20/5/26

1. 1. EL AUGE DE LO SOCIAL EN EUROPA (Consolar, cuando la dimensión social es inherente a un carisma, MARTA GARCÍA FERNÁNDEZ) - La Edad Contemporánea, que técnicamente comienza con la Declaración de la Independencia de Estados Unidos (1776) y la sucesiva Revolución francesa (1789), fue gestada en el último periodo de la Edad Moderna. Esto es, de 1680 hasta 1776/1789. En esta etapa previa asistimos a los últimos coletazos del absolutismo. Un sistema de gobierno caracterizado por la desigualdad institucionalizada como hecho natural en incluso amparado teológicamente como voluntad de Dios. Es decir, se es superior por motivo de nacimiento y abolengo. – DIMENSION SOCIAL -


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2. Sin embargo, las ideas iluministas se irán abriendo paso poco a poco y calarán en una sociedad venida del Renacimiento y con una visión del mundo muy diferente a la del Medievo. así pues, la nueva aproximación a la realidad parte de la experiencia (empirismo) y de un modo de hacer ciencia basado en la autonomía de la razón (racionalismo) que investiga sin ningún tipo de cortapisas exterior. Esto es, ya no se acepta cualquier tipo de justificación ajena a la realidad empírica y anclada en valores trascendentes. Por este motivo, el ejercicio de autoridad de antaño es desbancado por esta nueva forma de pensar que puja por ser también una forma de vivir y de afrontar la existencia. EL AUGE DE LO SOCIAL EN EUROPA


 

3. El clima cultural generado por el iluminismo terminará incidiendo en el ámbito político-social y será lo que dé a luz el comienzo de una era convulsa y marcada por grandes revoluciones. Es precisamente en este ámbito donde se acuñará un concepto de libertad individual en neta oposición al Estado. El análisis libre de la realidad física se transmuta entonces al campo social y también al religioso, poniendo en el candelero los valores inamovibles y declarando abiertamente la guerra a la superstición y a la falta de raciocinio tan arraigada y promovida en estos ámbitos. EL AUGE DE LO SOCIAL EN EUROPA


 

4. De modo que, como proclamaba Kant, el hombre debe salir de la minoría de edad. Junto a valores como la iniciativa personal, el progreso, el riesgo, emerge un nuevo sentimiento de libertad; el ser humano no está bajo la tutela de un mundo incomprensible, sino que él es capaz de conocerlo y dominarlo. EL AUGE DE LO SOCIAL EN EUROPA


 

5. a) EL SIGLO XIX, UN “SIGLO DE REVOLUCIONES”- El liberalismo recogerá el testigo dejado por el iluminismo. Es más, se podría decir que es su desembocadura natural. Como aquel, no estamos simplemente ante una doctrina política o económica sino, más bien, ante una forma de vivir y de posicionarse frente al mundo, frente a la realidad política y económica y también frente a la religión. La nueva mentalidad se sustenta en la autonomía de la razón y en la libertad de la persona individual quien, mediante su raciocinio, es capaz de alcanzar la felicidad.

 


6. La traducción política de este posicionamiento será el anti-absolutismo y el anti feudalismo. Es más, el Estado ha de ser limitado y para ello ha de basarse en la soberanía popular, ya que todos los individuos son iguales. En consecuencia, el ser humano no es un súbdito, sino un ciudadano y, por ello, un sujeto de derechos que deben ser iguales para todos. Sazonan, además, este periodo otras dos corrientes que tendrán gran influencia en el pensamiento. Se trata del nacionalismo y del romanticismo. Ambos movimientos, mezclados con el liberalismo, tiñen de un color particular las diferentes revoluciones diseminadas por distintos puntos geográficos, especialmente del continente europeo, pero no solo. EL SIGLO XIX, UN “SIGLO DE REVOLUCIONES”


 

7. Esta nueva convicción arraiga con vigor en la sociedad y conseguirá revocar los antiguos regímenes oligárquicos por otras formas de gobierno como la democracia o la república. El primer país en dar un paso al frente fue Estados Unidos, quien, tras un proceso de varios años, declara la Independencia en 1776. Aunque el camino fue arduo, ni mucho menos tuvo la virulencia ni la violencia de su homólogo europeo: la Revolución francesa (1789). Previamente en varios países como Inglaterra, Irlanda, Holanda, Bélgica, Polonia y Suiza, habían estallado revueltas contra el absolutismo y la oligarquía, pero será Francia quién ponga fin definitivamente a la monarquía, decrete la abolición de los privilegios feudales del clero, al mismo tiempo que proclame la igualdad de derechos para todos los ciudadanos. EL SIGLO XIX, UN “SIGLO DE REVOLUCIONES”


 

8. No deja de ser paradójico que los valores que impulsan la Revolución francesa sean profundamente cristianos: la libertad, la igualdad, la fraternidad. Es más, en ciertos entornos eclesiales fueron hasta bienvenidos. Sin embargo, y paradójicamente, se impusieron de forma violenta y contradictoria, ya que se mató por religión i ideología y, en este sentido, no hubo realmente libertad de expresión ni de elección. En cierto modo, el trato de favor y los privilegios conferidos al clero y a la vida religiosa no eran admisibles ni compatibles con los principios de igualdad. Ahora bien, no bastó con la desapropiación y expoliación de conventos, bienes y bibliotecas, sino que, liderado por Robespierre, entre 1793-1794 se impone el terror y la descristianización. Matan así a sacerdotes, religiosos, obispos, laicos y grupos de fanáticos bloquean la actividad pública de la Iglesia. EL SIGLO XIX, UN “SIGLO DE REVOLUCIONES”


 

9. La mecha incendia a otras naciones. Podríamos decir que la Revolución francesa se exporta a otros países y reinos como Bélgica, Holanda, Milán, Génova, Nápoles, etc. Paradójicamente esto sucede mientras en Francia surge un dictador, Napoleón Bonaparte (1799-1815), quien comenzando con una república termina en una forma de gobierno monárquica e imperialista que veta la democracia alcanzada. Tras su muerte se restaurarán nuevamente los principios de la Revolución (1815-1848). En este momento nacen los estados independientes de América Latina, mientras Europa está sumida en miles de revueltas. EL SIGLO XIX, UN “SIGLO DE REVOLUCIONES”


 

10. Aunque con tonos propios, la situación política en España no es menos convulsa e incierta. Tras la evasión napoleónica (1808-1813) y la restauración fernandina (1813-1820), desde 1820 hasta 1823 se establece un régimen liberal. Sin embargo, a la muerte de Fernando VII, y para el resto del siglo, España estará enfrascada en las guerras de sucesión: don Carlos contra doña Isabel. Una lucha que refleja, en definitiva, el conflicto entre dos tendencias: conservadores y liberales. Se podría, por tanto, afirmar que el siglo XIX es el siglo de las revoluciones. De hecho, en España se llegan a contabilizar "ciento treinta gobiernos; nueve constituciones; tres destronamientos; cinco guerras civiles; decenas de regímenes provisionales; y un número casi incalculable de revoluciones que, provisionalmente, podemos fijar en dos mil" (Comellas). Con tantos avatares, y de tan gran calado, es presumible sostener que en este ambiente resultara difícil mantenerse al margen de lo social. Es más, la Iglesia vivió en primera persona las consecuencias de esta nueva mentalidad. EL SIGLO XIX, UN “SIGLO DE REVOLUCIONES”