5. Para salir del impasse que supone definir la identidad de la vida religiosa apostólica femenina incorporando lo social en lo teologal y articulándolo sin caer en polarizaciones, de manera que Dios y hermano constituyan un tándem inseparable, me parece ilustrativa la historia de Moisés. De hecho, el texto bíblico hila muy fino, pues precisamente cuando Moíses sale del ámbito palaciego es testigo del sufrimiento de Israel y, posicionándose, ante el maltrato dispensado por Egipto, paradójicamente, Moíses descubre su propia identidad, pues también él es hebreo y no lo sabía. Pero tendremos que esperar a Éxodo 3 para que nuevamente Moíses se salga del camino para contemplar un extraño fenómeno: el de una zarza que arde sin consumirse. Y al asomarse para ver, paradójicamente es visto. Dios le habla desde allí a liberar a su pueblo. Su identidad no se reduce simplemente a la de ser un hebreo, sino que es enviado a liberar a Israel de la esclavitud.