UN CORAZÓN LAUREADO DE PENAS Y DE FAVORES DIVINOS (1815 - 1834)
En la noche del 2 al 3 de septiembre de 1834
-Doloretes, tu madre ha muerto.
Había oscurecido. La luna pintaba de azul la fachada del seminario de los Paúles, recién confiscado por los liberales y convertido en hospital de incurables durante aquella terrible epidemia. Acababa de abrirse el gran portón y, al contraluz de los candiles, una Hija de la Caridad, envuelta en las alas blancas de su toca, había pronunciado estas palabras con la voz empapada de cansancio y compasión. A través de los ventanales, abiertos de par en par en busca de aire fresco, llegaban hasta la calle gemidos desgarradores. Provenían de los labios resecos de doscientos enfermos agitados por la sed inagotable de la peste azul, a quienes aliviaba solamente el aleteo amoroso de las tocas. En aquel magma de dolor había yacido María Vallvé, consumida por la fiebre, durante dos días de agonía interminable. Hasta aquel momento había sido siempre fuerte y sana, La víspera había cumplido 63 años.
Antón, su hijo mayor, y Doloretes, la más pequeña, no se habían movido de allí a la espera de noticias. El joven treintañero, con los puños cerrados y los ojos cuajados de llanto; la muchacha, rezando desde lo más profundo, absorta en la oración. Pero cuando se abrió la puerta y vieron salir como un ángel a sor Concepción Bruguetas, en quien Doloretes confiaba, ambos comprendieron antes de oírlo que su madre querida había exhalado el último aliento. Se había apagado para siempre la risa alegre que la enfermedad hundió en las mejillas; había cesado su actividad incansable. Doloretes levantó entonces sus ojos negros como el azabache, brillantes de lágrimas, y dijo en un susurro:
-Está en el cielo. Todas las palabras que Nuestro Señor guarda para los justos en el j¡Juicio final las cumplió en ella.
Sor Concepción descendió los escalones y la inundó con una mirada de afecto.
-Sí, hija mía, está en el cielo. Fray Salvador ha atendido su alma y nosotras rezaremos por ella y la velaremos. Veintiuna persona se nos han ido sólo en el día de hoy, que el Señor las acoja. Ahora marchad a casa. No podéis entrar, hay órdenes por la peste. yo regreso al hospital.
Cuando la religiosa atravesó de nuevo el portón. Dolores no puedo evitar un gesto rápido, como si quisiera entrar con ella, pero se detuvo, bajó la frente y cerró los ojos. Antón comprendió que su hermana rezaba de nuevo y abrazó a aquella muchacha de diecinueve años que soportaba el peso de todo. Rosa Francisca maría de los Dolores, llevaba por nombre de bautismo. Como él y como todos los Vallvé, era de buena estatura, con la piel dorada y la mirada intensa y compasiva. De distinto padre eran aquellos dos hermanos, sí -y había en Reus quien se encargaba de recordarlo- pero hijos ambos, sin poderlo negar, de aquella mujer valiente y buena que acababa de marcharse. Ibana llorarla mucho, por eso Antón había crispado otra vez los puños y por eso habló con la voz quebrada.
-Se nos ha ido la caridad. Tuvo que cuidar a ese vecina, no sintió miedo. La gente se estaba muriendo por las calles, pero ella venga ydale: "Que está sola, que dejará cuatro huérfanos". Y la peste la cogió, Doloretes, la cogió a ella.
-Nuestra madre lo daba todo, Antón, por eso la muerte no se ha llevado nada. Pero mi padre, con lo que la quería, cuánto dolor va a sentir.
El joven miró a aquellos ojos profundos.
-Le quedas tú. No quedas a todos.
- Yo trabajaré en la casa, os atenderé, no te preocupes.
Entonces las lágrimas descendieron lentamente por las mejillas de Dolores. Sí, la madre buena que conocía los secretos del corazón de su hija y comprendía su vocación ardiente, se había marchado demasiado pronto.
Los dos hermanos fueron recorriendo despacio las huertas, el humilde barrio y las viejas plazas de San Pedro y del Mercadal, que separaban el Seminario del número 19 de la calle San Pedro de Alcántara, el carrer Padró, donde estaba su casa. Comenzaba el mes de septiembre de 1834. El calor había sido sofocante durante todo el verano y aún abrasaba. Reus no podía dormir. Un murmullo parecido al de las olas, mezcla de llantos lejanos y ruedas de carretas, atravesaba las calles del centro y se perdía en los arrabales para regresar enseguida y alejarse otra vez, sin descanso. La epidemia de cólera había golpeado a aquella ciudad orgullosa cuando comenzaba a levantar la cabeza tras la invasión napoleónica. Decían que la habían traído los soldados al volver de la Guerra de sucesión portuguesa, decían que unos misteriosos monjes habían envenenado las aguas, y mil motivos peregrinos corrían de boca en boca, embozados en el temor a la muerte horrible de la peste, pero realmente nadie lo sabía. Las Hijas de la Caridad, con quienes Dolores tanto compartía, a quienes desde hacía tanto tiempo deseaba acompañar, cuidaban a centenares de enfermos en los hospitales, pero muchos otros fallecían en sus casa o en las calles. María Vallvé había permanecido en su hogar hasta que la enfermedad se hizo demasiado atroz y hubo que ingresarla. "Yo la cuidaré, la limpiaré, le daré de beber constantemente y estaré a su lado", había dicho Doloretes al médico. Y aquel buen hombre, impresionado por la abnegación de la muchacha, lo autorizó. Desde entonces, ella no se había separado del lecho donde yacía el pobre cuerpo agitado por los espasmos. José Molas, el padre de familia, rendido de dolor, aceptó que la hija que era toda su alegría arriesgara la vida al cuidado de su madre; y Antón la había apoyado aunque en la casa familiar vivían también su mujer y sus tres pequeños. Ya no convivían allí los otros dos vástagos de María Vallvé: María se había casado; José varón que precedía a Doloretes y era su único hermano de padre y madre, buscaba el sustento en Barcelona.
Y ahora, en esta primera noche de verano, Doloretes y Antón regresaban de los Paúles. Él tembloroso; ella, dentro de sí misma, rezando, rezando.
- Has sido muy valiente.
- No me digas eso Antón. Es lo que hubiera hecho madre.
- Consolar.
- Consolar... Si yo pudiera tanto.
- ¿Sabes que me habló de ti hace pocos días, justo al comienzo de la enfermedad? Me dijo: "El Señor le ha dado a tu hermana un corazón tan amplio, que cabe el mundo. Lo tendrá que poner al servicio de los demás".
Doloretes bajó la mirada. Ella sabía de sí misma, no le gustaban las palabras grandes.
- Antón, por favor, no me hables de esa manera. *Lo que Dios haya puesto en mi corazón suyo es.
- ¿Y ahora? ¿Qué será de tus sueños? ¿Qué será de tu vocación de monja?
- Mi padre me prohibió ir al convento hace tres años, ya lo sabes.
- Lo sé. Y sé que madre calló en aquel momento. ¿Adivinaría ella que iba a marchar pronto?
- Antón, hermano, lo que está preparado para mí, va a llegar. Yo soñaba con ir deprisa pero iré despacio, quería que mis padres me acompañaran orgullosos al altar y tendré que acercarme sola. Pero llegará.
- Y mientras tanto tú con tus baldes de agua para que todo esté pulido, tus guisos, tus flores. A arremangarte y a trabajar, como nuestra madre.
- Y a rezar con toda el alma, que so fue mi padre quien me lo enseñó. Va a sufrir mucho. ¿Cómo se lo diremos?
- Con compasión. Pero su hija eres tú, Doloretes.
- Sí, voy a su lado. Y luego... Quiero pedirte un favor, Antón. Aunque no llevas su sangre te aceptó como hijo por el amor que tenía a nuestra madre y te crío desde niño.
- Sí, y se lo agradeceré siempre. Dime cuál es el favor.
- Quédate con él esta noche. Así yo podré acompañar a las Hijas de la Caridad para velar a madre y prepararla.
- Doloretes, no puede ser. Ha muerto de la peste azul. Ya te has jugado la vida bastante estos días sin separarte de ella. las hermanas le vestirán el sudario.
- Yo lo haré.
- Pero tú ¿sabrás xiqueta?
- Tengo ya diecinueve años. He ayudado cientos de veces a las monjas en el hospital. Madre me enseñó a amortajar cuando la acompañaba por las casas. Donde nadie quería entrar, ella entraba. Incluso ahora con la peste, con el terrible olor y la podedumbre, no dejó de hacerlo.
- Y tú a su lado. A consolar a los tristes, a velar a los moribundos, a tomar la mano a los apestados. Hasta que te consumas.
- Antón, *a consolar se aprende. Es como abrir una puerta y luego otra. Si he velado ya, ¿Se lo negaré a mi madre? Si mañana cuando sea monja, iré a dónde me requieran sin atender a lo bueno o lo malo que me encuentre, ¿me va a dar miedo hoy el cuerpo de quien me dio el ser?
- Harás lo que hayas decidido, que de tesón vas bien servida. Me dirás que juntas el apellido Molas con el Vallvé pero no,
qué va. Eres más voluntariosa que todos nosotras juntos.
- Vamos a decírselo a mi padre. La llorará tanto.
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Cuando se marcha una madre, la vida entera pasa ante nuestros ojos como si quisiera volar tras ella. Así fue para Dolores aquella noche de oración y memoria.
Cuántas cosas había aprendido de aquella mujer generosa. En primer lugar, claro, sobre su propia historia. A María Vallvé le encantaba contar a la hija, mientras las dos se afanaban en el orden de la casa, las circunstancias de su nacimiento.
- Nunca olvidaré la fecha: el 24 de marzo de 1815. Era la noche del Jueves Santo y, por si fuera poco, llegaste a la vida durante la Hora Santa. Reus olía a incienso y a flores de olivo. el aire venía templado, entraba la primavera. Y mientras todos acompañaban a Nuestro Señor en el comienzo de su agonía. Él me hacía a mí el mayor regalo que he tenido en la vida. Qué maravilloso fue verte: morenita y despierta pero tan chiquita que nadie hubiera dicho que luego ibas a crecer tanto. No cumplías media hora y ya mirabas, te chupabas las manitas... Yo no cabía en mí. Había tenido miedo, ¿sabes hija? Ya no era joven, pasaba de los cuarenta. Y cuando estuve casada con Antón Ros, al principio, me creía yerma. Esperé quince años antes de que llegaran mi niña Sebastiana, que casi con los pañales se me fue al cielo, y luego tus hermanos Antón y María. Al poco vino la viudedad triste y, en medio de ella, una nueva ilusión. Ya ves, hija, sólo tenía que esperar lo que la Providencia me había destinado: un hombre bueno que casó conmigo por amor, y por amor acepto que yo fuera viuda y mayor que él, y quiso a Antón y a María como si fueran suyos, sin importarle las habladurías ni las mezquindades. Yo quería darle hijos a tu padre y vino José, que me llenó de alegría. Sin embargo aquella noche de Jueves Santo, cuando tu llegaste, Doloretes, trajiste una felicidad tan grande que no se puede explicar. Supimos que el Cielo nos había bendecido con un don especial: había enviado un ángel a la Tierra. Y cada día lo hemos sentido así. En ese instante, María soltaba el paño o la espumadera y apretaba muy fuerte la mano de su hija. Ella se sonrojaba. No le gustaban las lisonjas. Se decía que si de verdad fuera un ángel reflejaría siempre la bondad de Dios y no tendría las asperezas que ella sola conocía y que le atormentaban. Así que, para continuar la conversación, preguntaba a su madre algo que la distrajera.
- ¿Y mi padre se puso contento?
- ¿Tu padre? ¡No hay palabras para contarlo! ¿La de vueltas que dio alrededor de tu cuna! Nunca se había comportado así: reía y lloraba a la vez. Luego, cuando nos dijeron que habías venido débil y se temía por tu vida, sufrió todavía mas que yo. No paró hasta que conseguimos bautizarte al día siguiente.
Entonces la niña, que había escuchado muchas veces la historia, apuntaba:
- En la iglesia de San Pedro. En Viernes Santo.
Y María proseguía entusiasmada, sin parar ni un momento de barrer o fregar o coser o guisar:
- Te llamamos en primer lugar Rosa y Francisca, como tus padrinos. Y bien estuvo, que a tu tía Rosa Molas te pareces mucho en la forma de mirar, así como clavando los ojos. Luego tu padre tenía el empeño de ponerte María de los Dolores y de que en casa te nombráramos siempre así.
El Hijo de la Dolorosa, llamaban en Reus a José Molas por aquella devoción intensa ala Virgen más andaluza. La había aprendido de su propia madre, la abuela María Arias.
José había llegado allí en 1808, huyendo de los franceses tras la toma de Barcelona. Muy pronto se convirtió en un artesano del metal querido y respetado, reusense de corazón aunque añorara el olor a salitre de su barrio de infancia. Era el de Santa María del Mar, un inmenso zoco mediterráneo con sus calles medievales y sus mil establecimientos donde se compraba y vendía de todo. La bella iglesia gótica, de esbeltas torres, saludaba desde lejos a los marineros y prometía amparo a los menestrales, cuyas casa y talleres se apiñaban a la sombra de las arquerías. Allí vivían dignamente los Molas, que reunían en torno suyo a ocho hijos. La abuela María había nacido bajo la luz blanca de la bahía de Cádiz y antes de llegar a Cataluña, todavía niña, sabía ya de despechos y tristezas. El abuelo Eudaldo era mediero. Poseía una fábrica de medias y guantes de seda que prosperó hasta febrero de 1808, cuando las tropas francesas al mando del general Lechi entraron en la Ciudad Condal, y sus edictos de ejecución inmediata destrozaron las industrias y castigaron a los gremios. Poco después falleció Eudaldo, herido por la pérdida del trabajo de toda su vida. Entonces María Arias y sus ocho hijos decidieron unirse al triste éxodo de Barcelona. Durante el mes de marzo, miles de personas colmadas de hambre y de angustia desbordaron la ciudad hacia los montes. Huían a pie o en carromato, mientras los acosaban las balas perdidas y los golpeaba el viento de la Tramontana, más frío que nunca en aquel final de invierno. Como otros muchos, los Molas Arias se dirigieron hacia el sur. Su destino era Reus, a diez días de camino por los senderos de la costa. En aquella ciudad se hallaba el centro de la industria sedera, por eso confiaban en que algún colega de Eudaldo les prestase ayuda. Marcaban andando entre los rescoldos de un país en guerra, cargaban en hatillos lo poco que habían salvado de su casa, pero estaban unidos, eran jóvenes y los galvanizaba la energía de su madre, así que dirigían la mirada al horizonte porque vibraba en ellos la esperanza de un futuro mejor. María Arias, además, les había prohibido odiar a los franceses y a cualquiera que les hubiera hecho daño: "Eso es quedarse atrás -decía-, sólo perdonar empuja para adelante". Al poco de llegar a Reus, José que era mayor y había heredado la determinación materna, comprendió que no existía demanda por la seda en tiempos de guerra y convenció a sus hermanos para iniciarse en el trabajo del metal y del vidrio. Como era listo y muy tesonero, pronto él mismo se convirtió en uno de los mejores especialistas de la ciudad en la fabricación de linternas faroles, quinqués.
A María Vallvé, su esposa, le gustaba recordar estos pormenores. Y a la vez que transmitía a Doloretes los secretos de su riquísima escudella, le iba abriendo los de su corazón.
- Yo tenía sólo diecisiete años cuando me casé con mi primer marido, Antón Ros. Él me doblaba en edad pero era un hombre honrado. Estaba considerado el mejor hojalatero de Reus. Todavía vivía cuando tu padre vino al taller a perfeccionar el oficio. Ya sabes, hija, que el taller de Ros era el mismo que tenemos ahora, y que la casa era esta misma también. Cuando vi a José pro primera vez, me pareció un muchacho de mirada muy limpia. Yo vivía entonces un momento feliz porque habían llegado los hijos que tanto deseaba, y a la vez triste porque acababa de perder a Sebastiana, mi primera niña. Había pasado poco tiempo cuando el pobre Ros murió todavía joven, tal vez por la tristeza por la situación en que estábamos. Fue en el año terrible de 1809, cuando la guerra arreciaba. Los franceses campaban a sus anchas por aquí y habían talado veinte mil olivos de nuestros campos para despejar la vigilancia. Veinte mil olivos, hija; el sustento de centenares de familias. La ciudad lloró aquellos árboles como si le hubieran cortado las manos. En medio de aquello me quedé viuda con treinta y siete años y dos criaturas, tan chiquitas todavía que Antón no levantaba dos palmos del suelo y María ni siquiera sabía andar. Aunque se me había oscurecido la mitad del corazón, sabía que debía mantenerme entera para sacarlos adelante. Y así, viuda y callada, permanecí dos años y medio en los que José, como era tan bondadoso, se ocupó de mantener abierto el taller de hojalatería para que pudiésemos subsistir. Poco a poco él, tan respetuoso conmigo, tan cariñoso con los pequeños, fue entrando en mi alma para darme consolación. Y es muy importante recibirla, Doloretes. *Me parece a mí que consolar al que sufre es hacerle llegar el aliento que Dios envía, ser mensajero del Amor. ¿Me entiendes, hija?
Y la chiquilla, emocionada, contestaba siempre:
- Sí, madre.
- Comencé a querer a José en silencio, sin decirle nada, y fue una alegría muy grande saber que él también me quería. Me preocupaba la opinión de su familia, pero tu abuela, María Arias siempre estuvo de mi parte . Ella comprendía tan bien a cada ser humano... Eso sí, nos casamos Cambrils para no dar hablillas aquí ni ocasión de burlas. Siempre he intentado devolverle a tu abuela esa acogida que me dio, y cómo facilitó que tu padre y yo pudiésemos emprender nuestra vida.
Para Doloretes eran dulces aquellas confidencias de su madre, que revivían sus recuerdos de primera infancia: la cas encima del taller donde su padre fabricaba centenares de artículos de hojalata, y el repiqueteo constante de los alicates, los martillos y los mazos para acompañar las tonadas que María Vallvé cantaba:
Adeu, clavel morenet! Adeu, estrella del dia!
Los dos pisos, entonces, le parecían muy grandes, con el suelo de baldosas relucientes y las ventanas abiertas de par en par para ventilar el polvillo del metal. Había crecido rodeada de plantas: helechos, palmeras, hiedras, potos y cintas; narcisos y alelíes en primavera, geranios y begonias en verano. Crecían por todos los rincones, sobre los alféizares, en el patio, junto a las mesas, llenando la casa de aromas y de colores. Eran uno de los amores que compartían la suegra María Arias y la nuera María Vallvé, junto al cocinar platos ricos con lo que buenamente hubiera, el coser y el remendar, y el atender a quien necesitase ayuda, día y noche, sin regatear esfuerzos. Porque aquellas dos mujeres, alegres las dos, las dos incansables y dispuestas, habían vivido juntas desde el matrimonio de José y María en 1811. Y así correspondía la recién casada al apoyo y el cariño entrañable de su segunda suegra.
Doloretes añoraba aún a su abuela María Arias, el personaje clave de su niñez. Había sido la primera en advertir que en el fondo de los ojos expresivos de la niña habitaba una inmensa sensibilidad; que aquella personita silenciosa descubría en los demás rasgos que normalmente pasan desapercibidos.. "Tu puedes entras dentro de las almas, ¿verdad, ángel mío?", le preguntó una vez. Y ella, chiquita aún, le había respondido que no sabía, solo que si notaba a alguien triste le entraban muchas ganas de llorar, y si lo notaba alegre sentía por dentro cosquillas de alegría. Esto no lo contó, pro se había dado cuanta también de que cuando alguien tiene los dedeos agarrotados es que el miedo le araña por dentro, aunque sonría; y que a veces los vecinos se peleaban solo porque sentían hambre.
La abuela había adivinado aquella cualidad de Doloretes porque a ella le pasaba lo mismo. Y por eso, por olvidar el egoísmo y transmigrar al alma de quienes la rodeaban, había sobrevivido a una infancia marcada por un estigma: el pecado de sus padres. El de don Salvador Arias, abogado de los Reales Consejos de la Ciudad de Cádiz y cofrade de la Orden Seglar de los Siervos de María Santísima de los Dolores, viudo con cuatro hijos, y el de Rose Frígoles, su amor, una muchacha que había emigrado desde Barcelona al Cádiz cosmopolita y luminoso dela Ilustración en busca de un trabajo honrado y de una vida mejor. Pero no había lugar entonces para amores tan desiguales y María Arias fue inscrita con "hija de padres desconocidos" hasta que el testamento de don Salvador, después de su muerte, cuando ya Rosa Frígoles y él se habían casado, le restituyó el apellido: "María es mi hija legítima y por tal la reconozco". Sin embargo Rosa, ya viuda de Arias, no quiso seguir viviendo en Cádiz, ella sabría por qué. Aquella bisabuela que había luchado por el amor, regreso a Barcelona siendo María una niña aún.
A la abuela le gustaba explicar a su nieta que descendía de una estirpe de mujeres capaces de seguir adelante a pesar de las injusticias y los sufrimientos, tanto por su rama paterna como por la materna, pues si no llegó a conocer a su abuela Tecla, fallecida tan joven, para saber cómo había sido le bastaba mirar a su propia madre y a su maravillosa tía Teresa Vallvé.
María Arias había transmitido a sus ocho hijos -sobre todo a José- que *la fortaleza del alma se alimenta en la oración, y supo enseñárselo también a su nieta. Nunca olvidó Doloretes un secreto que su abuela le había desvelado y que se refería a su padre.
- ¿Sabes por qué trabaja en silencio? Porque en cualquier lugar se puede alzar el alma, y el está siempre hablando con el Señor. ¿No has notado cómo le brillan los ojos cuando termina?
Sí, lo había notado. Había caminado muchas veces de la mano de su padre hasta la ermita de la Virgen de la Misericordia, patrona de Reus; había escuchado muy atenta la explicación del buen hojalatero sobre lo que quería decir "misericordia": sentir la pena del otro en tu propio corazón. Cada día, cuando lo acompañaba a la parroquia, lo veía comulgar y luego arrodillarse ante el altar de la Virgen de los Dolores con el rostro entre las manos, absorto en la oración. Entonces lo imitaba ella y sentía una emoción muy intensa: "Hola, Señor, gracias por querer hablar conmigo". Al poco tiempo organizaba turnos de oración entre sus amiguitas cuando venían a jugar con ella al patio de casa, y sabía hacerlo sin imponerse y sin molestarlas, sencillamente con el impulso de la pasión por Jesús que ella sentía. Día a día, Doloretes Molas Vallvé había ido aprendiendo en su familia el valor de la alegría, del trabajo y de la serenidad de vivir en presencia de Dios. Y le habían entrado muchas, muchísimas ganas de acogerlo en su corazón ella también.
Se lo prometió así misma a los siete años, cuando tuvo cerca por primera vez la muerte. Fue la de su abuelo materno, Carlos. Era un hombre fuerte, silencioso, curtido por el trabajo del campo que sabía más que nadie de aceite y de avellanas, y a cuyo lado sentía mucha paz. "Los payeses estamos siempre pendientes del cielo", solía decir. A Doloretes que se fuera el abuelo le hizo pensar en por qué debía uno morir, y se lo preguntó a su hermano Antón, que andaba triste porque también era su abuelo y habían estado muy unidos. Pero Antón no lo sabía. Sólo su padre, al levantarla un momento en brazos para besar el cadáver, le había susurrado: "El nacimiento y la muerte son misterios que reflejan el gran Misterio de Dios. Algún día se nos desvelarán. Hasta entonces, hija, note separes de la oración".
A los nueve años, Dolores sentía la urgencia de hacer la Primera Comunión, que se tomaba a los doce y era el símbolo de ser mayor. Se lo contaba asu abuela, que ya se encontraba malucha, y le prometía adelantar la fecha como fuese para que ella la viese comulgar. Estos ensueños ocupaban a las dos cuando pasaban la tarde modelando frutas de cera. A la abuela le salían muy bien y eso que el proceso era complicado: fundir la cera, mezclarla con dos dracmas de trementina de Venecia por cada libra, o con esperma de ballena si era para modelar hojas, llenar los moldes sin dejar huecos ni burbujas de aire, desmoldar cuando se enfriaba -con muchísimo cuidado para que no se deformara la figurita- y luego pintarla en pequeños toques rápidos, con bolitas de algodón en rama. Los colores se elaboraban también en casa, con minio, carmín o laca según hiciera falta. Como ninguna parte del proceso se podía corregir, ambas debían ser minuciosas; "manitas", decía la abuela, a quien de vez en cuando se le escapaba un vocablo andaluz. Al poco se empeñaron en modelar un frutero entero, con melocotones, manzanas y uvas. Y Doloretes se atrevió a realizar ella misma las uvas, que por su tamaño eran las que más finura necesitaban. Le salieron muy bien, tanto que José Molas fabricó un precioso fanal para proteger el frutero de cera y luego lo colocaron bien a la vista , en el aparador del comedor. Y es que cuando Doloretes debía conseguir algo, no paraba quieta ni con la cabeza ni con las manos: lo pensaba con detalle y se ponía a hacerlo. Eso sí, siempre que no fuera calceta. Una vez, su hermano José la vio tejer y le dijo: "Deja eso, Doloretes, que es cosa de viejas". Ella miró a su hermano, observó la labor y pensó: "Tiene razón". La verdad era que no había vuelto a hacerla.
Por supuesto le gustaba buscar por sí misma las soluciones a los problemas o las respuestas que necesitaba. A veces le daba un poco de remordimiento tener las ideas tan claras y tener que manejarse como si no se pudiera equivocar. Le pasaba con sus maestras. Se empeñaba y se empeñaba hasta que terminaba las tareas antes que nadie; cuanto más difíciles, mejor se aplicaba. Y se empeñaba y se empeñaba hasta que lograba arrancar una sonrisa en la miguita cuya familia se había arruinado, o en la que acababa de quedarse huérfana. Lo malo es que luego, cuando estas mismas compañeras le demostraban el agradecimiento, se azoraba mucho.: "Que yo no he hecho nada bueno, que no". Su abuela maría decía que era tenaz y humilde a la vez, pero su hermano José, para hacerla rabiar, la llamaba cabezota encogida, con todas las letras. Doloretes, sin embargo, no rabiaba con la burla. Con toda seguridad era José quien llevaba razón, porque todas la cualidades que veía fácilmente en los demás no las reconocía en ella.
Por esa manera de ser, con tanta vida hacia adentro, se empeñó también en guardar el secreto de que su hermana María Ros, a los dieciséis años recién cumplidos, tenía novio para casarse.
- Solo lo sabes tú, Doloretes. Yo confío en tu juicio. Siempre he confiado, ya lo sabes. Es que tienes una especie de poso, como si fueras mayor de tus nueve años y muy sabia.
- Pero María, ¿él es bueno? ¿Estás enamorada?
- Es José Trilles, el platero. Ay, Doloretes, me parece muy guapo. Por favor, escóndete esta noche tras la reja y escúchalo hablar. Quiero que me digas lo que te parece. Mientras tanto no se lo cuentes a nadie, porque si no te gusta, no lo verá más.
Así que fue ella quien, después de escuchar las intenciones del joven platero, le dio el visto bueno y preparó el terreno ante sus padres. Aquella celebración la hizo muy feliz. Como le gustaba tantísimo dibujar y tenía mano y mucha gracia, le pintó a su hermana en dos trazos algunas ideas para su vestido de novia. Cuánto le agradeció María aquellos bocetos. Luego ayudó a su madre a coserlo; no entero, claro está, pero sí el dobladillo con puntadas invisibles. Como ya bordaba muy bien, le festoneó en el corpiño un remate a realce con unas pequeñas rosas. También echó una mano en los primores de la comida de bodas y en el encalado de las paredes, con tanto empeño que hasta su padre protestó porque le parecía demasiado trabajo para una niña. María estuvo preciosa aquel día. Y Doloretes, dando vueltas al motivo por el cual a su hermana le importaba tanto su opinión, se dio cuenta con asombro de que había personas a quienes les parecía natural confiar en ella. Enseguida se lo contó a su querido Jesús. Ya hablaba con Él muchas horas al día.
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Aquellos años felices de su infancia fueron, sin embargo, durísimos para Reus. La ciudad, siempre en contra del absolutismo, había apoyado en 1820 la revolución liberal de Rafael del Riego. Comenzó entonces el periodo que después se denominó Trienio Liberal, durante el cual Fernando VII juró la Constitución de Cádiz y fue abolida la Inquisición. Muy pronto el propio rey pidió ayuda a la Santa Alianza europea para recuperar el poder absoluto. Ella recordaba, como si lo acabara de vivir, el 5 de noviembre de 1824, aniversario de boda de sus padres. Siempre lo celebraban con una comida más especial y yendo juntos a la iglesia; sin embargo, aquella mañana el taller estaba cerrado, faltaba el repiqueo cotidiano de los martillos y las tonadas habían enmudecido. En su cuartito del piso alto, junto a un pequeño altar de la Virgen de los Dolores, agonizaba la abuela María Arias. Su querida nuera y su neta, todavía con nueve años, la tomaban de la mano. Entonces, mientras aquella mujer extraordinaria cerraba os ojos, y Doloretes presenciaba por primera vez la solemne hora de la muerte, los Cien mil Hijos de San Luis recorrieron el carrer Padró entre relinchos de caballos y enorme estruendo de tambores. Reus pertenecía al nuevo ejército de Francia.
A pesar de todo, en medio de las convulsiones, la ciudad desplegaba su voluntad de vivir. Y así continuaba abierto el mercado de los lunes, en la Plaza del Mercadal, al que acudía, los payeses del campo de Tarragona para vender, con amable griterío, los animales de sus granjas y los frutos de sus huertas. Se animaban también las tertulias de los cafés, y las reusenses visitaban entre risas los comercios de telas y las sombrererías de los Porches. La diligencia de Barcelona -que había efectuado su primer viaje días antes de nacer Doloretes- seguía yendo y viniendo entre las dos ciudades en el asombroso lapso de dieciséis horas. Ella crecía, crecía mucho, estaba muy alta para su edad. Escuchaba decir que había heredado de su padre una inteligencia rápida y viva, y de su madre una energía incansable. Sabía que no era tan guapa como sus amigas Mercé, y sobre todo, Dolorcitas, la más querida, con la que compartía nombre. Sabía que tenía el pelo negro muy liso y que, si deseaba que cayeran sobre sus mejillas unos tirabuzones como las hijas de la noble familia Bofarull - Cuyo inmenso palacio era contiguo al taller de los Molas-, debía dedicar bastantes horas a los bigudíes. Pero Doloretes no pensaba en rizos. Quería mucho al Señor, mucho, con todas sus fuerzas, tanto que no podía ni expresarlo. Deseaba recibirlo dentro de su corazón y permanecer en su Gracia, como la abuela le había enseñado, así que estableció un plan. Lo hacía siempre porque era voluntariosa y ordenada, pero esta vez su periodo de colegiala había terminado y no se trataba de tareas escolares sino de algo muy serio. Se había enterado de que en su parroquia, la Prioral de San Pedro, concedían el adelanto de la Comunión a quien demostrara su aptitud recitando en tero el Catecismo romano. Era un requisito casi imposible de cumplir pero ella se sintió capaz. No; mejor tenaz. Tenaz era la palabra que decía la abuela. Pidió apoyo a su madre, y esta se disgustó:
- ¿Pero que necesidad hay! Espera dos años, que ningún mal te va a sobrevenir de ello.
A lo mejor es que era cabezota, como había dicho su hermano José. No importaba; ella misma visitó una tarde a mosén Diego Padró, el párroco, y le explicó su deseo.
- Hija mía -le había respondido el buen cura, asombrado porque aquella chiquilla de diez años parecía más mayor por la estatura y por el juicio-, ¿estás dispuesta a aprenderte el Catecismo de principio a fin? Mira que proviene del Concilio de Trento y lleva muchas disposiciones.
- Pues me parece a mí que, en efecto, así va a ser. No he visto nunca unos ojos iguales a los tuyos, maría Dolores, tan brillantes y tan firmes. Parecen ojos de... yo qué sé, de fundadora. Así los llevaría Santa Tersa de encendidos. Cuando te lo sepas de carretilla, vuelve y quedarás admitida al banquete celestial.
Regresó a casa contenta pero a la vez un poquito asombrada de la perspicacia de aquel sacerdote, porque ella, con sus amigas en el patio, cuando jugaba alas familias era la madre, o la maestra si jugaban a las escuelas. Pero cuando jugaban a las monjas, siempre era la fundadora. Aunque no quisiera, porque le parecía algo demasiado grande, las propias amigas se lo pedían.
Narró en casa la aventura y su compromiso. Ya había dado la palabra y ahora debía cumplirla costara lo que costara. Tal vez fue la primera vez que José Molas y María Vallvé se dieron verdadera cuenta de la fortaleza de aquella niña que había nacido de su amor.
- Dios la ha bendecido -decía el hojalatero- y a nosotros con ella.
Doloretes estudió de noche y de íd, con enorme esfuerzo porque la tarea era titánica. Le quitó horas al descanso, dio platón a las amigas y al patio, aturdió a las flores de su casa y a los vecinos con las sólidas disposiciones del Concilio. Y recitó el Catecismo completo ante su párroco, de pie, con el vestido negro que su madre había cosido para ese momento tan serio de su vida.
- ¿Estás lista? Cuando quieras hija.
- Con la vena, mosén. Catecismo de la Santa Iglesia Católica. Capítulo primero. De la Fe y del Credo. Artículo primero: "Mas porque en las Divinas Escrituras se toma de varias formas la voz Fe, aquí hablamos de ella según que significa una virtud por la cual sentimos firmemente a las cosas que Dios ha revelado...".
Habló tranquila y segura, iluminada por dentro, durante casi una hora, frente al sacerdote y a su padre que la escuharon absortos. Y el veredicto fue una inmensa alegría para ella.
- No tengo palabra, hija mía. Estás más que admitida. Prepárate para la confesión y luego a hacer ayuno, que mañana comulgarás.
Y Doloretes confesó por primera vez, pálida de emoción, sus pequeñas faltas de niña.
Tan seguros estaban en la casa de que superaría la prueba que ya le habían preparado otro vestido, el de comulgante: blanco, con entredoses y mangas de farol como las chicas mayores, y con una cofia de la que pendía un velito de tul. Cuanto orgullo sintieron en la familia por aquella hazaña, cuánto la abrazaron su hermano Antón y su hermana María, que ya traía el cuerpo granado con un nueva vida. Se había corrido la voz y algunos feligreses de la parroquia se acercaron a conocerla. Le preguntaron cómo lo había hecho y ella explicó sus estudios, dividiendo el texto en partes, y el tiempo que había dedicado. Todos albaban su voluntad y su retentiva, pero lo que más le gustó fue que su hermano José la abrazó y le dijo: "¡Qué satisfecho estoy con mi hermana cabezota!". Tanta fue la fiesta que hasta sintió un poco de orgullo de sí misma. Había conseguido algo increíble. Su abuela estaría sonriendo y le diría: "Ya te avisé de que eras única". Qué gran día fue aquel.
Sin embargo por la noche, ya enb la cama, la golpeó el remordimiento por la vanidad. Sintió primero una terrible vergüenza y luego la sacudida de un dolor muy hondo. Aquella presunción pueril -de su voluntad, de su retentiva- había disgustado al Señor. Él de decía muy serio: "¿Crees que a mí me satisface que te aprendas un libro? Hasta que no vivas ese Catecismo haciéndolo tuyo página a página, nada de lo que has dicho frente al párroco será verdad. ¿Dónde está tu fe, Dolores? ¿Dónde está tu esperanza? ¿Dónde tu caridad? ¿Se muestran solamente en las palabras? ¿Y en tu vida? Yo entregué por ti la mía".
Al día siguiente tomó la Comunión temblorosa y triste, con el temor de haber perdido la Gracia. Y cuando se recogió para rezar lloró por dentro suplicando a Jesús que no se fuera de aquella morada en la que había virutas de vanidad por los rincones. En su corazón de niña se abrió una profunda herida: había estropeado la primera visita de Jesús. Desde muy chiquita, hablaba con Él a todas horas, sentía siempre cerca Su presencia y sin embargo, a la hora de la verdad, resultaba que el amor de Él era demasiado grande para aquella alma pequeña, vanidosa, incapaz de corresponderle, indigna de amarlo. Desde entonces, la oprimían constantemente brotes de desolación y angustia. Cada minuto transcurría en alerta ante un repunte de la vanidad, y cada hora se había convertido en un constante esfuerzo por mantener la esperanza. Si procuraba hablar más pausadamente, sopesaba muy bien cada palabra o sencillamente callaba, quizá dejaría de recrearse en lo vacío, quizá lograría vivir como verdadera amiga de Aquel cuya amistad más le importaba y que, por fin, habitaba en ella. La certeza de que Jesús moraba en su interior se convirtió así en la experiencia más importante de su vida.
En la madrugada del 3 de septiembre de 1834, diez años después de aquella jornada inolvidable, todavía le arrancaba lágrimas el combate interior que libraba para purificarse del pecado y ser digna de Jesús. Nadie lo notaba, se mostraba siempre tranquila y dispuesta, pero por dentro le parecía estar colmada de arena. Y en mitad de aquel desierto, ardían con intenso fuego el deseo de que Él reinara sobre todo lo suyo y el temor de ofenderlo. Se esforzaba sobre todo en alcanzar una completa humildad. Era difícil - porque seguía organizando tareas y casi todos los días alguien la llamaba ángel-, pero sabía que ella no era superior a nadie y que la vida de cada persona, aún la más desdichada, escondía un gigantesco tesoro: "Yo entregué por ti la mía". Con el paso del tiempo, había aumentado en ella, cada vez con más viveza, la necesidad de comulgar. Le gustaba escuchar la Misa en primera fila, junto al altar, para que nada ni nadie la distrajeran y así recogerse por completo. A veces, cuando recibía al Señor, sentía manar dentro de ella una fuente de caudal y fuerza muy grandes. En aquel instante florecía el desierto y ni siquiera oraba, sólo podía mirarlo a Él. Después intentaba perfeccionarse en todo para que Él habitara siempre en su interior, y anhelaba el momento de volver a recibirlo de nuevo.
Pero de vuelta a los recuerdos de infancia, cómo olvidar el brillo en los ojos de su padre cuando le entregó, como regalo de comunión, un a Corina del Rosario de los Dolores junto con la inscripción de la Cofradía del Santo Rosario, que era la más importante de su parroquia. Ella, emocionada. le había prometido: "Me acompañará siempre. Desde entonces había estado cerca de sus manos, y en ellas las llevaba en aquel mismo instante, mientras velaba a su madre.
Durante los años siguientes vivieron en familia muchos momentos felices, como aquel en que María Vallvé acunó en los brazos a su primera nieta, Josefa, hija de María, y lloró de alegría al reconocer rasgos suyos en la chiquitina. Y luego la boda de Antón, en abril de 1825. Trece años tenía Doloretes. Aquel aliado suyo decidió quedarse con José Molas, a trabajar en el taller y a vivir en la casa. Lo había dejado escrito hasta en las capitulaciones matrimoniales: "Viviremos como una sola mesa y una sola familia. Era muy buena la Roseta, su mujer. Cariñosa con todos y fecunda, porque muy pronto llegaron los niños y no se paraba un momento de agobios y de alegría. Tampoco iban mal las cosas para el taller de José Molas. Estaba considerado el mejor llauner y vidrier de Reus y le encargaban muchísimo trabajo. Hasta para el ayutanmiento, porque con tantas revueltas siempre había farolas, hierros y cristales a reparar.
Por entonces ya rondaba en ella una determinación clara. Tenía muy cerca, en el cariño de sus padres y en la plenitud de sus hermanos Antón y María, el ejemplo de la vida matrimonial. Se había dado cuenta de que eso era lo que su padre deseaba para ella, porque algunas veces -cuando se sentaban todos en torno a la mesa- decía, como de pasada:
- Qué feliz seré cuando conozca a los hijos de todos mis hijos.
Ella sonreía, pero guardaba en silencio otra vocación. Brotaba de su alma como surgía de su cuerpo de adolescente una mujer, y de su pensamiento un carácter decidido. Sentía pasión por Jesús, por la invitación que hacía a quien le siguiera: "Ama, perdona...". Vivía enamorada de Él hasta lo más hondo, contemplarlo en la oración le había marcado por dentro huellas profundas y eternas, las del primer amor. Soñaba con consagrase a los pobres y dedicar la vida a consolar tanto sufrimiento como veía a su alrededor porque eso era lo que a Él le agradaba. Su madre conocía esta vocación pero su padre, con aquello de "los hijos de todos sus hijos", le preocupaba un poco. Además temía la vanidad. Si volviese a engañarla y ella no valiera para andar por aquel camino... Así que decidió ponerse a prueba.
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Desde hacía tiempo los padres de Dolores visitaban con frecuencia a los franciscanos, cuyo convento estaba cerca de la masía natal de los Vallvé. José Molas había reparado muchas veces lámparas y vidrieras de San Francesc, y después de la guerra había colaborado en la reconstrucción de su iglesia y su bello claustro. Piadoso como era, había pedido como único pago que los frailes llevaran en la oración a sus cuatro hijos. Doloretes lo acompañaba siempre a escuchar los sermones e incluso a realizar ejercicios espirituales. Entre los predicadores destacaba entonces un jóven sacerdote con fama de bueno y sabio: fray Pedro Pablo Salvador.
Él había sido y era aún su primer director espiritual. Dolores agradecía la caridad con que la iluminaba porque, aunque era todavía niña, fray Salvador le hablaba de cosas profundas con mucha seriedad, como a una bachillera.
- Es que hilas muy bien las ideas, hija, tienes talento varonil, le decía.
Era un gran halago, aunque a veces ella y sus amigas se preguntaban entre risas: "¿Será que las mujeres no pensamos?". Sin embargo aprendía mucho de aquel sacerdote. Aún conservaba muy recientes los recuerdos de un encuentro que la había inundado de alegría.
- Doleres -le había dicho fray Salvador-, acércate a Francisco de Asís. Escúchalo, hija, que te habla: "Todo el bien que hagas, hazlo por amor a Dios, y el mal que evites, evítalo por amor a Dios".
Ella había entendido perfectamente aquellas palabras porque enlazaban con las que Jesús susurraba en su alma. Y aún así, para ser a la vez humilde y generosa, como Él quería, se atrevía a corregir al poverello:* "Yo sola no hay bien que haga. Toma mis manos y mi amor por ti, Señor, y haz Tú con ese poco el bien que quieras".
Catorce años tenía, y cuántos sueños comenzaban a encarnarse y a cobrar sentido. El más grande: destinar la vida a ser mensajera del amor que le rebosaba. Y como eso significaba ser consolación, pidió a su madre que la llevara con ella cuando asistía a los vecinos necesitados. Así conoció allí mismo, en el Reus burgués y comercial, al borracho que se arruinaba, a la mujer que se vendía, al avaro que iba a morir solo, a los huérfanos encadenados al hambre. Y a todos les sonreía y les hablaba. Una vez, un chiquillo al que había llevado pan le dijo:
- Qué bonita es esa voz suya, señora, parece música. Cuando se escucha ya no se puede olvidar.
Y se quedó sorprendidísima porque nunca había pensado en cómo sería su voz al hablar, ni le parecía posible que una muchacha como ella pasase por señora. Por entonces fue cuando una anciana, enferma de mala vida, a quien llamaban Emilieta, llamó a su puerta para pedir limosna. *Desde el primer instante Dolores se compadeció de su desvalimiento y su tristeza. La hizo entrar al zaguán, y le trajo un vaso de agua, habló con ella, la tomó de las manos y recibió a cambio la primera sonrisa sincera de aquella pobre boca desdentada. Se propuso ayudarla y comenzó a prepararle a diario paquetitos con jabón, dinero del que su madre disponía para limosnas, comida que tomaba de la despensa y, a veces, hasta su propio almuerzo. Una vez incluso se acercó a visitarla en la choza donde habitaba, en el arrabal de Robuster, la peinó y la ayudó a asearse. La Emilieta se hizo visitante asidua del zaguán de los Molas y ella notó que, mientras enjugaba las lágrimas de aquella anciana por tantos malos recuerdos, en sus adentros saltaban las palabras de Francisco: Cuida lo que haces porque puede ser el único sermón que esta persona escuche hoy". Entonces le hablaba con toda su ternura:
- Emilieta, no estás sola ni abandonada. Eres hija de un Padre que te ama y te quiere consolar. Hay un abrazo para ti; mira, ¿ves? Yo te lo doy de su parte. hay perdón, no pierdas la esperanza.
Y después, al arrodillarse ante el confesonario donde la esperaba fray Salvador, le decía:
- Me parece que mi flaqueza se alivia cuando sigo el camino hacia los demás que Jesús me marca. Siento, padre, que si alguien me da un susto o asco, se me pasa enseguida porque el Señor me ayuda para que lo vea a Él. Allí frente a los ojos se me pone y me dice: "Sí, Dorores, sí. Acerca mi consolación a ese hijo mío. cuanto más desgraciado lo veas, más cerca debes estar". Luego me siento muy contenta, pero no por lo que haya hecho, que siempre es nada, sino porque he estado con Él.
- Para esto has nacido -le respondía fray Salvador. Y ella notaba que compartía su emoción.
Había guardado en secreto ante sus padres que acogía ala Emilieta porque intuía que el cuidado de aquella anciana abandonada y rechazada era una tarea demasiado grande para una niña. Por supuesto la sorprendieron y le preguntaron muy serios:
- ¿Es verdad eso de que te acercaste un día a su chamizo?
Ella le había hecho a Jesús una promesa y se había empeñado en cumplirla costara lo que costase. Era esta: *"Decir la verdad, decirla siempre, con cariño, con respeto, con misericordia pero sin miedo". Entonces respondió tranquila:
- Sí, estuve una tarde en el arrabal. Que tristes son las casas sin pan y sin fuego.
Luego miró a su padre con toda la humildad y el afecto que pudo asomar a sus ojos negros. Por supuesto, esta la regañó:
- ¿Cómo se te ocurre? Siempre tomas las decisiones por tu cuenta. Malo es que le hayas dado comida y dinero a nuestras espaldas, pero es que has corrido peligro andando por ahí.
José reprochaba incluso a su esposa:
- Buena la has hecho llevando contigo a la niña. *Con la voluntad que puso en aprender el Catecismo, no parará en la caridad hasta que se consuma.
Luego se dirigió a Dolores con unas palabras que despertaron en su corazón las viejas angustias:
- ¿No te basta con compadecerte del sufrimiento? A esa pobre mujer, tú sola no puedes ayudarla en nada. No vuelvas a verla. Y recuerda que la desobediencia a los padres ofende al Señor.
Ella, que había logrado guardar silencio, marchó cabizbaja al cuarto de sus sobrinos. Le encantaba atenderlos. Lavar con agua tibia aquellos cuerpecitos, vestirlos luego con las ropitas de dormir, juntar sus manitas para que rezaran y, antes de apagar el quinqué, escuchar sus ideas ingenuas y profundas. Sin embargo aquella tarde estaba triste. Pensaba: *"Compadecerse no es lo mismo que servir, y esto segundo es lo que Él me pide. Lo malo fue creer que yo sola podía ayudara la Emilieta". Era demasiado decidida, debía aprender a plegarse cuando los demás tuvieran razón. Y abrazó a los chiquitines con lágrimas en los ojos: la vanidad había derrotado de nuevo a sus deseos de ser buena.
De aquella confusión y tristeza supo sacarla su querido fray Salvador:
- Doloretes, el evangelio que quieres vivir está al alcance de tu mano, pero no lo encontrarás en dar pasos por tu cuenta. Deberías conocer a las Hijas de la Caridad. Tal vez puedas ayudarlas. ¿Por qué no te acercas los domingos por la tarde al hospital?
Así lo hizo. Y un mundo nuevo se abrió para ella. Enjugaba las frentes ardientes, aliviaba con abrazos el dolor de las recién paridas, aprendía a curar las heridas del cuerpo con ungüentos y las del alma con afecto. Y siempre miraba con dulzura y sonreía. También se azoraba, porque los enfermos la llamaban "ángel". Cuando terminaba la tarde, ella misma se sorprendía: "¿Ya es hora de marchar?". Veía a la comunidad dirigirse a la capilla para rezar la Vísperas y sentía que aquellos salmos tiraban de ella hacia adentro y la animaban a compartir por entero la vida de las hermanas: su tarea, sus votos y sus plegarias.
Entonces mi alma se alegrará con el Señor;
se regocijará en su salvación.
Que felicidad sería dedicar al Amado cada minuto de la vida. De hecho, se sentía extraña ante los coqueteos que le correspondían por su juventud, y con sus amigas ya solamente quería hablar de las monjas. Mercé, que la escuchaba absorta, lloraba de emoción y estaba decidida a profesar; Dolorcitas tenía más dudas y a veces se reía de los afanes de las otras: "Pues sí que vais deprisa". Ella, Ella, con sus ojos negros destellando alegría, le seguía la broma: "Vamos, vamos de prisa que hemos de ir a fundar". Y las tres reían juntas durante un buen rato.
Solo había una sombra en aquellos días felices: a sus padres tampoco les gustaba que pasara tantas horas en el hospital. No tenían quejas, eso no, porque Dolores legaba a todo y no ponía el pie en la calle sin haber dejado perfectamente compuestas sus tareas de la casa; se trataba de lo que encontraba fuera. Desde hacía algunos años, la Hijas de la Caridad de Reus tenían serios conflictos de obediencia con su orden matriz, los Paules, e incluso con el obispo. Y la propia Reus vivía tiempos turbulentos. Se anunciaba el desembarco en las fábricas de las primeras máquinas de vapor, se esperaba una inminente revolución en la industria textil, y una nueva riada de refugiados llegaba en busca de mejores oportunidades. Crecían los arrabales y, con ellos, una pobreza distinta a la del campo, más áspera y más cruel. José Molas estaba preocupado por la situación y temía por aquella hija a quien hasta entonces había protegido como a un tesoro.
Terminaba 1831 cuando el joven José, que tenía solo diecinueve años, anunció que se marchaba a trabajar a Barcelona. Su padre, que no se lo esperaba, se llevó un enorme disgusto.
- Muchacho, por Dios. Yo deseaba dejaros el taller a los dos, a mis hijos, que ambos lo sois igualmente.
José estaba preparado y supo responder con aquella gracia suya que hacía imposible enfadarse.
- Con Antón le basta, padre. No le moleste que le desande el camino. ¡Que me coy al sitio del que vino usted! Tengo dos manos dispuestas, un oficio bien aprendido y una cabeza que bulle de ideas. Quiero poner en marcha allí una fábrica moderna.
Había tomado una decisión dina de él, de su coraje y de su fuerza, porque era muy soñador aquel José y desde niño deseaba convertirse en un nuevo Simón Bolívar. Admiraba tanto al gran héroe americano que había sentido su muerte, acaecida el año anterior, como si lo hubiera conocido. Comprendía que las máquinas iban a traer un gran cambio y quería vivirlo en la primera fila, independiente y solo, alejada de suposición de hermano mediano entre el juicioso Antón y la luminosa Doloretes.
- Ya verá, padre, se va a sentir orgulloso de mí.
Y como viese que María Vallvé lloraba, la abrazó diciendo:
- Madre, usted también lo estará.
Lo hizo tal como lo dijo. Regresó al lugar donde habían brotado las raíces de su familia: el barrio de Santa María del Mar. Barcelona era la gran urbe que se ofrecía abierta para colmar los sueños de José. Cuántas veces había ella a aquel hermano, por quien sentía inmensa ternura, cruzando por primera vez las Ramblas, con su maleta de madera repleta de ropa nueva y el corazón henchido de esperanza. El tío Benito Molas, que tenía una pequeña fábrica de quinqués en la calle de Escudellers lo había arropado al principio. Sin embargo, José echó a volar enseguida por su coraje, su inteligencia y su don de gentes. Sabía adivinar los gustos y necesidades del siglo, así que fabricaba lámparas a la moda, destinadas ala alta sociedad, que pendían de elegantes cadenas de bronce y contaban con un depósito de aceite y una pantalla en porcelana esmaltada. Muy pronto comenzó a irle bien.
La despedida de su hermano conmocionó a Dolores. Si fuese tan valiente como José, si se atreviera... No había entrado aún 1832 cuando su querida amiga Mercé anunció que ingresaba de novicia con las Hijas de la Caridad. Sus padres la bendecían. cierto era que ya tenía allí una hermana, pero también que solo contaba con quince años. Los mismos que ella. Entonces Dolores se decidió a plantear en su casa su vocación religiosa e incluso, con su gusto por organizar bien las cosas, marcó una fecha: en marzo, en cuanto cumpliera los dieciséis años, la edad a la que su hermana María se había casado. Y comenzó a contar los días mientras pensaba: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta".
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El aire parecía inmóvil. Ni un sopo de brisa refrescaba el calor de aquella larga noche del 2 al 3 de septiembre de 1834. De vez en cuando, de las camas que ocupaban por completo las enormes salas del seminario de los Paúles, brotaban sonidos ásperos, como crujidos de hojas secas. Eran los moribundos. Pedían agua para la sed infinita, consuelo ante los espasmos de la agonía. Mientras tanto a lo lejos, entre los pinos y los olivos, centenares de grillos cantaban a la luna. No sabían del terrible dolor que golpeaba a Reus; no conocían la peste azul.
La vigilia avanzaba. Dolores Molas ayudaba a quienes, en el fondo de su corazón, llamaba ya hermanas. Mientras tanto la memoria le traía el recuerdo de un momento determinante del que aún no habían pasado tres años.
Era una tarde de sábado, a finales de febrero de 1832. Hacía frío y en la casa del carrer Padró se notaba aún la ausencia de José que tanto los hacía reír con sus ocurrencias. Estaban todos sentados entorno a la gran mesa de castaño, junto al hogar. Sobre el mantel de lienzo quedaban las pocas sobras de una fuente de calçots y unas butifarras. Habían cenado tranquilos pero luego Antón y s familia, a una señal e José Molas, se habían marchado. Quedaron solos la muchacha y sus padres. Algo importante le iban a anunciar, pensó ella. Algo feliz porque sonreían ilusionados. Fue José quien tomó la palabra:
- Hija, un profesor muy querido y respetado, don Mariano Ríus, ha reservado una vacante para ti en su colegio. Tu madre y yo nos hemos llevado una alegría. Ella porque siempre quiso que completarás la instrucción primaria; yo porque es bueno que la hija de una fabricante tenga conocimientos para dirigir un comercio. El de su familia o, si es voluntad de Dios, el de su esposo. Ya nos has demostrado que eres inteligente y aplicada. hemos dicho que sí, claro está, y don Mariano te espera a partir de julio.
Dolores palideció. El momento de desvelar el secreto de su corazón aparecía sin previo aviso, como el ángel en casa de María o como Jesús en Emaús. Tomó aire. Le temblaban las manos y un nudo le apretaba la garganta.
- Padre, madre, os agradezco mucho este regalo. Claro que me gusta aprender, y el de don Mariano es un buen colegio. Pero hay algo importante que hierve en mi alma y os lo tengo que decir porque ya me rebosa.
En ese instante María Vallvé se levantó. Había comprendido que su hija iba a plantear la vocación religiosa y adivinaba la tormenta. Nerviosa se dirigió a la tinaja y sirvió de nuevo agua para los tres. La frente de José estaba sombría. Dolores había recobrado la serenidad y continuó:
- Dentro de mí siento una vocación muy clara. Quiero unirme a las Hijas de la Caridad. Lo haré por amor al Dios, como usted me enseñó, padre; y por amor a los pobres, como me enseñaron mi madre y la abuela María.
José Molas se llevó ambas manos al pecho. Parecía dolerle el corazón. Le faltaba el aliento y gruesas gotas de sudor descendían por su frente. Entonces miró al fondo de los ojos negros de su hija y con la voz ahogada susurró:
- Nunca.
- Padre...
- Nunca. Y menos con las Hijas de la Caridad que están en revolución, como los tiempos. ¿Pues que no se les fue media comunidad en el 25?
- Pero, padre, de eso hace ya mucho.
- Aun sí, no se aquietan. Andan en peleas con el obispo y con su propia congregación. ¿Y las prefieres a ellas en vez de a tu familia? ¿Qué dices tú a eso , María?
La esposa bajó la cabeza y se dobló como si hubiera recibido un golpe.
- Nada he de decir.
Dolores sintió el mismo golpe. Su madre, que conocía tan bien aquel secreto, ¿guardaba silencio? Pues ella seguiría hablando.
- Padre, el Señor me llama, me quiere por esposa. Yo le amo y deseo servirle. Mi vocación es sincera. Si usted supiera lo feliz que soy en el hospital. Si supiera qué grande es la llama de amor que me arde por dentro. Hay tanto que consolar, tanto dolor, tanta miseria...
- Pero hija, ¿no estás viendo cómo persiguen otra vez a la Iglesia? ¿Cómo suenan de nuevo tambores de guerra con esto de que la heredera al trono es mujer y hace perder sus derechos al Infante don Carlos? ¡Nos van a meter en otro desastre! No, Doloretes, no. Tú aquí, recogida en tu casa. Sólo tienes dieciséis años.
La muchacha se irguió. No quería ser rebelde y no podía callar.
- Es la edad a la que usted permitió casarse a María.
Por primera vez desde la noche santa en que aquella hija había venido al mundo, José Molas le levantó la voz:
. ¿Esas tenemos? ¡Pues no hay más que hablar!¿De ser monja no quiero volver a oír ni una palabra en lo queme quede de vida!
Con los ojos llenos de lágrimas, Dolores dirigió una larga mirada a su madre. María Vallvé la entendió.
- ¿Puedo retirarme, padre?
Sí, pero espera un momento... Comprende que todo es por tu bien.
Se había apaciguado. Aún le faltaba aliento pero sabía que la muchacha obedecería. La cuestión había quedado zanjada.
- Lo sé, Padre, no se preocupe. Buenas noches.
Obedecer, plegarse. Y en lo que más deseaba en el mundo. Muy poco después, cuando Dolores lloraba arrodillada junto a su cama, pidiendo a Jesús a la vez fuerza para seguir adelante y perdón para los rasgos de orgullo, su madre acudió junto a ella. Ambas se abrazaron con todas sus fuerzas y unieron su llanto hasta que por fin, al cabo de un rato, María pudo hablar.
- Espera un poco hija. Nada, solo tres o cuatro años. Dios te ayudará. Los rumores de que habrá una guerra cuando muera Fernando vii parecen ciertos. Tu padre está muy preocupado. ¿Noves que le da miedo perderte tan joven? Todavía te ve como su xiqueta, le cuesta comprender que ya eres una mujer. Y no se le ha cerrado aún la herida por la marcha de tu hermano.
A tu edad no lo parece pero la vida es larga. Quizá es una prueba. Quizá el Señor te quiere más fuerte aún, más hecha.
- Sí, quizá.
María besó entonces a su hija en la frente, luego la arropó con la manta de lana y salió sigilosa. Dolores así acostada, con los ojos abiertos, continuó pensando: "Esperar, esperar... Cuánto me cuesta. Es lo que más me cuesta del mundo. Si se pueden resolver las cosas, tener que esperar...".
Entonces volvió a sentir en el alma su dolor agudo de comulgante, aquel temor tan triste de haber perdido la Gracia que tantas veces nublaba su alegría. Pero esta vez había comprendido. Saltó de la cama y, antes de arrodillarse, se recompuso por dentro. Iba a hablar con el Señor:
- Tú preferías que esperase hasta los doce años para recibirte. ¡Y yo me empeñé en adelantarlo! Entonces te disgustaron mi vanidad y mi impaciencia. Por eso ahora me vuelves a presentar la misma prueba. ¡Es una segunda oportunidad! Antes de ser tu esposa tengo que mortificar mi voluntad torcida, tengo que perfeccionarme. Esperaré como me pides, Señor. Y lo haré con alegría, nadie notará que mi corazón vive ya con tus Hijas. Hágase Tu voluntad.
A la mañana siguiente, el hogar volvió a su cauce y Dolores a su tarea cotidiana. José Molas no se atrevió a prohibirle a la hija las visitas al hospital, pero no le hacían gracia, así que a veces ella salía en secreto. A partir de julio acudió como alumna al colegio de don mariano Ríus. Se dio cuenta de que aprendía y disfrutaba. Le gustaba también el carácter del profesor: serio, firme y comprensivo a la vez. Por su parte don Mariano se convirtió enseguida en admirador devoto de aquella alumna y dijo a sus padres:
- Se aplica mucha en todas las asignaturas y observa una muy conforme conducta, tanto moral como religiosa. Pero es que además nadie piensa como ella sobre cuanto la rodea, y nadie ve las honduras de los corazones como las ve ella. Es un verdadero ángel.
Otra vez aleteaba por allí aquel ángel en quien nadie adivinaba -así se lo decía ella a sí misma- tantas plumas secas. Estudió con ganas, siempre calmada y serena, pero su salud sufrió un cambio notorio a partir de entonces. Comenzaron a golpearla unas jaquecas muy fuertes que el menor ruido reverberaba en su cerebro como un cañonazo, no podía abrir los ojos ala luz, cualquier olor le producía nauseas, no le pasaba el alimento y tenía que permanecer acostada a oscuras durante dos o tres días. Luego, al recuperarse, se encontraba muy débil. Su madre y su cuñada Rosa debían atenderla y ella les pedía perdón, desolada por no ayudar en nada.
- Cuánto lo siento, madre. Perdóname Roseta, que ya hay muchos niños y hacen falta manos.
- Ahí están piando por la tía Doloretes, que es a quien más quieren en este mundo -reía su cuñada-, pero tú ponte buena, que ellos agusrdan lo que haga falta.
Aquellas jaquecas se convirtieron a partir de entonces en una dura prueba. Fray Salvador, que la conocía bien, le dijo:
- Tal vez, aunque tu deseo de cumplir la voluntad de Dios es firme, el cuerpo frágil protesta por la renuncia.
Seguro que el confesor tenía razón. Sin embargo, había notado que los dolores de cabeza acompañaban a sus esfuerzos por suspender los sentidos y comenzar el camino de la contemplación. para conseguirlo, tenía que purificarse de muchos, muchísimos defectos, y eso la atormentaba. Pero con jaquecas o sin ellas deseaba amar de forma perfecta a los desvalidos, por amor a El. Y sucedía que ese amor, cotidiano y excelso, cuanto más grande era, más crecía. "Adelante, Dolores -pensaba- que cada día es un día más para servirle".
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A lo lejos, en la bruma que recordaba a Reus la cercanía del mar, se escuchó el canto de un gallo. La luz del alba dobregaba la noche. Había terminado la vigilia. Sor Concepción, que se había acercado a Doloretes sin que esta lo advirtiera y había permanecido unos instantes mirándola con orgullo de hermana, susurró:
- Es hora de despedirte. Se llevan todos los cadáveres al depósito, así nos lo han mandado. En la puerta del hospital están ya tu padre y tu hermano. Ha venido también tu profesor, don Mariano, que tanto te quiere. Y fray Salvador, que anoche la confortó con la extremaunción. Nosotras rezaremos por vuestro dolor. Y ya lo sabe, Doloretes, cando puedas aquí te esperamos.
La muchacha miró a los ojos de la religiosa con los suyos tan negros, llenos de afecto. Luego se arrodilló junto al cuerpo consumido de María Vallvé, envuelto ya en el sudario, y rezó en silencio como si gritara: "Madre mía, adiós. Adiós. No te volveré a ver enesta vida pero tú sí me verás. Ya estás con el Señor, madre. Pídele que no me deje de su mano. Que yo algún día pueda ser Su esposa y la mensajera de Su amor.
Entonces, estremecida, sintió vividamente una caricia en su cabello negro. María Vallvé le había respondido: "Dolores, hija mía, inunda de consolación a tu padre y no tengas prisa, que Él te espera".

