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8. Gracias a la intervención del obispo Damián Gordó y Sáez la situación no fue a más. Este, exponiendo su vida, se personó “en medio de las hordas desenfrenadas, exhortándolas a que cesasen el furor “. No obstante, hubo víctimas, y entre ellas don Antonio Gonzalez, secretario de la corporación municipal y persona afín a María Rosa Molas y a las hermanas. De hecho, él fue uno de los artífices de su llegada a Tortosa y posteriormente uno de sus protectores en la Casa de Misericordia. Su ausencia a partir de 1854 se hará sentir, ya que van a estar más expuestas a las hostilidades de la administración pública.