5. De nuevo, el nombre debe recordar los deberes no y, como en el art. 3, del Instituto, sino de la Hermana. O sea, lo que una hermana debe ser para Dios, para el prójimo y entre ellas. Una importancia que se desdibujará con el pasar de los años pero que se recobra cuando el Concilio Vaticano II insta a los religiosos a definir su carisma (Perfectae caritatis, 2) y cristaliza en la formulación de las actuales Constituciones (1983): La Santa Madre puso al Instituto bajo su protección con el título de Nuestra Señora de la Consolación, nombre que expresa nuestro Carisma y sintetiza nuestra Misión (Cont. 7).