15. XIV estación JESÚS ES COLOCADO EN EL SEPULCRO - Del Evangelio según san Juan (19,40-42) [José de Arimatea y Nicodemo] tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos. En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús. De los escritos de san Francisco de Asís (Carta a los fieles II, 61-62: FF 202) Y a aquel que tanto ha soportado por nosotros, que tantos bienes nos ha traído y nos traerá en el futuro, y a Dios, toda criatura que hay en los cielos, en la tierra, en el mar y en los abismos rinda alabanza, gloria, honor y bendición, porque él es nuestro poder y nuestra fortaleza, y sólo él es bueno, sólo él altísimo, sólo él omnipotente, admirable, glorioso y sólo él santo, laudable y bendito por los infinitos siglos de los siglos. Amén. Todo comenzó en un jardín, el Edén, que nuestros primeros padres recibieron como don y para ser cuidado, y del cual fueron exiliados por no haber confiado en Dios. Todo vuelve a comenzar en un jardín, donde Jesús fue sepultado y donde resucitó; un lugar en el que la antigua creación, frágil y mortal, se transforma en nueva creación, que participa de la misma vida de Dios. Este lugar es la puerta por medio de la cual Jesús descendió a los infiernos, y es la entrada al Paraíso, ya no terrenal y pasajero, sino celestial y definitivo. Este es el lugar del último gesto de piedad y de las últimas lágrimas derramadas sobre el cuerpo de Cristo muerto. Es el lugar del primer encuentro con Cristo resucitado, vivo para siempre, reconocible sólo cuando nos llama por nuestro nombre o abre nuestros ojos, e imposible de retener. El lugar en el que María Magdalena recibe el mandato de anunciar que la muerte ha sido vencida, porque Jesús de Nazaret ha resucitado, es el Señor, el Viviente que ya no puede morir. Desde entonces, también nosotros somos sepultados —gracias al Bautismo— junto con Jesús, en ese mismo jardín, con la esperanza cierta de que Aquel que ha resucitado a Cristo de entre los muertos dará la vida también a nuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en nosotros (cf. Rm 8,11). Te damos gracias, Señor, porque has dado un fundamento cierto a nuestra esperanza de vida eterna. - Oremos diciendo: Ven, Señor Jesús. - A seguir caminando con nosotros en el Jardín: Ven, Señor Jesús. - A enjugar las lágrimas de nuestros ojos: Ven, Señor Jesús. - A darnos una esperanza cierta: Ven, Señor Jesús. - A quitar la piedra que nos oprime el corazón: Ven, Señor Jesús. - A hacernos vislumbrar el Paraíso: Ven, Señor Jesús.