6. Se llama madurez el momento en que uno crece y toma sus propias opciones. Ahora bien, esta ruptura necesaria para seguir la propia misión comporta separación, pero no orfandad. Tomar las riendas de la existencia equivale a desvincularse de un apego afectivo para vivir con mayor autonomía y madurez una relación de la que ya no se depende. Y este costoso proceso se produce cuando se asimilan los valores infundidos por el otro que terminan por hacerse propios. El sentimiento de orfandad, en cambio, emerge cuando el otro no crece contigo y no acepta que, precisamente, los principios y criterios que te ha inculcado hayan tomado un desarrollo en ti y te lleven a tomar opciones libres y por otros derroteros a como él la piensa. La primera resistencia natural ante la libertad del otro muestra la lucha interna que sostenemos entre la tendencia a domesticar la relación y el dejarse configurar por los valores que profundamente se desean. Separarse no es romper. La ruptura llega porque se entra en colisión con los principios fundamentales. Y esto le pasó con la Hermandad.