14. XIII estación JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ - Del Evangelio según san Juan (19,38-39) Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús —pero secretamente, por temor a los judíos— pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo. Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. De los escritos de san Francisco de Asís (Cántico de las criaturas 27-31: FF 263) Loado seas, mi Señor, / por nuestra hermana la muerte corporal, / de la cual ningún hombre vivo puede escapar. / ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! / Bienaventurados los que encontrará en tu santísima voluntad, / pues la muerte segunda no les hará mal. Jesús acaba de morir, y su muerte ya comienza a dar los primeros frutos. José de Arimatea y Nicodemo, que eran discípulos de Jesús, pero a escondidas, porque tenían miedo de exponerse, ahora tienen la valentía de pedirle su cuerpo a Pilato. Realizan así un gesto de piedad humana, el de quitar de la cruz a un condenado y sepultarlo con dignidad y respeto. Nunca debería haber cadáveres que no sean restituidos ni sepultados; las madres, los familiares y los amigos de los condenados nunca deberían verse obligados a humillarse ante las autoridades para que les restituyan los restos martirizados de un ser querido. Incluso el cuerpo de un muerto conserva la dignidad de la persona y no puede ser ultrajado, ni ocultado, ni destruido, ni retenido, ni privado de una digna sepultura. No sólo el cuerpo de una persona decente, también el cuerpo de un criminal merece respeto. Oh Jesús, tú fuiste injustamente capturado, torturado, juzgado, condenado y asesinado, pero tu cuerpo fue restituido y honrado; haz que nuestro tiempo, que ha perdido el respeto por los vivos, lo mantenga al menos por los muertos.