CAPÍTULO 4 - CARMEN GUAITA - Consolación - Hª de la madre María Rosa Molas - Y CON DULCE COMPLACENCIA



CAPÍTULO 4

Y CON DULCE COMPLACENCIA (1857 – 1876)

Todavía en la mañana del 9 de junio de 1876

     -Madre, ¡Está despierta! ¿Se encuentra bien? ¿Quiere algo?

     -Un sorbito de agua por caridad, querida madre Genoveva.

     -Aquí la tiene.

     -Gracias, hija.

     -¿Le duele algo? ¿La levanto un poco?

     -Estoy perfectamente. Mejor que sobre almohada de plumas.

     -Usted es al revés que los demás enfermos, ya se lo dice el doctor. Todas las molestias las disminuye y siempre está contenta.

     -No siempre, no siempre. ¿Recuerda aquella vez que me encontró muy débil, después de unos días de mucho ayuno?

     -¿Cómo no lo voy a recordar! Si estaba en la capilla y la escuché decir: “Dulcísimo Jesús, bien sabéis cómo me hallo, y quiero cumplir vuestra voluntad, que suplico me la manifestéis por medio del padre confesor”.

     -Me guardó usted el secreto.

     -Pero hoy no debe ayunar, madre. ¿Y si le traigo un caldito? Que está sin tomar nada.

     -De verdad que no hace falta. No quiero decir palabras de más, no me las vaya a tener en cuenta el Señor. Ni quiero tampoco caer en tentaciones.

     -Me lo dice sonriendo porque se acuerda de otra conversación que tuvimos ¿verdad? Aquella vez que adivinó las tentaciones que yo padecía y me dijo…

     -Lo recuerdo: “El demonio a todos nos tienta de diferentes maneras pero no hay que hacer caso”.

     -Y bien tranquila que me dejó a partir de entonces, madre.

     -En realidad me lo decía a mí misma, así que nada de tentaciones con los calditos.

     -Ay, madre, que la voy a desobedecer en un momento como este. Déjeme que se lo traiga.

     -Como quiera, hija mía. Dios se lo pague.

     -Descanse por favor.

     “Mis hijas no conocen mi camino interior ni hasta dónde me ha llevado por voluntad de Dios. Desconocen que esta alma indigna y pobre ha podido, por el amor que le ha mostrado su Amado, degustar una unión como no puede concebirse en la Tierra. No se lo he sabido contar, ni mucho menos escribirlo, y bueno está. Ya lo escribieron los santos”.

     -Madre, tenga, tome una cucharadita del caldo. Así, despacio.

     - Una sola, por favor. Dios se la pague. Y ahora, con su venia voy a cerrar un momento los ojos.

     Aquella era seguramente la última vez que sentía la sed del cuerpo. También el descanso estaba ya muy cera, al alcance de la mano. Pero antes de llegar a él debía recordar la última etapa de su vida, porque contenía su obra como fundadora. Cuantas leguas había caminado esa Doloretes que hasta los treinta años no salió de Reus; cuántos colegios, comunidades, hospitales y casas de misericordia crecían por la caridad, igual que aumentaba el número de sus hijas; cuántos pueblos y ciudades conservaban su alma entera, puesta en cada fundación: Tortosa, Castellón de la Plana, Ulldecona, Mora de Ebro, Burriana, Villareal, Vinaroz, Roquetas, Benicarló…

     En la primavera de 1857, sin embargo, nada de aquello podía imaginarse. Desde luego, a la Casa de Misericordia de Tortosa no solo llegó la confirmación del obispado, también la respuesta afirmativa del ayuntamiento, que mantenía en su puesto a las tres comunidades –casa, hospital y colegio- y además hacía constar: “La madre maría Rosa merece toda confianza y elogio por su conducta y proceder”. La autoridad religiosa y civil apoyaban la creación de la nueva orden. El propio vicario capitular, don Ángelo Sancho, presidió en la capilla de la Misericordia –brillante de limpieza y cuajada de flores- una Santa Misa durante la cual las doce hermanas renovaron solemnemente los votos.


     “Que felicidad aquel momento, unidas ante el Señor, acogidas plenamente por su iglesia. Todas sentimos que aquella ceremonia nos inundaba con intensa consolación, y allí mismo, de rodillas ante el sagrario, sentí plenamente que aquella palabra “consolación”, describía el carisma de nuestro pequeño árbol”.

     Las hermanas solicitaron enseguida que don Ángelo la nombrase a ella como superiora de forma oficial. Hubiera querido discutirlo más, presentar alternativas, pero no hubo manera, ni por parte de sus hijas ni por la del propio vicario. Sin embargo, para acompañar paso a paso a la congregación recién nacida, el nombramiento tenía vigencia solo por un año, transcurrido el cual se estudiaría la renovación. El padre Bruno Palau, un religioso que tenía en Tortosa muy buen predicamento, se convirtió en el nuevo confesor de las tres comunidades.

     Ya respiraban, ya comenzaban a caminar. Y ella sentía que le rebosaba la felicidad de ser, por fin, humilde y dócil ante su madre, la Iglesia.

     Muy distinto era el estado de la Corporación de Reus. El 30 de mayo de 1858, sor Estivil –perdida la confianza de las autoridades políticas y sin amparo de las religiosas- disolvió de golpe la hermandad que había dirigido durante veinte años y abandonó el hábito. Su comunidad se dispersó por completo, algunas hacia casas particulares y otras hacia conventos. En el hospital de Reus quedaron sor Rosa Pascó y sor Francisca Freixa, que había sido hija de San Vicente de Paúl y se reintegró a su orden. Casi inmediatamente, Luisa Estivill y el padre Carbonell pusieron en marcha un colegio privado en el que comenzaron a trabajar cuatro de las antiguas hermanas, ahora con la denominación de “asociadas laicas”. A partir de entonces, ambos trataron con insistencia de fundar otra congregación, pero su petición fue rechazada una y otra vez por el arzobispado.

     Para María Rosa aquel final abrupto constituyó uno de los mayores disgustos de su vida.

     “Es imposible olvidar el dolor que me produjo la disolución de la hermandad que, durante tanto tiempo, fue mi ruta”.

     Pensaba en sus antiguas compañeras, ahora dispersas, a quienes hubiera acogido en Tortosa si Luisa Estivill no las hubiera puesto en contra de ella; recordaba cada momento transcurrido en el hospital de Reus en la escuela, en la Casa de la Caridad; escuchaba entre lágrimas de la memoria, las últimas palabras de Ximo, los alborotos de Eulalia, la voz timbrada del labrador Ferrán, las risas del Tinet… Revivía su adolescencia, al servicio ya del hospital; la mañana del 7 de enero en que amaneció allí, después de haber dejado su casa; su primer camino hacia el altar con un hábito prestado; y el día solemne de los votos, en presencia de su padre. La Corporación había sido el instrumento a través del cual había entregado su vida a Dios, y acababa de desmoronarse como una torre de arena.

     Durante noches enteras de vigilia y oración, pidió al Señor, desolada, que la perdonara por cuanto ella hubiera tenido que ver en aquel tristísimo final. Quizá si hubiera insistido más a sor Estivill, o hubiera insistido antes… Si hubiera tenido más caridad con su antigua superiora… Luego comprendió que pensar así también era vanidad, nada había dependido de ella. Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Y entonces, haciendo un esfurzo para escapar del pasado, redoblaba la oración por el futuro:

     “Esposo mío, amado, Líbranos de los engaños. Que esta pequeña congregación, nacida solo para servirte, corresponda de verdad a la vocación que por Tu misericordia nos has dado”.


     Desde que supo la noticia, sus dolores de cabeza habían arreciado, veía los objetos rodeados de un halo y notaba, en el trabajo del día, una extraña lentitud y confusión, como si todo lo hubiera de hacer más despacio. No se lo dijo a nadie y lo achacó a las constantes vigilias, a la profundidad de su oración, al disgusto no solo por la Corporación de Reus sino por su hermano José  -el gran dolor secreto- que permanecía fugado en Francia y sobre el cual pendía una vergonzosa orden de busca y captura. Aguantó así hasta que un amanecer, en mitad de oración de laudes, cayó al suelo entre convulsiones y perdió el conocimiento. Había sufrido una congestión cerebral.

     No la recordaba, claro. Sabía que había pasado varios días entre la vida y la muerte, que habían llegado a administrarle el Santo Viático, que el médico la había sangrado en cuatro ocasiones, y que despertó con tal debilidad que no podía moverse. Por voluntad de Dios, al cabo de unas semanas se restableció casi por completo. No era su hora. Debía seguir el camino dela consolación.

     Pasó el verano y, al llegar el otoño, el nuevo vicario capitular, don Ramón Manero, la ratificó como superiora y autorizó que se impusiera nombre a la congregación. En el lenguaje del Derecho Canónico, aquello equivalía a otorgar el estado legal definitivo como nueva orden religiosa.

     ¡Un nombre! ¡Qué responsabilidad y qué alegría! Llevaban un año esperando aquel momento, sobre todo ella, que había orado al Espíritu Santo para pedirle inspiración y auxilio. De aquellas largas horas en que meditaba, sólo surgía una palabra: consolación. Desde niña. A través de su madre, había aprendido que consolar a quien sufre era hacerle llegar el aliento de Dios y ser mensajero de su Amor. Y para eso vivían sus tres comunidades. Tal como habían puesto su confianza en Nuestra Señora de la Cinta cuando tomaron la decisión de dar aquel paso, pondrían de nuevo en María su confianza. Siempre maría: de los dolores, de la misericordia, del calvario, de su rosario de infancia…

      Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

     

     -Queridas hijas, os propongo que nuestro nombre sea Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación. ¿Qué os parece? Aquí en Tortosa es una advocación venerada desde hace mucho tiempo. De maría Santísima, consoladora de todos los males, podemos aprender a formar nuestra vida religiosa de caridad, de abnegación y de sacrificio. Llevando su nombre en el nuestro, no la negaremos con los hechos.

     Ninguna pudo responder, tanta era su emoción que solamente abrazaron a su superiora entre lágrimas. Aquel nombre lo abarcaba todo: el amparo que pedían, el carisma que brotaba. Y constituiría para siempre un recuerdo vivo de la misión a la cual habían sido llamadas.

     Qué ilusionantes aquellos primeros tiempos, y eso que aún arrastraba alguna pequeña secuela de la congestión cerebral y estaba debilitada. Nada le hubiera sido posible sin sus hijas. Sin Teresa Secall, que había llegado con ella a Tortosa siendo aún novicia. Solo podía llamarla “ejemplarísima”, de tan abnegada y prudente como era. La había apoyado en todo, a pesar de su salud débil. Y qué decir de Ángela Sanfeliu, que también había llegado con ella, recién cumplidos los diecinueve años, y a quien quería como a una hija ante la cual se podía abrir el corazón. O de María Castells, que se incorporó para dar clase en la escuela de Tortosa y era una maestra de inteligencia brillante a quien había confiado muchas responsabilidades. También contaba con Teresa Bartolomé y Josefa Solá, enfermeras que no tenían parangón. Y por supuesto con Rafaela Canals, su amiga desde la juventud, de cuya obediencia en el trabajo, y caridad con los enfermos intentaba tomar ejemplo. Nada, nada le hubiera sido posible sin cada una de ellas, y ya eran muchas. En aquella hora decisiva, ante el umbral de la Casa del padre, las llevaba en el corazón.

     Llevaba también, aún encendida, la luz de la alegría por el primer regalo que el Señor quiso hacer a la congregación recién nacida: al vicario autorizó la creación de un noviciado en la Casa de Misericordia. Ella aprovechó la parte alta del vetusto edificio, la de la buhardilla, y la acondicionó con sus propias manos –cal en las paredes y plantas por todas partes- hasta que reinaron allí la tranquilidad y el silencio. El 8 de diciembre de 1858 –festividad de la Inmaculada, cuyo dogma había sido decretado cuatro años antes por Pío IX –ingresaron las primeras novicias. Eran tres muchachas de Tortosa, muy jóvenes e ilusionadas: Rosario, maría Cinta y Concepción. Pocos días después ingreso la cuarta novicia, Dolores.

     El segundo regalo había sido un nuevo capellán, don Felipe Castells, que comenzó a dirigirla como confesor.

    “Tuve el honor de su amistad. Siempre te he dado gracias, Señor, porque en aquel amanecer de nuestra orden pusieras junto a nosotras a un hombre de tan grande talla espiritual. Me edificaba verlo: cómo rezaba junto a los asilados, el modo en que los confortaba y los atendía. Él había conocido de niño la imagen de Nuestra Señora de la Consolación del convento de los carmelitas de Tortosa, y aplaudió la elección de aquel nombre. Siempre se lo agradecí”.

     Pero el refrendo llegó también de la gente sencilla de la ciudad. Por ejemplo de Lorenzo Avizanda, un muchacho lleno de luz que trabajaba en la sedería donde ella compraba las piezas de algodón. Mientras Lorenzo medía y cortaba las telas, solía hablarle de su inquietud espiritual, y ella le aconsejaba. Una mañana, al enfilar la calle donde estaba la tienda, se lo encontró esperándola en la puerta.

     -Madre Molas, ¿puede pasar un momento? Es que quería decirle algo importante.

    -Claro hijo. Dime.

    -Pues que el nombre Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación me ha sacudido muy hondo. Es el más apropiado para lo que ustedes hacen. Y de tanto darle vueltas a eso de la consolación, me he decidido por fin. Voy a ser sacerdote.

     -¡Qué alegría tan grande! Jesucristo y su Madre Santísima te bendecirán y te acompañarán siempre.

    -¿Llora usted, madre?

    -¡Cómo no Lorenzo! Tu vocación me conmueve mucho.

     El amor y la misericordia de Dios siempre la hacían llorar de emoción. En los santos, aquella manifestación se llamaba don de lágrimas; en ella no se llamaba de ninguna forma, porque no lo merecía –pensaba-, pero no podía remediarlas.

     Muy pronto, la imagen ingenua y sencilla de la Señora que consolaba, con su Hijo en brazos y la cruz en la mano derecha extendida, presidió la capilla. “Aquí está nuestra Madre, nuestro modelo y nuestra guía”, dijo a las hermanas, con intensa devoción, cuando rezaron ante ella por primera vez. Quedaba por delante la tarea de encarnar aquella consolación. Por eso rezaba, concentrada ante el sagrario, siempre de rodillas. y desde la contemplación de la Cruz afrontaba su noche oscura del alma. Una vez más, como cada día desde hacía cuarenta años, suplicaba al amado que, a pesar de su pobreza, le permitiera fundirse con Él, abandonarlo todo de sí misma y abismarse en la unión. Porque estar en Cristo suponía alzar en vuelo el frágil yo ocupado en mil problemas, olvidarse completamente de sí misma y amar de modo perfecto, tal con Él ama. Y eso era todo lo que ella deseaba.

     Abandonaba la oración después de un gran esfuerzo, iluminada, con el rostro bañado en lágrimas. Las hermanas, que la contemplaban con admiración, la interrogaban a veces sobre aquel modo de orar, pero no quería hablar de ello. Su recogimiento no le parecía ejemplar ni tenía importancia. Al salir de la contemplación de Cristo, sola la consolación importaba. Por eso, si era domingo, se iba corriendo a preparar barquillos o carquinyols para todos. Y los espolvoreaba de sonrisas.

     Estallaban ya los geranios del mes de mayo y las comunidades trabajaban de sol a sol. En aquellos meses, ella había sentido una gran felicidad en obedecer los mandatos e indicaciones de don Ramón Manero. Tenía mucho interés en que sus hijas estuvieran apoyadas en un armazón espiritual que fuese legislación, doctrina y, sobre todo, plan de vida. De ahí que pidiera a don Ramón ayuda para redactar una Regla y unos Estatutos. El obispado los publicó el 15 de mayo de 1859.

      El fin para el que Dios ha llamado y reunido a las Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación es para amar, honrar, hacer conocer y venerar a Nuestro Señor Jesucristo, como manantial y modelo e toda caridad, consuelo y perfección, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres, enfermos, niños, encarcelados y otros cualesquiera necesitados; y también para cooperar a la salvación de sus prójimos dilatando el conocimiento de Jesús por medio de la educación y la instrucción. (Estatuto de la Hermanas bajo el título de Nuestra Señora de la Consolación, 1857. Archivo episcopal de Tortosa).

     Sentía una llamada irrenunciable: la de actuar no solo como una madre sino como una maestra. Por eso reunía a las novicias en torno suyo al menos una vez por semana, y les hablaba del camino que iban a emprender.

     -El Señor nos ha sacado del humo de vanidad del mundo. Si conociésemos el gran beneficio que nos ha hecho al llamarnos a la religión, le seríamos muy agradecidas.

     Luego proseguía con un mensaje subrayado por sus ojos y su voz:

     -Hijas, debemos tener siempre presente esta certeza: la Hermana de la Consolación ha de vivir en un ambiente de caridad y morir víctima de caridad.


     Al decirlo le temblaba el alma con el eco de su propia madre, pero aquella catequesis la hacía muy feliz.

     “Siempre insistí mucho a las responsables del noviciado en que, para formar a las novicias, necesitaban afecto, gran delicadeza, lucidez, prudencia, vigilancia en la maravillosa tarea de cultivar semillas, afecto, tiempo, paciencia y lo más importante: tener igual aprecio a todas. En esto último fui hasta pesada, espero que me hayan perdonado”.

     Enseguida envió a la madre Ángela y a la madre María de Castellón para que obtuviesen el título oficial de maestras. En el colegio también debían vivir para la caridad, por eso mismo necesitaban conocimientos y criterio.

     De Castellón, precisamente, llegó a finales de aquel año una invitación que las conmocionó: el ayuntamiento las invitaba a encargarse del hospital de la ciudad, que iba ser elevado a la categoría de provincial.


     Son muchos los enfermos, y es indispensable perfeccionar el cuidado que prestan allí las personas asalariadas, acompañándolo de los consuelos religiosos. (Carta del ayuntamiento de Castellón)

     No era cosa de poco. El hospital de una capital de provincia atendía a mucha más población. Hacían falta por lo menos seis hermanas para sacar adelante un proyecto de tal envergadura. Pero las había porque las novicias llegaban cada día, sin descanso, como si las acercara al arrabal de Jesús la incesante corriente del Ebro. Ella misma respondió al ayuntamiento de Castellón en una carta destinada al Vicario capitular que actuaba como intermediario:

     Dios mediante, estarán dispuestas las seis hermanas a primeros de febrero próximo. Y, con respecto a varios pormenores, creo que sería más acertado el que fuera yo misma, con otra Hermana compañera, a avistarme con la Junta Municipal para arreglar verbalmente todo lo que convenga e inspeccionar el local y todo lo que pueda convenir.



     A partir de entonces, fue una constante lo de supervisar ella misma las condiciones de cada nueva fundación. Su llave era una frase que repetía, con la sonrisa en los labios y toda la seriedad del mundo, ante alcaldes, concejales y administradores diversos: “No puedo consentir que sean atropelladas las hermanas. Nunca permitiré que se las mire o considere como criadas; antes se retirarán de las casas. Este es mi deber”.

     “Para mí, el alojamiento de la comunidad fue una preocupación constante. Debía ser sencillo, claro está, pero decoroso, adecuado a las normas de la higiene. Por respeto a la labor que hacían y al Nombre en el cual actuaban, debían ser tratadas con consideración. Por mi parte, como superiora, estaba obligada a proteger su salud física y espiritual, para que pudieran desempeñar su labor. Yo misma había padecido la orfandad de madre en que me tuvo sor Estivill en mis primeros tiempos de Tortosa, por eso me empeñé en que no la sintieran mis hijas. Y mal que bien lo conseguí, aunque no por mis fuerzas. Tú me ayudaste, Señor”.



     El hospital de Castellón contaba con todos los adelantos médicos y estaba considerado uno de los mejores de España. Se hallaba en la carretera de Alcora, a las afueras de la ciudad, en un edificio moderno y espacioso con planta de cruz latina en cuyo centro había un hermoso patio con un gran aljibe. Cuando fue a visitarlo se dio cuenta enseguida de que, para sacar adelante el inmenso volumen de trabajo que conllevaba, no harían falta seis monjas sino siete. Como preparaba a conciencia la nueva fundación, y para ella era imprescindible la formación de las novicias, el plazo se demoró un poco, pero llegó. El 28 de agosto de 1859, un tallo adolescente brotó del joven troco de la Consolación. Su abnegación y su prudencia mostraron a los castellonenses que aquellas monjas merecían realmente su fama de virtud.

     “Las hijas que habían salido por primera vez de Tortosa para tomar nuevos rumbos siempre estaban en mi oración, tanto que me las arreglé para pasar con ellas todo el mes de octubre”.

     La vocación de las jóvenes la rejuvenecía. Si en la Misericordia madre e hijas se reunían bajo la encima del huerto, en Castellón ella, que tanto amaba las plantas, se solazaba con el jardín del hospital. Era casi un botánico, cuajado de palmeras, cedros y pinos. Recordaba aún, después de tantos años, alguno de aquellos diálogos de primera hora de la tarde, la única en que paraban un poco las obligaciones sanitarias. Por ejemplo, cuando la madre Providencia le dijo:

     -Madre, dos cosas suyas me confunden; la primera, verla llorar por los pobres; la segunda, su obediencia.

Respondió desviando de ella la atención, como hacía cuando era niña:

     -Me alegraré si ustedes tienen unos vivos deseos de observancia y anhelo ardiente para la virtud, pues que Nuestro Señor se apacienta entre las almas virtuosas.

      O como cuando, en un momento en estaban las dos solas, pidió a la jovencísima madre Trinidad que llevase su plato de comida a una familia muy pobre cuya casa estaba junto al hospital.

     -Pero me guardará el secreto ¿verdad?

     -Madre, ¿se va a quedar otra vez sin comer? Cómo se humilla usted. Igual que cuando nos habla. No parece la superiora.

     Ella había respondido con una sonrisa.

     -Siempre he pensado, desde niña, que la comida es una limosna que me dan. ¿Por qué habrían de sufrir el hambre esos chiquillos y yo no? Nada de lo que he comido o vestido en mi vida me lo merecía más que esos hijos de Dios sin alimento y sin ropa.

     También recordaba la vez en que llamó a otra novicia muy joven, la hermana Ana María. No recordaba por qué, alguna pequeñez seguramente. Y la muchacha le había dicho:

     -Madre, con su penetración descubre usted mis faltas y todas las inclinaciones de mi corazón. Y me corrige con tanta suavidad que ahora que ha terminado me hago violencia para no abrazarla a usted y enternecerla.

     -Abráceme hija –había respondido ella con emoción maternal que tantas veces le rebosaba.

     Enseguida Castellón, asombrada por el trabajo incansable y la caridad de aquellas monjas, les encargó el cuidado de su Casa de Misericordia, un inmenso edificio del siglo XVI que había sido convento de dominicos antes de la desamortización y contaba con una escuela y una parroquia anexa, la de san Vicente Ferrer. La institución alojaba dos centenares de personas, ancianos y huérfanos, en mejores condiciones de las que habían hallado en Tortosa pero muy necesitados. Teresa Secall asumió ser superiora también, y llegaron ocho nuevas hermanas. Pronto aumentarían hasta el número de trece, y de veinte entre las dos comunidades. Ella las visitaba con toda la frecuencia que le era posible e impartía órdenes sencillas.



     -Sed muy caritativas con los pobres y los enfermos. Si dudáis de que el caldo esté caliente, no tengáis pereza en encender el fuego y calentarlo de nuevo. Mirad en ellos a Jesucristo. Haced con ellos lo que haríais con Él.

     Consolación no era ni una palabra vacía ni un caldo tibio.

 

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     Al noviciado llegaban constantemente nuevas vocaciones. La congregación crecía tanto que se hizo necesario crear cargos de gobierno. Y así fueron nombradas Rafaela Canals como asistenta de Tortosa, Angela Sanfeliu como depositaria, María Castells como secretaria general y maestra de novicias Teresa Secall como superiora de las dos comunidades de Castellón y Josefa Solá como su depositaria. En ellas confiaba absolutamente, y para demostrarles esa confianza les consultaba incluso algunas cosas que le eran bien sabidas y rogaba que la corrigiesen. Con todo su corazón deseaba tener sujeto el yo. Amar de forma perfecta, como Él ama, era su obsesión, por eso ocultaba sus actos de caridad y no quería ser vista en nada. Y aun así, las vocaciones iban llegando.

     “Tú quisiste, Señor que el número de hermanas ascendiera. Tú fuiste el imán que atrajo aquellos corazones y aquellas manos, para que se pusieran al servicio de los desvalidos en Tu nombre”.

     1861 comenzó con profundo dolor. El 24 de enero, Rafaela Canals, la amiga con quien había compartido el colegio de don Mariano, el noviciado y la fundación, sufrió un ataque agudo de apoplejía. Había trabajado toda la jornada con normalidad, pero al caer la tarde la encontraron desmayada en su celda. Fue trasladada enseguida al hospital de Tortosa y se debatió durante seis días entre la vida y la muerte. Ella, desolada, escribió al padre José Canals, tío de la madre Rafaela:

     Muy Señor mío y de todo mi aprecio: Casi sin ningún síntoma de enfermedad, se ha hallado la salud de sor Rafaela en sumo peligro, como que ha recibido los santos sacramentos.

     La imprevista malignidad del mal ha impedido el podérselo comunicar a usted antes, para que con la demás familia rueguen al señor por su salud que, Dios mediante, espero ver restablecida.

      En vano tengo que decirles que descansen acerca del esmero con que es tratada, y creo que están convencidos de ello y ello debe mitigar su pena. (Carta de la madre Molas, 24 enero de 1861. Archivo de la Casa madre de las Hermanas de la Consolación. Tortosa)

     “La madre Rafaela falleció en 30 de enero, sin haber despertado. Tenía 48 años, dos más que yo. Cada día tomaba ejemplo de ella y ahora está de avanzadilla en la Casa del Padre”.

     En junio otra de las primeras hermanas de la congregación Carmen Oriol, jovencísima aún, falleció a causa de una fiebre tifoidea. En pocos meses había despedido, con profundo dolor, a dos de las primeras doce. Pero llegaron también alegrías. Por ejemplo, vocaciones que acercaban ecos de su Reus natal. Como la de Remedios Canals, una joven que era hija espiritual de mosén Pedro Pablo Salvador. Traía con ella el saludo de aquel primer confesor tan relevante en su vida, al que jamás había olvidado. Remedios, aún novicia, presenció el momento en que uno de los asilados, que padecía una grave demencia, le echó a la cara un huevo pasado por agua, y ella fue a preparar otro, y aquel anciano se lo volvió a tirar en la cara, y ella fue a preparar otro… hasta nueve veces.

     -¿Cómo es posible tanto aguante, madre María Rosa?

     -Porque cuanto más viejos o más niños –le había dicho-, más amor hay que tener y más cuidado.

     Y la muchacha respondió:

     -Me dijeron en Reus que antes de ser religiosa ya era usted una señora de virtud y talento como no se había visto a ninguna otra.

     -No hija, por el amor de Dios. ¡Vaya disparate! Eso es imposible.

     La congregación recibió también a Emilia Salvat, familiar lejano de los Vallvé. Otra hija en la fe y ya eran muchas, cada día más. Por la confianza de compartir raíces, a la madre Emilia se atrevió a pedirle que la avisara si alguna vez se excedía en la conversación, o si faltaba a alguien al hablar.

     Pero no todas las vocaciones prosperaban. Algunas de ellas, al ponerse a prueba en el noviciado, flaqueaban. Otras no eran capaces de superar crisis personales. Eso fue lo que le sucedió a Francisca Ferré y a Josefa Salvadó, dos pioneras de la congregación, que provenían como ella de la Corporación de Reus, y dejaron los hábitos en los años siguientes. Le dolió muchísimo la despedida porque significaba que, a pesar de que las había tratado con especial amor y cuidado, mantenían en el alma la sequedad de los tiempos tristes.

     La mayor alegría fue que el Padre Sebastián León Tomás comenzó a dirigirla espiritualmente. El seminarista de quince años, alto, delgado y serio, con el cual había tropezado años atrás por los pasillos de la Casa de Misericordia, se había convertido ya en un sacerdote impregnado de humildad y celo apostólico. Lo habían nombrado nuevo capellán, y había regresado a la vivienda del guardés donde habitaba de muchacho. Estaba volcado en la Consolación, unido a la fundadora con un inmenso cariño y respeto, y hasta por afición al trabajo manual, porque era un hábil carpintero que lo mismo arreglaba desperfectos con la mejor de sus sonrisas como labraba, en los ratos libres, preciosas capillitas de madera.

   “La diferencia de edad, porque yo la tenía para ser su madre, no impidió que viese siempre en él a un maestro con autoridad para guiarme por Tus senderos, Señor. Conté con su parecer para todo, hasta lo de menor importancia. Nadie mejor para aconsejarme, porque conocía a la congregación desde antes de ser fundada. Por su parte, ha sido como mis pies y mis manos en la tarea cotidiana. Como es tan discreto, por las profundidades más hondas nunca me preguntó. Sabía seguramente que con palabras yo no podía explicarle jamás la llama que me incendiaba. Aquí sigue, Señor. Me administrará antes de esta noche la Unción de enfermos. Y, si es tu Voluntad que esta obra persista, permanecerá vivo para siempre en la memoria de la Consolación.

     El colegio de Tortosa era también una fuente de alegría. Lo dirigía la madre Ángela , aunque ella pasaba por todas las clases dos o tres veces por semana para realizar lo que, entre risas, llamaban “la inspección”.

     “Siempre me gustó que las cosas estuviesen organizadas, y para el colegio me parecía muy importante. Deseaba que lo llevásemos todo bien escrito: cuadros de asistencia de las alumnas, inventarios, recibos, y hasta el programa impreso de las asignaturas para que lo conocieran las familias. Y en lo académico, debíamos estar a la altura de la sana ilustración de nuestra época”.

     Los parabienes de la ciudad les llegaron por escrito:

     Esta Junta ha visto con satisfacción el buen resultado de los exámenes generales de la escuela pública de niñas que Vuecencia dirige, probándole, como lo hizo el año anterior, el celo y la laboriosidad desplegados por Vuecencia en la enseñanza de sus discípulas.

     Como siempre, disfrutaba de las labores y enseñaba a las más mayorcitas los secretos del bordado en oro. Fuera de la escuela, disfrutaba mucho también con las plantas del huerto. Ella misma lo cultivaba, afanada y absorta, En las flores llenas de color y de forma, de néctar y de vida, veía claramente el reflejo de la belleza de Dios. Sudaba como una campesina para preparar la tierra, sembrar, trasplantar, podar… Y si terminaba a tiempo, continuaba con las flores, pero esta vez de tela o papel, cuya técnica enseñaba alas asiladas. Para aprenderla, había visitado un taller en Valencia. Comprendía que los trabajos manuales tranquilizaban a las personas asomadas al pozo de la locura.

     -Nada hay más hermoso en la Tierra que las flores –les decía-, así que vamos a cultivarlas, a recortarlas, a bordarlas…

     -¿Qué es usted, madre, jardinera o cocinera? –le preguntaba una chiquilla de ojitos achinados, inútil para la sociedad de la misma forma en que lo había sido el Tinet.

     -Ninguna de las dos cosas, Marieta. Sólo intento agradar al Señor.

     Aquellos hijos pequeños de Dios, los más desvalidos entre los desvalidos, eran quienes le producían mayor ternura. A veces, si las noches estaban frías, trabajaba a arroparlos. Y cuando alguno la sorprendía, le decía:

     -Shhh. Guárdame el secreto.

     Hijos de su corazón eran también los recién nacidos. Cada pocos días, en el zaguán de la Misericordia aparecía un bebé abandonado. Ella llevaba la cuenta en sus cuadernitos: ciento veinte lactantes llegaron a ser una vez. Debían procurar amas de cría, desde luego, pero también había que consolar el llanto de aquellos huérfanos de madres vivas, privados del cariño más sagrado. Y al tomarlos en brazos, lloraba con ellos, por ellos, desde lo más profundo: “Madre santísima, tómalos tú de la mano. Protégelos tú”.

     Sentía especial cariño por Filomena, una chiquilla parda y pequeña como una oliva, a quien enseñó a rezar y había visto crecer. Por su parte, ella la adoraba. Casi a diario le decía con sus ojitos llenos de luz:

     -Nunca, nunca, nunca me voy a separar de usted, madre maría Rosa. Ni aunque me ofrezcan una fortuna, ni aunque tenga que pasar hambre, ni aunque venga un rey a casarse conmigo… Nada de nada.

     Y ella le respondía sonriendo:

     -Filo, aprende esto: de quien no debemos separarnos nunca es del amor de Dios.

     -Pero usted nos lo acerca, madre, porque es bondadosa y se da cuenta de todo lo que nos pasa, hasta la mínima necesidad. Y luego que es exagerada de humilde. Hasta me pregunta a mí cómo se hacen algunas cosas. ¿Dónde se ha visto eso?¡Vamos, es para sacar sillas! ¡Pero si yo soy boba! No me extraña que estemos todo el día confesando las penas con usted. O que las adivine sin que le digamos nada, que es lo que más me asombra.

    -Nunca vuelvas a decir que eres boba, Filo. Estás llena de la gracia de Dios.

    “Aún sigue por la casa esta campanita de alegría. Protégela, Señor”.

     Otras dos niñas se habían convertido también en predilectas de su corazón. Se llamaban Jenara y María, y le traían recuerdos directos de la caridad de la madre Rafaela Canals, que se las había encontrado una mañana mendigando en el atrio de la iglesia del Roser y las había traído a la Misericordia. Eran huérfanas y acababan de llegar desde Roquetas, las dos solas y a pie, para huir de los terribles abusos de un familiar. Con apenas siete años habían presenciado y padecido la hez de lo humano, y llegaban deshechas, temblorosas, sucias, con el terror en los ojos y las cabecitas devoradas por la tiña. Conmovida al verlas, las abrazó arrodillada a su altura. Y entonces las dos niñas lloraron largo rato su dolor, arropadas en aquel abrazo que les deshelaba el alma. Luego ella misma les lavo muy bien el cuerpecito con jabón de azahar y el cabello con sal y vinagre, las vistió ropas limpias y les preparó una estupenda cena. ¡Cuánta hambre traían! Verlas comer de esa manera partía el corazón. Luego rezó con ellas, las arropó y les beso la frente. Por la mañana las dejó dormir para que se recuperasen, y al despertar parecían haber florecido como rosas. Les habían desaparecido a la vez el miedo de los ojos y la tiña de la cabeza. Hubo quien se asombró y lo encontró inexplicable. Pero no era un milagro, qué disparate. Eran la sal, el vinagre y, quizá, la consolación. Milagros sólo los hacían el Señor y los santos. Su ocupación debía ser más terrenal: cumplimentar cuanto antes los trámites para que aquellas niñas pudieran alojarse definitivamente en la Misericordia, así que se puso a ello.

     “Consolar significaba remediar, atender, desvivirse, velar, ver personas llenas de dignidad en los dolientes ¡, sentirse compañera de ellos en el camino de Cruz. Los milagros de la caridad los veíamos mis hijas y yo a diario, en cien cosas pequeñas.”

     En el mes de octubre de aquel año 61 tan colmado de vivencias recibió una noticia que la llenó de dolor: su hermano había sido capturado y extraditado desde Francia. En el juicio, casi inmediato a su llegada, se declaró culpable de los cargos de falsificación de acciones. Ella misma le había rogado que afrontara la verdad.

     José Molas y Vallvé fue el único de los cuatro directivos de Fundición Barcelonesa juzgados por el mismo delito que supo dar la cara, por eso se le eximió de una durísima condena: veinte años de cárcel. Tenía cuarenta y nueve, seguía siendo fiero soñador, pero su vida quedaba truncada. Ella le escribió con frecuencia, también a su esposa Carmen. Quiso mantener alto su ánimo, confortarlo con la fe, trasmitirle el amor de Cristo. Lo visitó en cuanto pudo, pero nada más era posible. La voluntad del Señor era permitir que él pudiera encontrarse a sí mismo durante la cautividad. Aun así, a diario, la imagen de su hermano encarcelado le oprimía también a ella con garfios de hierro en el corazón.

     En medio de su dolor, secreto salvo para el padre León, la navidad 1861 trajo a su vida a una de las personas más influyentes para el futuro de la congregación: el nuevo obispo de Tortosa, don Benito Vilamitjana. Venía de ocupar el cargo de canónigo en La Seo de Urgel, pero era natural de Vich. Allí había impartido durante años clases de Filosofía y había apoyado de forma incondicional las fundaciones del padre Antonio María Claret. Desde el primer momento, don Benito se consagró a su diócesis como un verdadero pastor, y se acercó a la Consolación como un verdadero amigo.


     -No he encontrado –decía- otras hermanas como estas. Es menester protegerlas hasta lograr que, si es posible, las haya en todas las parroquias. 

      Y a este esfuerzo se dedicó, irradiando santidad.

     “Cuántas luces y consuelos he recibido hasta el día de hoy de este prelado. Me ha favorecido en estos años con su amistad y hasta dice, con toda sinceridad, que me admira. Eso me ha mortificado siempre, porque él sí es admirable, uno de esos hombres extraordinarios que Tú nos envías para que tomemos ejemplo. Ha sido para nosotras como un fundador y ha procurado que nos extendamos por toda la diócesis”.

     Imposible olvidar la primera visita que don Benito realizó a la Casa de Misericordia, casi recién llegado. Recorrió cada esquina y se interesó por todo. Luego, reunidas ellas en la capilla, las dirigió en la oración y les dijo:

    -Vosotras, santas esposas de Cristo, sois el mejor remedio para las necesidades de esta diócesis. Fuisteis llamadas a la vida religiosa no solo para asegurar vuestra salvación sino para convertiros en una propuesta viva y permanente contra el hedonismo del mundo y contra la distracción de los tibios. Recordad que los santos no llevan una vida mitigada.

     El corazón de María Rosa, a pesar de la fatiga del final, aún se henchía de agradecimiento por la protección y las enseñanzas que habían recibido de don Benito Vilamitjana.

    “Los santos no llevan una vida mitigada, Doloretes. Y tú le ofreciste al Amado, el día de tu profesión, el anhelo de ser santa”.

 

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     En 1863, España vivía una época de relativa prosperidad, sostenida sobre el peso de dos grandes políticos. Ramón María Naváez y Leopoldo O’Donnell. Un minúsculo brote de carlismo en San Carlos de la Rápita, junto a Tortosa, había sido sofocado, y toda la desazón provenía de los conflictos de ultramar: Marruecos, la Conchinchina –en el sureste de Asia-, Cuba y México. Eran lugares remotos a los que marchaban muchos hijos de payeses, en pos de quimeras y medallas, y de los cuales pocos regresaban. Sin embargo, de 1864 a 1868, la inestabilidad de fondo se tradujo en el ascenso y la caída de siete gobiernos, entre motines, algaradas y sublevaciones. La situación política, al límite de lo insostenible, anticipaba ya el abrupto final del triste y convulso reinado de Isabel II.

      Mientras tanto, las Hermanas de la Consolación se enfrentaban a contrariedades como la enfermedad de la madre Teresa Secall. La superiora de las dos comunidades de Castellón, cuya salud siempre había sido débil, trabajaba demasiado. Hubo que incorporarla a la Casa de Misericordia en un cargo de gobierno menos expuesto. Su lugar lo ocupó la madre Teresa Bartolomé.

     Por otra parte, el ayuntamiento de Tortosa anunció la creación de un instituto de bachillerato. Se instalaría en la Casa de la Enseñanza, el local que ocupaba el colegio. La comunidad y sus alumnas, expulsadas de la noche a la mañana, se alojarían provisionalmente en algunas habitaciones del hospital.

      “Me alarmé por aquel cambio, que perjudicaba tanto a las niñas. Pude convencer al ayuntamiento de lo insalubre del lugar al que nos mandaban, y lo poco apropiado que era para impartir educación. No conseguí que nos dejaran donde siempre habíamos estado, pero por lo menos alquilaron una casa en condiciones para alojar el colegio”.

       Como algunas hermanas estaban entristecidas por la mudanza, tuvo que decirles:

     -No debemos tener empeño en habitar espléndidos locales, sino en dar a las almas de nuestras alumnas una sólida instrucción. Y por ello, solamente Dios es quien nos tiene que recompensar.

     Muy pronto se les quedó pequeña aquella casa. El número de alumnas crecía también.

     Por entonces le llegaron noticias de que Gertrudis Sardá, una antigua compañera de la Corporación con quien había tenido mucha confianza, vivía en peligro. Era una de las hermanas que había colgado los hábitos a la vea que Luisa Estivill y se alojaba con otras seglares en una casita junto a la Prioral de San pedro, en Reus.

     “No lo pensé. Solo sentí que era Tu voluntad, Señor. Marché a Reus aquella misma noche y llegue al amanecer. Me dirigí directamente a la Prioral, como impulsada por Ti, que me avisabas: “Gertrudis está oyendo la Misa del alba. Sin saberlo aún, espera consolación”. Allí estuve, admirando cómo la luz resucitaba las formas puras de la iglesia de mi infancia. San Pedro era el lugar dónde Te recibí por primera vez, en el que me inflamaba la oración cuando vivía en mi casa y deseaba habitar la Tuya. El campanario gótico se elevaba hacia Ti, firme a pesar de haber contemplado tantas penas, y me parecía escuchar el tañido de la campana Petra Claudia que anunciaba la fiesta de la Misericordia. Entonces vi salir a Gertrudis y me impresionó su abatimiento. Me acerqué a ella y la dije sin más: “Vengo a buscarte. Te ofrezco albergue temporal y espiritual, amiga mía. Acompáñame a Tortosa”. Cuánto lloró entonces, con qué tristeza tan honda me abrazó diciendo: “Dichosa, dichosa ti”. Comprendí el profundo alcance de sus palabras y le respondí emocionada: “Allí podrás escuchar al Señor y comprender cuál es Su voluntad”.

     Gertrudis permaneció en la Casa de Misericordia durante una temporada larga, en la que lla la encomendó en la oración. Y decidió regresar a Reus. (Se tiene noticia de ella como Hija de la Caridad en el año 1889). Se marchó tranquila, confortada, más segura de sí y del valor de su vida. A cambio sus palabras –“Dichosa tú”- resonaron para siempre en el alma de María Rosa.

     Las buenas recomendaciones del obispo Vilamitjana se traducían en ofertas para el establecimiento de las hermanas en muchos pueblos y ciudades. El más insistente de todos fue Ulldecona, que las reclamaba para la atención del hospital y de una casa de enseñanza. Así, en 1864, tuvo ella que escribir al párroco.

     Tendrá Vuecencia que indicar a esos señores para que hagan la petición del número de hermanas y del objeto preciso para el cual son llamadas, en forma oficial, al Ilustrísimo Señor Obispo, nuestro Superior:

     Las actuales hermanas no son muchas, y no estando comprometidas podría disponer de ellas. Yo, de todos modos, quedaré complacida, pues no deseo más que el pobre sea asistido y Dios sea loado.

     Un nuevo hospital y un nuevo colegio, dos fundaciones más, y Teresa Secall, ya restablecida, como superiora de estas nuevas comunidades.

     Mientras tanto, la Casa de Misericordia de Tortosa seguía siendo su residencia diaria. Allí estaba el noviciado que era su delicia. Bajo el árbol del huerto, seguía impartiendo sus catequesis, esta vez con una curiosa invitada, una perdiz que se hizo amiga de ella, y se refugiaba en sus brazos. Y hasta aquel animalito la enternecía, como criatura de Dios.

     Le parecía muy importante hablar a las novicias del voto de pobreza.

     -En nuestras Santas Reglas queda escrito que tenemos vida común sin ser dueñas de nada, pues es lo que toca al corazón.

     A ella le hacía sufrir, desde muy joven, la constante lucha por vivir despojada de lo material. Todo le parecía superfluo, tanto que a veces algunas de las hermanas más cercanas le reprochaban con cariño que no gastaba ni un céntimo en ella. Claro que no, ya lo procuraba: los viajes, en lo más incómodo y duro; el hábito, requetelimpio, sí, pero requeteremendado también. Y si ya clareaba demasiado, pues reteñido.

     --Hijas, por el amor de Dios, no me insistáis –tenía que suplicarles-. El Señor nos castigará si no somos delicadas en el cumplimiento del voto de pobreza.

     Ahora se sonreía, pero en su momento llevó con un poco de disgusto el par de veces que le cambiaron las ropas viejas por nuevas durante la noche.

     “Yo no les decía nada. Las perdonaba, Señor. No comprendían que te ofrecía esa pobreza de mi hábito como purificación. Y sin saberlo, creyendo que me hacían un bien, en realidad me hacían llorar porque tenía que empezar de nuevo, desde el principio”.

     En 1865, por intervención directa de don Benito Vilamitjna que en todas partes actuaba como su propagandista, fundó en Mora de Ebro una comunidad para tender al nuevo colegio público femenino. El 7 de enero, día señalado para la inauguración, las hermanas y ella viajaron desde Tortosa en el vapor, subiendo el cauce del río. Iban acompañadas por el párroco de Mora, don Mateo Auzachs, el teniente alcalde y los principales señores de la Ribera. Aunque siempre le habían gustado los viajes lentos en barco, porque las aguas repletas de vida la acercaban al Señor, recordaba aquel mejor que ningún otro. Iba a fundar, llevaba con ella a sus hijas, todo era esperanza. Y era belleza. Cuánta poseían las orillas escarpadas del Ebro, donde los chopos y los cipreses se aferraban a las rocas para contemplar mejor el ancho caudal. La brisa templada, que en mitad del invierno anunciaba primavera, agitó los cañaverales y le pareció que estos susurraban el nombre de su Amado. Entonces, abrumada por Su presencia, tuvo que arrodillarse allí mismo, en cubierta, y abandonarse a la oración.

     Desembarcaron en Miravet, un bello pueblo apiñado en tormo a su castillo templario. Los organizadores deseaban que las hermanas entrasen en Mora por tierra y con toda solemnidad, así que, para su sorpresa, se encontraron en el muelle con dos tartanas adornadas con guirnaldas. Una banda de música las acompañó durante todo el trayecto. En la ciudad, las calles estaban adornadas con banderines, y de los balcones colgaban montones y tapices. Parecía la fiesta mayor. La gente se agolpaba de tal manera para verlas que apenas podían abrirse paso. Don mateo se vio obligado a refugiarlas en la casa parroquial y, una vez allí, le preguntó:

     -Madre Molas, ¿qué impresión le hacen tantas felicitaciones y tantos aplausos?

     Ella había respondido:

     -Todo sea para gloria de Dios y bien del prójimo, nada para nosotras.

     -Discúlpeme, madre, pero he notado que se mantiene usted embobada en Dios, y permanece orando incluso en medio de viajes y visitas. En el barco, mirarla cuando rezaba era como presenciar un encantamiento.

     Se azoró, como siempre que alguien atisbaba la experiencia que guardaba en el alma.

     -No diga usted esas cosas, por amor de Dios

     Enseguida tuvo aprecio a don Mateo, que era la bondad personificada y desde el principio ayudó mucho a las hermanas. El colegio –cuya superiora y directora era la madre Concepción Cancio- estaba situado en una casa particular de la calle de la Barca, cedida con ese fin por su propietario, y desde los primeros días se llenó de alumnas tanto de Mora como de los pueblos colindantes. Al poco tiempo hubo de abrir otro, de carácter privado, destinado a impartir segunda enseñanza a señoritas y asociado a un internado. Hasta aquel momento era el único de estas características en la congregación. El entusiasmo de la gente de Mora por este nuevo proyecto llegó al extremo de que el propio ayuntamiento inició una suscripción popular a la que contribuyeron prácticamente todos los vecinos. Con el dinero recaudado, se restauró la casona que había pertenecido a un médico y contaba con un amplio jardín. Don José Montagut, un morense muy rico de origen noble, regaló una preciosa custodia de plata para el oratorio. Ella la agradeció de todo corazón:

     Cuán grata impresión ha hecho en mí y en las hermanas. Usted puede estimarlo como se recibe un apreciadísimo favor de un fiel amigo.

     Contó siempre con José Montagut como aliado en Mora de Ebro y, efectivamente, fueron amigos.

     Aún recordaba a algunas alumnas, pues siempre los colegios y la infancia andaban hondamente en su corazón. Por ejemplo a una de las primeras que conoció allí, una chiquilla muy espabilada que se llamaba María Antonia.

     “Yo había ido a Mora para preparar la visita del señor obispo al colegio. Lo recibimos en el oratorio, rezamos la Salve, y María Antonia, con solo nueve años, declamó maravillosamente una poesía. Luego don Benito nos dirigió unas palabras y, para mi sorpresa, se dedicó a ensalzarme, como “alma que tanto quería a las alumnas y que tanto bien les hacía”. A mí se me saltaban las lágrimas, pero no de emoción como parecía, sino del disgusto que me estaba dando el obispo. Menos mal que luego, cuando se marchó, pude bajar ya más tranquila al recreo para estar con las chiquillas. Tenían señalados trocitos de jardín que ellas misma cuidaban y me los estuvieron enseñando. El más primoroso era el de maría Antonia, que había plantado azucenas. Tanto me gustó que le dije: “Estas flores simbolizan tu corazón. Cuida siempre, siempre, el perfume de la virtud”.

     Pudo hablar también con las hermanas destinadas allí, en lo que llamaban “las confrencias”.

     “En una de ellas, meditamos sobre la observancia y la vocación. Por lo que fuese, lloramos todas tanto que terminamos riendo porque aquello parecía un entierro. Por entonces fue cuando la madre Loreto creyó que me había disgustado. No fue así. Como me iba a disgustar con una hermana tan delicada con todos que, solo por ir yo a visitarlas, ya se emocionaba”.

     Para el reglamento del colegio e internado de señoritas quiso escoger un mensaje que le importaba mucho desde los tiempos en que impartía clase a las mayorcitas de Reus, e incluso desde mucho antes, cuando su querido fray Salvador hablaba de que ella poseía “inteligencia de varón”. Era este: el colegio jamás privaría a las alumnas de conocer los adelantos de última hora en cualquier materia. Todos aquellos que fuesen objeto de instrucción, formarían parte de su bagaje para que pudiesen progresar en la vida.

     En el verano de 1865 se declaró en el pueblo de Torroja del Priorat, relativamente cercano a Mora de Ebro, una epidemia de cólera. Rápidamente aquella enfermedad terrible se extendió por toda Tarragona y las provincias limítrofes. Los contagiados sufrían, de la noche a la mañana, la sed cruel, los vómitos, las diarreas y las convulsiones; luego, el sudor helado que anticipaba la muerte. Eran síntomas que para María Rosa habían quedado eternamente asociados a los últimos días de su madre.

     El cólera golpeó Mora de Ebro pero fue algo más benéfico con Tortosa. No obstante, el hospital se llenó de contagiados. Ella se se trasladó allí inmediatamente, para dirigir la marcha de los servicios y atender a todo como una más. Enseguida llegaron noticias de Ulldecona. Todas las hermanas de aquella casa estaban infectadas, y la de estado más grave era Teresa Secall, que había recuperado sus tareas de superiora. Pocos días antes había fallecido una hermana de Teresa, y ella, entristecida por no ir personalmente a abrazarla, le había escrito:

     De la misma forma que he tomado parte en las felicidades de Vuecencia, las tomo en sus sinsabores. Crea que siento mucho la dolorosa pérdida que ha experimentado con la muerte de su hermana, pues le daban derecho a tan entrañable afecto sus recomendables virtudes.

Primer tren Uldecona, 1865

     Conocía bien el dolor que un hermano perdido puede ocasionar al alma. Allí guardaba ella la imagen viva de José, encarcelado en Barcelona. Era un peso de plomo sobre su propia conciencia, sobre su oración y su paz interior. Pero la epidemia no daba tregua. Tuvo que ir ella misma a Ulldecona. Cuidó a las hermanas día y noche, hasta que superaron la fiebre y entraron en convalecencia. Y entonces fue cuando cayó contagiada.


Preso de les Corts

     “El mal crecía, pero permanecí tranquila, con la pequeña esperanza de acercarme ya del todo a Ti, Señor. Pero no quisiste, me quedaban pasos que andar y moradas que escalar”.

     Se recuperó, no sin haber preocupado muchísimo a los médicos que la trataron. Uno de ellos, después de sangrarla, se puso a dar patadas al suelo de lo mal que veía la situación y fue ella misma quien tuvo que calmarlo. De regreso a Tortosa, favoreció que sus hijas convalecientes pudiesen pasar algunos días en la Misericordia para seguirlas cuidando como una madre. Tenía mucha confianza en el buen influjo de aquel huerto de frutales. Y, por qué no confesarlo, también la tenía en la fuerza reconstituyente de sus amarguillos y sus carquinyols. Sinn embargo, su propia salud había quedado muy quebrantada: sufría dolores intensos al caminar o al moverse, se ahogaba después de cualquier esfuerzo, sentía una debilidad extrema en las piernas, y las noches de vigilia comenzaban a pasar factura en forma de un cansancio terrible, que tomó como una nueva prueba de purificación.

    

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Casa de beneficencia Castellón

     Se avecinaban tiempos convulsos, ella los veía llegar, informada como estaba por los periódicos. Las revoluciones no estallaban sin avisar; se han gestado poco a poco, en las decisiones políticas, en el malestar social, como nubarrones que, al alcanzar el punto de saturación, desencadenaban la tormenta.

     Nubarrones muy grises eran las dificultades que les ponía el ayuntamiento de Castellón. Acababan de promulgar una orden para limitar el número de religiosos que podían servir en los establecimientos benéficos de la ciudad. A las Hermanas de la Consolación les afectaba de lleno, pero María Rosa acató con humildad la orden y, como había hecho otras veces, dejó hablar al tiempo. Poco después, cuando los señores políticos comprobaron que para la buena marcha de un hospital provincial hacían falta todas las hermanas que estaban desde el principio, ella escribió pacientemente una nueva solicitud, ya que la experiencia pasada hace comprender que se debe volver al número primitivo. No obstante, como se demoraba la respuesta, hasta el padre Sebastián León tuvo que hacer gestiones.

     Otros ayuntamientos, sin embargo, la solicitaban. A comienzos del año 1867, fundó en Burriana una nueva comunidad con doce hermanas cuya superiora era la madre Josefa Solá. Las había elegido por su observancia u anhelo ardiente para la virtud, pues el Señor se apacienta entre las almas virtuosas. Se encargaría a partir de ese momento del hospital, que estaba adosado a la ermita de san Blas y hasta entonces había sido atendido solo por un labrador en funciones de enfermero. Nadie mejor que usted puede hacerlo –le escribió la junta local-. Ella misma planificó las obras de reforma que debían ejecutarse en el edificio, y escribió en una lista los instrumentos y enseres que se necesitaban para atender a los enfermos. Con una sonrisa en el corazón, recordaba los antiguos planes de Tinet para hacerla constructora. “Si vieses que ya lo soy, querido amigo”. Pensaba. Poquísimo después comenzaron a hacerse cargo del colegio de niñas adosado también a la ermita.

       Antiguo hospital de Burriana (hoy demolido)


El primero de marzo vieron la luz dos nuevas comunidades. El ayuntamiento de Villareal teniendo en cuento los grandes elogios que se hacen del resultado obtenido en los establecimientos mantenidos por estas monjas, les encargó renovar el antiguo hospital, un monumento edificado por Jaime I en el siglo XIII. Contaba con un parvulario anexo, que enseguida derivó en colegio. Como superiora nombró a la madre Isabel Agné, a quien los enfermos definían como “luminosa y santa”. Había profesado muy joven, junto a sus tres hermanas, pero solamente ella había perseverado. Las otras Agné habían abandonado la congregación después de innumerables conflictos que le habían costado a ella palabras severas y dolores profundos.

     El Señor la perdone de cuantos disgustos y escándalos ha dado en la religión y el mundo recibirá, pidiendo le conceda vida para arrepentirse.

     En estos términos tuvo que escribir a Magdalena Agné. Y aunque la pluma le temblaba al trazar estas palabras, sabía que eso era lo que le debía decir.

     “Todo lo dispuse, menos aquello que comprometiera mi conciencia o ultrajara la congregación”.

     Pero el año venía fecundo, y a los pocos meses fundó una nueva casa en Vinaroz. Era un empeño especial del obispo Vilamitjana por su amistad con el alcalde, don José Rafels, que era un hombre sabio y justo. Se trataba de atender el hospital de San Francisco, segundo en importancia de la provincia. La madre Ana María Martínez, muy joven por entonces, sería la superiora. Cuando se enteró del nombramiento le dijo temblando:

     -Madre María Rosa, yo por mi poca virtud no sabré desempeñarme bien en ese cargo.

     -Pues desempéñelo a su manera, que el Señor no le pedirá más.

     Aunque su mala salud arreciaba y le costaba moverse, no paraba quieta. En las primeras semanas ella misma atendió a los enfermos de Vinaroz, como una más. Igual que a los dieciocho años, iba de cama en cama mirando a los ojos, porque todos aquellos seres dolientes eran para ella personas plenas de dignidad, redimidas por la Cruz. Así que les hablaba como si se dirigiese a reinas y reyes:

     -¿Qué se le ofrece? Mándeme por caridad.

     Y sus hijas la imitaban. Durante su estancia se le acercó una muchacha de allí que deseaba conocerla. Se llamaba Paula Paulo Llatcer, y en pocos días se tuvieron confianza porque una y otra se reconocían rasgos comunes, de humildad y de profundidad. Tanto fue así que, a la hora de regresar a Tortosa, le preguntó si desearía conocer la Casa Madre de la orden. Paula dijo que sí, convivió un par de semanas con las novicias y decidió permanecer allí para siempre. Al lado la tenía, con el nombre religiosos de Luisa, siempre cercana como una hija, hasta en esa hora de la muerte.

     Desde luego, visitaba todas las fundaciones con frecuencia, les llevaba paquetitos de dulces caseros y cuadros bordados por ella misma o por las alumnas de Tortosa, se arremangaba para barrer y fregar lo que hiciese falta, visitaba de noche a los enfermos con su eterna pregunta: “¿Qué se le ofrece? Mándeme poro caridad”. Y cuando hablaba a las comunidades transmitía su propia emoción:

     -Aparte de las muchas obras de caridad, que tienen un mérito inmenso, hay ocasión para hacernos muy perfectas. Debemos estar dispuestas a dar pruebas de verdadera caridad y afecto con los pobres y con la ciudad que nos acoge.

     Luego se asombraba de que todas recordaran sus palabras, como si les quedaran impresa de forma indeleble.

     “Señor, por Tu misericordia, y sin ningún mérito nuestro, a lo menos de mi parte, parece que querías propagar y dilatar nuestra congregación en varios puntos de la diócesis y fuera de ella. Cuántas gracias debo darte, dulzura mía, por el hábito que he llevado.”

     A pesar de la enorme alegría que daba a las hermanas en aquellas visitas, que eran fiesta mayor para los colegios y hospitales, los viajes comenzaban a hacerse duros. Su salud estaba muy castigada. Recordaba uno especialmente difícil, de Castellón a Tortosa. La acompañaba una hija queridísima, María Vicenta de San José. El invierno era crudo y, aun tan cerca del mar, nevaba en las cotas más altas de la sierra de Irta, cerca de Alcalá de Chivert. En uno de los badenes del camino, se rompió una rueda de la tartana. Como tenían que refugiarse de la ventisca, se acercaron a una cabaña tan miserable que más parecía un establo, porque el suelo estaba cubierto de estiércol y el hedor era repugnante. Para colmo, el cochero refugió también allí a los caballos. La madre Vicenta, entre indignada y compungida, le decía:

     -Ay, este no es sitio para la superiora.

     ¿Cómo que no lo era? Su Amado había nacido en un establo durante una noche fría como aquella. ¿Quién era ella para pedir algo mejor? Una mujer corriente, tan mala que el Señor terminaría por castigarla. Esa era la verdad de lo que sentía, así que respondió:

     -Vamos a dar gracias a Dios que nos da tan buen aposento.

     Aquella afirmación estaba tan alejada del cinismo o de la broma que la madre Vicenta no pudo responder.

     Ella tenía mucha confianza con esta joven recién consagrada: le reconocía sensibilidad y capacidad de observación. Tanta que descubrió enseguida sus mortificaciones y, como era muy leal, se lo confeso:

     -Madre he descubierto cosas que usted no quiere que sepa nadie.

     -Madre Vicenta, no me asuste. ¿Qué es lo que ha descubierto?

     -Que se quita comda para darla a alguna hermana más delicada; que aguanta el dolor de piernas y permanece de pie, atenta, cuando tantos y tantos le vienen a hablar y pasan horas contándole sus cuitas; y lo mismo hace en los viajes y las visitas: aguantar atenta y sonriente con todos aunque le duela la cabeza, que se lo he notado. También he descubierto que le ha salido una llaga enorme en la pierna y no se la quiere enseñar a nadie; que siempre se deja en el plato lo que más le gusta, y parece que come pero no come; que en verano cierra la ventana de su despacho para pasar calos a propósito; que…

     -Por amor de Dios, no siga que me avergüenza. Todo se lo ofrezco al Señor, que es mi dulzura, y lo sufro con gusto. Esas cosillas sin importancia sirven de mala manera para purificarme, y estar así un poquito más cerca de Él. Le pido por caridad que no cuente estas cosas a nadie.

     -Así lo haré, madre.

     -Dios se lo pague.

     ¿Puedo decirle otra cosa?

     Sí, hija, sí.

     -Verla rezar con la cabeza inclinada y adorar de esa manera al Crucificado da devoción.

     Ella guardó silencio. En efecto, pasaba las noches enteras velando y notaba que ya no hacía ningún esfuerzo para estar completamente absorta ante el Señor. Él la acogía. Él infundía en su alma la oración de quietud.

     La madre Vicenta también guardó silencio sobre sus descubrimientos. Aún seguía a su lado y en estos días de la última enfermedad la estaba cuidando con mucho cariño.

     De aquellos años de constantes viajes atesoraba muchos recuerdos porque los largos trayectos y las aventuras en diligencias y posadas le permitían conocer mejor a sus hijas. Se sonreía al rememorar un larguísimo viaje de Tortosa a Vinaroz, acompañada de la madre Loreto Ortiz. Como ella se había negado a avisar de la llegada, porque le mortificaba que le ofrecieran alguna casa señorial para alojarse, pararon en una fonda donde ni siquiera había sillas. Aquella noche, en la oración, pudo ofrecer al Señor un dolor de espalda y de piernas tan atroz que todavía lo recordaba.

     Pero le dolía más la otra pena que provenía del colegio de Ulldecona, donde una hermana se comportaba de forma poco ejemplar. Había sido la primera novicia de la congregación, recibida y formada por ella como una hija, y querida de la misma forma; tal vez por eso no la había despedido a tiempo. Y se arrepentía. Por supuesto escribió al capellán, pero no pudo evitar las lágrimas:

     Pero no tiene para qué tanto impresionarse de la señora superiora, pues ese mal modo sabe ella cómo se ha repetido conmigo y para nada me he acordado de mi superioridad, tan sólo por el mal ejemplo que tales hermanas causan a la comunidad.

     El camino era muy exigente, quienes estuvieran imposibilitadas de seguirlo, por mala voluntad o malas disposiciones, quienes no tuvieran espíritu para obedecer, debían escoger otro, sencillamente.

     Sus tareas como superiora con tenían también mucha prosa. Con frecuencia tenía que decir a las comunidades: “Los presupuestos son ligeros y las deudas pesadas”. Ambas eran grandes verdades. En Tortosa, el ayuntamiento retrasaba el pago a las amas de cría de los recién nacidos acogidos en la Misericordia. Las dificultades de aquellas mujeres llegaron al extremo de que, en señal de protesta, dejaron de alimentar a los niños y se marcharon. Ella se vio obligada a escribir por enésima vez al alcalde para exigirle que enviase las ayudas pactadas, pero no pudo impedir que tres de los chiquitines murieran de hambre. Qué horas fueron aquellas en las que acercaba pañuelos empapados en agua de arroz a los pequeños labios amoratados por el llanto, y acunaba los cuerpecitos laxos mientras suplicaba un milagro del Señor. Las tres muertes inocentes le dejaron en el alma una cicatriz enorme y lloró a aquellos infortunados como si hubiesen nacido de ella. No dejaba de pensar que había sostenido entre sus brazos el dolor y el desamparo de la Pasión de Cristo.

     A cambio, comenzó a recibir clases de dibujo del famoso artista tortosino, Juan Cerveto. Siempre le habían gustado las artes plásticas, tenía gusto y buena mano desde niña, y encontró en Cerveto a un admirador ferviente de la Consolación, tanto que se ofreció para impartir clases también a las hermanas que llevaban la escuela. Recordaba una vez que le dijo al pequeño Antonio, uno de los muchos hijos del artista que siguieron luego los pasos familiares:

     -Qué generoso es tu padre, obsérvalo mucho y aprende de él.

     Y el chiquillo había respondido:

     -Mi padre la venera, madre María Rosa.

     La calma de aquellos pocos días era como la del aire silenciosos y quieto que precede a una gran tormenta. La memoria se acercaba a 1868, un año que hubiera preferido borrar del calendario de aquel siglo siempre cruel.

     Comenzó con una buena noticia: el 4 de enero, don Benito Villamitjana la confirmó en el cargo de superiora general de la congregación y constituyó su consejo de gobierno, nombrando consiliarias a las madres Teresa Bartolomé y María Castells. Ese mismo día se aprobaron los nuevos estatutos reformados y la regla común de las Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación. Aún podía recitarlos de memoria:

      “Artículo 3. Apreciarán la salvación de su alma más que todas las cosas de la Tierra, y no omitirán medio alguno para conservarse en gracia de Dios…

       Artículo 4. Practicarán todos sus ejercicios tanto espirituales como corporales, con espíritu de humildad, sencillez y caridad…

      Artículo 6. No tendrán apego a cosa alguna…

      Artículo 7. Llevarán con gusto, por amor de Dios, todas las incomodidades, contradicciones, burlas y calumnias… “.

     -Ha descrito Vuecencia un carisma para nosotras –dijo al obispo con profundo agradecimiento. Y se quedó asombrada e incluso triste cuando este, con toda seriedad, le respondió:

     -Es su retrato, madre Molas. El carisma de la Congregación es usted.

     No pararon aquí los bienes que recibían de aquel generoso aliado. El obispado se comprometió a abonar el alquiler de una casita con huerto, aneja a la Misericordia, para que el noviciado, lleno ya de vocaciones, pudiera instalarse en un lugar más digno que la vieja buhardilla. Animada por la amistad de don Benito, se atrevió entonces a pedirle ayuda para un problema que le preocupaba: las frecuentes enfermedades pulmonares de las hermanas. Trabajaban demasiado, a veces pasaban muchas horas en contacto con tuberculosos, sobre todo las que atendían el hospital. Alguien le había dicho que en el macizo del monte Caro, vigía de Tortosa, se hallaba una casita deshabitada que pertenecía al obispado. La llamaban la casita del Canonges y estaba oculta entre los bosques de pino rojo, junto a una fuente medicinal de aguas ferruginosas. Consiguió la llave y con ella un lugar aireado, de vistas maravillosas sobre el campo y el mar. Allí podrían convalecer todas las hermanas que lo necesitasen.

     -Tiene usted una forma de caridad muy ingeniosa, siempre está llena de ideas, madre Molas –le dijo don Benito. No era la primera vez, se lo había repetido muchas veces.

     Pocos días antes había redactado su primera Instrucción escrita para las hermanas. Lo hizo con muchísima emoción, con cuidado, después de una intensa oración. Era un documento destinado a permanecer.

     Hemos venido a coronar tan laudable resolución de nuestros votos de pobreza, castidad y obediencia, con el sacrificio de nuestras vidas por nuestro prójimo, en lo cual nos asemejamos a nuestro divino Redentor, que sacrificó la suya por la eterna nuestra.

      Obediencia, Cruz, Redención… Más palabras de su vida.

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     Uno de los mayores cambios sociales de aquellos años había sido la proliferación de funcionarios. Durante el tiempo que llevaba argumentando con alcaldes y fuerzas vivas, ella había presenciado esa transformación, sigilosa tal vez pero imparable. Si fundar la Consolación requirió un par de cartas manuscritas y la conformidad de dos personas, ahora hacían falta decenas de sellos, formularios e instancias. Lo que antes se hablaba, ahora se escribía por triplicado; si ayer había que obedecer la voluntad de un alcalde, hoy debía esperar el acuerdo de veinte concejales reunidos en asamblea. Y en aquel año 68 todos ellos viraban, claramente, hacia poner trabas a las órdenes religiosas. Por ejemplo, para dificultarles la dirección de colegios públicos, se dictó la obligatoriedad de que todas las maestras contaran con titulaciones oficiales. No era una norma descabellada, tenía lógica para las nuevas incorporaciones, pero había muchas hermanas probadas por los años de experiencia, el progreso de sus alumnas y la satisfacción de las familias, a quienes, de la noche a la mañana se les impedía ejercer. Mientras no se titularan, que llevaba su tiempo, la congregación no podía responder a la cantidad de ayuntamientos que las demandaban para llevar colegios. Así que, asesorada por don Pedro Joaquín Soler, un buen amigo que era inspector de educación en Tarragona, se decidió a solicitar una autorización para abrir centro privados. La destinataria de aquella carta era nada menos que Isabel II; y el momento histórico, las vísperas de su exilio. Sin embargo el ruego de María Rosa llegó a tiempo. En el mes de mayo recibió la autorización de la Dirección General de Instrucción para la apertura de sus colegios. Era un nuevo horizonte y un maravilloso reto.


     Aun así, los problemas aumentaban. El ayuntamiento de Castellón le hizo llegar una queja sobre las hermanas que atendían el hospital. Una nimiedad –habían llamado la atención a un enfermero negligente- servía para desacreditarlas. Pero ella, que en su oración nocturna se anonadaba ante el amor de Dios, no se arredraba de día ante la mezquindad de los hombres, y con la misma decisión con que se había plantado ante el general Zurbano, o ante aquel jurista que quiso comprar el huerto de la Misericordia, escribía cartas en las que sacudía amablemente a los alcaldes por las solapas.

     No deja de merecer ese señor un correctivo por la desobediencia que tiene a las hermanas… Dígale Vuecencia al enfermero que mire con más delicadeza lo del prójimo, pues yo miro con mucha veneración la conducta de las hermanas. (Carta de la madre Molas, 15 de agosto de 1868)

     Al comentar la carta con la madre Brígida, que acababa de tomar el hábito allí en Castellón, esta le había dicho:

     -Me parece usted la viva imagen de santa Teresa, madre.

     -Pero ¿Cómo se le ocurre esa comparación, hija mía?

     -Por el celo que tiene de nuestras almas, cuando nos dice que escuchemos al espíritu y no a la naturaleza. Pero también por su amabilidad y la alegría con la que me ha recibido, a pesar de todas las trabas que puso mi familia.

     -Ahora que ya la tengo aquí, si su familia trabaja para hacerla salir, yo haré lo posible para que no salga.

     Se le había acercado entonces la madre Bienvenida, que también acababa de profesar, para confesarle una tristeza que le pesaba. ¿Qué responder salvo aquello que era primer objeto de su contemplación?

     -Hija, en el Calvario, a los pies del Señor, se halla todo consuelo.

     Allí habitaba ella cada día y cada noche, en el oratorio y en su alma.

     Los progresos del siglo iban a facilitar los viajes por Cataluña y Levante. En el mes de junio se inauguró en Tortosa, con toda pompa, el nuevo puente sobre el Ebro que formaría parte de la vía férrea Tarragona-Valencia. Para las comunidades de la Consolación equivalía a una columna vertebral que las uniera. Por supuesto, si la fundadora debía emplear aquel adelanto tendría que saber antes lo que costaba el billete. La pobreza seguía siendo, y cada vez más, su forma de vida.


     Se acercaba el 8 de septiembre, fiesta de Nuestra Señora de la Consolación, y con la ayuda de las hermanas más cercanas compuso una oración a la Virgen, a la cual llamó Ofrecimiento anual.

     Proponemos, Señora, mediante la asistencia del Espíritu Santo, teneros un singular respeto y una particular veneración. Que esta comunidad de hermanas os tenga siempre como única y verdadera madre.

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     El 17 de septiembre de 1868 concluyeron los treinta y ocho años de reinado de Isabel II. La revolución que la expulsó del trono fue llamada Gloriosa por sus partidarios y Septembrina por sus detractores. Con dos décadas de retraso frente a la Europa revolucionaria del 48, hizo despuntar en España a una clase media pragmática, con ansias de libertad y progreso, y a una hornada de políticos que provenía de ella por primera vez, y no del ejército o la aristocracia.

     Como todas las revoluciones, la del 68 partió de la conjunción entre una grave crisis política y una grave crisis económica que desencadenador de inmediato el malestar social. Como epicentro se hallaba el trono de los Borbones.

     La crisis política había nacido con la propia Isabel II, monarca constitucional de un país en el cual dos Constituciones sucesivas (en el 37 y en el 45) no se habían obedecido. En aquel momento existían cuatro partidos: los moderados, que llevaban ya veinte años en el poder, respaldaban a la reina y recibían su apoyo, pero estaban cercados por la corrupción; los progresistas, para quienes expulsar a los moderados implicaba derrocar la monarquía; los liberales, que defendían a duras penas una posición centrada; y los demócratas, aupados por el ámbito universitario, que defendían ideas modernas, como los derechos humanos y el sufragio universal. Por supuesto, ni sus líderes ni los partidarios de unos y de otros deseaban entenderse. Al mismo tiempo, la situación económica era muy preocupante. Aumentaba la pobreza, no podía negarse. Las hermanas la veían a diario y sabían que la caridad aliviaba sus manifestaciones pero no sus causas. Por todas partes brotaba una nueva forma de indigencia, la de quienes habían tenido trabajo y lo habían perdido. Eran los campesinos que, olvidando sus cultivos tradicionales, se habían supeditado a la demanda y al poco se arruinaban por la competencia con los productos extranjeros; o los pequeños artesanos a quienes la desaparición de los gremios había convertido en obreros de fábricas que terminaban cerrando. La natalidad había descendido de forma alarmante, y las dificultades para alimentar a los hijos empujaban a muchas madres a abandonarlos como expósitos. Las colonias americanas, independizadas desde hacía décadas, acogían a miles de migrantes en busca de alguna oportunidad. Y la reina, aislada en su palacio, no se enteraba de nada, o al menos eso decían.


     De la confluencia de tantas causas surgió la revolución, afianzada en el descontento de la burguesía ciudadana y no solo de las masas de obreros. Su cabeza fue el jefe del partido progresista, un viejo conocido de María Rosa y de Reus: Juan Prim. En los años en que ella fundaba comunidades de la Consolación, el Joanet rubito de la plaza Mercadal había sido gobernador de Puerto Rico, capitán general de Granada y comandante en jefe en las guerras de Marruecos y de México. Como le había sucedido en otras ocasiones, preparó la rebelión desde el exilio, pero el ejército le adoraba porque era un hombre eminentemente honesto, y lo siguió.

     El 17 de septiembre, el almirante Juan Bautista Topete proclamó en el puerto de Cádiz el primer grito revolucionario: “¡Viva España con honra!”. En pocos días, la mitad meridional del país se unió al alzamiento. Antes del final del mes, se habían sumado Aragón y Cataluña. La reina, que estaba veraneando en San Sebastián, partió inmediatamente para Francia.



     La primera tarea del nuevo gobierno provisional, al mando del general Serrano, era reunificar el poder, para lo cual debía controlar las juntas revolucionarias que se habían creado en todos los municipios. Sus miembros no eran obreros o payeses sino la que comenzaba a llamarse “clase media”: abogados, profesores, comerciantes, empresarios y hasta políticos de tendencia fuertemente anticlerical.


     El 30 de septiembre, la junta revolucionaria de Tortosa se pronunció a favor de la soberanía nacional. En el plazo de veinticuatro horas fueron expulsados los jesuitas, que regentaban un enorme colegio y convento en el Jesús, y sus alumnos se incorporaron al Instituto. Además, se exigió, al obispado que cediera a la ciudad varios edificios, se prohibió celebrar cualquier acto religioso fuera de las iglesias, se declaró la libertad de culto y fueron secularizados los cementerios. En toda Cataluña, solo la junta de Reus había distado medidas tan restrictivas para la iglesia.

     En la Casa de Misericordia la noticia produjo una enorme conmoción, que se redoblo a los pocos días con uno de los primeros decretos promulgados por el gobierno central: debían extinguirse todas las congregaciones religiosas fundadas con posterioridad al año 1837.

     Ella recordaba perfectamente cómo se enteró. Era una mañana preciosa, que a finales de otoño conservaba aún aromas de verano. Muy a primera hora, después de Laudes, podaba unos arbustos del huerto, y ofrecía al Señor el enorme esfuerzo porque el dolor de espalda le impedía moverse con soltura. Entonces vio llegar al padre León. Traía el rostro demudado y agitaba en las manos el periódico el pensamiento español.

     -¡Madre, mire!

     La noticia de la supresión ocupaba la portada.

     -¡María Santísima, ruega por nosotros!

     -La fecha que han marcado se lleva por delante a la Consolación.

     Sí, padre. Voy a escribir enseguida a don Benito Vilamitjana. Todo sacrificio será escaso si, con la protección de Nuestra Santísima Madre, salvamos la congregación.

     Así lo hizo, y aquel pastor que se había volcado siempre en su rebaño le respondió a vuelta de correo: “Pídanme ustedes si tienen necesidad y las socorreré. Cuando nada me quede, las avisaré, y entonces… Dios se apiadará de nosotros”.

     Afortunadamente, la protesta de los obispos de todas las diócesis ante le gobierno fue unánime. En el decreto había quedado en letra pequeña un inciso al que pudieron aferrarse: se conservarían las congregaciones que se ocuparan de la enseñanza y la beneficencia.

     Ellas están dedicadas a la enseñanza y la beneficencia, y ni siquiera tienen casas propias, por lo cual, y según el propio decreto admite, han de conservarse. (Carta de don Benito)

     Así escribió Vilamitjana al ministro de Justicia el 30 de octubre, en defensa de María Rosa y las Hermanas de la Consolación. Desde entonces cuántas gracias había dado ella al Señor  por poner en su camino aquel instrumento de Su misericordia.

     A pesar del frágil equilibrio político, la revolución se dio por terminada el 13 de diciembre, y se convocaron Cortes Constitucionales para el mes de febrero de 1869. Sin embargo, el respeto que las autoridades de Tortosa habían mostrado siempre por María Rosa se había trocado de repente en persecución y crítica. Comenzaba en su vida como fundadora un prolongado Vía Crucis.

     “Debía ser así, Señor. Me había resultado todo muy fácil durante aquellos años, debía probar al menos una gota de tus dolores”.

     No todo iba a ser cruel, sin embargo. En el borrador de la nueva Constitución, el gobierno estableció una prerrogativa de amnistía para los condenados por delitos económicos durante el régimen anterior. En cuanto la ley estuviera promulgada, a José Molas le sería permitido solicitar oficialmente el indulto. Ella, que había ofrecido tantos sacrificios por el perdón a su hermano, agradeció con lágrimas aquel regalo del Señor.

     Inmediatamente José, confiado y pródigo como siempre –y antes de haber salido dela cárcel- ofreció alojamiento a su hermana en el caso de que se extinguiera la congregación. Ella le escribió con mucha ternura.

     Aprecio mucho la propuesta que tanto tú como Carmen me hacéis. Ya habrás visto el buen resultado del decreto y, por lo tanto, por el presente, no tenemos que lamentar ninguna alteración en el instituto, esperando podremos seguir, con el apoyo de Dios, en nuestras benéficas tareas. – Creo es ocasión de no malograr la amistad a favor de su extrañamiento, que deseo puedas comunicarme cuanto antes tu completa libertad. (Carta de María Rosa, finales de 1868)

     La primera estación del Vía Crucis fue resolver algunas rivalidades entre las hermanas, que subieron de tono a causa de los nombramientos de las nuevas consiliarias y de algunos traslados. Las corrigió sin andarse por las ramas, pero serena, como solía.

    -Veo que hay fiebre espiritual moderna, que se mueren por el orgullo y el mando. En este siglo los escrúpulos comienzan por el más refinado orgullo y satánica murmuración, pero la congregación no se puede ultrajar por un capricho.

     El interés, el objetivo, estaban siempre fuera de ella, por eso era justa.

     Sin abandonar las dificultades inevitables en una orden religiosa que se iba haciendo grande, comenzó la segunda estación de su Vía Crucis, en la cual padeció a los políticos.

     En febrero de 1869, el ayuntamiento de Tortosa decidió trasladar el hospital al enorme convento que habían dejado vacío los jesuitas en Jesús, muy cerca de la Casa de misericordia. Antes del traslado se realizó una inspección escrupulosa del trabajo de las hermanas. Como no se encontró nada irregular, se revisó de nuevo. Por fin, después de muchas pesquisas, descubrieron un hilo: el libro de entradas y salidas no lo llevaba personalmente la madre maría rosa como superiora, sino un administrador nombrado por ella y de su confianza. Se calificó a aquel buen hombre como “sujeto ajeno y extraño a la Casa” y se consideró que aquello era “una notable infracción a las reglas del establecimiento”. La pagaría con acoso, pero no en el hospital sino en el colegio porque echarlas de allí era el auténtico objetivo.

     En un primer momento, intentaron suprimir del presupuesto municipal su asignación como maestras. Como lo prohibía una orden del gobernador de Tarragona, promulgada en el 57 pero todavía en vigor, decidieron obligarla a residir de forma permanente en el recinto escolar. Iba a ser algo penoso para ella porque la obligaría a desplazarse cada día a pie desde la zona alta de la ciudad hasta el hospital, el noviciado y la Misericordia, que estaban al otro lado del Ebro. Sin embargo, no protestó. Como única respuesta, se refugió dentro de sí misma, entregada noche tras noche a la contemplación del Crucificado. A los pocos días recibió una asombrosa carta:

     Obedeciendo la superiora a sugestiones de una naturaleza incalificable, con una resistencia pasiva incomprensible, ha dejado de cumplimentar las órdenes recibidas. Es una conducta nada conforme a los hábitos de obediencia que está obligada a seguir por su sexo, por el carácter religioso de que está revestida, y por el desempeño inferior que ejerce bajo la superioridad y mandato del ayuntamiento popular.

     Teniendo a su cuidado una plaza de maestra de niñas de esta ciudad y teniendo presentido que, sin alegar excusa legítima, la abandona en manos de ayudantes ineptas, burlando así la confianza de los padres y de las mismas autoridades, procure cumplir con su deber desempeñando personalmente dicho cargo, y otra vez haga lo posible porque su conducta no merezca el desagrado de este ayuntamiento que en caso de reincidencia acordará lo que en justicia procediera.

     “Sí, así fue. Quedaba escrito. Y para mí, Señor, fue como almíbar que me dabas a probar. Tal vez me amabas cuando me permitías experimentar un sufrimiento que me acercaba un poco, solo un poquito, al tuyo”.

     Como si la horrible injusticia hubiese abierto el cofre de un tesoro, en lo íntimo de su corazón supo que era toda para Él. Había actuado, vivido y trabajado en el mundo por amor a Él, pero el mundo le hacía saber que era extranjera. Su vida, su patria, estaban en Él.

     A partir de entonces, su oración incluyó la experiencia de una presencia divina cierta. Después le quedaba el alma segura de haber recibido la visita del Señor, aunque el cuerpo, ya muy frágil, se le quebraba. Le parecía imposible que Él la hubiera escogido para experimentar aquella felicidad y guardaba silencio incluso ante el padre León, que por otra parte apenas le preguntaba aunque se notaba que estaba muy impresionado. Cuando a las hermanas que la tendían les parecía ella deprimida y falta de fuerzas, las escuchaba sin defenderse: “Acierta edad ya no está una para nada”, les decía. Padecía dolores de cabeza intensísimos y se anunció una nueva congestión cerebral.

     En cuanto pudo pasó a residir en la escuela tal como le habían ordenado, pero la atención al resto de las casas se resentía y, a causa de la supresión de las subvenciones, comenzaban a pasar serios apuros. El obispo, fiel a su palabra, acudió en su ayuda aportando dinero, con frecuencia en pesetas, la moneda que se había instaurado como divisa para unificar el sistema. A cambio, recibía ella cada día una queja por “no haber prestado las atenciones debidas” a tal concejal, porque “debía pormenorizar más el inventario del material escolar”, o por cualquier otra ocurrencia. El acoso era continuo, pero ella oraba y soportaba.

     Surgieron nuevos problemas, esta vez en Ulldecona. El ayuntamiento, que llevaba años intentando echar a las hermanas del hospital y la escuela, había decidido exigirles que juraran fidelidad a la nueva Constitución si no querían ser destituidas inmediatamente de sus cargos. “Ocurrencia de alcaldes”, dijo ella con buen humor a la madre Teresa Bartolomé. Luego argumentó como siempre, con serenidad y con peso, porque ya estaba acostumbrada a los políticos y en lo que afectase a sus hijas no pensaba ceder. Así que explicó por escrito y con didáctica cortesía, que las hermanas no eran funcionarias del Estado. Como no había noticia de que en parte alguna se hubiese tomado tal juramento a los ciudadanos particulares, “esperaría con calma que se requiriese por parte del gobierno central ese juramento a todos los casos análogos que hubiera en el reino”. La respuesta del ayuntamiento fue retirarles inmediatamente la subvención. El pueblo de Ulldecona, indignado con sus gobernantes, convocó al día siguiente una manifestación multitudinaria de protesta que ocupó las calles. El resultado final de aquel lance quedó por escrito: el ayuntamiento “haría el sacrificio de mantener a las hermanas puesto que tan útiles eran a la población”.

     Para que olvidase tantos sinsabores, recibió de su obispo benefactor el mayor regalo que hubiera podido soñar: le fue concedido permiso, junto a dieciocho de las hermanas, para profesar al fin sus votos perpetuos. El propio don Benito Vilamitjana presidió la ceremonia solemne, que se celebró el 31 octubre de 1969 en el diminuto oratorio dispuesto por ella misma en aquel colegio donde estaba obligada a residir.

     “Si la vida de una pecadora pudiera tener cimas, aquella, Señor, hubiera sido la mía. Una promesa solemne de fidelidad a Ti para el resto de mis días, ¿qué más podía desear?”.

     Pero aquel era un verdadero Via Crucis, y por tanto una subida al Calvario. En busca de algo que pudiera enervar a la imperturbable madre Molas, el ayuntamiento de Tortosa decidió que se trasladara la escuela a un nuevo local, en la calle Montcada, con la obligación de que ella residiera en la casa aneja, que estaba semiderruida y era insalubre.

     “Mi instituto está sujeto a ciertas reglas de decoro, decencia y aislamiento”, escribió ella, verdaderamente impresionada por las condiciones de sitio, que no ofendían a su voluntad de pobreza sino a su pudor, puesto que las grietas de las ventanas rotas permitían que su dormitorio se viese desde la calle. No obtuvo respuesta y debió instalarse en aquel chamizo. La oración iba con ella siempre, pero el cuerpo protestaba y sufrió estando allí un agudísimo dolor de vientre que no cedía ante ningún remedio. De vez en cuando la sacudían violentos ataques de tos y hasta expulsaba esputos de sangre. Don Ángel Lluis, su médico, tuvo que sangrarla varias veces. Ella misma supo, por la profundidad del sufrimiento, que se le anunciaba cual sería la causa de su final. En los ojos espantados del padre León al visitarla, y en la aflicción de las hermanas, notó que también lo habían comprendido.

     Desde entonces le costaba mucho respirar, y solo podía conciliar el sueño sentada en una silla, con la cabeza sobre el brazo apoyado en la mesa. Aquel estado de salud no le impidió viajar hasta Vinaroz, con permiso de la inspección educativa y de la junta de Tarragona. Allí, otro alcalde intentaba expulsar del hospital a todas las hermanas menos una, con el pretexto de que había pocos enfermos. “Lo siento por Vinaroz”, escribió ella al vicario general de la diócesis.

     -Márchense ustedes a Tortosa o a donde les convenga, por ser este el medio de evitar malentendidos y hablillas de chismosos –había dicho el alcalde a Teresa Secall, que era la superiora. Y a los pocos días, las había expulsado. Tuvieron que alojarse en casas particulares, y encontraron mucha comprensión y afecto por parte de los vinarocenses. Para que no se fueran, se les facilitó la creación de un colegio privado. Un mes más tarde, ya estaban funcionando.

     -No desconfiemos del amor de Dios – dijo a las hermanas – Nosotras no somos gran cosa, pero con su valimiento llegaremos a ser instrumentos de su misericordia.

     Así se sentía, instrumento abollado y humilde de una gran causa.

     Más dolor le produjo la muerte de la madre Asunción Manero, cuya humildad y dulzura con los asilados eran inimitables. También se lo producían las hermanas mal aconsejadas o seducidas. Recordaba a dos novicias descontentas, que rimero se habían marchado, estando fuera calumniaron a la congregación y luego solicitaron el reingreso. Ella lo denegó. Aquellas jóvenes estaban perdonadas, comprendía sus errores, las compadecía, pero a la vez era firme porque no contemporizaba: quien no podía ser esposa de Cristo, no podía serlo. Y esto no le cerraba los otros caminos que hay para la salvación. Aun así, sabía que iban a padecer la dolorosa sensación de fracaso que produce el abandono de los votos, y por eso lloraba muchísimo cuando se despedía de ellas.

     “Hijas que llegaba, hijas que marchaban a Tu seno, e lo mejor de su edad, hijas que nos abandonaban dando un portazo, hijas que perseveraban en la caridad y te loaban con ella. Todas hijas, Señor, gotas de mi sangre y fibras de mi corazón”.

    La historia de las sociedades avanza y retrocede con el movimiento de un péndulo, por eso no habían pasado ni seis meses cuando los mismos ayuntamientos y juntas que habían expulsado de malas maneras a las hermanas se vieron obligados a llamarlas de nuevo, a causa del anuncio de una grave epidemia de fiebre amarilla.

     En el aciago caso de que la enfermedad llegue a la ciudad –escribía humildemente el alcalde de Tortosa-, sírvase Vuecencia manifestarme si podemos contar, como en otras épocas calamitosas, con esas beneméritas hermanas de la Consolación.

     Exactamente lo mismo sucedió en Castellón. La respuesta fue sí, naturalmente. Y regresaron.

     En aquella última hora de su vida, agradecía al Señor que le hubiera dado aprobar calumnias, mezquindades, atropellos e injusticias. La Consolación estaba bien cimentada y seguía adelante; a ella el sufrimiento la había acercado a la Cruz. Ni siquiera había tenido que hacer el esfuerzo de perdonar porque no se sentía ofendida. Lo único que no soportaba era disgustar al Señor.

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     En diciembre de 1869, el papa Pío IX convocó en Roma el Concilio Vaticano. A él asistió don Benito Vilamitjana. Su secretario quedó en Tortosa como enlace con la congregación. Aquel sacerdote, profesor de filosofía en el seminario, se llamaba don Juan Corominas. Llegó a convertirse para ella en un gran amigo y consejero con el que mantuvo largas y profundas conversaciones, casi siempre rodeados de los asilados, en el huerto de la Misericordia.

    -Yo creo que las mujeres no tenemos juicio, o al menos a mí me falta –le dijo una vez. Y el padre Corominas, del disgusto, hasta se levantó de la silla.

     -¡Madre María Rosa, por Dios Santo!¡La cabeza que usted tiene le da no para gobernar provincias sino para mucho más! ¡Si fuera usted hombre, ya sería mitrada!

     -Lo dice para que me ría, padre.

     -Usted tiene el don del gobierno justo. Ni sus adversarios lo han podido negar.

     Cuanto la apreciaba aquel buen sacerdote. Él mismo fue quien le dijo en otra ocasión:

     -Su castidad, madre, es como una influencia secreta, y su sola presencia ya infunde recato.

     También le contó que un señor de muy alta alcurnia había admitido públicamente que nadie, nunca, ni en la corte ni en el gobierno, le había impresionado tanto como ella. Y que en su presencia había bajado los ojos en señal de respeto por primera vez en su vida.

     -Escriba su biografía, madre maría Rosa –le insistía. Ella palidecía del disgusto y hasta se le ponía un nudo en la garganta.

     -De ninguna manera. Por caridad, no me lo vuelva a decir:

     -Sería una gran ayuda para la congregación.

     -¿Cómo ayudaría a mis hijas un monumento de faltas y errores?

     -Pero si ellas la tienen como un perfecto modelo de todas las virtudes. Si ven que usted, para el trabajo más duro, es de bronce, y luego derrama lágrimas al hablar de la ternura de Dios.

     -Padre Corominas, se lo ruego, déjelo estar. Si de algo tengo certeza es que les he dado mal ejemplo.

     Escuchaba los halagos, pero muy de lejos, como si le llegasen envueltos en niebla. Seguía temiendo no agradar a su Amado, seguía sin creer que pudiese sentirlo tan cerca en las noches de oración, y en cuanto se quedaba sola, o incluso después de comulgar, le caían las lágrimas por la vergüenza de sí misma. Agradecía con mucha cortesía las felicitaciones por el día de su santo, o los homenajes de personas allegadas, pero cada vez la mortificaban más. Eran como días lúgubres –así se lo reveló al padre León- porque la obligaban después a purificar el alma de la vanidad y el orgullo.

     “Nunca se lo dije a don Sebastián, pero los días de confesión también eran para mí un martirio. Él, santo como era, no entendía la profunda angustia de mi alma por esa certeza de no merecer el amor tan grande que se me estaba dando a probar. La imposibilidad de explicárselo, por inefable, era muy penosa para mí, y luego me hacía sufrir durante la Comunión”.

      Al comenzar 1871, aconsejada por los sacerdotes que tanto la apreciaban y por sus propias hermanas, se decidió a dimitir del cargo de directora de la escuela pública ya fundar un colegio privado con internado en el número 13 de la misma calle de Montcada, dentro del casco medieval de Tortosa. Inmediatamente se llenó de alumnas. Ella pudo regresar a la Misericordia, y lo agradeció porque se le habían ulcerado ambas piernas y apenas podía dar un paso, pero siguió supervisando la marcha de las clases.

     Al convivir de nuevo con la comunidad, se dio cuenta de que desvelaba sin poderlo remediar la experiencia espiritual que tanto deseaba guardar en secreto. Cada amanecer, sus hijas la encontraban absorta en su vuelo, sin ver ni oír. Ella, que tantas veces había dicho que en cualquier parte se podía orar, caía de rodillas, suspendida en oración profunda después de la Comunión, e incluso en la misma puerta del refectorio. Las novicias se quedaban estupefactas y la madre mercedes Arenós, su maestra, les decía entonces con intensa emoción: “Imítenla, imítenla”.

      “Algunos días hasta debía suspender el trabajo. Lo stenía que pasar ante Tu cruz. Habías herido con dolor mi amoroso corazón, amado mío”.

     En la primavera del año 181 eran ya muchos los centros educativos que llevaban el sello de la Consolación y transmitían su carisma. Por entonces fundó el de Castellón, en la céntrica calle del Forn de Reus, y el de Roquetas. Este último fue inaugurado en un local que pertenecía a la orden, con lo que eso significaba de autonomía y estabilidad. Recibió también una alegría entrañable del colegio de Mora de Ebro. Trabajaba allí una maestra, María Nadal, que nunca había terminado de llevarse bien con las hermanas a pesar de que era excelente como profesional y como persona. Pues bien, recibió una carta de aquella maestra en la que le solicitaba permiso para ingresar como novicia. Tomaría el nombre de concepción. Qué felicidad y qué dulzura tan grandes le proporcionaban siempre las bienvenidas. Desde entonces, hablaban mucho las dos y ella le aconsejaba:

     -Desde la mañana, el Señor está notando todas sus acciones, hija. Quien hace bien la oración de la mañana ya puede ir tranquila todo el resto del día. Así que pida al Señor todo lo que desee alcanzar. Sea humilde, caritativa, mortificada. Cuanto más, mejor.

     Ella misma, enferma como estaba, no dejaba pasar un solo día sin recorrer las salas de la Casa de Misericordia para servir a los asilados, e incluso se encargaba de velar a los más enfermos. Así estuvo a la cabecera de Idelbrando, un chiquillo abandonado allí años atrás a quien había visto crecer. Había enfermado de pulmonía, y padecía una fiebre altísima, que ella procuraba refrescar aplicándole paños mojados sobre la frente y las muñecas. El muchado una de las veces, abrió los ojos y le dijo:

    -Madre, ¿viene usted del cielo para cuidarme?

     -Hijo, si yo vivo aquí mismo.

    -Pues si no viene, va.

     -¿Al cielo? Ya sería una felicidad muy grande alcanzar un rinconcito del purgatorio.

     -Cuánto la quiere este chiquillo –intervino la madre Carmen Ferrando-, pero no me extraña. Basta verla para amarla. ¿Se acuerda de lo que pasó con los presidiarios que iban camino de Barcelona y pernoctaron en los cuarteles de San Francisco? Que fue a visitarlos y salió con los brazos cargados de regalos que le habían hecho, tesorillos que guardaban como recuerdos y que le ofrecieron a usted como por impulso. Su caridad los enamoraba, madre.

     -Pido al Señor por ellos. Es el único medio de agradecerles que me permitieran acercar la consolación del Señor a un lugar tan triste.

     Aunque no quería que sus hijas se preocupasen, la salud la abandonaba. Las malas digestiones, por ejemplo, habían sido constantes desde aquel dolor de vientre, y a causa de ellas debía seguir una dieta blanda. Sin embargo, le apuraba muchísimo eso de que tuvieran que guisarle aparte. Tanto es así que a veces, por no pedirlo expresamente, se quedaba sin comer. Y las hermanas, sobre todo las más jóvenes, no salían de su asombro.

     -Eso es humildad. Decían.

     -La docilidad y el desprendimiento propio son imprescindibles para ser hermana –les había explicado ella muchas veces en sus catequesis bajo el árbol grande del huerto. Y así vivía, dócil a la voluntad del Señor y desprendida de sí misma, aunque todo su cuerpo –por dentro y por fuera- fuese un amasijo de dolor. Sin embargo, un regalo la esperaba. Después de unas reformas, pudo disponer de su querida Casa de Misericordia de lo más parecido a un rinconcito de cielo. Era una pequeña tribuna con celosía de madera, como un mirador, que asomaba a la capilla. Allí pasaba cada vez más horas del día –robándolas al esparcimiento- y la noche casi completa. Comenzaba a despojarse de todo, a sentirse completamente sola en la experiencia de lo que es inconmensurable.

     En 1872, la ciudad de Tortosa vivió con estupor una catástrofe insólita hasta aquel momento: el puente ferroviario de la línea Tarragona-Valencia, que salvaba el barranco de san Jorge, en la Ametlla, se hundió al paso del tren correo. Al parecer, la crecida del arroyo había debilitado sus cimientos. Murieron en aquel accidente diecisiete personas, y los heridos, muy numerosos, fueron ingresados en el hospital. Ella se creció también, como el arroyo, y los atendió noche y día a pesar de los dolores. Muy pronto tuvo que cuidar también a la madre María Castells, que agonizaba después de una enfermedad fulminante. Desde la hora de la fundación había sido una de sus “manos derechas”, había confiado muchísimas responsabilidades en ella y, en aquel momento, era la consiliaria general. A su lado murió aquella hija tan querida, confortada por ella, consolada por su oración y sus palabras. Pero el golpe fue grande.

     “Cuando se fue la madre María, sentí que yo también estaba ya muy cerca de Tu casa, Señor”.

     Pocos días después nombró como nueva consiliaria a madre Clara Rojals, que había sido desde entonces directora del colegio de Tortosa. Hubo alguna protesta, algún murmullo. La entristecían mucho. Los atajó.

      A finales de año, la congregación pudo adquirir por fin la casita del noviciado donde habían vivido hasta entonces en régimen de alquiler, y también su huerto, que lindaba con el de la Misericordia. Don Benito Milamitjana, siempre generoso, aportó dinero para las obras de reforma. Ella lo agradeció de todo corazón y presintió que no sería fácil emplearlo en el fin al que había sido destinado. Y es que, a pesar de la sabiduría del obispo y del padre Corominas, sólo María Rosa poseía la certeza de una inminente guerra. No se atrevía a pensar que el Señor se la hubiera mostrado como una visión. Debía de saberlo porque leía los periódicos y observaba mucho; el caso es que percibía cómo se acercaba la terrible agitación del odio. No se lo confesó a nadie. Solo lo supo la madre despensera, sor Alejandra, pero fue porque la encontró llorando y, directamente le preguntó el motivo:

     -Lloro por el porvenir de esta Casa –fue su respuesta.

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     Abrió los ojos de nuevo. Por la ventana de su celda veía asomar una esquinita del cielo de junio, fresco y brillante. Seis meses atrás, con los fríos de enero, había concluido la tercera guerra carlista en su amada tierra de Cataluña. Había sido una verdadera guerra civil, especialmente sangrienta llí y en Vascongadas, donde todavía coleaba. Se decía que habían muerto cincuenta mil personas, a quienes llevaba en la oración.

     “Te he visto en la Cruz junto a cincuenta mil hijos tuyos. He visto cómo t clavamos cada día, una y otra vez, con la ambición y el egoísmo. Ten piedad de nosotros”.

     La fractura entre los españoles, siempre abierta, había comenzado a supurar inmediatamente después de la revolución del 68. Destronada la reina, Juan Prim, jefe del gobierno desde 1869, abogó por una monarquía renovada con mejor solución que la república, y consiguió incluir esa forma de gobierno en la nueva Constitución. Él mismo impulsó la candidatura del príncipe italiano Amadeo de Saboya, que parecía reunir todas las condiciones: vástago de una antigua dinastía, progresista y católico. La lucidez del reusense convenció a buena parte de los diputados, que votaron a su favor, y todo se preparó para el advenimiento de un monarca joven que prometía moderación y respeto por las leyes. No iba a perdurar. Juan Prim, el pilar que lo sustentada, fue asesinado en un atentado que nadie quiso aclarar.

Anochecía el 30 de diciembre de 1870 y una copiosa nevada caía sobre Madrid. Prim acababa de salir del Congreso camino del cercano palacio de Buenavista, que era su residencia. Al llegar su carruaje a la esquina entre las calles de El Turco y de Alcalá, un frenazo brusco del coche que le precedía obligó a su cochero a detenerse. En ese instante, dos grupos de embozados dispararon con trabucos hacia el interior del vehículo y lo acribillaron. Sangrando copiosamente, con el brazo y el hombro destrozados, lo llevaron hasta su casa, cuya verja estaba a apenas unos metros. “Veo la muerte y sé que no me matan los republicanos”. Dijo a su esposa antes de perder la consciencia. Dos días después expiró. La conmoción de todo el país fue inmensa, especialmente dolorosa en su tierra, por la que siempre había mostrado devoción. María Rosa muy triste, oró por el alma de aquel antiguo vecino con quien había coincidido en tantos momentos inolvidables. En la vitalidad, en el impulso generoso, en la seriedad profunda y en la firmeza de las convicciones, Juan Prim era Reus. También lo era ella.



      Amadeo de Saboya llegó a Madrid a tiempo de visitar la capilla ardiente de su único valedor, y fue coronado rey de una España cuya lengua desconocía y en la cual se sentía completamente solo. El pueblo, con repentina añoranza de la castiza Isabel, lo despreciaba por extranjero. Su esposa, María Victoria, descendiente de la antiquísima familia romana de los Pozzo Cisterna, fue objeto de crueles burlas por sus apellidos y en sus apariciones como reina solo recibió desprecios. Frente al italiano, Carlos VII, heredero de los anteriores pretendientes carlistas, aglutinaba al partido moderado, es decir, a los monárquicos de siempre. Los desmanes de las juntas revolucionarias habían abonado en ellos el anhelo de una alternativa al laicismo radical. En 1871, el carlismo fue la tercera fuerza más votada en el parlamento; sin embargo, para conseguir el poder, la costumbre los llamaba a emplear una vía más expeditiva que la de los votos: el alzamiento. El 21 de abril 1972, los carlistas de Cataluña y el País Vasco se levantaron en una insurrección general contra Amadeo. Y desde ese momento hasta noviembre de 1875, en tierras catalanas se peleó pueblo a pueblo, casa a casa, con saña por todas las heridas antiguas que el siglo no había curado. Cuando los ejércitos no libraban combate, atacaban las columnas de guerrilleros. Mientras tanto, ardía también la política. Amadeo de Saboya regresó a Italia en febrero de 1873 e inmediatamente se proclamó la república, que en once meses vio gobernar a cuatro presidentes. A la vez, miles de muchachos fueron llamados a filas para combatir la sangrienta guerra de independencia de Cuba; y una constelación de cantones independientes, remedos del pretendido Estado federal, se reveló contra el gobierno. Todo era desorden hasta que por fin, en diciembre de 1874, el general Arsenio Martínez Campos y el político Práxedes Mateo Sagasta restauraron la monarquía en la persona de Alfonso XII de Borbón, hijo de Isabel. Alfonso se presentó a los españoles como “católico español, constitucionalista, liberal y deseoso de servir a la Nación”. Un año después. Con el exilio de sus últimos jefes, se dio por derrotado el carlismo.


     Pero en Tortosa y en 1873 era, de nuevo la guerra. Ella perdía la cuenta de las que había vivido. Aun así, aquella le parecía más dolorosa que ninguna otra. Y es que la Casa de Misericordia y la mayoría de sus fundaciones parecían regresar al estado de indigencia en que años atrás las había encontrado. Las hermanas no contaban con el salario para subsistir, ni con amas de crías para los bebés, ni con provisiones. Algunas casas sobrevivieron durante meses solo a base de pan y arroz seco. Por supuesto, el dinero de las obras de reforma del noviciado se destinó a comprar comida para los asilados en la Misericordia. Lo mismo se hizo con la humilde mensualidad que aportó el padre León. Se repitieron las antiguas escenas del lavado nocturno por no haber mudas de ropa, del hospital carente de medicinas para los enfermos, de la agonía terrible de los mutilados y heridos por balas. Ella rogó directamente al alcalde de Tortosa que socorriera a los asilados, pero era imposible. La ciudad fortificaba sus defensas para repeler las tropas carlistas que avanzaban desde el cercano pueblo de Roquetas, no se podía pensar en nada más. Como si las penalidades necesitasen compañía, llegó la noticia de que la junta de Mora de Ebro cerraba por dentro los dos colegios que eran el orgullo de la congregación.

     El día de san José de 1874, una columna carlista que atravesaba el Jesús fue bombardeada desde la ciudad. Respondió con fuego y entre ambas orillas del Ebro se desencadenó un tiroteo que duró varias horas. Los muros de la Misericordia temblaban como si fueran de papel, y ella, sostenida por el Señor, como si tuviera veinte años, organizó la evacuación del edificio, que para colmo se había llenado de vecinos del barrio en busca de refugio. A todos pudo animar, todo pudo organizarlo, y asilados y vecinos escaparon por los huertos hacia las riberas alejadas del combate.

     Regresaron solo para superar más penalidades. En el mes de octubre, los carlistas bombardearon de nuevo Tortosa. Esta vez tuvieron que evacuar la Casa en plena noche. Ella no olvidó ocultar en lugar seguro el sagrario y los cálices para evitar profanaciones; luego levantó a los niños y los hizo sujetarse a una cuerda para andar en fila india sin que se perdiera ninguno. Los ancianos y enfermos mentales querían moverse, pero salieron al fin. Una multitud de vecinos las esperaba junto a la tapia trasera del huerto, y todos, con el riesgo de la oscuridad, buscaron refugio en los márgenes del Ebro, que estaba crecido. Muy pronto comenzó el asedio de la ciudad. En la Misericordia y en el hospital ya no hubo mensualidades ni remedios para el hambre, que fue desoladora. Durante días, hermanas, niños, enfermos y ancianos no tomaron más que caldo hecho de agua y raíces del huerto. La suciedad fue lo único que no regresó durante aquellos malos tiempos. Ella misma barría y fregaba, sacando fuerzas de flaqueza, y cuando terminaba de atenderlo todo, supervisaba que el oratorio estuviera bien limpio. Era la casa de su Amado, y si no la encontraba a su gusto, la arreglaba.

     -Están ustedes pasando necesidad, no soy buena para superiora –decía a los asilados, que en respuesta solamente sabían besarle las manos.

     En medio de desventuras tan enormes, su camino espiritual ascendía. Sentía el corazón absolutamente lleno de la presencia del Señor, de tal forma que junto a Él la vida le parecía dulce. Todos admiraban su serenidad, su temple durante los momentos difíciles, el que jamás escucharan de sus labios una queja por los combates o por el abandono de los gestores. El secreto era que no se pertenecía; Él le gobernaba el alma. En ocasiones, su descanso en el Espíritu llegaba a ser tan grande, y la Gracia que la inundaba, tan sobrecogedora, que el cuerpo no lo podía resistir y perdía el conocimiento. Caía al suelo como un plomo, enajenada de todo. Al despertar no sabía dónde se encontraba y pedía perdón. Las hermanas la atendían entonces, a veces preocupadas y a veces resignadas, diciendo:

      -Ay, cómo está hoy la madre.

     Pero ella sabía que en cada una de aquellas experiencias proporcionaba a su alma un mayor conocimiento de la fe, y se sentía inundada de paz, de confianza y de entrega a Dios. (cf nota 38, p 238)

     Las llagas de las piernas y los pies alcanzaban ya el grado de horrorosas. Cuando el doctor Lluis pudo verlas por fin, se quedó mudo de la impresión. La propia madre Vicenta, que la cuidaba más de cerca, estuvo a punto de desmayarse.

     -Ya ve usted, doctor, que gente tengo yo en esta casa, que en vez de curarme se espanta –había dicho ella entre risas. Pero Vicenta, muy pálida, había respondido:

     -Cómo me lo iba a imaginar, si usted está siempre contenta y animosa.

     Aquella hermana era la encargada de ayudarla a vestirse. Había luchado por hacerlo sola hasta que materialmente no pudo, y aunque la madre Vicenta era para ella como un báculo, aquello le parecía exponerse en mitad de la plaza pública y ofrecía al Señor la mortificación.

     Al comenzar 1875, las partidas guerrilleras y las escaramuzas se habían replegado a las zonas de montaña, y Tortosa curaba poco a poco sus heridas. La posguerra, sin embargo, arrastraba su cortejo: tumbas y huérfanos, grietas y derrumbes, hambre y enfermedad. Era tarea para la consolación. Tanta había por delante que el ayuntamiento de Vinaroz rogó a las hermanas que reanudasen allí la atención al hospital, una década después de haberlas expulsado. Ella accedió con la única condición de que esta vez firmasen un contrato para garantizar su estabilidad. Una vez más, debía entablar correspondencia con la administración. Si miraba atrás, se asombraba de la cantidad de horas de su vida que había empleado en burocracias y papeleos. Recordaba sus ensueños de niña: “Deprisa, que vamos a fundar”. Nunca era deprisa, hacía falta la paciencia de Job. El aspecto formal de las fundaciones tenía mucho de prueba, y así la ofrecía al Señor.

Durante años, el padre Sebastián León le había dicho que le asombraban los llenos que staban sus días. Din embargo, ya no podía disimular que estaba muy enferma. Solo le era dado llevarlo con alegría y con paciencia, tomándose a sí misma a broma, como hacía tantas veces. Veía como forma suprema de purificación que, en ocasiones, la falta de descanso nocturno le dificultara asistir a los actos religiosos del alba, y decía con verdadero dolor:

    -Este es el preludio de mi tibieza.

     Sin embargo, seguía orando arrodillada. También escuchaba así la Santa Misa.

     -¿No es un esfuerzo demasiado grande en su estado? –le preguntaban.

     Ella respondía siempre lo mismo:

     -¿Y si esta fuese la última Misa, la última Comunión de mi vida?

     Hubiera preferido morir antes que no arrodillarse ante su Amado.

     Le fallaba tanto la respiración, le supuraban tanto las piernas y los pies, que ya eran imposibles sus caminatas hasta el colegio y había tasado las visitas a las comunidades. Comenzó a delegar todas sus funciones en sor Teresa Bartolomé. Como su tos constante no dejaba descansar al resto de las hermanas, se había desplazado a una parte más aislada del caserón, pero el pequeño mirador sobre la capilla seguía siendo su escondite; y su propio interior, la verdadera morada. No usaba libros de meditación ni devocionarios, su alma ascendía directamente hacia el Amado.

     Ya no podía llevar a cabo mortificaciones corporales y se decía “¿Qué ha sido de ellas?”. Afortunadamente, el afecto del padre León y de las hermanas le descubrió, en paradoja, una nueva forma de sacrificio. Fue dejarse fotografiar. El afamado retratista León de Marlé acudió a la Misericordia y estuvo tomando imágenes de ella sentada y de pie, con el breviario y su Corona del Rosario en las manos. Cuánto, cuánto le repugnó aquella forma moderna de vanidad, tanto que no pudo conseguir la mortificación completa, que hubiese sido difundir las fotos para exponerse ala gente, y pidió por favor que nadie viese aquellas imágenes mientras ella viviera. Era un gesto de orgullo, lo sabía y sentía dolor por ello, pero pidió perdón al Señor con la confianza de que Él comprendería.

     Y a pesar de todo, aún guisaba algo especial los domingos.

     La paz que arecía haber traído consigo el rey Alfonso XII invitaba en todas partes a abrir nuevos establecimientos de educación y beneficencia. En la primavera de 1876 llegó la oferta del ayuntamiento de Benicarló para la apertura de un colegio de niñas. Supo inmediatamente que aquella casa de la calle san Antonio sería su última fundación, por eso miró cada rinconcito, cada clase y cada pizarra con inmenso cariño, y quiso dejar su constante huella de plantas y flores. Bendijo de manera muy especial a las hermanas que formarían la comunidad y las encomendó al párroco, don Tomás Llasat. Él le prometió apoyo incondicional.

     También supo que lo que le había escrito para la madre Josefa Solá, superiora de Burriana, con motivo del día de su santo, sería su última carta de madre a hija. Por eso quiso redactarla casi como un testamento.

     No dejen de rogar por la santa Iglesia y por la conversión de los pecadores. No olviden las instrucciones que les dio nuestro reverendo padre león. Ya saben que todo se dirige a la gloria de Dios.

     El dolor terrible, como un estallido de las vísceras, se presentó en la madrugada del 8 de junio. Inmediatamente la dominó por completo un temblor desesperado, imparable. Se mordió los labios, pero escaparon algunos ayes porque ella era falible y era humana. Quien, siendo Dios, en víspera de la muerte había pedido: “Aparta de mí este cáliz”, la perdonaría.

     A primera hora de la mañana llegó don Sebastián, como cada jornada. Las hermanas le informaron de lo que había sucedido y se disgustó mucho porque no le hubieran avisado en el momento. Se acercó a ella y lo vio todo. Y lo que no pudo ver, ella misma se lo dijo con sus ojos negros que jamás habían perdido las llamas. Él desencajado, le rogó que preparase la confesión general para administrarle después el Santo Viático.

     -Me da usted una alegría, padre.

Pero le había emocionado la intensa mirada de sufrimiento de aquel sacerdote. Don Sebastián León había crecido junto a ella, la quería mucho y la echaría de menos. A su alrededor, las hermanas sollozaban, golpeadas por una reocupación tan palpable que ocupaba todo el espacio de la Casa. Por los murmullos y bisbiseos comprendió que muchos de sus queridos asilados estaban en el pasillo, tras la puerta.

     Sí, había recibido el Viático hacía apenas una hora. Y había rememorado desde entonces muchas experiencias de una vida terrenal que ya terminaba. La había recorrido de principio a fin bajo el signo de la Cruz y por tanto de la humildad. Ahora sus pasos volaban en oración, y se despedían para siempre de las calles y caminos. Ofrecía, como equipaje del corazón desgastado, la larga noche de aridez, la búsqueda apasionada de Dios y su encuentro con El más allá de lo expresable. A Él entregaba sus sufrimientos: la muerte de su madre, la desdicha de su hermano, el anhelo callado de los años en que vivió con su padre cuando ya había recibido la invitación del Señor, la conmoción de salir a escondidas de su casa natal, su donación en la caridad, las contradicciones de la comunidad de sor Estivill, con su final oscuro. Entregaba también la felicidad inmensa de la fundación de una Orden y del esfuerzo por la consolación. Y la obediencia, la oración profunda, la humildad esencial, la caridad como incendio inagotable.

     El dolor en el vientre regresó con más fuerza. Ella se agitó en una vibración profunda, y comprendió.

     “Santa maría de la Consolación, asísteme.

     Señor mío, Dios mío, protege a esta obra de Tu voluntad. Llévala de tu mano, para que las hermanas se mantengan en Tu servicio; para que la huella que dejan en la vida de tantas personas lleve siempre la marca de la Tuya.

     Es la hora. Aquí me tienes. Toda mi vida la he vivido contigo. Tú eres mi único amor, tuya soy desde que vi la luz del día. Solo he deseado que el pobre fuese asistido y Tú loado.

     Es la hora. Habla, Señor, que tu sierva escucha”.

     Cerró los ojos y penetró directamente en el santuario de la oración, despojada de todo resquicio de razón o voluntad humana. En aquella séptima morada del alma sintió el abrazo, en vida y en gozo, del Padre y del Hijo, a quienes rodeaba el hálito amoroso del Espíritu Santo. Era el presentimiento de la Gloria.

     La impresión fue tan grande para aquel pobre cuerpo gastado que se enajenó de todos los sentidos y perdió el conocimiento.

     Ya no lo recobró.

     Toda su vida la había preparado para obedecer la llamada de la Gracia.

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EPÍLOGO

Al día siguiente, sábado 10 de junio, a las seis de la tarde, el padre Sebastián León le administró la Extremaunción. Ella parecía dormida pero abrió un momento los ojos negros y profundos. Eran aún los de Doloretes y reflejaban una intensa luz. Alrededor estaban las hermanas de las comunidades de Tortosa que no habían asistido el día anterior a la administración del Santo Viático.

     El domingo, la ciudad de Reus celebró el aniversario del final del bombardeo por intercesión de una monja joven, con fama de santa, que se llamaba sor María Rosa.

     A las doce menos cuarto de la noche, ella extinguió su última respiración seráfica; y, con la suavidad del ángel, sin sudor ni pena, entregó su alma al Padre, a quien tanto veneraba; al Hijo, a quien con ardor amaba; y al Espíritu Santo que la había dotado de tantas gracias. (Sebastián León)

      Todavía era 11 de junio, festividad de la Santísima Trinidad. Aún parecía dormida, no había rigor mortis. Muchos se admiraron.

     -¡Era una santa! ¡La veremos en los altares!

     -Lo dio todo por amor a Dios y a los hijos de Dios. Por eso la muerte no se ha llevado nada.

     Estas palabras corrieron de boca en boca por Tortosa y enseguida llegaron a todos los pueblos y ciudades de la diócesis. Las proclamaban personas sencillas que confiaban en ella y la querían: alumnas de colegios, enfermos de los hospitales, asilados, payeses, proveedores y vecinos. También quienes la habían conocido y nunca la habían olvidado; quienes guardaban recuerdos de gratitud y admiración hacia ella; o conservaban sus dichos como sentencias que les iluminaban el camino. Las proclamaron también el obispo Vilamitjana y los sacerdotes de Tortosa, los párrocos de todas las ciudades donde había fundado, y hasta los alcaldes que la habían perseguido.

     Las hermanas de la Consolación, sus hijas, estaban desoladas. Muchas ni siquiera podían abandonar sus quehaceres cotidianos para acudir a verla.

     Por la admiración y el afecto de todos, se habló de tributarle honores póstumos y funerales de primera. Sin embargo, no fue así: en el cementerio común del arrabal de Jesús recibió un entierro pobre al que acudió, sobre todo, un innumerable cortejo de pobres. Era exactamente lo que ella hubiera querido.

     A partir de entonces, sus hijas se extendieron por todo el mundo. Tanto que, en las ramas y hojas de aquel pequeño tronco nacido a orillas del Ebro, anidan hoy millares de personas de cuatro continentes, en colegios, centros sociales y hospitales.

     El carisma de la Consolación permanece incólume porque está sustentado en María Rosa y definido con su propia vida. Porque es ella.

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     Es una santa, dijeron sus contemporáneos. Nadie lo podía discutir.

     Muchas de sus hermanas comprendieron la naturaleza de su santidad. La madre maíra Luisa Paulo, por ejemplo, que en 1867 aún vivía como novicia en la Casa de Misericordia, fue capaz de decir: Su corazón se derretía al hablar del amor de Dios, y me parece que su muerte ha sido de este amor. Otra de las novicias, la madre Valentina Reverter lo vio también: Todas sus acciones eran de edificación. Nada le hacia fuera de Dios. Para la madre Carmen Ferrando: Su corazón ardía en el amor de su Amado, y yo la oía exclamar con actos tan encendidos que daban a conocer los sentimientos de su pura alma. La madre Buenaventura Canalda afirma: En la oración estaba enamorada de Dios como santa Teresa. Según madre Gertrudis Zaragoza: Su postura en la oración edificaba y movía el corazón al recogimiento. Para el párroco de Mora de Ebro, don Mateo Auxachs: El espíritu de oración la tnía embobada en Dios. Para el párroco de Ulldecona, don Joaquin Lacruz: Era de mucha oración que nunca dejaba. Para don Joaquín Jardí, párroco de Burriana: Una caridad heroica, una modestia edificante y un celo ardiente por la gloria de Dios. Y para Agustín Autó, asilado de la Casa de misericordia que fue testigo en su proceso de beatificación: Para ella sobre todo era Dios.

     Para el Congreso del bicentenario del nacimiento de la Madre, celebrado en Reus el 14 de noviembre de 2015, Mosén Rafael Serra Abellá presentó una ponencia con el título Santa María Rosa Molas, una mujer de Reus, en la cual desarrolló con clarividencia su dimensión mística y afirmó: El don de la oración de unión le fue concedido. Se manifiesta en el descubrimiento del Misterio de la Santísima Trinidad, el domingo que murió. La noche de la fe finalmente es noche iluminada y transfigurada.

     Así es. Todo apunta a que el grado de unión con Dios de María Rosa Molas correspondió a la séptima morada de los místicos, el más alto nivel de espiritualidad que un ser humano puede alcanzar. Lo guardó en secreto, con la humildad perfecta que es inseparable de este grado de santidad. Todo era Gracia y, ante ella, se veía realmente indigna y pobre, de ahí provenía su larga experiencia de la noche oscura. El padre Sebastián león, anonadado por aquella fuerza que lo sobrepasaba, dejó escrito: Su experiencia espiritual ha herido repetidas veces mi memoria y ha llenado mi alma de admiración y estupor. Afortunadamente, describió las manifestaciones del arrobamiento místico tal como él mismo las había presenciado. Son las que nos permiten acercarnos hoy al gran secreto de la Madre Molas.

     El grado de su caridad también alcanzó la perfección. Fue una caridad heroica, que en teología se define como: Caridad para con Dios, que es perfecta conformidad con su voluntad y elevado amor de la Cruz; caridad para con el prójimo, que es deseo ardiente de su salvación y absoluta bondad con todos. Esta definición clásica parece un retrato al natural de María Rosa Molas.

     Casi con estas mismas palabras la definió la madre Ignacia Pla, que la conoció en sus últimos años: Me admiraban los ejemplos de su caridad perfecta, su humildad profunda, su modestia santa. Y su celo por la salvación de las almas, que destacan todos los testimonios de las personas que la conocieron.

     También la Iglesia dijo: Es una santa.

     En la homilía de su beatificación, Pablo VI la definió así: Maestra en humanidad y auténtico instrumento de la misericordia y de la consolación de Dios.

     Y en la homilía de su canonización, Juan Pablo II afirmó: Mirando a Jesucristo en su prójimo, sus caminos de consolación se hacen entrega incondicional al hermano servido hasta el olvido y el sacrificio total de sí misma.

     Pero la definición que compendia por completo la altura de la santidad de María Rosa Molas la desveló, tal vez sin querer, ella misma. Encierra, en cada una de sus doce palabras, todas las claves de su camino espiritual:

     No deseo más

     que el pobre sea asistido

     y Dios loado.