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9. Queda con ello ampliamente demostrado que, tanto en su origen como vida religiosa apostólica, como en el nombre que expresa el carisma, la dimensión social es inherente a su ser. Es decir, su existencia no se comprende sin esta conexión, probablemente propiciada por los avatares históricos, pero con un germen teologal que alcanzó su madurez en el siglo XIX.