondos que habían ahorrado para el noviciado y los emplean en calmar el hambre de los albergados. En esta situación extrema María Rosa dio pruebas de una caridad extrema. Así lo describe tanto sus biógrafos, Sebastián León y Juan Corominas, como el testimonio de Filomena Camboja una albergada de la Casa de Misericordia. – Y era tan amable que nunca me hubiera separado de su compañía, la que no hubiera cambiado por la mayor fortuna, y aun cuando hubiese de sufrir cualquiera privación. Cuantos la trataban tenían la misma afición, ricos y pobres, como que su afabilidad era siempre la misma para todos; y al ir por la casa salíanle al encuentro a exponerle sus necesidades y penas, que remediaba, y a veces adivinaba sin decírsela los albergados.
3. A la penuria económica de la Casa de Misericordia, se le sumaron el pillaje y las continuas refriegas causadas por las guerras carlistas que sorprendían en plena noche. Por eso, las religiosas se organizan por turnos para vigilar y, en caso de combate, organizan a los niños y tranquilizan a los enfermos y ancianos. – Uno de los días de más triste recuerdo para la Casa de Misericordia y para El Jesús fue el día de San José de aquel año, pues a propósito de pasar por allí las tropas carlistas, disparándose contra ellas muchos cañonazos desde la Tenassa y desde el castillo de San Juan, llevando la alarma a los habitantes del barrio. Otra vez, a eso de las once de la noche, ante el redoblado tiroteo que se aproximaba por momentos, recogía a toda prisa la Madre Fundadora los cálices y los vasos sagrados para evitar profanaciones o robos, dando a las Hermanas y a los asilados la orden de levantarse, y hacía salir de la Beneficencia a los niños, todos cogidos por la mano a una cuerda, a fin de alejarlos del peligro y evitar que se extraviasen. En estos o parecidos trances, más frecuentes de lo que pueda pensarse, las escenas desgarradoras llegaban a todos los rincones de la casa. Según afirmaban algunos testigos presenciales, los enfermos y ancianos lanzaban gritos alarmantes y los niños no cesaban en sus ayes y lamentos, y hubiera reinado la confusión más horrible, de no haber sido por aquella mujer fuerte que a todas partes llegaba con amorosa diligencia. Cerca de un año mantuvo durante las noches en la Beneficencia una vigilancia de dos Hermanas (religiosas y novicias alternándose para avisar la proximidad de los malhechores, que no podían faltar por aquellos contornos.
4. Esta agitada situación vital de la Casa de Misericordia se ve de vez en cuando asaltada por un plus de sufrimiento. En Mora de Ebro, según el carteo sin fechar, del que se puede inferir un hilo conductor, las hermanas habían conseguido una plaza pública en 1871, pensando que esto les iba a dar mayor autonomía, ya que el colegio funcionaba con la ayuda de la población. Pero María rosa temía que en cualquier momento pudieran retirársela. Sin embargo, tras dos años intentando conseguir la plaza pública, cuando por fin la tienen, esta solución no se muestra viable ya que no cobran mensualidades. Situación que no era extraña. De hecho, consta en estudios especializados cómo en estos años la administración pública hizo muchos recortes en educación. Sin embargo, no fueron estas las razones para abandonar temporalmente el colegio, sino las guerras carlistas que provocaron muchas turbulencias por esa zona. Así pues, en 1873 se cerró el colegio de Mora de Ebro hasta 1877 en que se reanudará la actividad.
5. _Luchando hasta el final (1875-1876) El restablecimiento de la monarquía y el cese de la Primera República hicieron que poco a poco los ánimos contra los religiosos se calmaran, instaurándose un tiempo de mayor tranquilidad política. No obstante, todavía las religiosas tendrán que sufrir algunos virajes de la administración pública. Pues bien, como ya sabemos, el 30 de junio de 1870 son expulsadas las hermanas del hospital y de la escuela de Vinaroz y acogidas en casas particulares. Reuniendo coraje, el 1 de agosto abrieron una escuela. Tras su destitución, el hospital entró en un bucle de desaliño y desorden y la población estaba muy descontenta, tal como se expresa reiteradamente en las actas municipales. El nuevo alcalde, don Salvador Masdemón, sin encomendarse a María Rosa Molas ni al obispo, obliga a las hermanas a incorporarse al hospital. Enterada María Rosa le dirige una misiva, fechada el 12 de enero de 1875, lamentándose de la deplorable actuación tenida ya en 1870 y le recuerda que no tiene autoridad sobre las hermanas, quienes no debieron obedecerle sin su autorización. El alcalde, posiblemente escaldado por la reprimenda de María Rosa, actúa convenientemente, suplicando al obispo el regreso de las hermanas, pues quince días más tarde contamos con una carta de María Rosa a este mismo alcalde en el que explicita que en favor de los enfermos accede a que las hermanas vuelvan. Pero para que no se repita lo sucedido le indica que es “indispensable estipular conveniente y formal contrato ante notario. El documento se firma el 22 de febrero.
6 Además de este rifirrafe, varios ayuntamientos trasladan los hospitales a otros locales. El primero se circunscribe en Tortosa. Por una disposición emitida el 15 de abril de 1875, el Hospital de la Santa Cruz cambia de establecimiento. Consta que en el traspaso toma parte activa María Rosa Molas, a pesar de su delicado estado físico. Es más, aun en estas circunstancias negocia con la autoridad civil que incluya en el presupuesto a dos hermanas más, de manera que la salud de las otras “no se resintiera”. – El segundo traslado de local sucede en Vinaroz y nuevamente está marcado por la discordia. Una tensión más a las malavenidas relaciones, pues los alcaldes de esta localidad no parecen aprender de sus errores. Finalizada la guerra carlista, y por alojar una tropa cuyo capitán general promete su permanencia en la villa con tal de tener un cuartel propio, el ayuntamiento dispone que enfermos y hermanas de trasladen del Hospital. María Rosa advierte que “la casa, aun provisionalmente y por corto período que el ayuntamiento dice, esté en armonía con la regular observancia de la comunidad”. Indicaciones que fueron desoídas y que llevan a intervenir a María Rosa en una misiva fechada el 3 de mayo de 1876 en la que hace valer los derechos de las hermanas y amenaza con retirarlas.
7. Es probablemente su última carta, ya que la escribe prácticamente un mes antes de su muerte, el 11 de junio. Se podría decir que, hasta el último momento de su vida, María Rosa tiene que lidiar con la administración pública para defender tanto a los más vulnerables como a las religiosas. Aunque las últimas palabras que pronunció antes de partir de este mundo fueron déjenme marchar, no menos significativas resultan las que aquí se escriben: En vista de la abnegación que durante un año vienen dando prueba esas buenas hermanas, hallándose privadas de lo necesario en una cama regularmente arreglada, y más aún, faltándose a lo estipulado por esa corporación, me veo en el sensible caso que, a no cumplirse lo convenido sobre este particular del modo muy decente, no solo las hermanas no se incorporarán al nuevo establecimiento, sino que, creyéndose fuera del compromiso, según el mismo convenio, me sería inevitable retirarlas de esa villa, lo cual espero evitará por su celo esa ilustrada corporación. – Entre el uno y el otro traslado de establecimiento, y ya bastante deteriorada, María Rosa inicia los trámites para fundar el colegio de Benicarló. En enero de 1976, comienza a mover el asunto ayudada por el párroco Tomás Llasat. Este realizo las gestiones pertinentes para poner en marcha su apertura. La escuela de niñas se inaugura el 1 de febrero. Como las dos últimas fundaciones, se trataba de una escuela privada de la que el ayuntamiento no toma parte, aunque se le comunica.
8. En conclusión, este último periodo igualmente está marcado por el ajetreo político y por una cierta hostilidad con la autoridad civil. Sin embargo, se observa que los envites no son tanto contra ellas como por el hecho de que la administración pública está en bancarrota y no llegan las partidas para las casas de caridad, pero tampoco para hospitales y escuelas. Especialmente esta pugna por la justicia se observa en la Casa de Misericordia del Jesús. Por otra parte, las guerras carlistas (1872) asestan refriegas y escaramuzas en la población. Especialmente hostigada será la zona de Tarragona, hasta el punto de que en 1873 se tiene que suprimir el colegio de Mora de Ebro. – Con los alcaldes de Vinaroz se mantiene un particular pulso. No tanto porque en este periodo la autoridad civil se muestra tan hostil como en el periodo de 1869 a 1871, sino posiblemente por su singular visión de las religiosas, a quienes tratan como a sus subordinadas y de las que disponen sin contar con nadie. María Rosa les sitúa en el puesto que les corresponde y no deja que sean atropellados los derechos de las religiosas. En este periodo pasaron penurias económicas. Fue también un periodo de intenso trabajo con el traslado de los hospitales de un lado para otro y, por último, con la puesta en marcha de la escuela de Benicarló.
9. En consecuencia, en esta etapa tortosina se desarrolla de manera patente lo que embrionalmente había aparecido en la reusense, donde María Rosa se forja como mujer y como consagrada. Los años previos a la constitución del Instituto muestra su alta capacidad de trabajo y organización, así como la solvencia para lidiar con las autoridades civiles y en la resolución de los problemas, en que sale en defensa de las hermanas. En el periodo fundacional emerge nítidamente un elemento fundamental de la dimensión social y es su intrínseca conexión con la eclesial.
10. La segunda etapa (1869-1876) es claramente hostil. En la mayor parte de los establecimientos hay una persecución larvada y silenciosa que busca amedrentrar, ahogando económicamente, o bien, intentando disminuir el número de hermanas o empeorando no solo sus condiciones laborales sino el habitáculo de la comunidad. Un bullying en toda regla en el que son vilipendiadas y expuestas a acusaciones e insultos. María Rosa no se amilana y responde enérgicamente a la autoridad civil con la que se enfrenta para reclamar los derechos de las hermanas y de los pobres. – Aunque la autoridad mantiene un pulso con ella, especialmente en la escuela de Tortosa, sin embargo, en momentos fatídicos de peste las llama para estar al lado de la población. Una forma de reconocimiento, ya que la autenticidad de su entrega es un hecho inapelable, pues “no amaron tanto sus vidas que temieran la muerte” (Ap 12,11). Ellas fueron hermanas consagradas para el bien de la humanidad. Y toda su vida no consistió más que en tres cosas: todo para gloria de Dios y bien de los hermanos, nada para nosotras (S. León).
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