Carmen Guaita - CONSOLACIÓN
Historia de la madre María Rosa Molas
NOTA DE LA AUTORA (Carmen Guaita) - Los hechos de la vida de santa María Rosa Molas narrados en este libro son reales y están tomados de las biografías escritas por suconfesor, el padre Sebastán León Tomás, por el padre Anastasio Sinués, por Madre Esperanza Casaus y por la madre María Teresa Rosillo, hermanas de la Consolación. También se han obtenido de los documentos del proceso de su canonización, de los testimonios de sus contemporáneos y de las cartas escritas por ella misma. Las opimiones sobre su figura que se responden están documentadas. La mayor parte de las frases que ella pronuncia corresponden a sus escritos.
Así pues, la autora no ha novelado los hechos biográficos sino la forma de narrarlos, como recuerdos de la propia madre. Mirar desde dentro a una personalidad tan extraordinaria como María Rosa Molas ha sido un gigantesco reto y un maravilloso regalo. Agradezco a la madre Antonia Munuera, superiora general de las Hermanas de la Consolación, la supervisión y el constante apoyo; y al padre Rafael Serra, párroco de la parroquia de la Inmaculada Concepción y rector de la parroquia de Cristo Rey, de Reus, su inestimable ayuda para abordar la dimensión mística de santa María Rosa Molas.
Reus, el lugar natal de María Rosa, era en 1808 la segunda ciudad más poblada de Cataluña. Próspera e industriosa, campesina y burguesa, liberal hasta la médula, había atraído entorno suyo a un buen número de emprendedores. Al comenzar la guerra acogió también a centenares de refugiados que huían del asedio de Barcelona. Así llegó la familia del buen José Molas, artesano y comerciante, que ya quedó allí afincada. Enseguida la propia Reus se vio golpeada atrozmente por la campaña napoleónica. Como toda Cataluña, fue anexionada a Francia e incluso llegó a ser constituida capital del departamento galo de Bocas de Ebro. Así permaneció, sofocada y humillada, hasta 1814. Durante las décadas siguientes, en la infancia y juventud de María Rosa, Reus pasó sucesivamente de manos españolas a francesas, presenció motines y sublevaciones, inició algaradas que quemaron sus iglesias y conventos, fue cuartel general de carlistas, soportó asedios y bombardeos, enfermedades, hambre y tristezas. En sus calles céntricas y en sus arrabales vivieron, amaron y perecieron miles de personas cuyos nombres se ocultan bajo los laureles de los reusenses ilustres, como el político Prim, el pintor Fortuny o el arquitecto Gaudí.
Allí lloraron su soledad muchos ancianos y crecieron sin amparo muchos huérfanos que no entendían los vaivenes de la política sino los más humanos de la alegría y el dolor. Y a María Rosa, la muchacha alta, morena, callada e incandescente a quien en casa llamaban Doloretes, no le pasaron desapercibidas tantas penas. Ella las vio. Y las siguió viendo después, en Tortosa y en todos los lugares a los cuales la condujo esa mirada. Contó además, desde la infancia, con una dimensión mística, profunda y verdadera, que pasó casi desapercibida porque la mantuvo en silencio. Sin embargo, la profunda unión con Dios, a quien amaba y buscaba absolutamente, impregnó su vida entera y la llevó, en sus últimos años, a las moradas más altas de la espiritualidad.
María Rosa Molas y Vallvé, canonizada por la Iglesia católica en el año 1988, vivió en un tiempo que necesitaba consolación. Desde el principio comprendió esa llamada de sus contemporáneos y tendió las manos. Supo enseguida que a través de ellos le llegaba el grito doliente de toda la humanidad. Entonces pidió a sus hermanas que tendieran sus manos hacia el futuro, hasta hoy. Para siempre.
Esta es su historia.
CAPÍTULO PRIMERO
UN CORAZÓN LAUREADO
DE PENAS Y DE FAVORES DIVINOS
(1815 - 1834)
En la noche del 2 al
3 de septiembre de 1834
- Doloretes, tu
madre ha muerto.
Había oscurecido.
La luna pintaba de azul la fachada del seminario de los Paúles, recién
confiscado por los liberales y convertido en hospital de incurables durante
aquella terrible epidemia. Acababa de abrirse el gran portón y, al contraluz de
los candiles, una Hija de la Caridad, envuelta en las alas blancas de su toca,
había pronunciado estas palabras con la voz empapada de cansancio y compasión.
A través de los ventanales, abiertos de par en par en busca de aire fresco, llegaban
hasta la calle gemidos desgarradores. Provenían de los labios resecos de
doscientos enfermos agitados por la sed inagotable de la peste azul, a quienes
aliviaba solamente el aleteo amoroso de las tocas. En aquel magma de dolor
había yacido María Vallvé, consumida por la fiebre, durante dos días de agonía
interminable. Hasta aquel momento había sido siempre fuerte y sana, La víspera
había cumplido 63 años.
Antón, su hijo
mayor, y Doloretes, la más pequeña, no se habían movido de allí a la espera de
noticias. El joven treintañero, con los puños cerrados y los ojos cuajados de
llanto; la muchacha, rezando desde lo más profundo, absorta en la oración. Pero
cuando se abrió la puerta y vieron salir como un ángel a sor Concepción
Bruguetas, en quien Doloretes confiaba, ambos comprendieron antes de oírlo que
su madre querida había exhalado el último aliento. Se había apagado para
siempre la risa alegre que la enfermedad hundió en las mejillas; había cesado
su actividad incansable. Doloretes levantó entonces sus ojos negros como el
azabache, brillantes de lágrimas, y dijo en un susurro:
-Está en el cielo. Todas las palabras que
Nuestro Señor guarda para los justos en el Juicio final las cumplió en ella.
Sor Concepción
descendió los escalones y la inundó con una mirada de afecto.
-Sí, hija mía,
está en el cielo. Fray Salvador ha atendido su alma y nosotras rezaremos por
ella y la velaremos. Veintiuna persona se nos han ido sólo en el día de hoy,
que el Señor las acoja. Ahora marchad a casa. No podéis entrar, hay órdenes por
la peste. yo regreso al hospital.
Cuando la
religiosa atravesó de nuevo el portón. Dolores no puedo evitar un gesto rápido,
como si quisiera entrar con ella, pero se detuvo, bajó la frente y cerró los
ojos. Antón comprendió que su hermana rezaba de nuevo y abrazó a aquella
muchacha de diecinueve años que soportaba el peso de todo. Rosa Francisca maría
de los Dolores, llevaba por nombre de bautismo. Como él y como todos los
Vallvé, era de buena estatura, con la piel dorada y la mirada intensa y
compasiva. De distinto padre eran aquellos dos hermanos, sí -y había en Reus
quien se encargaba de recordarlo- pero hijos ambos, sin poderlo negar, de
aquella mujer valiente y buena que acababa de marcharse. Iban a llorarla mucho,
por eso Antón había crispado otra vez los puños y por eso habló con la voz
quebrada.
-Se nos ha ido la
caridad. Tuvo que cuidar a esa vecina, no sintió miedo. La gente se estaba
muriendo por las calles, pero ella venga y dale: "Que está sola, que
dejará cuatro huérfanos". Y la peste la cogió, Doloretes, la cogió a ella.
-Nuestra madre lo
daba todo, Antón, por eso la muerte no se ha llevado nada. Pero mi padre, con
lo que la quería, cuánto dolor va a sentir.
El joven miró a
aquellos ojos profundos.
-Le quedas tú. No
quedas a todos.
- Yo trabajaré en
la casa, os atenderé, no te preocupes.
Entonces las
lágrimas descendieron lentamente por las mejillas de Dolores. Sí, la madre
buena que conocía los secretos del corazón de su hija y comprendía su vocación
ardiente, se había marchado demasiado pronto.
Los dos hermanos
fueron recorriendo despacio las huertas, el humilde barrio y las viejas plazas
de San Pedro y del Mercadal, que separaban el Seminario del número 19 de la
calle San Pedro de Alcántara, el carrer Padró, donde estaba su casa. Comenzaba
el mes de septiembre de 1834. El calor había sido sofocante durante todo el
verano y aún abrasaba. Reus no podía dormir. Un murmullo parecido al de las
olas, mezcla de llantos lejanos y ruedas de carretas, atravesaba las calles del
centro y se perdía en los arrabales para regresar enseguida y alejarse otra
vez, sin descanso. La epidemia de cólera había golpeado a aquella ciudad
orgullosa cuando comenzaba a levantar la cabeza tras la invasión napoleónica.
Decían que la habían traído los soldados al volver de la Guerra de sucesión
portuguesa, decían que unos misteriosos monjes habían envenenado las aguas, y
mil motivos peregrinos corrían de boca en boca, embozados en el temor a la
muerte horrible de la peste, pero realmente nadie lo sabía. Las Hijas de la
Caridad, con quienes Dolores tanto compartía, a quienes desde hacía tanto
tiempo deseaba acompañar, cuidaban a centenares de enfermos en los hospitales,
pero muchos otros fallecían en sus casas o en las calles. María Vallvé había
permanecido en su hogar hasta que la enfermedad se hizo demasiado atroz y hubo
que ingresarla. "Yo la cuidaré, la limpiaré, le daré de beber
constantemente y estaré a su lado", había dicho Doloretes al médico. Y
aquel buen hombre, impresionado por la abnegación de la muchacha, lo autorizó.
Desde entonces, ella no se había separado del lecho donde yacía el pobre cuerpo
agitado por los espasmos. José Molas, el padre de familia, rendido de dolor,
aceptó que la hija que era toda su alegría arriesgara la vida al cuidado de su
madre; y Antón la había apoyado aunque en la casa familiar vivían también su
mujer y sus tres pequeños. Ya no convivían allí los otros dos vástagos de María
Vallvé: María se había casado; José varón que precedía a Doloretes y era su
único hermano de padre y madre, buscaba el sustento en Barcelona.
Y ahora, en esta
primera noche de verano, Doloretes y Antón regresaban de los Paúles. Él
tembloroso; ella, dentro de sí misma, rezando, rezando.
- Has sido muy
valiente.
- No me digas eso
Antón. Es lo que hubiera hecho madre.
- Consolar.
- Consolar... Si
yo pudiera tanto.
- ¿Sabes que me
habló de ti hace pocos días, justo al comienzo de la enfermedad? Me dijo:
"El Señor le ha dado a tu hermana un corazón tan amplio, que cabe el
mundo. Lo tendrá que poner al servicio de los demás".
Doloretes bajó la
mirada. Ella sabía de sí misma, no le gustaban las palabras grandes.
- Antón, por favor, no me hables de
esa manera. Lo que Dios haya puesto en mi corazón suyo es.
- ¿Y ahora? ¿Qué
será de tus sueños? ¿Qué será de tu vocación de monja?
- Mi padre me
prohibió ir al convento hace tres años, ya lo sabes.
- Lo sé. Y sé que
madre calló en aquel momento. ¿Adivinaría ella que iba a marchar pronto?
- Antón, hermano,
lo que está preparado para mí, va a llegar. Yo soñaba con ir deprisa pero iré despacio,
quería que mis padres me acompañaran orgullosos al altar y tendré que acercarme
sola. Pero llegará.
- Y mientras
tanto tú con tus baldes de agua para que todo esté pulido, tus guisos, tus
flores. A arremangarte y a trabajar, como nuestra madre.
- Y a rezar con
toda el alma, que so fue mi padre quien me lo enseñó. Va a sufrir mucho. ¿Cómo
se lo diremos?
- Con compasión.
Pero su hija eres tú, Doloretes.
- Sí, voy a su
lado. Y luego... Quiero pedirte un favor, Antón. Aunque no llevas su sangre te
aceptó como hijo por el amor que tenía a nuestra madre y te crío desde niño.
- Sí, y se lo
agradeceré siempre. Dime cuál es el favor.
- Quédate con él
esta noche. Así yo podré acompañar a las Hijas de la Caridad para velar a madre
y prepararla.
- Doloretes, no puede ser. Ha muerto de la
peste azul. Ya te has jugado la vida bastante estos días sin separarte de ella.
las hermanas le vestirán el sudario.
- Yo lo haré.
- Pero tú ¿sabrás
xiqueta?
- Tengo ya
diecinueve años. He ayudado cientos de veces a las monjas en el hospital. Madre
me enseñó a amortajar cuando la acompañaba por las casas. Donde nadie quería
entrar, ella entraba. Incluso ahora con la peste, con el terrible olor y la
podedumbre, no dejó de hacerlo.
- Y tú a su lado.
A consolar a los tristes, a velar a los moribundos, a tomar la mano a los
apestados. Hasta que te consumas.
- Antón, a consolar se aprende. Es
como abrir una puerta y luego otra. Si he velado ya, ¿Se lo negaré a mi
madre? Si mañana cuando sea monja, iré a dónde me requieran sin atender a lo
bueno o lo malo que me encuentre, ¿me va a dar miedo hoy el cuerpo de quien me
dio el ser?
- Harás lo que
hayas decidido, que de tesón vas bien servida. Me dirás que juntas el apellido
Molas con el Vallvé pero no, qué va. Eres más voluntariosa que todos nosotras
juntos.
- Vamos a
decírselo a mi padre. La llorará tanto.
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Cuando se marcha
una madre, la vida entera pasa ante nuestros ojos como si quisiera volar tras
ella. Así fue para Dolores aquella noche de oración y memoria.
Cuántas cosas
había aprendido de aquella mujer generosa. En primer lugar, claro, sobre su
propia historia. A María Vallvé le encantaba contar a la hija, mientras las dos
se afanaban en el orden de la casa, las circunstancias de su nacimiento.
- Nunca olvidaré
la fecha: el 24 de marzo de 1815. Era la noche del Jueves Santo y, por si fuera
poco, llegaste a la vida durante la Hora Santa. Reus olía a incienso y a flores
de olivo. el aire venía templado, entraba la primavera. Y mientras todos
acompañaban a Nuestro Señor en el comienzo de su agonía. Él me hacía a mí el
mayor regalo que he tenido en la vida. Qué maravilloso fue verte: morenita y
despierta pero tan chiquita que nadie hubiera dicho que luego ibas a crecer
tanto. No cumplías media hora y ya mirabas, te chupabas las manitas... Yo no
cabía en mí. Había tenido miedo, ¿sabes hija? Ya no era joven, pasaba de los
cuarenta. Y cuando estuve casada con Antón Ros, al principio, me creía yerma.
Esperé quince años antes de que llegaran mi niña Sebastiana, que casi con los
pañales se me fue al cielo, y luego tus hermanos Antón y María. Al poco vino la
viudedad triste y, en medio de ella, una nueva ilusión. Ya ves, hija, sólo
tenía que esperar lo que la Providencia me había destinado: un hombre bueno que
casó conmigo por amor, y por amor acepto que yo fuera viuda y mayor que él, y
quiso a Antón y a María como si fueran suyos, sin importarle las habladurías ni
las mezquindades. Yo quería darle hijos a tu padre y vino José, que me llenó de
alegría. Sin embargo aquella noche de Jueves Santo, cuando tu llegaste,
Doloretes, trajiste una felicidad tan grande que no se puede explicar. Supimos
que el Cielo nos había bendecido con un don especial: había enviado un ángel a
la Tierra. Y cada día lo hemos sentido así.
En ese instante,
María soltaba el paño o la espumadera y apretaba muy fuerte la mano de su hija.
Ella se sonrojaba. No le gustaban las lisonjas. Se decía que si de verdad fuera
un ángel reflejaría siempre la bondad de Dios y no tendría las asperezas que
ella sola conocía y que le atormentaban. Así que, para continuar la
conversación, preguntaba a su madre algo que la distrajera.
- ¿Y mi padre se
puso contento?
- ¿Tu padre? ¡No
hay palabras para contarlo! ¿La de vueltas que dio alrededor de tu cuna! Nunca
se había comportado así: reía y lloraba a la vez. Luego, cuando nos dijeron que
habías venido débil y se temía por tu vida, sufrió todavía más que yo. No paró
hasta que conseguimos bautizarte al día siguiente.
Entonces la niña,
que había escuchado muchas veces la historia, apuntaba:
- En la iglesia
de San Pedro. En Viernes Santo.
Y María proseguía
entusiasmada, sin parar ni un momento de barrer o fregar o coser o guisar:
- Te llamamos en
primer lugar Rosa y Francisca, como tus padrinos. Y bien estuvo, que a tu tía
Rosa Molas te pareces mucho en la forma de mirar, así como clavando los ojos.
Luego tu padre tenía el empeño de ponerte María de los Dolores y de que en casa
te nombráramos siempre así.
El Hijo de la
Dolorosa, llamaban en Reus a José Molas por aquella devoción intensa a la
Virgen más andaluza. La había aprendido de su propia madre, la abuela María
Arias.
José había
llegado allí en 1808, huyendo de los franceses tras la toma de Barcelona. Muy
pronto se convirtió en un artesano del metal querido y respetado, reusense de
corazón aunque añorara el olor a salitre de su barrio de infancia. Era el de
Santa María del Mar, un inmenso zoco mediterráneo con sus calles medievales y
sus mil establecimientos donde se compraba y vendía de todo. La bella iglesia
gótica, de esbeltas torres, saludaba desde lejos a los marineros y prometía amparo
a los menestrales, cuyas casa y talleres se apiñaban a la sombra de las
arquerías. Allí vivían dignamente los Molas, que reunían en torno suyo a ocho
hijos. La abuela María Arias había nacido bajo la luz blanca de la bahía de
Cádiz y antes de llegar a Cataluña, todavía niña, sabía ya de despechos y
tristezas. El abuelo Eudaldo era mediero. Poseía una fábrica de medias y
guantes de seda que prosperó hasta febrero de 1808, cuando las tropas francesas
al mando del general Lechi entraron en la Ciudad Condal, y sus edictos de
ejecución inmediata destrozaron las industrias y castigaron a los gremios. Poco
después falleció Eudaldo, herido por la pérdida del trabajo de toda su vida.
Entonces María Arias y sus ocho hijos decidieron unirse al triste éxodo de
Barcelona. Durante el mes de marzo, miles de personas colmadas de hambre y de
angustia desbordaron la ciudad hacia los montes. Huían a pie o en carromato,
mientras los acosaban las balas perdidas y los golpeaba el viento de la
Tramontana, más frío que nunca en aquel final de invierno. Como otros muchos,
los Molas Arias se dirigieron hacia el sur. Su destino era Reus, a diez días de
camino por los senderos de la costa. En aquella ciudad se hallaba el centro de
la industria sedera, por eso confiaban en que algún colega de Eudaldo les
prestase ayuda. Marcaban andando entre los rescoldos de un país en guerra,
cargaban en hatillos lo poco que habían salvado de su casa, pero estaban
unidos, eran jóvenes y los galvanizaba la energía de su madre, así que dirigían
la mirada al horizonte porque vibraba en ellos la esperanza de un futuro mejor.
María Arias, además, les había prohibido odiar a los franceses y a cualquiera
que les hubiera hecho daño: "Eso es quedarse atrás -decía-, sólo perdonar
empuja para adelante". Al poco de llegar a Reus, José que era mayor y
había heredado la determinación materna, comprendió que no existía demanda por
la seda en tiempos de guerra y convenció a sus hermanos para iniciarse en el
trabajo del metal y del vidrio. Como era listo y muy tesonero, pronto él mismo
se convirtió en uno de los mejores especialistas de la ciudad en la fabricación
de linternas faroles, quinqués.
A María Vallvé,
su esposa, le gustaba recordar estos pormenores. Y a la vez que transmitía a
Doloretes los secretos de su riquísima escudella, le iba abriendo los de su
corazón.
- Yo tenía sólo diecisiete años cuando me
casé con mi primer marido, Antón Ros. Él me doblaba en edad pero era un hombre
honrado. Estaba considerado el mejor hojalatero de Reus. Todavía vivía cuando
tu padre vino al taller a perfeccionar el oficio. Ya sabes, hija, que el taller
de Ros era el mismo que tenemos ahora, y que la casa era esta misma también.
Cuando vi a José pro primera vez, me pareció un muchacho de mirada muy limpia.
Yo vivía entonces un momento feliz porque habían llegado los hijos que tanto
deseaba, y a la vez triste porque acababa de perder a Sebastiana, mi primera
niña. Había pasado poco tiempo cuando el pobre Ros murió todavía joven, tal vez
por la tristeza por la situación en que estábamos. Fue en el año terrible de
1809, cuando la guerra arreciaba. Los franceses campaban a sus anchas por aquí
y habían talado veinte mil olivos de nuestros campos para despejar la
vigilancia. Veinte mil olivos, hija; el sustento de centenares de familias. La
ciudad lloró aquellos árboles como si le hubieran cortado las manos. En medio
de aquello me quedé viuda con treinta y siete años y dos criaturas, tan
chiquitas todavía que Antón no levantaba dos palmos del suelo y María ni
siquiera sabía andar. Aunque se me había oscurecido la mitad del corazón, sabía
que debía mantenerme entera para sacarlos adelante. Y así, viuda y callada,
permanecí dos años y medio en los que José, como era tan bondadoso, se ocupó de
mantener abierto el taller de hojalatería para que pudiésemos subsistir. Poco a
poco él, tan respetuoso conmigo, tan cariñoso con los pequeños, fue entrando en
mi alma para darme consolación. Y es muy importante recibirla, Doloretes. *Me
parece a mí que consolar al que sufre es hacerle llegar el aliento que Dios
envía, ser mensajero del Amor. ¿Me entiendes, hija?
Y la chiquilla,
emocionada, contestaba siempre:
- Sí, madre.
- Comencé a
querer a José en silencio, sin decirle nada, y fue una alegría muy grande saber
que él también me quería. Me preocupaba la opinión de su familia, pero tu
abuela, María Arias siempre estuvo de mi parte. Ella comprendía tan bien a cada
ser humano... Eso sí, nos casamos Cambrils para no dar hablillas aquí ni
ocasión de burlas. Siempre he intentado devolverle a tu abuela esa acogida que
me dio, y cómo facilitó que tu padre y yo pudiésemos emprender nuestra vida.
Para Doloretes
eran dulces aquellas confidencias de su madre, que revivían sus recuerdos de
primera infancia: la cas encima del taller donde su padre fabricaba centenares
de artículos de hojalata, y el repiqueteo constante de los alicates, los
martillos y los mazos para acompañar las tonadas que María Vallvé cantaba:
Adeu, clavel morenet!
Adeu, estrella del
dia!
Los dos pisos,
entonces, le parecían muy grandes, con el suelo de baldosas relucientes y las
ventanas abiertas de par en par para ventilar el polvillo del metal. Había
crecido rodeada de plantas: helechos, palmeras, hiedras, potos y cintas;
narcisos y alelíes en primavera, geranios y begonias en verano. Crecían por
todos los rincones, sobre los alféizares, en el patio, junto a las mesas,
llenando la casa de aromas y de colores. Eran uno de los amores que compartían
la suegra María Arias y la nuera María Vallvé, junto al cocinar platos ricos
con lo que buenamente hubiera, el coser y el remendar, y el atender a quien
necesitase ayuda, día y noche, sin regatear esfuerzos. Porque aquellas dos
mujeres, alegres las dos, las dos incansables y dispuestas, habían vivido
juntas desde el matrimonio de José y María en 1811. Y así correspondía la
recién casada al apoyo y el cariño entrañable de su segunda suegra.
Doloretes añoraba
aún a su abuela María Arias, el personaje clave de su niñez. Había sido la
primera en advertir que en el fondo de los ojos expresivos de la niña habitaba
una inmensa sensibilidad; que aquella personita silenciosa descubría en los
demás rasgos que normalmente pasan desapercibidos. "Tú puedes entras
dentro de las almas, ¿verdad, ángel mío?", le preguntó una vez. Y ella,
chiquita aún, le había respondido que no sabía, solo que si notaba a alguien
triste le entraban muchas ganas de llorar, y si lo notaba alegre sentía por
dentro cosquillas de alegría. Esto no lo contó, pro se había dado cuanta
también de que cuando alguien tiene los dedeos agarrotados es que el miedo le
araña por dentro, aunque sonría; y que a veces los vecinos se peleaban solo
porque sentían hambre.
La abuela había
adivinado aquella cualidad de Doloretes porque a ella le pasaba lo mismo. Y por
eso, por olvidar el egoísmo y transmigrar al alma de quienes la rodeaban, había
sobrevivido a una infancia marcada por un estigma: el pecado de sus padres. El
de don Salvador Arias, abogado de los Reales Consejos de la Ciudad de Cádiz y
cofrade de la Orden Seglar de los Siervos de María Santísima de los Dolores,
viudo con cuatro hijos, y el de Rose Frígoles, su amor, una muchacha que había
emigrado desde Barcelona al Cádiz cosmopolita y luminoso dela Ilustración en
busca de un trabajo honrado y de una vida mejor. Pero no había lugar entonces para amores tan
desiguales y María Arias fue inscrita con "hija de padres
desconocidos" hasta que el testamento de don Salvador, después de su
muerte, cuando ya Rosa Frígoles y él se habían casado, le restituyó el
apellido: "María es mi hija legítima y por tal la reconozco". Sin
embargo Rosa, ya viuda de Arias, no quiso seguir viviendo en Cádiz, ella sabría
por qué. Aquella bisabuela que había luchado por el amor, regreso a Barcelona
siendo María una niña aún.
A la abuela le gustaba explicar a su nieta que
descendía de una estirpe de mujeres capaces de seguir adelante a pesar de las
injusticias y los sufrimientos, tanto por su rama paterna como por la materna,
pues si no llegó a conocer a su abuela Tecla, fallecida tan joven, para saber
cómo había sido le bastaba mirar a su propia madre y a su maravillosa tía
Teresa Vallvé.
María Arias había transmitido a sus
ocho hijos -sobre todo a José- que la fortaleza del alma se alimenta en la
oración, y supo enseñárselo también a su nieta. Nunca olvidó Doloretes un
secreto que su abuela le había desvelado y que se refería a su padre.
- ¿Sabes por qué trabaja en silencio?
Porque en cualquier lugar se puede alzar el alma, y el está siempre hablando
con el Señor. ¿No has notado cómo le brillan los ojos cuando termina?
Sí, lo había
notado. Había caminado muchas veces de la mano de su padre hasta la ermita de
la Virgen de la Misericordia, patrona de Reus; había escuchado muy atenta la
explicación del buen hojalatero sobre lo que quería decir
"misericordia": sentir la pena del otro en tu propio corazón. Cada
día, cuando lo acompañaba a la parroquia, lo veía comulgar y luego arrodillarse
ante el altar de la Virgen de los Dolores con el rostro entre las manos,
absorto en la oración. Entonces lo imitaba ella y sentía una emoción muy
intensa: "Hola, Señor, gracias por querer hablar conmigo". Al poco
tiempo organizaba turnos de oración entre sus amiguitas cuando venían a jugar
con ella al patio de casa, y sabía hacerlo sin imponerse y sin molestarlas,
sencillamente con el impulso de la pasión por Jesús que ella sentía. Día a día,
Doloretes Molas Vallvé había ido aprendiendo en su familia el valor de la
alegría, del trabajo y de la serenidad de vivir en presencia de Dios. Y le
habían entrado muchas, muchísimas ganas de acogerlo en su corazón ella también.
Se lo prometió
así misma a los siete años, cuando tuvo cerca por primera vez la muerte. Fue la
de su abuelo materno, Carlos. Era un hombre fuerte, silencioso, curtido por el
trabajo del campo que sabía más que nadie de aceite y de avellanas, y a cuyo
lado sentía mucha paz. "Los payeses estamos siempre pendientes del
cielo", solía decir. A Doloretes que se fuera el abuelo le hizo pensar en
por qué debía uno morir, y se lo preguntó a su hermano Antón, que andaba triste
porque también era su abuelo y habían estado muy unidos. Pero Antón no lo
sabía. Sólo su padre, al levantarla un momento en brazos para besar el cadáver,
le había susurrado: "El nacimiento y la muerte son misterios que reflejan
el gran Misterio de Dios. Algún día se nos desvelarán. Hasta entonces, hija,
note separes de la oración".
A los nueve años,
Dolores sentía la urgencia de hacer la Primera Comunión, que se tomaba a los
doce y era el símbolo de ser mayor. Se lo contaba asu abuela, que ya se
encontraba malucha, y le prometía adelantar la fecha como fuese para que ella
la viese comulgar. Estos ensueños ocupaban a las dos cuando pasaban la tarde
modelando frutas de cera. A la abuela le salían muy bien y eso que el proceso era
complicado: fundir la cera, mezclarla con dos dracmas de trementina de Venecia
por cada libra, o con esperma de ballena si era para modelar hojas, llenar los
moldes sin dejar huecos ni burbujas de aire, desmoldar cuando se enfriaba -con
muchísimo cuidado para que no se deformara la figurita- y luego pintarla en
pequeños toques rápidos, con bolitas de algodón en rama. Los colores se
elaboraban también en casa, con minio, carmín o laca según hiciera falta. Como
ninguna parte del proceso se podía corregir, ambas debían ser minuciosas;
"manitas", decía la abuela, a quien de vez en cuando se le escapaba
un vocablo andaluz. Al poco se empeñaron en modelar un frutero entero, con
melocotones, manzanas y uvas. Y Doloretes se atrevió a realizar ella misma las
uvas, que por su tamaño eran las que más finura necesitaban. Le salieron muy
bien, tanto que José Molas fabricó un precioso fanal para proteger el frutero
de cera y luego lo colocaron bien a la vista, en el aparador del comedor. Y es
que cuando Doloretes debía conseguir algo, no paraba quieta ni con la cabeza ni
con las manos: lo pensaba con detalle y se ponía a hacerlo. Eso sí, siempre que
no fuera calceta. Una vez, su hermano José la vio tejer y le dijo: "Deja
eso, Doloretes, que es cosa de viejas". Ella miró a su hermano, observó la
labor y pensó: "Tiene razón". La verdad era que no había vuelto a
hacerla.
Por supuesto le
gustaba buscar por sí misma las soluciones a los problemas o las respuestas que
necesitaba. A veces le daba un poco de remordimiento tener las ideas tan claras
y tener que manejarse como si no se pudiera equivocar. Le pasaba con sus
maestras. Se empeñaba y se empeñaba hasta que terminaba las tareas antes que
nadie; cuanto más difíciles, mejor se aplicaba. Y se empeñaba y se empeñaba
hasta que lograba arrancar una sonrisa en la miguita cuya familia se había
arruinado, o en la que acababa de quedarse huérfana. Lo malo es que luego,
cuando estas mismas compañeras le demostraban el agradecimiento, se azoraba
mucho: "Que yo no he hecho nada bueno, que no". Su abuela María decía
que era tenaz y humilde a la vez, pero su hermano José, para hacerla rabiar, la
llamaba cabezota encogida, con todas las letras. Doloretes, sin embargo, no
rabiaba con la burla. Con toda seguridad era José quien llevaba razón, porque
todas las cualidades que veía fácilmente en los demás no las reconocía en ella.
Por esa manera de
ser, con tanta vida hacia adentro, se empeñó también en guardar el secreto de
que su hermana María Ros, a los dieciséis años recién cumplidos, tenía novio
para casarse.
- Solo lo sabes
tú, Doloretes. Yo confío en tu juicio. Siempre he confiado, ya lo sabes. Es que
tienes una especie de poso, como si fueras mayor de tus nueve años y muy sabia.
- Pero María, ¿él
es bueno? ¿Estás enamorada?
- Es José Trilles,
el platero. Ay, Doloretes, me parece muy guapo. Por favor, escóndete esta noche
tras la reja y escúchalo hablar. Quiero que me digas lo que te parece. Mientras
tanto no se lo cuentes a nadie, porque si no te gusta, no lo verá más.
Así que fue ella
quien, después de escuchar las intenciones del joven platero, le dio el visto
bueno y preparó el terreno ante sus padres. Aquella celebración la hizo muy
feliz. Como le gustaba tantísimo dibujar y tenía mano y mucha gracia, le pintó
a su hermana en dos trazos algunas ideas para su vestido de novia. Cuánto le
agradeció María aquellos bocetos. Luego ayudó a su madre a coserlo; no entero,
claro está, pero sí el dobladillo con puntadas invisibles. Como ya bordaba muy
bien, le festoneó en el corpiño un remate a realce con unas pequeñas rosas.
También echó una mano en los primores de la comida de bodas y en el encalado de
las paredes, con tanto empeño que hasta su padre protestó porque le parecía
demasiado trabajo para una niña. María estuvo preciosa aquel día. Y Doloretes,
dando vueltas al motivo por el cual a su hermana le importaba tanto su opinión,
se dio cuenta con asombro de que había personas a quienes les parecía natural
confiar en ella. Enseguida se lo contó a su querido Jesús. Ya hablaba con Él muchas
horas al día.
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Aquellos años
felices de su infancia fueron, sin embargo, durísimos para Reus. La ciudad,
siempre en contra del absolutismo, había apoyado en 1820 la revolución liberal
de Rafael del Riego. Comenzó entonces el periodo que después se denominó
Trienio Liberal, durante el cual Fernando VII juró la Constitución de Cádiz y
fue abolida la Inquisición. Muy pronto el propio rey pidió ayuda a la Santa
Alianza europea para recuperar el poder absoluto. Ella recordaba, como si lo
acabara de vivir, el 5 de noviembre de 1824, aniversario de boda de sus padres.
Siempre lo celebraban con una comida más especial y yendo juntos a la iglesia;
sin embargo, aquella mañana el taller estaba cerrado, faltaba el repiqueo
cotidiano de los martillos y las tonadas habían enmudecido. En su cuartito del
piso alto, junto a un pequeño altar de la Virgen de los Dolores, agonizaba la
abuela María Arias. Su querida nuera y su neta, todavía con nueve años, la
tomaban de la mano. Entonces, mientras aquella mujer extraordinaria cerraba os
ojos, y Doloretes presenciaba por primera vez la solemne hora de la muerte, los
Cien mil Hijos de San Luis recorrieron el carrer Padró entre relinchos de
caballos y enorme estruendo de tambores. Reus pertenecía al nuevo ejército de
Francia.
A pesar de todo,
en medio de las convulsiones, la ciudad desplegaba su voluntad de vivir. Y así
continuaba abierto el mercado de los lunes, en la Plaza del Mercadal, al que
acudía, los payeses del campo de Tarragona para vender, con amable griterío,
los animales de sus granjas y los frutos de sus huertas. Se animaban también
las tertulias de los cafés, y las reusenses visitaban entre risas los comercios
de telas y las sombrererías de los Porches. La diligencia de Barcelona -que
había efectuado su primer viaje días antes de nacer Doloretes- seguía yendo y
viniendo entre las dos ciudades en el asombroso lapso de dieciséis horas. Ella
crecía, crecía mucho, estaba muy alta para su edad. Escuchaba decir que había
heredado de su padre una inteligencia rápida y viva, y de su madre una energía
incansable. Sabía que no era tan guapa como sus amigas Mercé, y sobre todo,
Dolorcitas, la más querida, con la que compartía nombre. Sabía que tenía el
pelo negro muy liso y que, si deseaba que cayeran sobre sus mejillas unos
tirabuzones como las hijas de la noble familia Bofarull - Cuyo inmenso palacio
era contiguo al taller de los Molas-, debía dedicar bastantes horas a los
bigudíes. Pero Doloretes no pensaba en rizos. Quería mucho al Señor, mucho, con
todas sus fuerzas, tanto que no podía ni expresarlo. Deseaba recibirlo dentro
de su corazón y permanecer en su Gracia, como la abuela le había enseñado, así
que estableció un plan. Lo hacía siempre porque era voluntariosa y ordenada,
pero esta vez su periodo de colegiala había terminado y no se trataba de tareas
escolares sino de algo muy serio. Se había enterado de que en su parroquia, la
Prioral de San Pedro, concedían el adelanto de la Comunión a quien demostrara
su aptitud recitando en tero el Catecismo romano. Era un requisito casi
imposible de cumplir pero ella se sintió capaz. No; mejor tenaz. Tenaz era la
palabra que decía la abuela. Pidió apoyo a su madre, y esta se disgustó:
- ¿Pero qué
necesidad hay! Espera dos años, que ningún mal te va a sobrevenir de ello.
A lo mejor es que
era cabezota, como había dicho su hermano José. No importaba; ella misma visitó
una tarde a mosén Diego Padró, el párroco, y le explicó su deseo.
- Hija mía -le
había respondido el buen cura, asombrado porque aquella chiquilla de diez años
parecía más mayor por la estatura y por el juicio-, ¿estás dispuesta a
aprenderte el Catecismo de principio a fin? Mira que proviene del Concilio de
Trento y lleva muchas disposiciones.
- Sí, padre. Se
lo recitaré entero si el Señor me ayuda.
- Pues me parece
a mí que, en efecto, así va a ser. No he visto nunca unos ojos iguales a los
tuyos, maría Dolores, tan brillantes y tan firmes. Parecen ojos de... yo qué
sé, de fundadora. Así los llevaría Santa Tersa de encendidos. Cuando te lo
sepas de carretilla, vuelve y quedarás admitida al banquete celestial.
Regresó a casa
contenta pero a la vez un poquito asombrada de la perspicacia de aquel
sacerdote, porque ella, con sus amigas en el patio, cuando jugaba a las
familias era la madre, o la maestra si jugaban a las escuelas. Pero cuando
jugaban a las monjas, siempre era la fundadora. Aunque no quisiera, porque le
parecía algo demasiado grande, las propias amigas se lo pedían.
Narró en casa la
aventura y su compromiso. Ya había dado la palabra y ahora debía cumplirla
costara lo que costara. Tal vez fue la primera vez que José Molas y María
Vallvé se dieron verdadera cuenta de la fortaleza de aquella niña que había
nacido de su amor.
- Dios la ha
bendecido -decía el hojalatero- y a nosotros con ella.
Doloretes estudió
de noche y de día, con enorme esfuerzo porque la tarea era titánica. Le quitó
horas al descanso, dio platón a las amigas y al patio, aturdió a las flores de
su casa y a los vecinos con las sólidas disposiciones del Concilio. Y recitó el
Catecismo completo ante su párroco, de pie, con el vestido negro que su madre
había cosido para ese momento tan serio de su vida.
- ¿Estás lista?
Cuando quieras hija.
- Con la venia,
mosén. Catecismo de la Santa Iglesia Católica. Capítulo primero. De la Fe y del
Credo. Artículo primero: "Mas porque en las Divinas Escrituras se toma de
varias formas la voz Fe, aquí hablamos de ella según que significa una virtud
por la cual sentimos firmemente a las cosas que Dios ha revelado...".
Habló tranquila y
segura, iluminada por dentro, durante casi una hora, frente al sacerdote y a su
padre que la escucharon absortos. Y el veredicto fue una inmensa alegría para
ella.
- No tengo
palabra, hija mía. Estás más que admitida. Prepárate para la confesión y luego
a hacer ayuno, que mañana comulgarás.
Y Doloretes
confesó por primera vez, pálida de emoción, sus pequeñas faltas de niña.
Tan seguros
estaban en la casa de que superaría la prueba que ya le habían preparado otro
vestido, el de comulgante: blanco, con entredoses y mangas de farol como las
chicas mayores, y con una cofia de la que pendía un velito de tul. Cuanto
orgullo sintieron en la familia por aquella hazaña, cuánto la abrazaron su
hermano Antón y su hermana María, que ya traía el cuerpo granado con una nueva
vida. Se había corrido la voz y algunos feligreses de la parroquia se acercaron
a conocerla. Le preguntaron cómo lo había hecho y ella explicó sus estudios,
dividiendo el texto en partes, y el tiempo que había dedicado. Todos alababan
su voluntad y su retentiva, pero lo que más le gustó fue que su hermano José la
abrazó y le dijo: "¡Qué satisfecho estoy con mi hermana cabezota!".
Tanta fue la fiesta que hasta sintió un poco de orgullo de sí misma. Había
conseguido algo increíble. Su abuela estaría sonriendo y le diría: "Ya te
avisé de que eras única". Qué gran día fue aquel.
Sin embargo por
la noche, ya en la cama, la golpeó el remordimiento por la vanidad. Sintió primero una terrible
vergüenza y luego la sacudida de un dolor muy hondo. Aquella presunción pueril
-de su voluntad, de su retentiva- había disgustado al Señor. Él le decía muy serio:
"¿Crees que a mí me satisface que te aprendas un libro? Hasta que no vivas
ese Catecismo haciéndolo tuyo página a página, nada de lo que has dicho frente
al párroco será verdad. ¿Dónde está tu fe, Dolores? ¿Dónde está tu esperanza?
¿Dónde tu caridad? ¿Se muestran solamente en las palabras? ¿Y en tu vida? Yo
entregué por ti la mía".
Al día siguiente
tomó la Comunión temblorosa y triste, con el temor de haber perdido la Gracia.
Y cuando se recogió para rezar lloró por dentro suplicando a Jesús que no se
fuera de aquella morada en la que había virutas de vanidad por los rincones. En
su corazón de niña se abrió una profunda herida: había estropeado la primera
visita de Jesús. Desde muy chiquita, hablaba con Él a todas horas, sentía
siempre cerca Su presencia y sin embargo, a la hora de la verdad, resultaba que
el amor de Él era demasiado grande para aquella alma pequeña, vanidosa, incapaz
de corresponderle, indigna de amarlo. Desde entonces, la oprimían
constantemente brotes de desolación y angustia. Cada minuto transcurría en
alerta ante un repunte de la vanidad, y cada hora se había convertido en un
constante esfuerzo por mantener la esperanza. Si procuraba hablar más
pausadamente, sopesaba muy bien cada palabra o sencillamente callaba, quizá
dejaría de recrearse en lo vacío, quizá lograría vivir como verdadera amiga de
Aquel cuya amistad más le importaba y que, por fin, habitaba en ella. La
certeza de que Jesús moraba en su interior se convirtió así en la experiencia
más importante de su vida.
En la madrugada
del 3 de septiembre de 1834, diez años después de aquella jornada inolvidable,
todavía le arrancaba lágrimas el combate interior que libraba para purificarse
del pecado y ser digna de Jesús. Nadie lo notaba, se mostraba siempre tranquila
y dispuesta, pero por dentro le parecía estar colmada de arena. Y en mitad de
aquel desierto, ardían con intenso fuego el deseo de que Él reinara sobre todo
lo suyo y el temor de ofenderlo. Se esforzaba sobre todo en alcanzar una
completa humildad. Era difícil - porque seguía organizando tareas y casi todos
los días alguien la llamaba ángel-, pero sabía que ella no era superior a nadie
y que la vida de cada persona, aún la más desdichada, escondía un gigantesco
tesoro: "Yo entregué por ti la mía". Con el paso del tiempo, había
aumentado en ella, cada vez con más viveza, la necesidad de comulgar. Le
gustaba escuchar la Misa en primera fila, junto al altar, para que nada ni
nadie la distrajeran y así recogerse por completo. A veces, cuando recibía al
Señor, sentía manar dentro de ella una fuente de caudal y fuerza muy
grandes. En aquel instante florecía el
desierto y ni siquiera oraba, sólo podía mirarlo a Él. Después intentaba
perfeccionarse en todo para que Él habitara siempre en su interior, y anhelaba
el momento de volver a recibirlo de nuevo.
Pero de vuelta a
los recuerdos de infancia, cómo olvidar el brillo en los ojos de su padre
cuando le entregó, como regalo de comunión, un a Corina del Rosario de los
Dolores junto con la inscripción de la Cofradía del Santo Rosario, que era la
más importante de su parroquia. Ella, emocionada. le había prometido: "Me
acompañará siempre. Desde entonces había estado cerca de sus manos, y en ellas
las llevaba en aquel mismo instante, mientras velaba a su madre.
Durante los años
siguientes vivieron en familia muchos momentos felices, como aquel en que María
Vallvé acunó en los brazos a su primera nieta, Josefa, hija de María, y lloró
de alegría al reconocer rasgos suyos en la chiquitina. Y luego la boda de
Antón, en abril de 1825. Trece años tenía Doloretes. Aquel aliado suyo decidió
quedarse con José Molas, a trabajar en el taller y a vivir en la casa. Lo había
dejado escrito hasta en las capitulaciones matrimoniales: "Viviremos como
una sola mesa y una sola familia. Era muy buena la Roseta, su mujer. Cariñosa
con todos y fecunda, porque muy pronto llegaron los niños y no se paraba un
momento de agobios y de alegría. Tampoco iban mal las cosas para el taller de
José Molas. Estaba considerado el mejor llauner y vidrier de Reus y le
encargaban muchísimo trabajo. Hasta para el ayuntamiento, porque con tantas
revueltas siempre había farolas, hierros y cristales a reparar.
Por entonces ya
rondaba en ella una determinación clara. Tenía muy cerca, en el cariño de sus
padres y en la plenitud de sus hermanos Antón y María, el ejemplo de la vida
matrimonial. Se había dado cuenta de que eso era lo que su padre deseaba para
ella, porque algunas veces -cuando se sentaban todos en torno a la mesa- decía,
como de pasada:
- Qué feliz seré
cuando conozca a los hijos de todos mis hijos.
Ella sonreía,
pero guardaba en silencio otra vocación. Brotaba de su alma como surgía de su
cuerpo de adolescente una mujer, y de su pensamiento un carácter decidido. Sentía pasión por Jesús, por la
invitación que hacía a quien le siguiera: "Ama, perdona...". Vivía
enamorada de Él hasta lo más hondo, contemplarlo en la oración le había marcado
por dentro huellas profundas y eternas, las del primer amor. Soñaba con consagrase a los pobres y dedicar
la vida a consolar tanto sufrimiento como veía a su alrededor porque eso era lo
que a Él le agradaba. Su madre conocía esta vocación pero su padre, con aquello
de "los hijos de todos sus hijos", le preocupaba un poco. Además
temía la vanidad. Si volviese a engañarla y ella no valiera para andar por
aquel camino... Así que decidió ponerse a prueba.
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Desde hacía
tiempo los padres de Dolores visitaban con frecuencia a los franciscanos, cuyo
convento estaba cerca de la masía natal de los Vallvé. José Molas había
reparado muchas veces lámparas y vidrieras de San Francesc, y después de la
guerra había colaborado en la reconstrucción de su iglesia y su bello claustro.
Piadoso como era, había pedido como único pago que los frailes llevaran en la
oración a sus cuatro hijos. Doloretes lo acompañaba siempre a escuchar los
sermones e incluso a realizar ejercicios espirituales. Entre los predicadores
destacaba entonces un joven sacerdote con fama de bueno y sabio: fray Pedro
Pablo Salvador.
Él había sido y
era aún su primer director espiritual. Dolores agradecía la caridad con que la
iluminaba porque, aunque era todavía niña, fray Salvador le hablaba de cosas
profundas con mucha seriedad, como a una bachillera.
- Es que hilas
muy bien las ideas, hija, tienes talento varonil, le decía.
Era un gran
halago, aunque a veces ella y sus amigas se preguntaban entre risas:
"¿Será que las mujeres no pensamos?". Sin embargo aprendía mucho de
aquel sacerdote. Aún conservaba muy recientes los recuerdos de un encuentro que
la había inundado de alegría.
- Doleres -le
había dicho fray Salvador-, acércate a Francisco de Asís. Escúchalo, hija, que
te habla: "Todo el bien que hagas, hazlo por amor a Dios, y el mal que
evites, evítalo por amor a Dios".
Ella había entendido perfectamente aquellas
palabras porque enlazaban con las que Jesús susurraba en su alma. Y aun así,
para ser a la vez humilde y generosa, como Él quería, se atrevía a corregir al poverello: "Yo
sola no hay bien que haga. Toma mis manos y mi amor por ti, Señor, y haz Tú con
ese poco el bien que quieras".
Catorce años
tenía, y cuántos sueños comenzaban a encarnarse y a cobrar sentido. El más
grande: destinar la vida a ser mensajera del amor que le rebosaba. Y como eso
significaba ser consolación, pidió a su madre que la llevara con ella cuando
asistía a los vecinos necesitados. Así conoció allí mismo, en el Reus burgués y
comercial, al borracho que se arruinaba, a la mujer que se vendía, al avaro que
iba a morir solo, a los huérfanos encadenados al hambre. Y a todos les sonreía
y les hablaba. Una vez, un chiquillo al que había llevado pan le dijo:
- Qué bonita es esa voz suya,
señora, parece música. Cuando se escucha ya no se puede olvidar.
Y se quedó sorprendidísima porque nunca
había pensado en cómo sería su voz al hablar, ni le parecía posible que una
muchacha como ella pasase por señora. Por entonces fue cuando una anciana,
enferma de mala vida, a quien llamaban Emilieta, llamó a su puerta para pedir
limosna. *Desde el primer instante Dolores se compadeció de su desvalimiento y
su tristeza. La hizo entrar al zaguán, y le trajo un vaso de agua, habló con
ella, la tomó de las manos y recibió a cambio la primera sonrisa sincera de
aquella pobre boca desdentada. Se propuso ayudarla y comenzó a prepararle a
diario paquetitos con jabón, dinero del que su madre disponía para limosnas,
comida que tomaba de la despensa y, a veces, hasta su propio almuerzo. Una vez
incluso se acercó a visitarla en la choza donde habitaba, en el arrabal de
Robuster, la peinó y la ayudó a asearse. La Emilieta se hizo visitante asidua
del zaguán de los Molas y ella notó que, mientras enjugaba las lágrimas de
aquella anciana por tantos malos recuerdos, en sus adentros saltaban las
palabras de Francisco: Cuida lo que haces porque puede ser el único sermón que
esta persona escuche hoy". Entonces le hablaba con toda su ternura:
- Emilieta, no
estás sola ni abandonada. Eres hija de un Padre que te ama y te quiere
consolar. Hay un abrazo para ti; mira, ¿ves? Yo te lo doy de su parte. hay
perdón, no pierdas la esperanza.
Y después, al
arrodillarse ante el confesonario donde la esperaba fray Salvador, le decía:
- Me parece que
mi flaqueza se alivia cuando sigo el camino hacia los demás que Jesús me marca.
Siento, padre, que si alguien me da un susto o asco, se me pasa enseguida
porque el Señor me ayuda
para que lo vea a Él. Allí frente a los ojos se me pone y me dice: "Sí,
Dorores, sí. Acerca mi consolación a ese hijo mío. cuanto más desgraciado lo
veas, más cerca debes estar". Luego me siento muy contenta, pero no por lo
que haya hecho, que siempre es nada, sino porque he estado con Él.
- Para esto has
nacido -le respondía fray Salvador. Y ella notaba que compartía su emoción.
Había guardado en secreto ante sus padres que acogía a la
Emilieta porque intuía que el cuidado de aquella anciana abandonada y rechazada
era una tarea demasiado grande para una niña. Por supuesto la sorprendieron y
le preguntaron muy serios:
- ¿Es verdad eso
de que te acercaste un día a su chamizo?
Ella le había hecho a Jesús una
promesa y se había empeñado en cumplirla costara lo que costase. Era esta: "Decir
la verdad, decirla siempre, con cariño, con respeto, con misericordia pero sin
miedo". Entonces respondió tranquila:
- Sí, estuve una
tarde en el arrabal. Que
tristes son las casas sin pan y sin fuego.
Luego miró a su
padre con toda la humildad y el afecto que pudo asomar a sus ojos negros. Por
supuesto, este la regañó:
- ¿Cómo se te
ocurre? Siempre tomas las decisiones por tu cuenta. Malo es que le hayas dado
comida y dinero a nuestras espaldas, pero es que has corrido peligro andando
por ahí.
José reprochaba
incluso a su esposa:
- Buena la has
hecho llevando contigo a la niña. Con la voluntad que puso en aprender el Catecismo, no parará en la
caridad hasta que se consuma.
Luego se dirigió
a Dolores con unas palabras que despertaron en su corazón las viejas angustias:
- ¿No te basta
con compadecerte del sufrimiento? A esa pobre mujer, tú sola no puedes ayudarla
en nada. No vuelvas a verla. Y recuerda que la desobediencia a los padres
ofende al Señor.
Ella, que había logrado guardar silencio,
marchó cabizbaja al cuarto de sus sobrinos. Le encantaba atenderlos. Lavar con
agua tibia aquellos cuerpecitos, vestirlos luego con las ropitas de dormir,
juntar sus manitas para que rezaran y, antes de apagar el quinqué, escuchar sus
ideas ingenuas y profundas. Sin embargo aquella tarde estaba triste. Pensaba: "Compadecerse no
es lo mismo que servir, y esto segundo es lo que Él me pide. Lo malo fue creer
que yo sola podía ayudara la Emilieta". Era demasiado decidida,
debía aprender a plegarse cuando los demás tuvieran razón. Y abrazó a los
chiquitines con lágrimas en los ojos: la vanidad había derrotado de nuevo a sus
deseos de ser buena.
De aquella
confusión y tristeza supo sacarla su querido fray Salvador:
- Doloretes, el
evangelio que quieres vivir está al alcance de tu mano, pero no lo encontrarás
en dar pasos por tu cuenta. Deberías conocer a las Hijas de la Caridad. Tal vez
puedas ayudarlas. ¿Por qué no te acercas los domingos por la tarde al hospital?
Así lo hizo. Y un
mundo nuevo se abrió para ella. Enjugaba las frentes ardientes, aliviaba con
abrazos el dolor de las recién paridas, aprendía a curar las heridas del cuerpo
con ungüentos y las del alma con afecto. Y siempre miraba con dulzura y
sonreía. También se azoraba, porque los enfermos la llamaban "ángel".
Cuando terminaba la tarde, ella misma se sorprendía: "¿Ya es hora de marchar?".
Veía a la comunidad dirigirse a la capilla para rezar la Vísperas y sentía que
aquellos salmos tiraban de ella hacia adentro y la animaban a compartir por
entero la vida de las hermanas: su tarea, sus votos y sus plegarias.
Entonces mi alma se
alegrará con el Señor;
se regocijará en su
salvación.
Que felicidad
sería dedicar al Amado cada minuto de la vida. De hecho, se sentía extraña ante
los coqueteos que le correspondían por su juventud, y con sus amigas ya
solamente quería hablar de las monjas. Mercé, que la escuchaba absorta, lloraba
de emoción y estaba decidida a profesar; Dolorcitas tenía más dudas y a veces
se reía de los afanes de las otras: "Pues sí que vais deprisa". Ella,
Ella, con sus ojos negros destellando alegría, le seguía la broma: "Vamos,
vamos de prisa que hemos de ir a fundar". Y las tres reían juntas durante
un buen rato.
Solo había una
sombra en aquellos días felices: a sus padres tampoco les gustaba que pasara
tantas horas en el hospital. No tenían quejas, eso no, porque Dolores legaba a
todo y no ponía el pie en la calle sin haber dejado perfectamente compuestas
sus tareas de la casa; se trataba de lo que encontraba fuera. Desde hacía
algunos años, la Hijas de la Caridad de Reus tenían serios conflictos de
obediencia con su orden matriz, los Paules, e incluso con el obispo. Y la
propia Reus vivía tiempos turbulentos. Se anunciaba el desembarco en las
fábricas de las primeras máquinas de vapor, se esperaba una inminente
revolución en la industria textil, y una nueva riada de refugiados llegaba en
busca de mejores oportunidades. Crecían los arrabales y, con ellos, una pobreza
distinta a la del campo, más áspera y más cruel. José Molas estaba preocupado
por la situación y temía por aquella hija a quien hasta entonces había
protegido como a un tesoro.
Terminaba 1831
cuando el joven José, que tenía solo diecinueve años, anunció que se marchaba a
trabajar a Barcelona. Su padre, que no se lo esperaba, se llevó un enorme
disgusto.
- Muchacho, por
Dios. Yo deseaba dejaros el taller a los dos, a mis hijos, que ambos lo sois
igualmente.
José estaba
preparado y supo responder con aquella gracia suya que hacía imposible
enfadarse.
- Con Antón le
basta, padre. No le moleste que le desande el camino. ¡Que me coy al sitio del
que vino usted! Tengo dos manos dispuestas, un oficio bien aprendido y una
cabeza que bulle de ideas. Quiero poner en marcha allí una fábrica moderna.
Había tomado una
decisión dina de él, de su coraje y de su fuerza, porque era muy soñador aquel José
y desde niño deseaba convertirse en un nuevo Simón Bolívar. Admiraba tanto al
gran héroe americano que había sentido su muerte, acaecida el año anterior,
como si lo hubiera conocido. Comprendía que las máquinas iban a traer un gran
cambio y quería vivirlo en la primera fila, independiente y solo, alejada de
suposición de hermano mediano entre el juicioso Antón y la luminosa Doloretes.
- Ya verá, padre,
se va a sentir orgulloso de mí.
Y como viese que
María Vallvé lloraba, la abrazó diciendo:
- Madre, usted
también lo estará.
Lo hizo tal como
lo dijo. Regresó al lugar donde habían brotado las raíces de su familia: el
barrio de Santa María del Mar. Barcelona era la gran urbe que se ofrecía
abierta para colmar los sueños de José. Cuántas veces había ella a aquel
hermano, por quien sentía inmensa ternura, cruzando por primera vez las
Ramblas, con su maleta de madera repleta de ropa nueva y el corazón henchido de
esperanza. El tío Benito Molas, que tenía una pequeña fábrica de quinqués en la
calle de Escudellers lo había arropado al principio. Sin embargo, José echó a
volar enseguida por su coraje, su inteligencia y su don de gentes. Sabía
adivinar los gustos y necesidades del siglo, así que fabricaba lámparas a la
moda, destinadas ala alta sociedad, que pendían de elegantes cadenas de bronce
y contaban con un depósito de aceite y una pantalla en porcelana esmaltada. Muy
pronto comenzó a irle bien.
La despedida de
su hermano conmocionó a Dolores. Si fuese tan valiente como José, si se
atreviera... No había entrado aún 1832 cuando su querida amiga Mercé anunció
que ingresaba de novicia con las Hijas de la Caridad. Sus padres la bendecían.
cierto era que ya tenía allí una hermana, pero también que solo contaba con
quince años. Los mismos que ella. Entonces Dolores se decidió a plantear en su
casa su vocación religiosa e incluso, con su gusto por organizar bien las
cosas, marcó una fecha: en marzo, en cuanto cumpliera los dieciséis años, la
edad a la que su hermana María se había casado. Y comenzó a contar los días
mientras pensaba: "Todo lo puedo en Aquel que me conforta".
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El aire parecía
inmóvil. Ni un sopo de brisa refrescaba el calor de aquella larga noche del 2
al 3 de septiembre de 1834. De vez en cuando, de las camas que ocupaban por
completo las enormes salas del seminario de los Paúles, brotaban sonidos
ásperos, como crujidos de hojas secas. Eran los moribundos. Pedían agua para la
sed infinita, consuelo ante los espasmos de la agonía. Mientras tanto a lo
lejos, entre los pinos y los olivos, centenares de grillos cantaban a la luna.
No sabían del terrible dolor que golpeaba a Reus; no conocían la peste azul.
La vigilia
avanzaba. Dolores Molas ayudaba a quienes, en el fondo de su corazón, llamaba
ya hermanas. Mientras tanto la memoria le traía el recuerdo de un momento
determinante del que aún no habían pasado tres años.
Era una tarde de
sábado, a finales de febrero de 1832. Hacía frío y en la casa del carrer Padró
se notaba aún la ausencia de José que tanto los hacía reír con sus ocurrencias.
Estaban todos sentados en torno a la gran mesa de castaño, junto al hogar. Sobre
el mantel de lienzo quedaban las pocas sobras de una fuente de calçots y unas
butifarras. Habían cenado tranquilos pero luego Antón y su familia, a una señal
de José Molas, se habían marchado. Quedaron solos la muchacha y sus padres.
Algo importante le iban a anunciar, pensó ella. Algo feliz porque sonreían
ilusionados. Fue José quien tomó la palabra:
- Hija, un
profesor muy querido y respetado, don Mariano Ríus, ha reservado una vacante
para ti en su colegio. Tu madre y yo nos hemos llevado una alegría. Ella porque
siempre quiso que completarás la instrucción primaria; yo porque es bueno que
la hija de una fabricante tenga conocimientos para dirigir un comercio. El de
su familia o, si es voluntad de Dios, el de su esposo. Ya nos has demostrado
que eres inteligente y aplicada. hemos dicho que sí, claro está, y don Mariano
te espera a partir de julio.
Dolores
palideció. El momento de desvelar el secreto de su corazón aparecía sin previo
aviso, como el ángel en casa de María o como Jesús en Emaús. Tomó aire. Le
temblaban las manos y un nudo le apretaba la garganta.
- Padre, madre,
os agradezco mucho este regalo. Claro que me gusta aprender, y el de don
Mariano es un buen colegio. Pero hay algo importante que hierve en mi alma y os
lo tengo que decir porque ya me rebosa.
En ese instante
María Vallvé se levantó. Había comprendido que su hija iba a plantear la
vocación religiosa y adivinaba la tormenta. Nerviosa se dirigió a la tinaja y
sirvió de nuevo agua para los tres. La frente de José estaba sombría. Dolores
había recobrado la serenidad y continuó:
- Dentro de mí
siento una vocación muy clara. Quiero unirme a las Hijas de la Caridad. Lo haré
por amor al Dios, como usted me enseñó, padre; y por amor a los pobres, como me
enseñaron mi madre y la abuela María.
José Molas se
llevó ambas manos al pecho. Parecía dolerle el corazón. Le faltaba el aliento y
gruesas gotas de sudor descendían por su frente. Entonces miró al fondo de los
ojos negros de su hija y con la voz ahogada susurró:
- Nunca.
- Padre...
- Nunca. Y menos
con las Hijas de la Caridad que están en revolución, como los tiempos. ¿Pues
que no se les fue media comunidad en el 25?
- Pero, padre, de
eso hace ya mucho.
- Aun sí, no se
aquietan. Andan en peleas con el obispo y con su propia congregación. ¿Y las
prefieres a ellas en vez de a tu familia? ¿Qué dices tú a eso, María?
La esposa bajó
la cabeza y se dobló como si hubiera recibido un golpe.
- Nada he de
decir.
Dolores sintió el
mismo golpe. Su madre, que conocía tan bien aquel secreto, ¿guardaba silencio?
Pues ella seguiría hablando.
- Padre, el Señor
me llama, me quiere por esposa. Yo le amo y deseo servirle. Mi vocación es
sincera. Si usted supiera lo feliz que soy en el hospital. Si supiera qué
grande es la llama de amor que me arde por dentro. Hay tanto que consolar,
tanto dolor, tanta miseria...
- Pero hija, ¿no
estás viendo cómo persiguen otra vez a la Iglesia? ¿Cómo suenan de nuevo
tambores de guerra con esto de que la heredera al trono es mujer y hace perder
sus derechos al Infante don Carlos? ¡Nos van a meter en otro desastre! No,
Doloretes, no. Tú aquí, recogida en tu casa. Sólo tienes dieciséis años.
La muchacha se
irguió. No quería ser rebelde y no podía callar.
- Es la edad a la
que usted permitió casarse a María.
Por primera vez
desde la noche santa en que aquella hija había venido al mundo, José Molas le
levantó la voz:
- ¿Esas tenemos?
¡Pues no hay más que hablar! ¿De ser monja no quiero volver a oír ni una
palabra en lo que me quede de vida!
Con los ojos
llenos de lágrimas, Dolores dirigió una larga mirada a su madre. María Vallvé
la entendió.
- ¿Puedo
retirarme, padre?
Sí, pero espera
un momento... Comprende que todo es por tu bien.
Se había
apaciguado. Aún le faltaba aliento pero sabía que la muchacha obedecería. La
cuestión había quedado zanjada.
- Lo sé, Padre,
no se preocupe. Buenas noches.
Obedecer,
plegarse. Y en lo que más deseaba en el mundo. Muy poco después, cuando Dolores
lloraba arrodillada junto a su cama, pidiendo a Jesús a la vez fuerza para
seguir adelante y perdón para los rasgos de orgullo, su madre acudió junto a
ella. Ambas se abrazaron con todas sus fuerzas y unieron su llanto hasta que
por fin, al cabo de un rato, María pudo hablar.
- Espera un poco
hija. Nada, solo tres o cuatro años. Dios te ayudará. Los rumores de que habrá
una guerra cuando muera Fernando vii parecen ciertos. Tu padre está muy
preocupado. ¿Noves que le da miedo perderte tan joven? Todavía te ve como su
xiqueta, le cuesta comprender que ya eres una mujer. Y no se le ha cerrado aún
la herida por la marcha de tu hermano.
A tu edad no lo
parece pero la vida es larga. Quizá es una prueba. Quizá el Señor te quiere más
fuerte aún, más hecha.
- Sí, quizá.
María besó
entonces a su hija en la frente, luego la arropó con la manta de lana y salió
sigilosa. Dolores así acostada, con los ojos abiertos, continuó pensando:
"Esperar, esperar... Cuánto me cuesta. Es lo que más me cuesta del mundo.
Si se pueden resolver las cosas, tener que esperar...".
Entonces volvió a
sentir en el alma su dolor agudo de comulgante, aquel temor tan triste de haber
perdido la Gracia que tantas veces nublaba su alegría. Pero esta vez había
comprendido. Saltó de la cama y, antes de arrodillarse, se recompuso por
dentro. Iba a hablar con el Señor:
- Tú preferías
que esperase hasta los doce años para recibirte. ¡Y yo me empeñé en adelantarlo!
Entonces te disgustaron mi vanidad y mi impaciencia. Por eso ahora me vuelves a
presentar la misma prueba. ¡Es una segunda oportunidad! Antes de ser tu esposa
tengo que mortificar mi voluntad torcida, tengo que perfeccionarme. Esperaré
como me pides, Señor. Y lo haré con alegría, nadie notará que mi corazón vive
ya con tus Hijas. Hágase Tu voluntad.
A la mañana
siguiente, el hogar volvió a su cauce y Dolores a su tarea cotidiana. José
Molas no se atrevió a prohibirle a la hija las visitas al hospital, pero no le
hacían gracia, así que a veces ella salía en secreto. A partir de julio acudió
como alumna al colegio de don Mariano Ríus. Se dio cuenta de que aprendía y
disfrutaba. Le gustaba también el carácter del profesor: serio, firme y
comprensivo a la vez. Por su parte don Mariano se convirtió enseguida en
admirador devoto de aquella alumna y dijo a sus padres:
- Se aplica mucha
en todas las asignaturas y observa una muy conforme conducta, tanto moral como
religiosa. Pero es que además nadie piensa como ella sobre cuanto la rodea, y
nadie ve las honduras de los corazones como las ve ella. Es un verdadero ángel.
Otra vez aleteaba por allí aquel ángel en
quien nadie adivinaba -así se lo decía ella a sí misma- tantas plumas secas.
Estudió con ganas, siempre calmada y serena, pero su salud sufrió un cambio
notorio a partir de entonces. Comenzaron a golpearla unas jaquecas muy fuertes
que el menor ruido reverberaba en su cerebro como un cañonazo, no podía abrir
los ojos ala luz, cualquier olor le producía nauseas, no le pasaba el alimento
y tenía que permanecer acostada a oscuras durante dos o tres días. Luego, al
recuperarse, se encontraba muy débil. Su madre y su cuñada Rosa debían
atenderla y ella les pedía perdón, desolada por no ayudar en nada.
- Cuánto lo
siento, madre. Perdóname Roseta, que ya hay muchos niños y hacen falta manos.
- Ahí están
piando por la tía Doloretes, que es a quien más quieren en este mundo -reía su
cuñada-, pero tú ponte buena, que ellos aguardan lo que haga falta.
Aquellas jaquecas se convirtieron a partir
de entonces en una dura prueba. Fray Salvador, que la conocía bien, le dijo:
- Tal vez, aunque
tu deseo de cumplir la voluntad de Dios es firme, el cuerpo frágil protesta por
la renuncia.
Seguro que el
confesor tenía razón. Sin embargo, había notado que los dolores de cabeza
acompañaban a sus esfuerzos por suspender los sentidos y comenzar el camino de
la contemplación. para conseguirlo, tenía que purificarse de muchos, muchísimos
defectos, y eso la atormentaba. Pero con jaquecas o sin ellas deseaba amar de
forma perfecta a los desvalidos, por amor a El. Y sucedía que ese amor,
cotidiano y excelso, cuanto más grande era, más crecía. "Adelante, Dolores
-pensaba- que cada día es un día más para servirle".
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A lo lejos, en la
bruma que recordaba a Reus la cercanía del mar, se escuchó el canto de un
gallo. La luz del alba doblegaba la noche. Había terminado la vigilia. Sor
Concepción, que se había acercado a Doloretes sin que esta lo advirtiera y
había permanecido unos instantes mirándola con orgullo de hermana, susurró:
- Es hora de
despedirte. Se llevan todos los cadáveres al depósito, así nos lo han mandado.
En la puerta del hospital están ya tu padre y tu hermano. Ha venido también tu
profesor, don Mariano, que tanto te quiere. Y fray Salvador, que anoche la
confortó con la extremaunción. Nosotras rezaremos por vuestro dolor. Y ya lo
sabe, Doloretes, cando puedas aquí te esperamos.
La muchacha miró
a los ojos de la religiosa con los suyos tan negros, llenos de afecto. Luego se
arrodilló junto al cuerpo consumido de María Vallvé, envuelto ya en el sudario,
y rezó en silencio como si gritara: "Madre mía, adiós. Adiós. No te
volveré a ver en esta vida pero tú sí me verás. Ya estás con el Señor, madre.
Pídele que no me deje de su mano. Que yo algún día pueda ser Su esposa y la
mensajera de Su amor.
Entonces,
estremecida, sintió vividamente una caricia en su cabello negro. Mbaría Vallvé
le había respondido: "Dolores, hija mía, inunda de consolación a tu padre
y no tengas prisa, que Él te espera".
CAPÍTULO SEGUNDO
SACRIFICADO ENTERAMENTE POR DIOS Y POR LA HUMANIDAD INFELIZ
(1835 - 1848)
En la noche del 24 al 25 de marzo de 1857
- Léala en voz
alta, madre María Rosa.
- Muy bien:
Al Ilustrísimo Ayuntamiento, en Tortosa.
(Esta es la primera
carta que se conserva de la madre Molas)
Tortosa, 24 de marzo de 1857
Ilustrísimo Señor:
La superiora y
demás Hermanas de la Caridad establecidas en esta ciudad de Tortosa a Vuestra
Señoría Ilustrísima, con la mayor veneración y respeto, exponen:
Que no pudiendo
sufrir por más tiempo la orfandad espiritual en que se halla su Instituto de
Caridad, destituido hasta el presente de todo apoyo y protección de la
autoridad eclesiástica, sin embargo de su carácter religioso, y persuadidas al
mismo tiempo de lo acepto que sin duda será a Dios Nuestro Señor el procurar
por cuantos medios estén a su alcance que dicho Instituto reciba el sello
laudable de la aprobación de la Iglesia y de su Majestad la Reina doña Isabel
II, que Dios guarde, han resuelto...
- ¿Por qué se
interrumpe, madre?
- Porque hay
momentos de la vida en los que falta el aire. Pero ya continúo. Han resuelto...
Separarse de su Casa Matriz, establecida en la ciudad de Reus, y ponerse bajo
la inmediata obediencia del Vicario Capitular y Gobernador Eclesiástico de esta
diócesis, de quien esperan confiadamente la protección y ayuda necesaria hasta
conseguir el objeto indicado... En el párrafo siguiente vamos a pedir al
alcalde amparo y protección, y a cambio le prometemos mantener con hasta ahora
el desempeño de las tres casas que llevamos adelante. Luego firmamos, ponemos
el sello y...
- Y en cuanto
llegue la respuesta del obispo, habrá fundado una nueva congregación, madre
María Rosa.
- Sí, sor
Rafaela, querida amiga mía de tantos años. Este es el paso que hemos dado con
la ayuda de Dios. Ahora que él nos bendiga y nos proteja. El 14 de marzo salió
nuestra petición al obispo y sé que él está de acuerdo y apoya esta fundación.
El despacho de la
Casa de Misericordia -en al arrabal de Jesús, muy cerca del Ebro que ciñe a
Tortosa- era pequeño y estaba muy refregado. Contaba sólo con un reclinatorio
junto a la imagen de la Virgen de los Dolores, un grabado de san José con el
Niño y una mesita de escribir-antiquísima, pequeña, de madera de ébano y con
una pagoda de marquetería embutida en la tapa del cajón- que debía de haber
donado alguna dama ilustrada. Sobre la mesita reposaba un crucifijo, y al lado
una diminuta silla de enea. Allí once religiosas estaban reunidas en torno a la
superiora, que las imantaba con su ejemplo y su mirada. Madre María Rosa Molas
era la que primero se ponía el delantal, la que siempre se ofrecía para limpiar
la llaga más purulenta y el suelo más sucio, la que pensaba todo con vigor pero
expresaba todo con dulzura. Y era también la que, a veces, parecía salir de la
vida de tanto como entraba en la oración, pero al rato preparaba muy sonriente
unas estupendas pastas de yema o les enseñaba a cuidar de las flores.
- Madre, cuando
lleguen todos los permisos qué momento será, qué alegría.
- ¡Sí! ¡Alabado
sea Dios! Queridas hijas, nuestra mayor recomendación debe consistir en el
exacto cumplimiento de nuestros deberes, la más perfecta unión y la más
rigurosa reserva. Y ya veréis cómo nuestra congregación se convierte en un
baluarte sólido del que siempre seremos hijas aunque nos mudemos de casa y de
región.
- ¿Puedo
abrazarla, madre?
- Sí, sor
Catalina, y estrechamente, que así no me verá llorar. Sor Francisca, sor
Antonia, todas, vengan a darme un abrazo. Y ya nos despedimos hasta mañana.
- ¿Pasará esta
noche en vela también, madre? ¿No querrá bajar a cenar con nosotras?
- Primero voy a
terminar la carta y la firmo; luego a rezar. El Señor sabe cuánta ayuda tengo
que pedirle. Además debo ordenar muchos asuntos en la cabeza y en el corazón.
Este paso es muy grande para pies tan cortos. Bajen ustedes tranquilas. Muy
buenas noches.
- Buenas noches,
madre María Rosa.
Las once tocas
blancas salieron del despacho, silenciosas y felices, y allí quedó la
superiora. Era una mujer alta, morena, de ojos negros inmensos y elocuentes.
Aquel 24 de marzo había celebrado su cuarenta y dos cumpleaños.
"Y han
bajado al refectorio. Dios les recompensará tanta obediencia y tanta sencillez.
Cómo me late el corazón. ¿Es valentía esto, Amado mío? ¿No será vanidad? Me
viene a la memoria aquel buen mosén don Diego que me llamó fundadora. Entonces
era una palabra muy grande para Doloretes y todavía lo sigue siendo. En fin, a
ver si remato con buen tono la carta y todo sale como Tú deseas".
Tomo la pluma y
siguió escribiendo.
- Gracia que
esperan las exponentes alcanzar de la conocida rectitud y generosidad de
vuestra ilustrísima...
De repente se
levantó y se acercó al reclinatorio. Debía orar. Su alma necesitaba refugiarse
en el Amado. En aquellos momentos -con esa petición de amparo al alcalde y la
solicitud ya enviada al obispo- se separaba de la Corporación de Caridad en la
que había vivido durante casi dos décadas y regresaba, capitana de un barquito
de doce monjas, al seno de la autoridad eclesiástica. Quien se lo hubiera dicho
a Doloretes en aquella noche amarga, ya tan lejana, en que su padre le prohibió
irse al convento. El caso es que el buen José Molas tenía razón con aquellas
prevenciones acerca de los problemas de las Hijas de San Vicente de Paúl y
sobre los tiempos terribles que esperaban en Reus.
1835, el año
siguiente a la muerte de su madre y uno de los más difíciles de su vida,
regresaba aquella noche a su memoria. Y con el él, los motivos de la contienda
que ensangrentó de nuevo su patria y su ciudad cuando ella tenía solamente
veinte años. La primera guerra carlista fue también la primera guerra en la
vida de Dolores Molas. Cuánto se dejó sentir en Reus, qué duramente golpeó a
personas tan queridas como fray Pedro Pablo Salvador. La pavorosa palabra
"guerra" aún le arrancaba lágrimas de los ojos y la estremecía debido
a tanto dolor como había presenciado. Recordaba sus inicios porque la historia,
antes de pasar a los anales, golpeaba como un martillo de herrero sobre el
metal de las vidas. Y conocía bien las causas que la habían provocado porque
estaba informada sobre los asuntos de su tiempo y leía las gacetas de noticias
de todos los signos políticos.
Al comenzar 1830 se anunció que Fernando
VII, después de cuatro matrimonios, esperaba por fin descendencia. La alegría
se unió enseguida a la preocupación a causa de una grave cuestión dinástica: el
ansiado heredero podía ser una niña. Por entonces estaba vigente la Ley Sálica
que impedía la llegada al trono de las mujeres y el suceso legal del monarca,
mientras no tuviera hijos varones, era su hermano, el Infante Carlos María
Isidro. En marzo -tal vez en una de aquellas tardes felices en que Dolores Molas
llamaba a fundar a sus amigas- Fernando decidió restaurar la Pragmática Sanción
recogida en la Constitución liberal de Cádiz. Esta ley recuperaba la tradición
castellana de que reinara el primogénito, fuese varón o mujer. Como
contrapartida, despojaba al infante don Carlos de cualquier aspiración al
trono. En septiembre nació una princesa a quien pusieron por nombre Isabel. Y
poco después, en 1833, Fernando VII falleció dejando el país dividido en dos
bandos -liberales y absolutistas- que se enfrentaban constantemente y jamás
habían hallado algo en común que sumar por el bien de España. Inmediatamente se
proclamó reina a Isabel II. Tenía solamente tres años y por tanto su madre,
María Cristina, fue nombrada regente. El infante don Carlos, humillado en sus
ambiciones, declaró la guerra. Lo apoyaron los absolutistas, que ya habían
rechazado las veleidades liberales de Fernando VII en sus últimos años. Muy
pronto aquella pelea entre tío y sobrina -y entre absolutistas y liberales- se
convirtió en una verdadera contienda e incluso participaron ejércitos de Gran
Bretaña, Portugal y Francia. Y por segunda vez en veinte años, el viento de la
discordia recorrió España de norte a fue, arrastrando su triste cortejo de
muerte y miseria. El alzamiento carlista se expandió rápidamente por el País
Vasco y Navarra, y con mucha fuerza en la montaña de Cataluña y en Tortosa,
donde sembraban el caos numerosas partidas de guerrilleros sin mando ni
coordinación.
Reus -de antigua
tradición liberal-, sufrió mucho durante aquella primera ola que anegó,
destruyendo todo a su paso, el año transcurrido entre septiembre de 1834 -el de
la muerte de María Vallvé- y de 1835, cuando llegó a Cataluña el general
Guergué, enviado por los carlistas para organizar el frente y poner orden en
las partidas. Y es que durante aquellos doce meses infernales, la guerra
fratricida se reprodujo dentro de sus muros. La mayoría de la ciudad se
mantenía fiel a Isabel II, pero corrían rumores de que la Iglesia simpatizaba
con los carlistas porque el gobierno liberal quería expulsar del país a las
órdenes religiosas. De entre todas, los franciscanos eran quienes habían
concitado más sospechas de carlismo. En el verano de la peste, ya se los había
señalado como "envenenadores de los pozos de agua" y por tanto
causantes de la enfermedad. Los pasacalles -portavoces de los ánimos del
pueblo- habían hecho circular una cancioncilla que se titulaba "Sangre e
hígado comeremos" cuyo último verso decía: "Mueran los cabezas
peladas". A mediados de julio del 35, cuando una partida de la milicia
urbana de Reus fue atacada, torturada y muerta por guerrilleros carlistas, se
corrió inmediatamente la voz de que entre estos había frailes. La tensión se
disparó hasta el extremo de que el gobernador militar de Tarragona envió un
destacamento de doscientos soldados para proteger el convento de San Francesc.
La mañana del 22
de lulio amaneció calurosa. Soplaba fuertemente el Garbí, cálido y seco, que
traía en suspensión polvo del lejano desierto. Dolores, preocupada por la
tensión que se vivía en la ciudad, había acudido muy temprano a confesar con
fray Pedro Pablo Salvador. El franciscano, al comprender que la muchacha
conocía la situación, le habló con confianza. Aún recordaba ella, palabra por
palabra, el dolor de su querido director espiritual.
- Hija mía,
estamos muy en precario, tememos por nuestra vida y hasta vigilamos por la
noche en turnos de a dos. En tiempo de guerra, el pecado brota en la superficie
de las almas como la espuma sobre el mosto. *El bien alimenta al bien, Dolores,
y tú lo demuestras. Pero es triste comprobar que también el mal alimenta al
mal.
- Padre, ¿de veras
tienen que temer? ¿Es posible que tema usted, nacido aquí en Reus y que ha
hecho tanto bien?
- Hace dos
semanas que no puedo pisar la calle sin escuchar insultos. Y ya se nos ha
anunciado la bullanga. Será en las próximas horas, tal vez esta misma noche.
Escúchame bien, hija querida, como director de tu alma que soy, te ordeno
solemnemente que regreses a casa y no salgas. Si sucede algo en el convento no
quiero que acudáis en nuestra ayuda ni tu padre, ni tu hermano, ni tú. Bajo
ningún concepto.
- Pero, fray
Salvador, le debemos mucho apoyo y consuelo, ¿cómo no vamos a venir? Ni mi
padre ni yo olvidamos que usted arriesgó su vida para acercar el sacramento de
la Unción a mi madre en la noche de su muerte.
- Obedecerás,
Dolores. Es una orden de tu confesor.
- Y ustedes,
¿van a esperar aquí encerrados?
- Como no
terminamos de confiar en el socorro que hemos pedido al ayuntamiento, ni
queremos poner en juego la vida de ningún soldado por nuestra causa, hemos
preparado una salida secreta por si las cosas se tuercen. De la cocina del
convento sale una mina de desagüe que atraviesa, bajo tierra, todo nuestro huerto
y va a parar al de nuestro vecino, José María Gavalda. Él dejará abierto el
escotillón de salida. Por allí escaparemos.
La muchacha
temblaba por la vida de aquel sacerdote a quien debía tanto.
- Y luego,
¿adónde irán? La huerta de Gavaldá no tiene escondites para todos ustedes.
- Pediremos asilo
a los payeses.
- Por favor, fray
Salvador, escúcheme. Muy cerca de la huerta, a cien pasos por la carretera de
Salou, está la vieja masía de mis abuelos maternos. Allí vive ahora mi tía
Mariana, hermana de mi madre. Vaya a su casa, que ella no le negará el socorro.
Yo la avisaré.
- Tú volarás
ahora mismo a tu nido, que bastante preocupado estará ya tu padre.
- Me voy, fray
Salvador. Pero...
- Ay dolores, que
te temo cuando se te enciende en los ojos esa mirada tan decidida. Pero, ¿qué?
- Pues que... no
me ha prohibido usted que avise a mi tía. Si tiene que salir corriendo, vaya
sin dudarlo a la masía de Vallvé. Deme su bendición, yo rezaré por todos
ustedes.
- Hija del alma,
sí, llévanos en la oración.
A primera hora de
la tarde entraron e la ciudad los supervivientes de una columna liberal que
había sido derrotada por los carlistas en Arnes, una localidad de las tierras
altas de Tarragona, en el límite con Aragón. Aquellos muchachos, jóvenes todos,
vecinos e hijos de Reus, regresaban diezmados, mutilados, con la mirada
sumergida en los horrores de la guerra. Su triste desfile encendió los ánimos
de la casa de los Molas, en el mismo carrer Padró, resonó por primera vez el
grito: "¡Venganza!". Inmediatamente se extendió por la ciudad como un
eco infernal: "¡Venganza, venganza, venganza...!". José Molas y su
hija, abrazados tras las rejas dela ventana, vieron pasar corriendo al Arnau,
un zapatero del carrer de Sant Joan que gritaba enajenado: "¡Esta noche
cenaré pierna de fraile asada!". Le seguía mucha gente que jaleaba la
blasfemia y profería amenazas contra los franciscanos. Entonces ambos, sin
mirarse siquiera, cayeron de rodillas y comenzaron a rezar el rosario.
Al ponerse el
sol, la muchedumbre, disparando tiros al aire, llegó hasta el convento de Sant
Francesc. Los centinelas de la guardia estaban en posición de descanso,
sentados en las aceras y abanicándose por el calor. Al ver a los bullangueros,
les dieron el "¿Quién vive?", pero ante la respuesta
"¡Voluntarios!" los dejaron pasar y se retiraron. Al pie de los muros
resonaron entonces cien voces terribles:
- ¿Qué hacemos?
- ¡Entrar! ¡A
golpes si hace falta!
- ¡A la hoguera
con ellos!"
- ¡A la
hoguera!"
- Allí abajo hay
un horno de vidrio! ¡Nos darán ramas de pino o las tomaremos!
- ¡Vamos!"
Entre la multitud
se encontraban también muchas mujeres, huérfanas de sus hijos, a quienes la
guerra había colmado de rabia contra el mundo y contra el cielo. Una de ellas,
más dispuesta, las organizó a gritos:
- ¡Vayamos
corriendo a por cántaras de aguarrás! ¡Venga! ¡Traed tod lo que pueda prender!
Muy pronto las
puertas del convento, talladas en roble, ardían como enormes teas. Una vez en
el claustro, los asaltantes amontonaron todos los libros de la biblioteca,
dejaron caer sobre ellos las antorchas y al poco una nube oscura, que alguna
vez fue sabiduría, se extendió por la ciudad. Hasta el carrer Padró donde
Dolores y su padre, Antón y Roseta rezaban unidos, llegó el olor a cuero
quemado de los pergaminos mezclado con el intenso y asfixiante del aguarrás. El
aliento cálido del Garbí esparcía las llamas como un gigantesco fuelle. Sin
embargo los asaltantes necesitaban destruir más, porque el mal alimentaba al
mal como el fuego al fuego.
- ¡A la Iglesia!
¡Que no quede ni una piedra en su sitio!
Este grito
provino del zapatero Arnau. Durante la peste los franciscanos habían confortado
a su esposa, pero allí estaba: armado, lleno de furia, con los ojos fuera de
las órbitas.
- ¡Vamos! ¡Con
ímpetu! ¡No salvéis nada! Y los frailes, ¿dónde están? ¡Hay que ir a por ellos!
Y gente que fue
alguna vez buena y sencilla obedecía al Arnau sin pensar más que en la
borrachera infernal.
Las gruesas
vigas de la techumbre, envueltas en llamaradas, se derrumbaron enseguida y
arrastraron con ellas el órgano y el altar mayor, que quedaron deshechos. Los
asaltantes se dirigieron entonces al centro de la nave pero, antes de llegar, se
detuvieron bruscamente, como si una mano de hielo hubiera enfriado su ira. En
los sitiales del coro se hallaban doce franciscanos que no habían querido
abandonar el convento- Rezaban de rodillas, temblorosos y pálidos, y el
murmullo de su oración parecía elevarse más que el incendio. Fue Arnau quien,
con la voz ronca, gritó a sus compañeros como si los sacudiera:
- ¿Qué estáis
esperando? ¡Maldito el que no se atreva!
Él mismo clavó la
primera puñalada. Los doce religiosos fueron muertos a golpes de hierro y
quedaron allí, envueltos en el sudario de sus propios hábitos, hasta que las
llamas los consumieron.
La madre María
Rosa recordaba aquella noche de horror como si acabase de vivirla. Ella que, a
pesar de su juventud, había consolado ya tantas dolencias del cuerpo y del
alma, presenciaba entonces por primera vez los efectos del odio, una enfermedad
que jamás habría de olvidar. Y durante aquellas interminables horas en vela,
pidió perdón al Señor en nombre de los reusenses a quienes aquel odio había
enajenado.
Fray Pedro Pablo
Salvador pudo huir por la mina, pasó la noche y el siguiente día escondido bajo
tierra con el resto de los frailes, y al salir encontró refugio en la vieja
masía. Estuvo alojado en secreto hasta que se calmaron los ánimos y luego se
refugió en la Prioral de San Pedro, donde adoptó el sobrenombre de mosén Peret
como si perteneciese al clero secular. Y en San Pedro vivió a partir de
entonces, volcado en la oración, dedicado a la predicación y, todavía, al
cuidado del alma de que querida Dolores. Ella sintió que su confesor, privado
del cobijo de su Orden y de su claustro, la comprendía mejor a ella, privada
del cariño materno y del cumplimiento de su vocación.
1835 fue también
el primer año de viudedad de su padre. José Molas parecía haber envejecido y la
miraba en silencio, con una tristeza que Dolores compadecía. Al hojalatero le
venían a la mente los reproches injustos a su mujer -"llevaste contigo a
la niña"- y ella trataba de suavizar aquel remordimiento mostrando siempre
serenidad de ánimo y alegría en el cuidado de la casa.
También fue por
aquel entonces cuando comenzó a visitar con más frecuencia el hospital. La
guerra lo colmaba de soldados heridos y las hermanas necesitaban ayuda. No
había olvidado los cuerpos mutilados por las bombas, las espantosas agonías por
de las heridas infectadas, el llanto amargo de quienes nunca volverían a su
casa. Todo aquel dolor provenía de la guerra. Pero la guerra misma, ¿de dónde
provenía? En sus horas de oración que eran muchas, siempre de noche para no
dejar de cumplir sus obligaciones, le quemaba el alma la arena de su desierto
interior. Entonces entre lágrimas, preguntaba a su Amado: "¿Tan hondamente
arraiga el mal en el corazón de los hombres? ¿Qué sientes al vernos cometer estas
atrocidades? ¿Dónde está Tú cuando hay guerra, Señor?". En el calvario
estaba, crucificado, un día tras otro. Y ella, que cada mañana soportaba con
una sonrisa el olor de la carne quemada, lloraba de madrugada en la soledad de
su cuarto por no llevar tanta consolación como su Amado, desde la cruz, le
pedía.
De entre todos
aquellos soldados heridos, su memoria le acercaba el recuerdo de Ximo, un
muchacho pelirrojo y pecoso, de familia de pescadores, a quien velaba. Ximo era
muy joven, tanto como ella, y pasaba las horas en completo silencio, mirando
fijamente la pared con los ojos empavorecidos. Estaba sacudido por la fiebre,
tenía la cabeza vendada y las piernas destrozadas por la gangrena. Ella lo
tomaba de la mano y le hablaba de recuerdos sencillos -el canto del grillo, el
pan con tomate- para que cobraran algo de vida aquellos ojos fijos. Dando
vueltas a la forma de animarlo, se le ocurrió una idea. Fue a por pluma y
papel, regresó junto al muchacho, le acarició la mejilla y le dijo dulcemente:
- Ximo, ¿Te gustaría
mandar una carta a tu madre? Ella se va a alegrar mucho cuando la reciba. Si me
la dictas, yo misma la escribiré.
Entonces él
pareció revivir con el calor de una minúscula llama y habló por primera vez.
- Sí, señora, me
gustaría.
- Pues aquí mismo
tengo los avíos. ¿Dónde vive ella?
- En Altafulla,
señora. La viuda del Pèl-roig -respondió Ximo, y dos llamitas oscilaron de
nuevo en el fondo de sus ojos moribundos.
- Te prometo que
le llegará la carta. Anímate, ¿qué le vas a decir?
- ¿Cuál es su
nombre de usted, señora?
- María Rosa
Dolores... Bueno, todo el mundo me dice...
¡María Rosa! Como
la Virgen y como la flor que más consuela -al decir esto, Ximo la miró
agradecido. Luego prosiguió muy despacio - María Rosa, yo... esto es lo que
quisiera escribir: "Madre querida, me han engañado. Por la patria y la
libertad, dijeron, pero yo nunca las ví, madre. Solo he visto hambre y heridas.
De ellas muero. Dígale usted a la Mariona que le devuelvo la palabra de casamiento,
que sea feliz. A usted, madre, que Dios la bendiga. Si yo pudiera recibir en
esta hora un beso suyo, madre, como cuando era niño...".
Entonces se le
crisparon los dedos, arqueó la espalda y aspiró el aire con angustia. Y fue
Dolores Molas, el alma en los labios, quien besó la frente de Ximo para que
atravesara el gran umbral con paz en el corazón.
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José Molas había
acertado también en su descripción del momento tumultuoso que vivían las Hijas
de la Caridad. El contacto diario con ellas había permitido a Dolores conocer
los pormenores de aquella historia.
La Hijas de la
Caridad de San Vicente de Paúl fundaron su casa de Reus en 1792. Desde el
primer momento atendieron el hospital de la ciudad con un contrato del que
habían derivado muchos malentendidos. En aquel documento se disponía que las
hermanas obedecerían su regla en la comunidad, pero en el recinto hospitalario
estarían bajo las órdenes de los administradores. La dificultad de armonizar
las directrices religiosas con las civiles era muy grande y daba lugar a
conflictos constantes con la casa madre de la Orden, pero no les impidió
realizar una labor de servicio que la ciudad agradecía, atender también un
colegio y abrir los brazos a muchas nuevas vocaciones.
Hubo, sin
embargo, un punto de inflexión más serio que los otros. Durante la Guerra de la
Independencia, los Padres Paúles, directores de la congregación, abandonaron la
ciudad. A su regreso, las hermanas -que habían permanecido en su puesto entre
riesgos y privaciones- solicitaron sin éxito abandonar la obediencia a los
Paúles para permanecer bajo la del obispo de Tarragona, como habían estado
durante la contienda. Los Paúles y las Hijas de la Caridad de Reus mantuvieron
una relación intermitente y tensa durante los años de la posguerra y de la
infancia de Dolores Molas. Cuando ella comenzó a visitar el hospital, las
hermanas de Reus estaban ya al borde de la ruptura con su congregación.
Durante las revueltas de julio de 1835, los
Paúles volvieron a abandonar la ciudad para instalarse en el pueblo de
Castellvell. Aquel mismo verano, tres días después de que ardiera el convento
de San Francesc. el gobierno liberal, presidido por el Conde de Toreno, aprobó
la Orden de Exclaustración Eclesiástica por la que desaparecían los conventos
en los que hubiera menos de doce religiosos. Poco después, su sucesor, Juan
Álvarez Mendizábal, ordenó la supresión de todos los monasterios y la inmediata
desamortización -es decir, la venta- de sus bienes. Reus respetaba y amaba a
las Hijas de la Caridad, habían prestado servicios impagables y durante aquel
tiempo de guerra no conocían reposo, así que el ayuntamiento decidió salvar de
la desamortización el enorme edificio que había sido seminario de los Paúles
-aquel que sirvió de hospital durante la peste azul y había visto morir a María
Vallvé- y se lo ofreció como sede. Desde entonces fue conocido como Casa de
Caridad. Mientras tanto, las hermanas daban vueltas a la idea de escindirse de
su Orden para convertirse en una hermandad independiente. Las animaba su
confesor, el padre Pablo Carbonell, cirterciense exclaustrado del monasterio de
Pablet. En 1838 fue nombrada superiora so Luisa Estivill. Era una mujer
indómita e ilustrada, partidaria de la separación. Con su impulso aquel grupo
de religiosas decidió por fin excluirse de toda jurisdicción eclesiástica.
Desde aquel instante, no pudieron conservar el título de congregación y
quedaron reducidas a una corporación de vida en común sin vínculos canónicos. A
pesar de ello, se llamaban y eran llamadas sores, y mantenían los votos, el
hábito y el carácter religioso de sus vidas consagradas a la caridad. Tanto que
no les importó ser denominadas "sirvientas del Hospital y de la Casa de la
Caridad" en los documentos oficiales, ni que en ellos constase su
superiora con el extraño título de "presidenta".
Dos
décadas después de aquel pequeño cisma, en aquel 24 de marzo de 1857, la madre
María Rosa Molas acababa de convertirse en fundadora de una Orden que surgía
como nuevo vástago del tronco de San Vicente de Paúl para acercar a la
obediencia de la Iglesia a la corporación donde ella misma había ingresado.
Recordaba su candor a los veinte años, cuando se consagraba al servicio del
hospital de la Casa de la Caridad ajena alos conflictos que agitaban a sus
queridas hermanas, sin dar importancia a denominaciones ni a documentos. Desde
el primer momento las había ayudado a acondicionar el vetusto caserón del seminario.
A ella se debía que en cada rincón, y sobre todo en la capilla, florecieran las
macetas. De hecho era quien las cuidaba. Sabía que nada hay como las flores
para que una sala destartalada tome el aire de un hogar. Lo había comentado a
sor Luisa Estivill y ella le había confiado aquel adorno primero y, enseguida
otras muchas otras cosas.
La rutina de sus
veintitrés años era casi la de una peregrina: levantarse con el alba, disponer
la limpieza de su casa y el almuerzo de la familia, escuchar la primera Misa de
la Prioral, luego arrodillarse un buen rato en la capilla de los Dolores y allí
contemplar al Amado y hablar con su
madre. Con la de Él, María Santísima, a quien se había entregado en
adopción, y también con la suya de cuna, aquella buena y generosa María Vallvé
que la miraba desde el cielo. En ese momento de oración profunda e escondía el
secreto de su serenidad: ella no se pertenecía a sí misma sino a Él. Sin
poderlo explicar con palabras, Dolores habitaba en el mundo interior dela
Gracia, su yo se había desplazado allí, y su verdadero hogar se encontraba en
aquella oración, que era estar simplemente con el Señor, entregarle su libertad
y dejarle conducir su vida. El segundo secreto estaba en el hospital, al que se
dirigía luego. Allí trabajaba hasta la hora de comer, cuando marchaba presurosa
para tender de nuevo a su padre y a los sobrinos. Regresaba a primera hora de
la tarde, y el tiempo le volaba entre los pobres, los huérfanos, los enfermos,
los frágiles. A fray Salvador, ahora cura de su parroquia, le confesaba:
- Cada mano
sencilla que tiendo, cada sonrisa pequeña que brindo y que no valen nada, se
reflejan mil veces en las manos, las miradas y las sonrisas de los necesitados,
como si fueran un espejo queme devolviera el amor multiplicado.
- Así es como se
nota que en ellos está el Señor -respondía el sacerdote, maravillado.
Y esa sensación
-la felicidad de servir por amor a Cristo- la vivía Dolores incluso cuando
realizaba las tareas más sucias, que a veces llegaban a ser repugnantes. Por
eso pedía que se las dejaran hacer. "Si hago siempre lo que más me
repugna, el Señor me ayuda", Solís decir a quienes le advertían de lo
penoso de alguna tarea. Y es que notaba de una forma casi palpable que cuando
se volcaba en el trabajo, Él estaba más cerca. Y tan colmada se sentía con
aquella rutina diaria que ya no podía fingir interés en modas, festejos o
murmuraciones, por eso las religiosas se habían convertido en mejores
compañeras que las amigas. Y cuando hablaba con su querida Dolorcitas, y esta le
mostraba un vestido nuevo, solía decirle:
- ¿Sabes una
cosa? Más felices son las hermanas con su sayal que las reinas con sus sedas.
Sin embargo
existía una grieta que a veces dejaba escapar su magma ardiente en forma de
migrañas: no pertenecía aún a la Corporación. Sus votos de pobreza, de castidad
y de obediencia, de momento, solo los conocía el Señor. Pero los había hecho,
con el alma, durante una vigilia en sintió a su Amado más cerca que nunca de
ella y se conmovió vivamente por la felicidad de esa cercanía. Desde aquella
noche intensa, todo lo que podía llamar suyo era pobre. Llevaba la ropa muy
limpia pero sencillísima, y decía a su cuñada Roseta: "Cuanto más gastada,
menos molesta". También su dormitorio era despojado y severo hasta la
exageración. Aquella austeridad enfadaba a su hermano José, que se había
convertido ya en un próspero comerciante de Barcelona; le parecía ridículo -esa
era exactamente la palabra- que sus regalos, siempre de buen gusto y a la moda,
terminasen en donativos para la Casa de la Caridad. Y es que Dolores
transformaba en un momento las piezas de brocado en casullas, y en sábanas los
lienzos de algodón. En cuanto a los otros dos votos, toda su vida era casta sin
esfuerzo; y obediente hasta el extremo su dedicación al padre y a la
familia.
El disgusto de
José sobre el sencillo atavío de su hermana llegó hasta su propia boda, en la
primavera de 1838. Ya completamente afincado en la Ciudad Condal, viento en
popa su negocio de lámparas, contraía matrimonio con una joven llamada Carmen
Sellés y deseaba que su familia lo acompañase en aquel gran día, desde luego
arreglados con sus mejores galas. Pero Dolores vistió su ropa sencilla, y solo
llevó como adornos sus ojos negros, radiantes de alegría por el paso que daba
su querido hermano. Cuando los dos se abrazaron después de la ceremonia, José
le preguntó:
- ¡Por qué no te
has puesto el corpiño de encajes que te mandé? No se lo habrás regalado a
alguna novia sin dote.
- Pues la verdad
es que... sí.
- Pero, ¿qué me
estás diciendo?
- Era tan
bonito... Por favor, José, no te enfades. A mí todo me sobra, y cuántos hay sin
amparo y sin consuelo. Quiero ser pobre como lo fue Jesús, y mientras viva en
la casa de nuestro padre no puedo serlo más que en lo que a mí sola concierne.
No llevo un vestido lujoso pero te llevo a ti en mi oración. Ahora va también
Carmen. Estaréis en ella siempre. Estaréis en ella siempre.
El hermano,
emocionado, contestó:
- Siempre te
rodea un halo de luz. No te das cuenta, pero dondequiera que estés se te ve
solo a ti. Si alguna vez tenemos una hija llevará tu nombre. ¡A ver si me sale
otra santa!
- ¡Vamos, José,
que ya estás con tus bromas de siempre!
Los dos rieron
igual que hacían de niños. Pero al año siguiente, la primera hija de José y
Carmen se llamó María de los Dolores Molas, como su tía.
Después de la
boda y del rumboso convite -un desayuno con chocolate y emparedados que se
animó con cantos-, los Molas se sentían felices y algo melancólicos también,
por la añoranza de María Vallvé, en quien no habían dejado de pensar y que
habría disfrutado tanto de aquel momento. Todos regresaban a Reus en la
diligencia. Aquel enorme carricoche, que acomodaba a veinte personas en dos
pisos de altura, partió a medio día de la Rambla de los Capuchinos, justo al
lado del famoso mercadillo ambulante del Pla de la Boquería, donde payeses y
pescadores ofrecían sus tesoros. Enseguida, al trote de las seis mulas,
atravesó las calles de Barcelona, inundadas por el gentío, y después salió al
camino. Poco a poco, el cansancio fue venciendo al patriarca de los Molas, a
Roseta y a los niños, y pronto todos sesteaban, acunados por el traqueteo.
Doloretes y su hermano Antón, sin embargo, permanecían extasiados ante la
belleza de los montes y el mar. El sol de la tarde, brillante y orondo, parecía
moverse a la vez que ellos, y por las ventanillas penetraba, junto a la brisa
cargada de sal, el olor fresco de los pinos. Era buen momento para las
confidencias. Antón le contó en voz muy baja que los jóvenes de su barrio
-entre lo que hubiera podido estar, sin duda, un futuro esposo- la consideraban
inaccesible.
- Dicen que eres
una nueva santa Teresa. Y lo dicen con respeto, ¡eh? No con chanzas.
- ¡Qué
disparate! -había susurrado ella, con asombro y con una pizza de alegría porque,
bueno, el peso de explicar a un pretendiente que ya había encontrado a su Amado
sí se lo quitaban.
Antón, entre
susurros también, le había respondido:
- Lo de la
santidad es cierto, Doloretes. Es que no te ves desde fuera: tan alta, tan
seria y callada, una dama en el trato porque has nacido con un señorío natural,
pero con esos ojos desprendiendo una luz divina. Una luz que ilumina a cada
enfermo del hospital y luego vuelve adentro tuyo, porque no la empleas para
deslumbrar sino para alumbrar. Vas caminando con los ojos bajos, no por
cortedad sino porque las personas que más te interesan están a la orilla de la
acera, mendigando en el suelo. En Reus todo el mundo lo sabe que serás monja. Y
hasta he oído a alguno decir que ojalá todas las monjas fuesen como tú.
- Antón, es
verdad. Prefiero ser religiosa a ser dueña del mundo. Y me entristece que todo
Reus lo sepa menos nuestro padre.
- Él también lo
sabe. ¿Te has dado cuenta de que no ha vuelto a decir eso de "conocer a
los hijos de todos sus hijos"?
Sí, se había dado
cuenta. Debía guardar solo unos años más: a que crecieran algo los pequeños de
Antón y Roseta; a que terminase aquella contienda que aún coleaba en la
comarca. Hacía muy pocas semanas, allí cerca, entre los pinos que ahora pasaban
de largo ante la diligencia, habían fallecido vecinos, amigos de sus hermanos,
muchachos que hubieran podido ser sus pretendientes si no hubiera estado ya
enamorada. Enseguida se había ocupado de consolar a las madres y las novias. Y
de orar, cada vez más cerca de la Madre al pie de la Cruz, del cuerpo de Cristo
traspasado por la lanza.
En Reus todos
sabían que Dolores Molas sería monja, pero aquel anhelo podía esperar. Todo
llegaría. El Amado había puesto a prueba su vanidad y su impaciencia, y a
cambio ella debía resistir. Tarde o temprano llamaría por fin a la puerta de la
Casa de la Caridad, esta vez para quedarse.
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La madre María
Rosa seguía arrodillada en el reclinatorio de su pequeño despacho de la Casa de
<misericordia de Tortosa. Era fundadora, Dios lo había querido. Y, como en
un sueño, recordaba a la segunda persona que se lo anunció. Junto a ella veía
la figura delgada y el rostro anguloso de sor Luisa Estivill. Por el empeño de
aquella mujer, por su obstinada certeza de llevar siempre la razón, la
Corporación de Caridad de Reus se hallaba desde 1838 fuera del ámbito de los
institutos religiosos, separada de toda autoridad eclesiástica, Y realmente le
gustaba tanta independencia a una superiora que, aunque solo tenía treinta y
dos años cuando Dolores Molas la conoció, hubiera sido capitana general de
cualquier guerra y gobernadora absoluta en cualquier reino.
Desde que comenzó
a ayudar a las hermanas, sor Estivill la había tratado con afecto. Tan tajante
en las órdenes como era, parecía suavizar su trato cuando hablaba con la más
joven de sus colaboradoras seglares. Una vez le había escuchado decir,
señalándola a ella: "Dichoso el albergue en que se deposite esta valiosa
joya. Ojalá elija el nuestro". Aquella frase la puso de nuevo en guardia
ante cualquier repunte de la vanidad. Poe el contrario, debía fortalecerse en
la obediencia. No tenía nada que elegir, Dios la había elegido a ella, que era
la de menos mérito. Cuando llegase la hora, solo tendría que dejarlo todo y
seguirle, sin intenciones ni deseos sin expectativas más allá de esperar a ver
qué quería que hiciese. Y mientras tanto, era preciso purificarse de todo lo
malo, una tarea ardua e inagotable.
Se acercaba a su
memoria las fiestas de Navidad de 1840, tal vez las más señaladas de su vida.
Como cada año, en el amplio espacio porticado de la plaza del Mercadal, junto
alas casa buenas y las tiendas de paños, se desplegaban docenas de puestos,
cubiertos con toldillos, donde los payeses ofrecían sus viandas plenas de
aromas y colores. Aquí, los gallos para
el rostit, todavía vivos; allá, un delicioso monte de panes de anís; por todas
partes, el vermut, santo y seña de la ciudad. Delante del atrio gótico de la
Prioral se instalaba siempre un precioso Belén viviente con animales de las
granjas vecinas. Junto a él se reunían grupos de chicuelos que después
recorrían las calles cantando villancicos:
Qué li darem, a n'el
Nai de la mare?
Qué li darem, que li
sápiga bo?
Panses i figues i
nous i olives,
panses i figues i mel
i mató..
"¿Qué le
daremos al Niño de la Madre? ¿Qué le daremos que le pueda gustar? Pasa e higos,
nueces y olivad, pasa e higos, miel y requesón...". El propio villancico
enumeraba los sabores tradicionales que convocarían a la gente de Reus en torno
a la mesa navideña- La ciudad aparecía, por primera vez en mucho tiempo, feliz
y tranquila. Las últimas tropas carlistas habían cruzado la frontera hacía unos
meses. La guerra había terminado.
Entre los Molas
reinaba también la tranquilidad. José, entrado en los cincuenta y cinco, seguía
activo y ágil a pesar de la viudedad. Antón llevaba el taller a plena
satisfacción. Rosa y él criaban a cinco hijos sanos, cuya alegría colmaba cada
rincón de la casa, y traían al sexto en camino. María Rosa, su primogénita,
había cumplido ya los once años y era una mujercita que comenzaba a ayudar en
las tareas del hogar e imitaba en todo a su tía. Solo en Dolores quedaba
incompleto el plan de vida. Sentía muy hondamente la pena de no acercarse más a
su Amado pero también la esperanza de que Él la ayudara a sortear los
obstáculos, porque había tomado una decisión. La única persona con quien lo
consulto fu fray Salvador:
- Se ha terminado
la guerra, mi padre está bien de salud y lo acompañan a todas horas su hijo, su
nuera y sus nietos. ¿Le parece a usted que puede haber llegado el momento?
El sacerdote
emocionado, respondió:
- Sí. Ha llegado
el momento.
Dolores cerró los
ojos en los que se habían agolpado las lágrimas. Desde hacía diez años deseaba
escuchar aquellas palabras. A pesar de todo, aún dudaba de sí misma. ¿Merecería
una felicidad tan grande? Por eso preguntó:
- ¿Me admitirá
sor Estivill?
- Se va a llevar una alegría. Deseas formar
parte de la Corporación, ¡verdad? Piénsalo bien porque, aunque ellas en su
forma de vida son ejemplares, ahora mismo su situación eclesiástica es
irregular.
- No conozco otra
orden ni otra regla, padre. No las hay en Reus. Y, ¿qué congregación podría yo
buscar a estas alturas? Los enfermos del hospital y los acogidos de la Casa de
la Caridad son como ojos míos o sangre mía. Así que no me separaré de ellos.
- Entonces
díselo.
- Gracias, fray
Salvador.
- ¡Ha llegado el
momento!
- ¡Alabado sea Dios!
En la tarde de
san Esteban, el 26 de diciembre, Dolores Molas se acercó a la Casa de la
Caridad para hablar con sor Estivill. Había pasado la Nochebuena y la navidad
en oración, y había preparado con todo su amor una comida familiar llena de
serenidad, de tradiciones antiguas y de las recetas que fueron de su madre.
Comulgó en la Misa del Gallo pensando: "La próxima vez que te alojes en mi
casa yo seré tu esposa, Señor. No me lo merezco". Cada paso y cada momento
de aquellos días de fiesta habían estado impregnados de emoción.
Nada más
encontrar a sor Estivill, comprendió por su mirada que se imaginaba ya el
motivo de la visita.
- Madre -comenzó,
consciente del solemne paso que daba-, como usted sabe, yo deseo acompañarlas
en su vida de caridad y oración.
- Claro que lo
sé, Dolores. Tu siempre llevas el alma en la palma de la mano.
- Vengo a
suplicarle humildemente que me admitan entre ustedes.
Sor Luisa se
alegró mucho. Aunque las amabilidades no estaban en su naturaleza, admiraba
sinceramente a aquella muchacha y comprendía su valor, por eso se acercó a ella
y la abrazó.
- Serás
bienvenida.
Cuánta emoción
sintió Dolores al escuchar aquellas palabras, qué alegría tan inmensa. Y a la
vez qué grande era aquel paso para su fragilidad. Sin embargo no lo daba sola,
tomaba la mano que su Amado le tendía. Se entregaría a los pobres para siempre.
No dudaba, no sentía miedo, pero le preocupaba desafiar tan gravemente a José
Molas. Había sido siempre una hija tan obediente... ¿Y si no la perdonase
nunca?
- Sor Luisa, ya
sabe usted que mi padre me lo prohibió.
- ¡Vaya cosa!
¡Pero si eres mayor de edad! ¿Queda él en mala posición acaso? ¿Abandonado?
¿Enfermo?
- No, no. Si
fuese así yo no me atrevería.
-Pues, ¡a quién
tienes tú que obedecer más que a tu vocación? ¿No has hecho ya diez años de
sacrificio?
- Mi confesor,
mosén Pedro Pablo Salvador, también me anima.
- Pues no hay que
pensar más. dice el Señor: "Quien ama a su padre o a su madre más que a
mí, no es digno de mí". ¿Qué te pasa? ¿Por qué palideces? ¿Ves obstáculos
acaso?
- Sor Luisa, yo
no puedo amar a mi padre más que al Señor, pero por nadie ni por nada que no
fuera el Señor y su divino servicio cambiaría yo su amor y su compañía.
- Bien está. El
alma en la palma, ya lo dije. Saldrás sin que te vean y estará hecho.
- ¿Sin despedirme
de él?
- Si te despides,
te quedarás. No hay más remedio que salir en secreto.
- Así lo haré, madre.
- ¿Qué más?
- Tengo dos dudas
importantes que consultarle.
- Veamos.
- La primera se
refiere precisamente a mi padre. Salir de casa en secreto significa que no
podré pedirle dote. Tendré que ingresar aquí de caridad. ¿Será posible?
- No es lo usual
pero tampoco nos sobran vocaciones para andar ahora con remilgos.
- Y la segunda es
que a veces padezco unas migrañas muy dolorosas. En eso días, porque son días
completos, no puedo ni levantarme de la cama. No sé si eso será un inconveniente
demasiado grande para servir al Señor, con tanto trabajo como hay aquí.
La expresión de
la superiora fue imposible de olvidar para ella porque nunca, nunca había visto
a aquella recia mujer tan conmovida.
- Hija, de la
forma en que te he visto llenar tus días, con el tesón y el esfuerzo que pones
en todo, compensarás en una sola hora lo que dejes de hacer a causa de tus
migrañas. Te esperamos, ¿Cuándo vendrás?
- No quisiera
disgustar a mi familia hasta el final de las fiestas. ¿Le parece bien la tarde
de Reyes?
- Muy bien.
Mientras tanto, ya que tú no lo vas a traer, te buscaremos un hábito. Alguno
habrá guardado que pueda servirte. Por cierto, debes despedirte de fray
Salvador. A partir de ahora tu confesor será nuestro capellán, don Pablo
Carbonell.
- Como ordene,
madre.
Otra despedida,
y esta vez dolorosa por lo inesperada. El Señor continuaba poniendo pruebas.
Para Dolores era difícil no volver a confesar con el sacerdote que la
acompañaba desde niña, que presenció la última hora de su madre y la había
guiado durante años tan procelosos... Antes de cruzar el umbral del antiguo
seminario para salir de nuevo a la calle, se detuvo un instante y respiró
hondo.
- ¿Esto deseas
de í, Señor? Pues esto lograré con Tu ayuda. Yo solo quiero agradarte.
La víspera de
Reyes preparó torteles para los niños. Quiso hacerlo despacito, rememorando a
su madre y su abuela. Luego limpió la casa a fondo hasta dejarla reluciente.
Durante la comida del día seis, sencilla y familiar, permaneció en silencio
porque un nudo en la garganta le impedía hablar, pero miró a su padre con toda
la intensidad y el amor que pudo reunir. A su memoria asomaron los paseos de
niña, de la mano de él, hasta el santuario de la Misericordia; su sonrisa
rebosante de orgullo al ofrecerle el rosario que desde entonces siempre le
acompañaba; y, en una jornada triste, sus labios crispados por la palabra
nunca. "Querido padre -pensó-, comprendí aquella misma noche que eras un
instrumento del Señor para ponerme a prueba. Pero esta noche de hoy, cuando yo
ya no esté en casa, ¿comprenderás tú que no puedo oponer más resistencia a Su
llamada? Dios mío, ayúdalo a aceptar mi vocación y a perdonarme.
Dale
paciencia". Luego posó lentamente la mirada en su hermano Antón, tan
bueno, tan hogareño, uno de los mejores aliados de su vida; en su cuñada
Roseta, que había sabido llenar aquella casa de hijos; y en estos, los cinco
pequeñuelos que la querían tanto y la añorarían. "No estaré muy lejos.
Rezaré con toda mi alma por vosotros".
Recogió la cocina
con unas lágrimas en los ojos que, afortunadamente, nadie vio. Al terminar,
pasó la mano muy despacio, como en una caricia, por el hogar y sus perolas de
cobre, por la gran mesa de castaño, por la vajilla de bodas de su madre, por el
fanal con frutas de cera que había modelado de niña junto a su abuela:
"Adiós, casa donde nací, donde aprendía a rezar. No volveré. Gracias por
guardar el secreto de mi gran anhelo". Luego se acercó a su dormitorio.
Estaba ya recogido. Había dejado el colchón de lana enrollado, y sus ropas de
calle limpias y dobladas. Se anudó el pelo en una trenza, guardó en un hatillo
su rosario de la Comunión y su camisa de dormir, y besó la imagen de la Virgen
que había velado sus sueños. Cuando descendía la escalera, de puntillas,
escuchó las risas de Antón y su padre que jugaban al dominó. Los niños cantaban
villancicos:
A Betlén me'n vull
anar.
Vols venir tu,
rabadá?
"A Belén me
quiero ir, Tú, pastor, ¿querrás venir?". Qué emoción tan intensa sintió al
escuchar aquellas palabras. Procuró ocultarse en las sombras, pero el más
pequeño la vio: "Adeu, tieta", dijo con su vocecita de ángel. Ella lo
beso dulcemente en la mejilla y luego ya no miró atrás. Entreabrió con cuidado
la puerta de la calle y salió sigilosa. Su alma rebosaba de alegría y dolor. El
bullicio de la gente en el carrer Padró la sorprendió. Eran las seis de la
tarde del día de Reyes. Anochecía.
Las hermanas de
la Corporación la esperaban en el umbral del viejo seminario y la abrazaron con
alegría. Ella sentía que por fin encajaban todas las piezas de su vida. Menos
una.
- Sor Luisa,
permítame escribir una nota a mi padre.
- No, ya le
mandaremos recado mañana.
- Se lo ruego,
madre. Me parece verlo ahora mismo, junto a mi colchón enrollado, intentando
comprender que me he marchado para siempre.
- Está bien. Una
nota breve. Entra ahí, a mi despacho, y se la acercará el Tinet.
Mientras se
alejaba escuchó a sor Estivill susurrar:
- Qué buen regalo
nos han hecho este año los Santos Reyes.
Pero ella
pensaba, conmovida hasta el fondo de su corazón: "Ya estoy aquí, ya estoy
aquí, Señor". Gracias por hacerme el regalo de tu amor, gracias por
admitir la entrega de esta pequeña y torpe vida mía".
Tinet, un
muchacho a quien la sociedad llamaba "inútil", vivía en la Casa de la
Caridad y hacía recados a las hermanas. Adoraba a Dolores, que siempre lo había
tratado con un cariño muy singular, como si no reparase en sus limitaciones y
mirase al fondo, a la persona que era. "Ella me quiere de verdad, ¿eh? Que
yo de esas cosas sí me doy cuenta", decía con su hablar un poco
atropellado. Así que, feliz por el encargo, llevó en un vuelo la nota breve en
que Dolores avisaba a su padre de dónde se hallaba y le pedía su bendición.
Cuando regresó, traía un recado que la colmó de gratitud y de alegría.
- Lloraba pero
tranquilo. Dice que bastante ha esperado usted. Que le da su bendición y que un
día de estos vendrá a verla.
José Molas, tal
vez confortado por Antón, comprendía que la resolución de su hija era seria y
profunda. Él no era un dueño egoísta sino el padre devoto que la enseñó a
rezar: no debía interferir más en su camino.
Dolores supo que
aquella respuesta era la garantía de que acertaba al consagrarse a los pobres.
Con la bendición de su padre llegaba la del Señor. Así que en la nueva vigilia
de oración, ya en su pequeña celda de la Casa de la Caridad, solo pudo abismarse
en la presencia de su Amado y darle gracias.
El 7 de enero,
antes de amanecer, se unió por fin a las hermanas de la Corporación para rezar
en comunidad los Laudes que tanto había añorado.
Oh Dios, tú eres mi
Dios, por ti madrugo.
Mi alma está sedienta
de ti;
mi carne tiene ansia
de ti
como tierra reseca,
agostada, sin agua.
Diez años había
esperado Dolores Molas para vivir aquel momento. Y en aquel comienzo del año
1841 podía por fin cumplir el compromiso que anhelaba desde la infancia.
Todo mi vida te
bendeciré
y alzaré las manos
invocándote.
Aquella misma
mañana, después de la confesión general con mosén Pablo Carbonell, tomó el
hábito de las Hijas de San Vicente que la Corporación había mantenido a pesar
de la escisión. Estaba formado por una túnica negra con pechera almidonada, y
una toca blanca de largas alas que se cubría con un velo negro para estar en la
iglesia o salir a la calle. Lo hizo sin solemnidad alguna, sin que asistieran
más que el sacerdote y sus nuevas hermanas. Y se cumplió así lo que ella misma
había anticipado: "Quería que mis padres me acompañaran orgullosos y
tendré que acercarme sola". Sin embargo, se sintió verdaderamente
desposada porque aquel breve camino hacia el altar, sin galas, con una túnica
ya usada, era un ofrecimiento de ella misma por completo, de todo su ser. Y el
Amado generoso, aceptaba a Dolores Molas con los momentos de aridez en que el
alma se le oscurecía; con sus brotes de impaciencia, porque lo comprendía todo
muy pronto y a veces le costaba esperar a los demás; con su vanidad, encerrada
bajo llave en una cajita de la que escapaba de vez en cuando... Pero también
con su alegría de servir, con su voluntad de trabajar, con su amor de enamorada
que lo veía a Él en cada herida, en cada fealdad, en cada lágrima.
"Cómo es
posible? ¿Cómo es posible que me aceptes, Señor?".
Al acercarse al
altar, las hermanas la abrazaron mientras cantaban el Salmo 132:
Este es para
siempre el lugar de mi reposo.
Aquí habitaré,
porque me ha querido.
Bendeciré
abundantemente su provisión, a sus pobres saciaré de pan.
Cuando mosén
Carbonell le preguntó el nombre que iba a tomar, respondió:
- María Rosa.
Y el corazón se
le anegó con una intensa emoción y con el recuerdo de una persona joven a quien
solo ella acompañó en la hora de la muerte. "María y Rosa, como Tu Madre
Santísima y como una de tus criaturas. Tuya soy, Señor".
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Parecía una
profesa, no una novicia, todas lo reconocieron desde el primer momento. Como
había observado sor Estivill, sus días estaban llenos. Sin embargo, ella no
veía un gran mérito en esto porque estaba acostumbrada desde siempre a amanecer
con energía, llegar a todo ¡, terminar cada tarea al poco de empezarla, poner a
prueba la paciencia, la obediencia y, a veces, hasta el estómago. Ojalá
aquellas cosas le costaren más esfuerzo; así hubiera podido ofrecerlas al
Señor. Por si acaso, se repetía constantemente: "Debo ser humilde y
observante de la Regla sin querer indagar por qué me mandan esto o aquello. De
cumplir la Regla depende la santidad".
En la Corporación
había siete hermanas y otra novicia, ya a punto de profesar, que se llamaban
Rosa Pascó y era una maravillosa enfermera. María Rosa se unió a ella para
atender el hospital. Sor Estivill había dudado entre destinarla a los enfermos
o a los alojados en la Casa de la Caridad porque, decía: "Todo lo hace
bien, vale para cualquier cosa y donde ella está parece que nos
duplicamos". La superiora y la novicia compartían la vocación de servicio
y una especial disposición: eran activas, dispuestas, decididas y sabían
resolver los problemas. A veces sor Estivill, con su lenguaje un poco belicoso,
le decía:
- Eres como un
arsenal, María Rosa. Estás provista de toda clase de armas para que podamos
elegir cuál usar en cada momento y quedar siempre airosas.
A ella no le
hacía gracia la comparación bélica y en sus noches de vigilia, que eran casi
todas, se mortificaba pidiendo perdón al Señor por sentir momentos de
satisfacción cuando quedaba tanto por hacer. La consolación era una tarea
inagotable. El dolor y la enfermedad se renovaban constantemente, como las olas
en la orilla del mar, y ella solo alcanzaba a recoger pequeñas gotas que se
escurrían entre sus dedos.
De aquellos
primeros momentos de su noviciado recordaba especialmente una tarde de domingo.
Caminaba por las salas llevando en los brazos una pesada cántara de agua con la
que iba llenando las escudillas de los enfermos. Ella misma los alzaba,
pasándoles el brazo por la espalda, y les acercaba el agua a los labios.
Después de que hubieran bebido, a cada uno le arreglaba un poco la cama, les
secaba el sudor o le preguntaba por su familia, ya que se esforzaba mucho en
recordar sus pormenores. Estaba junto a una muchacha recién parida, que lloraba
el desamparo, y acababa de decirle:
- No estás sola.
El Señor te ha dado al niño más bonito del mundo. Entonces vio llegar al Tinet.
Guiñaba de alegría sus ojillos claros y parecía muy emocionado:
- Sor María Rosa,
que tiene abajo una visita muy importante.
A ella le dio un
vuelco el corazón. Adivinó.
- Voy enseguida
Tinet. Quedan por beber muy pocos enfermos.
Solo podía ser su
padre. Quería correr escaleras abajo pero anduvo despacito, ofreciendo el
sacrificio al Señor. Sí, era él, allí estaba, en la sala de recibir. Aguardaba
junto a sor Estivill y sor Francisca Freixa, directora de la Casa de la
Caridad, que al verla entrar dijo:
- Ya la tiene
usted aquí, don José. La rosa de este hospital cuya fragancia llega ya a toda
la ciudad. Qué alegría. Yo les dejo tranquilos y me vuelvo a la tarea.
La superiora
intervino entonces:
- Sor Francisca
tiene razón, no podemos pasar sin sor María Rosa. Que el trabajo es difícil y
largo, pues lo lleva a cabo; que se trata de un compromiso ante los administradores
o el ayuntamiento, allá se apaña ella con sus modales de señora; que es una
tarea humilde o abyecta, vence las náuseas y la concluye sonriendo.
José Molas
apenas pudo aguardar a que sor Estivill terminara. Había encanecido durante el
mes de ausencia, las manos le temblaban y lloraba como un niño.
- ¡Hija de mi
corazón!
- ¡Padre!
- ¿Eres feliz,
hija?
- Inmensamente
feliz.
- Perdóname,
Doloretes, sor María Rosa, digo. Olvida mi cabezonería, mi obstinación, el que
yo no quisiera reconocer tu verdad cuando estaba clara.
- Padre, no hay
nada que disculpar. Siempre hizo lo que le pareció mejor para mí, siempre fue
bueno. Yo necesitaba ponerme a prueba. El Señor lo quería así.
- Me duelen tanto
ahora aquellos malos modos, aquella prohibición, el silencio... Cuánto daño
debí hacerte.
- No, padre, no.
- Tu madre ¿me
habrá perdonado desde el cielo? Ella lo sabía, te apoyaba. Yo hubiera podido
echarte al mal camino por mi locura.
- Solo con esta
tarde, padre, con la alegría que me está dando y que nunca olvidaré, Dios lo
está llenando de bendiciones. Mire...
- ¡Tu rosario de
la primera Comunión! ¿Lo llevas?
- A él siempre en
la mano, padre, y a usted siempre en la oración.
- ¡Hija! ¡Hija de mi alma!
José Molas,
tembloroso, volvió a abrazarla entre lágrimas que parecían no tener fin.
- Vendré a verte
más veces. Ya he dado a sor Luisa una limosna que compense aquella toma de
hábitos tuya sin dote y sin familia.
- Gracias, padre.
Pero yo debía ser pobre, así quería el Señor que fuera.
- Adiós, Doloretes,
sor María Rosa. Hasta pronto. Hija, dame tu bendición.
Aquel momento
inolvidable fue presenciado por sor Estivill, que no consideró necesario
respetar la intimidad de la visita. A María Rosa, la obediencia escrupulosa le
impidió decirle que los dejara solos en aquel instante.
Cuando regresó a la sala, Tinet, que no
perdía palabra de todo lo que pasaba, le dijo:
- Sor María Rosa,
parece que no, pero qué distinta es usted de sor Estivill. A ella yo la
obedezco porque la temo, y a usted porque la quiero. Y ¿por qué la quiero, eh?
¿Por qué la quiero? -exaltado levantaba la vos-. Porque usted me quiere a mí,
porque es dulce y buena conmigo. Y ¿sabe una cosa? ¡A todos los que están aquí
les pasa lo mismo! A ver, escuchadme. Ya es hora de que ella lo sepa. A la de
tres, ¿cómo llamamos a sor María Rosa cuando no está delante? Una, dos y...
Entonces, todos
aquellos enfermos dijeron a la vez:
- ¡El ángel de la
paz!
Y ella solo pudo
sonreír de asombro
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La Corporación
seguía las normas y prácticas religiosas de las Hijas de la Caridad. La Regla
era estricta: levantarse a las cuatro de la madrugada, tres cuartos de hora de
oración personal y rezo comunitario. Misa, trabajo agotador, lectura
espiritual, oración de la tarde, y descanso a las ocho y media si no tocaban
turnos de guardia. Aun así, María Rosa arañaba tiempo al sueño para rezar un
poco más. Aquella vigilia más prolongada era su única desobediencia. Porque
también ayunaba severamente y se mortificaba el cuerpo con un cilicio, pero
para estos sacrificios, que formaban parte de su camino de purificación, había
pedido permiso al confesor.
Deseaba con todas
sus fuerzas vivir en la humildad, y se sentía avergonzada cuando la superiora o
el propio padre Carbonell le decían que su actitud edificaba al resto de las
hermanas. Por eso respiró aliviada cuando, en la primavera de aquel año 41,
ingresó otra novicia. Era una joven de Reus a quien ella conocía del colegio de
don Mariano. Se llamaba Rafaela Canals y, a partir de entonces, fue su mejor
compañera y amiga. Aquí estaba también, en la Casa de Misericordia de Tortosa,
a su lado, en los solemnes pasos de la fundación de la nueva Orden.
La memoria le
acercaba los bellos recuerdos del día más solemne de su vida, el de su
profesión religiosa. Fue el 7 de enero de 1842, cuando se cumplía exactamente
un año de su ingreso en la Corporación. Sintió por fin la enorme alegría de que
la acompañara toda su familia: José y su mujer, llegados de Barcelona, Antón y
Roseta con los niños, sus tíos Molas y Vallvé y sus primos. También muchos
amigos entrañables como el padre Salvador y don Mariano Ríus, sus compañeras de
juegos de la infancia y, por sorpresa, una nutrida representación de los
acogidos en la Casa de la Caridad y del hospital. Por supuesto estaba también
su padre que, ahora sí, la condujo emocionado hasta el altar. Cómo olvidar el
olor a incienso, los cánticos de sus hermanas que invocaban al Espíritu Santo.
Veni Creator
Spiritus,
mentes tuorum visita,
imple superna gratia,
quae tu creasti,
pectora.
"Llena de
gracia el corazón que tú mismo has creado", pidió también ella. Y luego
pronunció con plena consciencia las palabras que la comprometían para siempre:
- Yo, María Rosa
Molas y Vallvé, en presencia de Dios y de toda la corte celestial, renuevo las
promesas de mi bautismo y hago a Dios los votos de pobreza, castidad y
obediencia a la superiora de la Congregación, conforme a nuestras Reglas, y de
emplearme en el servicio corporal y espiritual de los pobres enfermos, nuestros
verdaderos señores, en la Corporación de las hermanas de la Caridad. Es lo que
yo pido por los méritos de Jesucristo crucificado y por la intercesión de la Santísima
Virgen.
Eran votos
privados, al no constituir la Corporación un instituto religioso, pero eran
sobre todo votos reales, en los que ella puso toda la fuerza de su vocación. Y
al regresar al reclinatorio, de rodillas, prometió al Señor que rompería la red
de sus imperfecciones y caminaría por el terreno de la santidad. "Será muy
difícil, Señor, por mi pequeñez, pero emplearé toda mi voluntad y todo mi
esfuerzo en observar Tus mandamientos, sobre todo el supremo del amor a Ti y al
prójimo. Deseo de todo corazón evitar el pecado mortal, y aun el pecado venial
si le es posible a mi flaqueza. No podré conseguirlo sin Tu Gracia, pero ya que
has querido tomarme por esposa, intentaré serlo de la manera que tú
mereces".
Al terminar la
ceremonia, su hermano Antón, como siempre mensajero de la opinión que Reus
tenía sobre ella, le dijo que se hablaba en todas partes de lo edificante y
hermoso que era verla atravesar de noche las salas, alumbrando la oscuridad con
su sola presencia.
- Pero estás muy
delgada, tienes que cuidarte -le había dicho también. Ella, tantos años
después, aún recordaba su respuesta.
- Solo quiero
complacer a Dios y beneficiar a quienes tanto sufren. Ojalá pudiera
sacrificarles mi vida.
Habían pasado
quince años y seguía pensando de la misma manera.
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La época era
tormentosa en lo político, sin embargo se abría paso en ella una nueva
mentalidad, más humanista, más preocupada por aliviar, desde las instituciones,
el olor y la miseria. Si bien solamente los pobres ocupaban las camas del
hospital de Reus -porque quienes tuvieran dinero, aunque fuesen unos pequeños
ahorros, recibían la atención médica en su domicilio-, al menos estaban
cuidados y ya no morían tirados en las calles. Por supuesto, quedaba mucha
justicia por hacer. María Rosa cuidaba a pacientes, con frecuencia incurables,
cuyos males provenían de pasar hambre y de vivir en casa que no merecían ese
nombre.
Pasaba el día en
trabajo constante, en constante oración, pero sacaba adelante también muchos
otros pormenores. Y cuando eran humillantes -y los había a diario en aquel
universo de cuerpos dolientes- se decía a sí misma: "En Tu casa no hay
nada que sea bajo, Señor". Recordaba aun, como si los viese, a algunos
enfermos. Por ejemplo a Eulalia, una antigua castañera de la Plaza del Mercadal
que padecía tuberculosis. A pesar de la bajada de ánimo que suele conllevar
esta enfermedad, Eulalia era muy bulliciosa y alegre. Como su cama estaba junto
a la puerta de la sala de infecciosos, cada vez que la veía entrar para cumplir
su turno, gritaba muy alto, como si aún pregonara sus cucuruchos de castañas. :
"Eh! ¡Eh!¡Hoy nos toca sor María Rosa!¡Estaremos bien!". También
recordaba a Ferrán, un leñador a quien hubieron de amputar sus brazos después
de que se los aplastara un enorme troco. Los primeros días no paraba de llorar
y ella estuvo buscando la forma de consolarlo. La encontró en el canto. Ferrán
poseía una maravillosa voz de barítono así que poco a poco, gracias a la
expectación que procuraba sor María Rosa -"¡Atentos todos, que Ferrán va a
cantar!"-, fue recuperando algo de alegría. A ella la enternecía su
agradecimiento. Una vez que se acercó a darle de beber y se dio cuenta de que
quedaba poca agua en el cántaro, le dijo: "Espere un momento Ferrán, que
se me ha quedado vacío". Y el leñador sin brazos, con los ojos cuajados en
lágrimas, le respondió: "No hay vacío que su caridad no llene, sor María
Rosa". Sin embargo, no todos eran buenos recuerdos. Más de una vez le
escupieron a la cara los alimentos, o tuvo que escuchas ofensas muy groseras.
Entonces redoblaba la amabilidad hacia el lunático i el borracho y se decía:
"Gracias, Señor, porque me permites decirle a este hijo tuyo cuánto le
quieres". Y cuando una de las hermanas le preguntó cómo aguantaba aquello,
respondió con toda la franqueza de su alma: "Me parece que cuanto más
enfadosos sean los enfermos, debemos servirles con más humildad y amabilidad, y
así ganaremos sus corazones".
Desde luego hubo
también momentos en los que perdió la paciencia, nunca con los ingresados sino
con alguna hermana que no los trataba bien, A una de ellas, que protestaba
porque eran desagradecidos, le dijo con una pizca de enfado:
- Haga las cosas
bien y no busque otra cosa sino amar y servir a Dios.
Este gesto le
costó luego largas horas de lágrimas y confesiones cuajadas de dolor, porque
intentaba por todos los medios ser dócil y estar desprendida de sí misma, Y en
sus largas noches de vigilia se decía: "Las más dignas cualidades vienen a
estrellarse contra la roca de la voluntad, que mucho tiempo ha sido árbitro de
sí misma". Y pedía a Dios fuerza para luchar contra todo lo que, en ella,
se impregnara de otra voluntad que no fuese la Suya.
Mientras tanto,
los tiempos volvían a ser convulsos. El reinado de Isabel II seguía oscilando,
como un barquito a la deriva, entre los enfrentamientos de absolutistas y
liberales. Como la reina era todavía menor de edad, sus gobiernos estaban
sujetos a los intereses de dos regentes sucesivos: primero su madre, María
Cristina, y luego el general Baldomero. El descontento latía cada vez con más
fuerza, hasta que en la primavera de 1843 estalló un conflicto de gran
repercusión histórica cuyo centro fue la ciudad de Reus, y su protagonista, un
reusense ya por entonces ilustre: Juan Prim y Prats.
Juan Prim había
nacido tres meses antes que María Rosa Molas y muy cerca del carrer Padró, en
la plaza del Mercadal. Su padre, notario de la ciudad, había sido militar
durante la guerra de la Independencia. El hijo del notario y la hija del
hojalatero se habían visto muchas veces de niños porque la señora Prim visitaba
el taller de José Molas y compraba allí sus lámparas y quinqués. Joanet era por
entonces un chiquillo muy rubio que tenía fama de travieso. Tanto que las
vendedoras de la plaza le regañaban de vez en cuando les cogía del puesto
algunos higos. Pero creció y muy pronto fueron conocidos sus méritos. Con
veinte años se alistó como soldado en a primera guerra carlista y ascendió
rápidamente por su valor en las batallas. Al terminar la contienda, era coronel
y tenía veintiséis años. Los mismos que María Rosa cuando entró en la
Corporación.
Prim era
profundamente liberal, como su padre y la mayoría de los reusenses. En 1841
había sido elegido diputado por Tarragona, y su extraordinaria inteligencia le
había otorgado la confianza del entonces regente, Espartero. Sin embargo,
cuando el poderoso general quiso eximir del pago de aranceles a los tejidos
ingleses -con gravísimo perjuicio para la industria textil catalana-, Prim se
enfrentó abiertamente a él. La tensión llegó al extremo de que el gobierno
bombardeó Barcelona. Prim entonces partió hacia el exilio en París y allí
conspiró para derrocar a Espartero. De regreso a España, el 30 de mayo de 1843,
encabezó en su ciudad natal un levantamiento contra el gerente. En un duro
manifiesto dirigido a todas las provincias españolas, exigía su apartamiento de
la Regencia y la proclamación inmediata de la mayoría de edad de Isabel II.
Reus, unida en torno a aquel hijo tan joven y tan bravo, secundó el
pronunciamiento. Entonces Espartero, como respuesta, amenazó con un bombardeo.
Y efectivamente, el 10 de junio, la ciudad quedó sitiada por un ejército al
mando del famoso general Martín Zurbano. Al hospital llegaron enseguida las
noticias:
- La condición
que ha puesto Zurbano para levantar el asedio es que Prim se rinda!
- ¡Han echado en
cara a Prim que nos haya puesto en esta situación! ¡Hasta le han tirado
piedras!
- ¡Sí! Pero,
¿Sabéis los que ha hecho? ¡Desde un balcón de la plaza de las Monjas, ha
respondido que, donde ahora le increpamos pronto le levantaremos una estatua?
(Estas palabras de
Juan Prim constan en los anales de la ciudad de Reus. La antigua Plaza de las
Monjas se llama hoy Plaza de Prim y la preside una estatua del gran estatista).
- ¡Ganxet tenía
que ser! ¡Como su padre!
- ¡Pues mañana
nos caen las bombas!
El 11 de junio
amaneció colmado de belleza. Desde la ventana de su celda, María Rosa Había
contemplado, en alabanza de Dios, el despertar de la naturaleza: el canto de
las alondras, el azul purísimo del cielo y el verdor del campo al final de la
primavera. Siempre le había gustado aquella hora temprana en la cual el mundo
parecía recién creado. Sin embargo sabía que, en aquel mismo instante, un
invisible cinturón de soldados ceñía la ciudad. Presentía que no iba a olvidar
aquella jornada y, con toda la fuerza de su alma, rezó por la paz. A las siete
en punto, mientras visitaba ya las salas y hacía las primeras curas, comenzó el
bombardeo. El cielo se oscureció de repente y un silencio de muerte detuvo la
ciudad. Un instante después todo se convirtió en estruendo. Comenzó a caer una
intensa lluvia de proyectiles lanzados desde obuses y morteros, a la cual los
milicianos, al mando de Prim y defendidos solo con arpilleras, contestaban a
duras penas con sus fusiles de asalto. La población, presa del pánico, salió
huyendo de sus casas. Muchos ancianos, niños y mujeres corrieron a buscar
refugio en el viejo edificio del hospital. María Rosa y sus hermanas abrieron
de para en par las puertas y los alojaron a todos, al abrigo de aquellos
gruesos muros, mientras los obuses caían muy cerca del pórtico. El mismo Prim
pasó por delante a caballo, gritando vivas para animar a los defensores.
Al comenzar el
bombardeo, sor Rafaela y ella se habían mirado un instante y se habían
entendido. "Calma", dijeron los ojos negros de María Rosa. Y
"calma" respondieron los de su hermana en la fe. Mientras las paredes
retumbaban y a cada golpe respondían los refugiados con sus gritos de terror,
ellas sonrientes y serenas, trasladaron a los enfermos hasta los sótanos: en
camilla a los más desvalidos y del brazo a quienes podían caminar. Luego
ofrecieron agua, alimento y palabras de consolación a todos. Muy pronto
comenzaron a llegar heridos por los obuses, y con ellos más rumores que esta
vez preocupaban tanto como las bombas.
- ¡Se han
derrumbado muchos edificios del centro! ¡A más de treinta personas dan por
muertas!
- ¡En la plaza
del Mercadal está el pregonero gritando órdenes que nadie escucha!
- ¡Han visto a
los jefes del pronunciamiento en la taberna del Aixemús, comiendo y bebiendo
entre vivas a la libertad!
- ¡Los milicianos
de los pueblos vecinos han salido corriendo! ¡Detrás de las arpilleras solo
aguantan ya los de Reus!
- ¡Dicen que no
hay esperanza para nosotros!
En ese instante,
María Rosa los invitó a rezar con ella:
Ave, María, llena
de gracia, el Señor es contigo...
Y poco a poco, el
santo Rosario apaciguó con su cadencia a aquella multitud temerosa.
A las dos de la
tarde izaron la bandera blanca en la torre de San Pedro. La ciudad capitulaba.
Sin embargo el fuego solo cesó durante una hora porque Zurbano, inmisericorde,
quería rematar. Cuando se escuchó de nuevo el terrible silbido de los obuses,
todos enmudecieron. También las hermanas. En ese instante vieron aparecer al
Tinet, que llegaba corriendo desde la Casa de la Caridad. Buscaba, fuera de sí,
a sor María Rosa.
- Me envía sor
Estivill para que vaya usted volando a la Prioral, que se está formando allí
una comisión, vamos no sé, esa palabra me han dicho. Que Prim da permiso, que
vaya volando...
Y rompió a llorar
de angustia. María Rosa lo abrazó con ternura, y él, mirándola con sus ojos de
niño eterno, susurró:
- Esto es una
pesadilla, ¿verdad? Enseguida me voy a despertar.
- No te
preocupes, Tinet. No estamos soñando pero Jesús nos tiene de su mano. Voy
volando como me has dicho. Quédate aquí y reza para que esto termine, que Él te
escuchará.
Aquella llamada
era inesperada y extraña, pero ella, ante todo, debía obedecer. En la Prioral
la esperaban so Luisa Estivill y sor Francisca Freixa. Junto a ellas, el
párroco y cuatro señores muy respetados en la ciudad. Habían decidido acercarse
al campamento de Zurbano y pedirle que cesara el bombardeo. La superiora, desde
el primer momento, había exigido que María Rosa formase parte de la arriesgada
misión. Los demás estuvieron de acuerdo porque, aunque ella no quisiera
saberlo, su fama de santidad traspasaba los muros del hospital. El párroco, que
la conocía desde niña, aseguró:
- Sor María Rosa
puede ablandar un corazón de piedra con la sola fuerza de su presencia.
Era el día de la
Santísima Trinidad y, siguiendo una antigua tradición, la Virgen dela Misericordia,
patrona de Reus, se hallaba expuesta en la Prioral en lugar de permanecer en su
santuario. María Rosa comprendió que aquel era un signo de la propia señora y,
antes de salir, le pidió ayuda. Como había aprendido ella de niña, misericordia
significaba sentir dolor de otro en el propio corazón.
El campamento de
Zurbano se hallaba situado al sur de la ciudad, junto al camino de Tortosa. De
lejos ya lo señalaban el estruendo y el humo. Para llegar hasta él, debían
avanzar de cara a los proyectiles y solo contaban con los olivos como defensa.
Tardaron casi una hora en conseguirlo pero por fin lo alcanzaron. Los
centinelas dela guardia, asombrados por ver salir de entre los árboles a tres
religiosas con sus tocas blancas, un sacerdote y cuatro caballeros, los
condujeron enseguida a la tienda de campaña desde la que el famoso general
dirigía el asedio.
Marín Zurbano
contaba cincuenta y cinco años y mil cicatrices de guerra. Era un hombre
pequeño de estatura y rudo de carácter, liberal como Prim, que conocía bien los
contrastes de la vida. Militar laureado, había nacido en una humilde pedanía de
Logroño, de padres labradores. De niño había estudiado en el seminario, pero
dedicó su primera juventud al contrabando y la guerrilla. Durante la invasión
napoleónica adquirió una fama legendaria en el combate, acrecentada luego
durante los siete años de guerra carlista. Los soldados temían su carácter
arrebatado, su aura roja de sanguinario, su ferocidad que en el frente de
batalla lo transformaba en invencible. Hasta aquel hombre, cuya sola presencia
hacía temblar, llegó la comisión de paz decidida a todo. Entraron en su tienda
de campaña conducidos por el teniente de la guardia y, donde esperaban
encontrar un estado mayor completo, se hallaron frente al general solo,
tranquilo y a la vez desafiante. Allí lo tenían, Zurbano en persona, con su
uniforme singular de chaqueta corta y lazo al cuello, y su boina alavesa, de
los tiempos en que era guerrillero, bien calada hasta las cejas. Los miraba
severo, con la fuerza de unos insólitos ojos azules que parecían esculpidos en
hielo puro. Al escuchar su enérgico "¿Qué desean ustedes?, los señores
comisionados olvidaron los argumentos que llevaban preparados y enmudecieron.
La propia sor Estivill comprendió que su fuerte carácter quedaba en nada frente
a aquel hombre pétreo. Por reciedumbre, nadie convencería a Zurbano de que
abandonara un asedio. Solo podría ser
por misericordia. Y fue María Rosa Molas quien, invitada por el párroco, se
atrevió a emplear aquella palabra. Habló erguida, conmovida y serena, mecida en
las inflexiones de su voz serena:
- Usted fue niño
genera. Quiso a su madre. Por ella, tenga hoy misericordia de la gente sencilla
que no puede salvar ni hundir tronos; tenga misericordia de esta ciudad, puesto
que ya la ha tomado. A tiro de sus cañones hay ahora mismo muchos inocentes que
lloran desesperados. Por la Virgen de la Misericordia, patrona de Reus, haga
cesar este castigo. Por favor, denos esperanza.
El fiero militar
retrocedió un paso, pensativo, con sus ojos helados fijos en los incandescentes
de aquella monja que ere todavía una muchacha. Luego se descubrió la cabeza, se
disculpó por no haberlo hecho desde el principio, y respondió:
- Esperanza, dice
usted hermana. La Virgen de la Esperanza es la patrona de Logroño, hace tiempo
que nadie me lo recordaba. Cuánta devoción le tenía mi madre. Está bien,
trocaremos la guerra en paz. Que las milicias salgan de Reus a tambor batiente
y banderas desplegadas, que habrá misericordia.
Y así fue. De
regreso, María Rosa, con lágrimas en los ojos, rogó a sus acompañantes que el
éxito se atribuyera a la comisión entera. Así se lo prometieron. Por supuesto,
la alegría de los reusenses no tuvo parangón. Aquel día de la Trinidad quedó
asociado ya a la Virgen de la Misericordia, y para ella se confeccionó un nuevo
manto, carmesí y plata, que se llamó "el de las bombas". A las
hermanas que habían expuesto así sus vidas, les llovieron los agradecimientos.
El más significativo, el del propio Prim, que -camino de Manresa, donde iba a
refugiarse con sus leales- acudió al hospital y saludó con admiración a sor
María Rosa. Recordaba el taller de quinqués, claro que sí, y a la niña de
cabello negro que entreveía en el patio.
Poco después de
aquella rendición de los sublevados, acabó triunfando en toda España el
alzamiento contra Espartero. Juan Prim fue condecorado con el título nobiliario
de Conde de Reus e inmediatamente hizo llover ayudas para todos los
damnificados en el bombardeo. También dispuso que en el escudo de su ciudad
natal quedara labrado a partir de entonces el sobrenombre de La Esforzada. Por
último, antes de marcharse a afrontar su destino, buscó en la plaza del
Mercadal a las vendedoras de higos a quienes mortificaba de niño y los regaló
varias onzas de oro.
A María Rosa, en
cambio, su intervención en el fin del asedio le dio a probar el sabor amargo de
la envidia. Aquel sentimiento era imposible de concebir para ella y le causaba
un profundo dolor. Se había destacado mucho, sí, pero sólo porque le tocó hacerlo.
Y se destacaba sin querer en el hospital, sencillamente porque los enfermos la
adoraban, no porque hiciese algo -pensaba ella- especialmente bueno. Era cierto
que llegaba a todo, que en la oración de la tarde, cuando muchas hermanas se
retrasaban, ella era puntual y además llevaba la tarea terminada. Tenía que ser
así porque el Señor la esperaba y no quería robarle ni un minuto. Pero el
trabajo no lo veía ella como mérito suyo: si estaba hecho lo había Él. Además,
¿cómo presumir de fuerzas? Si cuando la golpearon las migrañas no podía ni
moverse, si era tan humana como cualquiera y más falible todavía... Decían que
edificaba verla rezar, pero no lo sabía con certeza porque en esos momentos no
atendía nada fuera del invitado que ocupaba su corazón, a quien pedía perdón
por los errores y a quien amaba con todas sus fuerzas, cada día más, con un
enorme anhelo de unión. Vivía traspasada por la humildad porque había prometido
a su Amado pensar y decir la verdad siempre, y comprendía que la humildad era
la actitud más cercana a lo verdadero del ser. Aun así, notaba que sor Estivill
y algunas de las hermanas se comportaban de forma distinta con ella. Eran
pequeños gestos, palabras más ásperas, correcciones frecuentes que llevaba en
silencio y ofrecía al Señor, pero a veces le producían dolor. Así sucedió, por
ejemplo, cuando atendía a Llorenç, el aguador. Aquella figura querida y
conocida en las calles de Reus, a quien siempre habían visto, primero junto a
su padre y luego solo, acarrear las cántaras y mantener limpios los canales,
agonizaba por la tuberculosis. No contaba más de treinta años pero parecía un
anciano. La piel, adherida ya a los huesos, se le había tornado de un color
grisáceo y su pobre cuerpo se retorcía a cada momento por los espasmos de una
tos que lo levantaba en volandas. Ella trataba de sujetarlo y le aplicaba
compresas de agua helada en la frente ardorosa, mientras rezaba con susurros,
cerca de su oído, para que se tranquilizara. No podía hacer más porque Llorenç,
afrontaba ya el final. Entonces una hermana que llevaba algún tiempo
criticándola por todo se le acercó y le preguntó por sorpresa.
- Sor María Rosa,
¿es verdad que su madre murió por haber cuidado a una mujer enferma?
- Sí, es verdad.
- Así que usted
es hija de una víctima de la peste.
- Bueno
-respondió ella sonriendo-, mi madre no entregó su vida por la peste sino por
la caridad.
- Pues ándese
con cuidado y no se acerque tanto a este hombre, que le puede pasar lo mismo.
Primero le dolió
en el alma la advertencia, pero cuando se dio cuenta de que Llorenç las había
escuchado, sintió la quemazón del enfado. Rápidamente se arrepintió de su falta
de mansedumbre, así que tomo a la hermana del brazo, se alejaran ambas y
entonces ella respondió tranquila, con la certeza que portaba en el corazón:
- Tal vez la
muerte me coja cumpliendo mi deber. Eso es lo que le pido a Dios.
Pero por dentro
sentía aún e dolor de la injusticia y se esforzaba en olvidarla diciéndose a sí
misma: "Necesito sobre todo buscar la voluntad de Dios, y poner la propia
confianza en Él y no en las criaturas".
Por supuesto
también la obediencia, que había convertido en el centro de su acción, era
dolorosa a veces. La memoria le acercaba, envuelto en sacrificio, el episodio
del huevo duro que le costó tantas conversaciones con el Tinet, las últimas
antes de que Dios lo llamara a su seno. Con la constante humedad de las curas y
los lavados, se le había formado un absceso en el pulgar de la mano derecha.
Tenía ya mucha experiencia como enfermera y sabía como curarlo, pero antes de
que pudiera aplicarse yodo, sor Estivill le ordenó que lo metiera dentro de un
huevo duro, una solución de aldea que nadie usaba ya. Y ella obedeció, puesto
que se lo había prometido al Señor. Durante una semana la persiguió su pequeña
sombra destartalada, diciéndole:
- Sor María Rosa,
que ese huevo apesta, que se le pudre el dedo.
- Calla, Tinet.
Es más importante la obediencia que el dedo.
- Que se le
pudre, sor María Rosa, que se le pudre... Ay, qué catástrofe va a ser.
Los dolores eran
insoportables, el trabajo imposible con aquel apéndice en la mano, pero ella
había decidido callar y ofrecerlo al Señor. Cuando sor Estivill le pidió que
mostrara el efecto de la cura, el pulgar había comenzado ya el proceso de
gangrena, y el médico tuvo que realizarle una enorme incisión para vaciar el
pus. La superiora estaba demudada:
- ¿Cómo no
dijiste nada? -le preguntaba.
- La alegría por
fuera y el dolor por dentro, madre. No se preocupe.
- Verdaderamente
eres de otra pasta que el resto de la gente, María Rosa. ¿Me guardarás rencor?
- Nunca.
Y era cierto.
Sentía que siendo leal a la mujer que le había abierto la puerta del servicio a
los pobres, era también leal al Señor.
A finales de
1844, los agasajos de Prim a su ciudad natal permitieron al ayuntamiento una
donación importante. El hospital se caía de viejo, así que se permitió a las
hermanas que acondicionaran para la asistencia sanitaria el monasterio de San
Juan, antiguo convento desamortizado de los Carmelitas Descalzos. María Rosa y
sus compañeras blanquearon paredes, hicieron desaparecer la suciedad de los
rincones, baldearon suelos y cristales y trasladaron al nuevo hospital todos
los recursos del antiguo, con otros nuevos, más modernos, regalo de la
corporación municipal. En aquellos días fue cuando Tinet, que ya no se separaba
de su querida sor María Rosa, dijo:
- Hermana, ¿por
qué a usted el barrido y el encalado le cunden el doble que al resto de la
gente? ¿No ha pensado en dedicarse a constructora? Mire que le llevaría yo las
cuentas.
Ella lo miró con
dulzura.
- Tinet, la
verdad es que estarías muy guapo vestido de contable, con tu frac y tu
chistera.
- ¿Guapo yo, sor
María Rosa?
- Ya lo creo. En
la Tierra no hay nada más hermoso que las obras del Creador, y tú eres un
predilecto suyo.
Aún recordaba ella la mirada agradecida de
aquel ángel sin alas.
Tan orgullosa
estaba la ciudad de su nuevo hospital que se invitó a la inauguración nada
menos que a la reina madre, María Cristina, que estaba de visita en Tarragona.
Y un día entero pasó aquella dama entre las religiosas y los enfermos, que lo
celebraron como fiesta mayor. Aquella misma noche, después de Vísperas, sor
Estivill la llamó aparte y le dijo:
- Has trabajado
muy bien aquí, María Rosa. Ahora te necesito en la Casa de la Caridad. Entre la
frecuencia con que enferman algunas hermanas y las deficiencias de otras, no
estamos atendiendo bien. Te incorporas mañana.
Y no hubo lugar
en su vigilia para la vanidad de haber recibido el abrazo de una reina, sino
para la obediencia y para el desgarro que esta provocaba a veces. Sin embargo,
comprendía también que el Señor le regalaba aquel destino. La Casa de la
Caridad estaba ubicada en el inmenso edificio que fue seminario de los Paúles,
sagrado para su memoria desde la muerte de su madre.
Un dolor profundo
vino a sumarse a la despedida. En la misma mañana de su partida, un carromato
arrolló al Tinet. Lo trajeron al hospital, ya sin vida, y ella lo abrazó y
vistió para la sepultura. Aunque había presenciado muchas muertes, aquella la conmovió
especialmente. En la presencia del Tinet, en su hablar tartamudo y su rostro
deforme, asomaba la verdad más profunda del ser humano: la fragilidad, el
miedo, la condición eterna de desvalido. Aquel "inútil" era por
dentro igual que ella. Ambos necesitaban consolación y, a la vez, se habían
ofrecido mutuamente, como hijos del mismo Padre. Ambos habían recibido el mismo
regalo esencial: "Yo entregué por ti mi Vida".
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A ella no se le
escapaba una mota de polvo oculta en un rincón, y escuchaba el lamento en voz
baja de un enfermo aunque estuviera en otra sala, pero le costaba reconocer
algo torcido en los corazones de los demás. No era ingenua -pensaba-, nunca lo
había sido; sencillamente, veía en primer lugar lo bueno porque Él así lo había
querido. Pero eso no le impedía comprender un asunto muy serio: al permanecer
emancipadas de la autoridad eclesiástica, el árbol de su caridad no se
afianzaba sobre raíces firmes. A la Corporación le faltaba algo importante que
debía sustentarla. Y se estremeció al pensar que pudiera tratarse de la confianza
en el Señor.
"Tal vez de
esta carencia provienen mis caminatas interiores por el desierto, tal vez por
eso no te agrada mi tarea de cada día. Vivo fuera de Tu casa".
No podía hace
partícipe de aquel pensamiento a su confesor, el padre Carbonell, porque este
era impulsor de aquella separación y la defendía a diario, así que el silencio
redobló su noche oscura del alma. Libraba desde la infancia una lucha cotidiana
entre el amor de Dios y la certeza de que era miserable e indigna del amor de
Él. Sus mayores esfuerzos no se dirigían a la caridad, con ser tantos, sino a
la purificación activa de sus faltas y sus defectos. Aunque nadie lo notó, a
partir de entonces el espíritu de aquella mujer serena, que sabía consolar el
dolor con una sonrisa, comenzó a agitarse aún con más frecuencia en la
desolación, mayor cuanto más deseaba acercarse a su Amado. Y no dejaba de
preguntar en su rezo: "Señor, ¿es grato a tus ojos el estado de la
Corporación? ¿No sería mejor que volviese plenamente a la obediencia de la
Iglesia?". Se le ocurría que tal vez la fuerza de voluntad de sor Estivill
no fuese sino una obstinación, pero desechaba muy pronto el pensamiento porque
debía obediencia a su superiora con un voto solemne ante Dios. Sin embargo
aquella idea, desvelada a su alma por primera vez, se corroboró muy pronto. Por
aquellos días llegó a Reus el visitador general de los Paúles, padre
Buenaventura Codina, con el encargo de que la Hermandad regresara al tronco
vivo de la Hijas de la Caridad, como deseaba también el arzobispo de Tarragona.
A pesar de los esfuerzos de ambos, el diálogo con sor Estivill fue imposible.
Aunque ella sabía que las hermanas comenzaban a sentir malestar por la
situación irregular en que vivían, y que no podría expulsarlas a todas como
había hecho con sor Concepción, se negó a escuchar al visitador. A cambio
redactó unos nuevos estatutos para suavizar los puntos más enfrentados a la
regla de San Vicente de Paúl. Los acompañaba una misiva:
Mis apreciadas
hermanas en Jesucristo.
(La Regla de sor Luisa Estivill y esta carta se conservan en
los archivos de la Congregación de
San Vicente de Paúl)
Movida del afecto
que os profeso y a fin de que cerréis la puerta a todo deplorable espíritu de
relajación, os presento las Reglas, que viniendo de los cielos fundó en la
tierra la Caridad entre los hombres, inspiró al gran Vicente de Paúl. Si algo,
empero, notáis en ellas que se aparte de la letra de las que nos dejó el Santo,
entended que el objeto de quitar ansiedades, dudas y escrúpulos me ha movido a
ello. Apreciadas hermanas de mi filiación, recibid benévolas esta pequeña
muestra de mi afecto. Sean estas Reglas un vínculo indisoluble que nos una en
Caridad.
Sor Luisa Estivill
Ansiedades, dudas
y escrúpulos había, sí. Y los causaba la separación de la autoridad
eclesiástica. María Rosa sabía ya que parte de su dolor interno brotaba de la
contradicción de permanecer leal al empeño de sor Estivill a sabiendas de que
no iba bien encaminada. Y temblaba ante la sola sospecha de no estar cumpliendo,
a causa de ello, la voluntad de Dios.
A lo lejos
retumbó un trueno. Había comenzado a llover sin que se diera cuenta, así que se
levantó del reclinatorio y se asomó un instante a la ventana. Siempre le había
gustado el frescor del agua en el rostro. Agua que abrillantaba los cuartos
sucios, que blanqueaba las sábanas, que alimentaba a las plantas, vivificaba a
los enfermos y la acompañaba por donde ella fuese. El agua viva de Cristo.
Aquella noche del 24 de marzo de 1857, en su cuarenta y dos cumpleaños, la
madre Molas, fundadora, contemplaba su vida como un río cuyo cauce había
establecido el Señor. Y comprendía que en el instante en que vio salir de la
Corporación a sor Concepción Bruguetas, bañada en lágrimas, Él había impreso en
su alma la verdadera ruta, para cumplirla con tiempo y paciencia.
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Al comenzar el
año 1844 estaba ya en la Casa de la Caridad de Reus, y so solo para tender a
los asilados sino para ocuparse como maestra de la escuela de niñas, que
disponía también de internado y contaba con noventa y dos alumnas. A las más
pequeñas las atendía sor Rosa Pascó, y ella daba clase a las sesenta más
mayorcitas. Las dos maestras y todas las muchachas compartían aula en una de
las naves del caserón. Se trataba de un nuevo aprendizaje y una tarea
ilusionante para ella. Desde muy joven, al atender a sus sobrinos, había
comprendido que en la mirada de los niños se halla el verdadero mensaje de la
salvación, que en la pureza, la atención, la ingenuidad y la curiosidad de la
infancia hay un misterio de vida. Y compartir cada día con la alegría de
aquellas chiquillas llenas de futuro se convirtió en un verdadero regalo.
Qué buenos recuerdos
venían a su memoria: las horas de clase, la comunicación profunda y tranquila
con sus alumnas, que enseguida le mostraron confianza y le brindaron su
cariño... Enseñaba doctrina cristiana, lectura, escritura, operaciones de
cálculo, labores de punto, bordado y costura. La escuela poseía un sistema
educativo propio, con su planificación y su método. Además ella recordaba las
clases de don Mariano Ríus- a quien consultó alguna vez- y las conversaciones
con su abuela, que habían dejado en su alma tanto poso. Sin embargo muy pronto,
sin separarse de lo establecido, comenzó a aplicar sus propias ideas sobre cómo
hacer clases más atractivas y útiles.
Había congeniado
muy bien con algunas de sus compañeras de la Casa, por ejemplo con sor
Gertrudis Sardá. Cuando una alumna decía que quería mucho a sor María Rosa,
esta hermana le respondía:
- Cómo no la vas
a querer, si tiene ese carácter tan bueno, es tan exacta, tan compasiva y tan
mortificada.
Muy pronto la
directora, sor Fancisca Freixa, le encargó el "Colegio de Señoritas",
la sección donde estudiaban las alumnas más mayores, que se preparaban para
trabajar y, en muchos casos, para formar una familia. Allí aprendían
fundamentalmente labores: hilaban, tejían y bordaban. Ella, que tanto gustaba
de los trabajos manuales, disfrutó al enseñarles los secretos que había
aprendido de su abuela y, su madre, sobre todo el bordado en oro. Era la
técnica más difícil. Requería mucha precisión porque no se podían desperdiciar
ni el tejido sobre el cual se bordaba -seda o terciopelo- ni el hilo oro, que
costaba una fortuna. Conocía muy bien las cuatro variedades -el matizado para
los estandartes militares y las ropas de las imágenes religiosas, el pasado
sobre terciopelo, el setillo y el canutillo -y sabía que quienes aprendieran a
realizar una labor tan compleja encontrarían enseguida un buen trabajo, por eso
le daba tanta importancia. Mientras bordaban en el aula, animaba a las
muchachas a orar, y también le encantaba escuchar sus confidencias. En los
momentos de descanso, les hablaba con naturalidad del matrimonio.
- No seréis ya
dueñas completas de vosotras, porque vuestro marido actuará como cabeza de la
familia, pero vosotras debéis ser el corazón. Todas vuestras virtudes deberán
reflejarse y aparecer en él.
Como sabía de la
importancia de contar con el ejemplo de una madre, se volcaba especialmente con
las huérfanas. Y ellas le revelaban sus secretos, sus enamoramientos y
ensoñaciones, como años atrás había hecho su hermana María.
- Sor María Rosa
no es ñoña, con ella nos podemos desahogar -decían.
El paso de los
años no había borrado de su memoria aquellos rostros jóvenes e ilusionados.
Recordaba especialmente a una de las alumnas, Margarida. Era una chiquilla muy
bonita, de diecisiete años. Su padre había concertado su casamiento con un
comerciante ya treintañero, y se ahogaba de dudas y tristeza ante aquel futuro
sobre el cual nadie le había preguntado. "Ay, sor María Rosa, si yo tuviera
madre... Pero sólo tengo un agujero muy grande en el corazón", le confesaba
llorosa. Ella sintió que debía consolarla y orientarla con mayor dedicación aún
que a las demás. Le habló de que el matrimonio era santo y un gran compromiso
con la vida, pero también de lo que le podía traer:
- Hazte respetar
siempre. Jamás toleres un mal trato, ni de palabra ni de obra. Al primero que
se anuncie, te vuelves aquí, que pan y abrigo no te faltarán. Pero si tu marido
es bueno, aunque no lo hayas elegido, da le una oportunidad, porque el amor
puede llegar después del trato y del afecto.
Habló también con
el adre de la muchacha, le hizo prometer que apoyaría en todo a su hija, e
incluso citó en la Casa de la Caridad al futuro esposo. Le pareció mejor
persona de lo que esperaba, pero aun así le dijo con toda seriedad:
- Margarida no es un objeto que se compra y se vende. Es una
mujer, hija de Dios y por tanto llena de Su dignidad y Su belleza. Aunque los
usos de la sociedad le permitan a usted casarse sin consentimiento de ella,
está obligado ante Dios y ante la ley a tratarla con todo respeto y amarla.
Ahora mismo me lo debe jurar solemnemente.
Y el hombre, muy
impresionado, respondió:
- Se lo juro, sor
María Rosa.
Qué difícil le
resultó esta tarea, mucho más que curar heridas en el hospital. Cuánto rezó por
aquella muchacha, durante cuántas noches en vela pidió al Señor que la
protegiese. Y qué emoción sintió cuando, en el último día de su estancia en el
colegio. Margarida la abrazó y le dijo:
- Gracias por
todo, sor María Rosa, es usted una santa y mi verdadera madre, deme su
bendición.
Ella le respondió:
- Es el Señor
quien te bendice, hija. Y también tu Madre del cielo.
Mientras tanto
penaba: "Si supieras cuánto me mortifica que me digan santa, hija mía; si
supieras verme por dentro en los días que ofrezco a mi Amado un corazón lleno
de ceniza". Y aquella noche redobló la oración por el futuro de todas las
alumnas.
Había por
entonces una costumbre que se llamaba "rifa de la doncella", por la
cual se sorteaban las labores más bonitas, y también objetos donados por
vecinos de la ciudad, para que las jóvenes del colegio pudieran reunir dinero
para su dote. También se organizaban otras rifas, y hasta se vendían vestidos
confeccionados en las clases de costura, como forma de sostener la Casa de la
Caridad, donde se alojaban permanentemente y de forma gratuita más de
doscientas personas. El caso es que muchos de los que encargaban boletos para
la rifa, o compraban los vestidos, se olvidaban luego de pagarlos. Y allá que
le tocó a ella ejercer de cobradora por orden de sor Estivill. Era un mal rato
pero resultó luego un gran aprendizaje. Antes de salir en busca de los
deudores, respiraba hondo y se decía: "Es justo que vaya a reclamar este
dinero porque quien lo ofreció lo hizo libremente. Va para Tu casa, Señor; para
la comida y el abrigo de Tus hijos más desvalidos. Así que adelante. Doloretes,
fuera los apuros. Tesón, buenos modales y mucha paciencia. Luego ponía el pie
en la calle y conseguía que todos pagaran. Algunos hasta le daban las gracias.
El colegio
marchaba muy bien y la gente de Reus alababa el orden, el método y la educación
de las niñas. Pero para ella no era la única tarea. Como multiplicaba el
tiempo, también trabajaba en la Casa de la Caridad. Lo mismo cuidaba sus
queridas macetas y labraba el enorme huerto, que inventaba una forma de que no
se perdiera el calor por las rendijas y los techos altísimos. Y en las
sucesivas horas del día, igual era enfermera que cocinera, maestra que portera.
Sor Estivill y don Pablo Carbonell la seguían poniendo como ejemplo y urgían a
las demás hermanas a comportarse como ella. Pero su actitud también había
trascendido a la ciudad. Así que, una vez más, se enteró por su hermano Antón
de lo que muchos decían.
- En poco tiempo
la Casa de la Caridad ha cambiado de semblante. Se ha elevado el nivel
espiritual.
- Hay un aire
nuevo, de optimismo, de manos ágiles, de corazón abierto y presencia de Dios.
- La caridad, el
sacrificio y la oración de sor María Rosa son muy elocuentes. Allí ha entrado
una mujer verdaderamente enamorada de Cristo.
A pesar de que
estas palabras le producían asombro, ya iba aprendiendo a mantener su vanidad
coronada de espinas. El foco favorito de su oración nocturna era contemplar la
Pasión de Cristo, que la bañaba en su fuerza redentora. Procurando imitar en
todo a su Amado, se impregnaba de sus sentimientos, del espíritu de sus
misterios, de su pasión, de su crucifixión, de su resurrección. Sabía que él la
conocía a ella y se esforzaba a su vez por conocerlo cada vez mejor. Desde
luego, no se atrevía a expresar aquellas emociones tan profundas. Tampoco
hacían falta palabras porque allí, en la Casa de la Caridad, encontraba a
diario el sufrimiento del crucificado en el huérfano muy niño, en el abandonado
muy viejo, en los dementes y los retasados, todos compañeros de babas y de
moscos, de orines y de lágrimas. Aquellas necesidades y las de la escuela
hacían brotar en ella, redoblado, todo su amor. Pensaba: "Aunque sea yo
una mensajera tan pobre, debo seguir llevando Tu consolación, Señor".
Mientras tanto,
Reus seguía siendo zarandeada por los vendavales de la historia. En septiembre
de 1846nestalló la segunda guerra carlista, circunscrita esta vez a las tierras
de Cataluña. Si el desencadenante de la primera había sido el ascenso al trono
de Isabel II niña, en esta la discordia nacía de la decisión de su matrimonio,
para el que aparecieron candidatos de casi todos los países de Europa. El
pretendiente carlista era el príncipe Carlos Luis de Borbón, hijo del Infante
don Carlos, cuya opción defendía el ilustre filósofo barcelonés Jaime Balmes.
Sin embargo, después de muchas conversaciones entre embajadas, el agraciado con
la mano de Isabel II fue otro de sus primos, Francisco de Asís de Borbón, que
contaba con el apoyo de Francia. Era, y todos lo sabía, un hombre incapaz de hacerla
feliz. Por supuesto, nadie preguntó su opinión a la novia. María Rosa, que
seguía con interés la actualidad política y social, no pudo dejar de pensar en
que la reina de España era una Margarida más, y que así vivían las mujeres,
fuera cual fuese su cuna.
En tierras
catalanas, los rescoldos mal apagados de la primera contienda, una profunda
crisis agraria e industrial que se tradujo en periodos de hambre, y decisiones
impopulares del gobierno, como el fin de la propiedad comunal, desencadenaron
un gran levantamiento popular contra el pretendiente afrancesado. Y de nuevo
volvió la guerra a los campos y los montes, de nuevo el hospital de Reus se
llenó de víctimas de odio y la Casa de la Caridad, de víctimas de la miseria.
Durante tres años, el ejército regular del general Pavía se enfrentó a los
armados carlistas, a quienes llamaban matiners porque casi siempre hostigaban a
los liberales al amanecer. Unos y otros, sin saberlo, eran títeres al servicio
de los intereses de quienes dirigían cómodamente aquella guerra desde Londres o
París.
Por entonces fue
cuando don Pablo Carbonell, su confesor, se dio cuenta de que los sacrificios
que ella realizaba para purificar su alma -ayunos muy severos, disciplinas
corporales y vigilias muy continuadas- junto con el trabajo incesante y los
fuertes dolores de cabeza, habían minado su salud. Estaba muy delgada, costaba
reconocer su rostro en aquella piel pegada a los huesos, y sus ojos parecían
hundirse en las cuencas . Ella lo sabía pero le hacía feliz ofrecerlo a su Esposos:
"Dulzura mía, Señor, ya sabes con cuánto gusto sufro". Sin embargo,
cuando don Pablo le prohibió los ayunos, el cilicio y las vigilias hasta que
estuviera más fuerte, la obediencia le costó un gran esfuerzo. Intentó
argumentar sin éxito con el confesor.
- No será nada,
padre, que yo siempre me quejo.
Y es que aquellos
sacrificios eran una ofrenda y le parecía compensar con ellos sus propias
limitaciones. Sin embargo, don Pablo se mantuvo inflexible:
- Buenos estaría
que se nos muriera la que más trabaja.
Para superar la
decepción, ella se dijo: "La resignación a la voluntad de Dios es la única
fuerza que suaviza la amargura y tranquiliza el ánimo. Si por la salud no puedo
hacer penitencia, practicaré la mortificación de los sentidos, intentaré aumentar
la caridad, la humildad, la obediencia y la pobreza". Y a ello se
aplicaba.
Aquel fue también el tiempo que padeció una
grave Disenteria. (Probablemente, María Rosa padeció una enfermedad
inflamatoria intestinal (EII), asociada a un espondilitis anquilosante
(enfermedad de los huesos). Es una enfermedad crónica que cursa con brotes). Dos
años y medio duró aquel malestar que le impedía asimilar los alimentos y
afectaba incluso a la marcha de su trabajo. Treinta meses de dolores
abdominales constantes, de deshidratación, de noches en camino desde su celda a
las letrinas, en las que se prometió a sí misma que nadie descubriera quién
perdía así las horas de sueño. Todavía se sonreía la recordar sus trucos para
el anonimato. : cambios de ruta, embozarse con la manta, andar de puntillas...
"Sólo lo que ofende a Dios debe perturbarme", se decía. Y así
conseguía tranquilizarse y animarse. Nadie puedo descubrirla, y cuando alguna
hermana preguntaba por la que pasaba malas noches, ella dejaba asomar una
pizquita de su vanidad porque estaba contenta de haberlo conseguido. Aun así
fue un tiempo terrible, que la dejó flaca y desmejorada por fuera y deshecha
por dentro, durante el cual tuvo que decirse muchas veces: "Debo sufrir
con el silencio de los labios y la paz en el corazón".
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En 1848, una
revolución liberal a la que llamaron "la primavera de los pueblos",
de aires nacionalistas y sociales, estalló de forma casi simultánea en Francia,
Austria, las repúblicas italianas y los reinos germanos, a causa del
empobrecimiento de los obreros que trabajaban en las fábricas. Su triunfo
terminaría con la hegemonía del absolutismo, haría caer a monarcas y
constituiría el primer paso para la reunificación de Italia y de Alemania. Por
supuesto, en Cataluña se convirtió en el punto álgido de la segunda guerra
carlista.
María Rosa ya
sabía, y comprobaba a diario, que el mundo había cambiado sustancialmente en
poco tiempo. Una de las grandes innovaciones era el ferrocarril, rapidísima
forma de viajar. Aquel mismo año se había inaugurado la primera línea española,
entre Barcelona y Mataró, y los treinta y cinco minutos que duraba aquel viaje
convertían a las diligencias de mulas en reliquias del pasado. Aunque aún no
funcionaba en todas partes, se sabía que ya era posible comunicarse con
personas que estuvieran a distancia, gracias al telégrafo. Y nuevos grupos
sociales habían transformado la fisonomía de Reus como la del mundo entero: el
capital, dueño de las fábricas y los bancos, habitaba ahora en las mansiones de
los aristócratas; comerciantes como los Molas, junto con médicos, abogados y
cuantos ofrecían servicios, constituían la pequeña o gran burguesía; y los
obreros se hacinaban en los antiguos terrenos de cultivo, que ahora se
denominaban arrabales.
A la Casa de la
Caridad llegaban todos aquellos cambios sin sordina, en forma de pobreza y
confusión, porque lo establecido, lo conocido desde siempre, se transformaba.
Las noticias de los revolucionarios, desde luego, eran preocupantes: en Francia
habían derrocado al rey Luis Felipe y se instauraba la Segunda República; en
Roma, el Papa Pio IX marchaba hacia el exilio. ¿Y en España? Estallaron siete
procesos revolucionarios, que pronto fueron sofocados por el gobierno del moderado
Narváez. Menos uno, el que se situaba precisamente en la provincia de
Tarragona, donde ya había guerra y la reacción contra las revoluciones había
conllevado un reforzamiento del carlismo. Al mando de las escaramuzas estaba un
héroe popular, el tortosino Ramón Cabrera, que pasó a a historia con el
sobrenombre de El Tigre del Maestrazgo. Y allí, entre los campos de olivos y
avellanos, de cara l Mediterráneo brillante, hubo combates, hubo heridos y
muertos. Y ganó Narváez. y amnistió alos vencidos aunque las cicatrices
siguieran frescas.
María Rosa
recordaba el año 1848 por otro motivo, tan doloroso como la guerra pero mucho
más cercano: la enfermedad y muerte de su padre.
esde los primeros
momentos de viudedad, José Molas había perdido alicientes para vivir. Sin
embargo, se había mantenido sano u ágil. Contaba ya con setenta años y nada hacía presagiar problemas de salud hasta
que comenzó a sentir un cansancio extraño, como si le hubieran desaparecido las
fuerzas. Una de las tardes en que visitaba a su hija en la Casa de la Caridad,
ella se sobresaltó al verlo: había perdido en apenas un mes muchísimo peso,
tenía la piel macilenta y los ojos vidriosos.
- Padre, ¿se
encuentra bien? ¿Qué le pasa?
- Nada, hija,
¿Por qué me lo preguntas?
- Porque no me lo
puede ocultar, padre querido. Llevo muchos años ya cuidando a enfermos.
- María Rosa,
hija, no sé qué tengo. Es como si por dentro me estuviera desmoronando. No me
pasa el alimento, y si me pasa, lo vomito. Estoy ronco todo el día, me cuesta
respirar y apenas puedo moverme.
Ella sintió una
punzada e el corazón. José Molas había aspirado demasiadas virutas de metal
durante demasiados años.
- Padre, voy a
pedir a mi superiora un permiso de unos días para cuidar de usted.
- Hija, qué
bendición sería.
Así lo hizo. Sor
Estivill la autorizó, y durante cuatro semanas ella presenció con lágrimas en
el alma el grave deterioro de aquel hombre bueno que aún sonreía a su
Doloretes, feliz y agradecido por los cuidados.
Al caer la tarde
del 5 de noviembre, José Molas dejó de respirar mientras su hijo lo tomaba de
la mano. Se cumplía el aniversario de su boda con María Vallvé y del
fallecimiento de su madre, María Arias, así que las tres mujeres que más había
amado en su vida estaban presentes en aquella hora.
"Se fue
tranquilo, confortado por los Sacramentos. Yo recuperé durante un tiempo
precioso mi nombre de niña. Y todavía hoy, tantos años después, agradezco de
rodillas al Señor que me permitiera, ya que no pude hacerlo con mi madre, estar
junto a él y acompañarlo en la última hora".
Pocos meses
después de aquella revolución de 1848, se produjo otra en su vida. Se marchó de
Reus. Iba destinada a un lugar que llegaría a ser determinante: la Tortosa
rebelde y necesitada de consuelo donde la esperaba el destino marcado por la
Providencia.
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Amanecía ya el 25
de marzo de 1857. La tormenta de la noche, apaciguada, había impregnado el aire
con el aroma de los limoneros. El río Ebro, cinturón dorado de Tortosa, murmuraba
caudaloso y cercano. María Rosa sentía en los huesos una pizca de frío por la
vigilia, y en el corazón un incendio de amor y gratitud. Había dado los pasos
necesarios para que las hermanas que la acompañaban como miembros de la
Corporación de Caridad regresaran por fin al seno de la Iglesia. No iban a
restituirse a la congregación original sino que harían crecer un nuevo árbol.
Era todavía una pequeña semilla recién germinada, pero enraizaría por fin en
suelo fértil. Ella, la sor María Rosa de los enfermos, la Doloretes de su
familia, la esposa de Cristo insegura de sus méritos para serlo, acababa de
fundar una Orden religiosa. ¿Qué le esperaría a partir de ahora? Más trabajo,
más oración, más tirar de sus pocas fuerzas y más pedir ayuda a su Amado. Sin
embargo, sentía el alma henchida de felicidad. Sí, habían desaparecido las
dudas: eso era lo que el Señor quería. La aridez de su desierto había
disminuido, la Iglesia la acogía, estaba en casa. Su pequeño paso, que nacía
para servir como consolación, también otorgaba consolación a su alma. Y se
admiraba, con auténtico asombro, de lo que el Señor había hecho empleando su
pobre ser como instrumento.
Volvió a
arrodillarse en el reclinatorio y susurró:
- Jesús, Esposo
mío, qué bueno eres, que dulce. Todo lo venceremos con tu auxilio.
CAPÍTULO TERCERO
CON INDECIBLE DESPRENDIMIENTO
(1849 - 1857)
En la mañana del 9 de junio de 1876
- Déjeme marchar
-había susurrado con la mirada suplicante. Era su éxodo y aún la impulsaba la
obediencia. El padre Sebastián León, su confesor, había respondido entre
lágrimas.
- Cúmplase la
santísima voluntad de Dios.
Y antes de salir
de la celda la bendijo de nuevo.
Brillaba la
primera hora e la mañana, siempre alegre para ella después de las largas noches
de vigilia. La tarde anterior había realizado una confesión general y ahora
sentía correr por sus venas el consuelo del Santo Viático, la sagrada Comunión
administrada a los moribundos. Había recibido al Señor, algo que desde los
nueve años le parecía lo más importante de la vida. Estaba lúcida, serena, y
así iba a morir. Faltaba poco para hallarse por fin en compañía de su Amado, se
terminaban los trabajos y las penas. Ya era toda de Él. Y Él acababa de
perdonarla en la confesión. Perdonaba las tribulaciones, la aridez, las dudas,
las tristezas, las veces que no estuvo a la altura de Su llamada, los momentos
en que no distinguió el padecimiento de alguien y pasó de largo, los cortos
pasos de su esfuerzo. En aquella última hora comprendía que al manantial de
toda misericordia no le importaba su pequeñez. La quería así; la había querido
así desde el principio, en la consolación y en la desolación, cada minuto de su
vida.
Ella, Doloretes
Molas, había recorrido la vía mística sin atreverse jamás a creerlo. Había
caminado cuesta arriba durante una larga noche del alma, se había encontrado
sola en la expresión de lo inefable, había llegado a probar la unión con el
Amado hasta alcanzar una alta morada y gustar la Gracia sobreabundante. Y a
Aquel que había sido su amor, su único amor, tendía ahora los brazos para
acogerla y le decía: "Estoy aquí, al final del camino". Nunca, nunca
se había sentido tan feliz.
Abrió los ojos y
contempló las paredes de su celda, tan lisas y despojadas. Junto a su lecho,
dos hermanas rezaban el Rosario en voz bajísima, creyéndola dormida. Pero
estaba despierta por completo. Los dolores, que eran como cuchilladas en el
vientre, se habían amortiguado; el temblor de los miembros había cesado, como
si el Viático sanara también la enfermedad del cuerpo. Llevaba en la mano su
rosario y por un instante apretó aquellas cuentas desgastadas ya de tanta
oración. Se iba a reencontrar con su buen padre, con su madre santa, con la
abuela María, con la madre Rafaela Canals y la madre maría Castells, con fray
Salvador... Y con el desvalido Tinet, el doliente Ximo, y tantos hijos de Dios
como había ayudado a bien morir.
Aparecían frente a ella, brillantes, como
recién lavados por el examen de conciencia, los recuerdos de su última parte de
su vida. Y el escenario era Tortosa. La ciudad encajonada entre la montaña de
piedra y el río de limo, con sus golpes de viento, su castillo imponente y sus
gentes industriosas., había llegado a ser para ella la tierra más amada. ahora
se convertía, definitivamente en su lecho.
Cuántos recuerdos
estaban asociados al eterno rumor del Ebro.
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Después de la
segunda guerra carlista, Tortosa deseaba resurgir. Por eso había refundado la
sociedad lírico-dramática del Liceo, orgullo de la ciudad por sus funciones de
ópera y de teatro en las que actuaban grandes artistas. Para su nueva
decoración se habían empleado los mayores adelantos, por ejemplo, unas
modernísimas lámparas de gas fabricadas por el acreditado José Molas y Vallvé.
Era su hermano, sí, convertido ya en eminente empresario. Pero había más: se
construían colegios y hospitales, veían la luz nuevos periódicos, se extendía
el cultivo del arroz por los humedales del delta, un novísimo barco de vapor
realizaba el trayecto regular entre la ciudad de Barcelona, y se inauguraba a
bombo y platillo el canal de la margen derecha del Ebro.
Precisamente
allí, junto al canal, en una zona modestísima que se conocía como arrabal de
Jesús, se hallaba –en estado de abandono- un asilo para niños y ancianos
denominado Casa de Misericordia. Hasta 1837 lo habían atendido las Hijas de la
Caridad, pero se habían marchado diezmadas por la separación de las de Reus y
las desamortizaciones. Desde entonces, en medio de revoluciones y guerras, la
Casa había permanecido abierta, atendida de mala manera por empleados civiles,
y asfixiada por la miseria y la incuria. Tan grave era la situación que los
tortosinos evitaban pasar por las cercanías a causa del insoportable olor que
escapaba de las ventanas. La nueva Tortosa no podía consentir por más tiempo
aquel abandono, así que a primeros de marzo de 1849 el secretario del
ayuntamiento, un hombre honesto y volcado en sus conciudadanos que se llamaba
Antonio González Mercé, escribió a la Corporación de Reus solicitando que
enviaran a algunas hermanas para encargarse de los asilados. Sor Estivill se
sintió muy halagada de la oferta, sor Francisca Freixa le sugirió quién podía
ser la persona más adecuada para sacar adelante una empresa tan difícil, y así
se decidió.
- María Rosa, voy
a mandarte a Tortosa como superiora, a cargo de cuatro hermanas. ¿Qué me dices?
- Que obedezco de
corazón, madre.
- Por lo poco que
me han contado, no va a ser un paseo. Llévate a sor Rafaela, que allí harán
falta manos dispuestas. Te acompañarán también sor Antonia, sor Ángela y sor
Marina.
¡Superiora de
cuatro hermanas! En aquel mismo instante, intuyó que el Señor la sacaba de su
tierra, como a Abrahán, para ensanchar su horizonte. Y le pidió serenidad y
fortaleza.
El propio alcalde
y secretario fueron a buscarlas en coches municipales para dar marchamo oficial
a su viaje. Poco antes sor Estivill había recibido una nueva carta, esta vez
del ayuntamiento de Barcelona, solicitando el mismo favor para otra casa. Y en
el momento de partir, aseguró a los caballeros:
- Debo rechazar
esta nueva solicitud, bien que lo siento. ¡Pero no tengo otra María Rosa!
Con aquellas
palabras se habían dicho adiós. Fue sor Francisca Freixa quien quiso despedirla
con mayor afecto:
- Mi amiga
querida, la de mayores virtudes, te agradezco muchísimo todo lo que has hecho
en esta Casa. Que el Señor te bendiga.
Se marchaba de
Reus, el hogar de su familia, dejando parte del corazón en sus enfermos y sus
alumnas, que habían ido a despedirla y repetían su nombre a sabiendas de que no
volverían a estar con ella. sin embargo, sentía ilusión. Necesitaba aquel
cambio, le parecía bueno separarse un poco de la égida arbitraria de sor
Estivill, y sabía que podía, con ayuda del Señor, hacerse cargo de la tarea. El
trabajo nunca la había asustado. Y dirigir una casa como superiora, si era lo
que Él quería, tampoco. así que mientras los coches recorrían el camino de la
costa, y el azul y el sol le enviaban ánimos, ella oraba: "Señor, que las
cuatro hermanas que inician conmigo esta aventura encuentren en mí a una
verdadera madre. Permite que les tenga igual aprecio a todas, que las trate con
caridad, que las corrija con prudencia. Y que yo tenga mucho celo y caridad en
Tu servicio. Hasta perder la vida si es necesario".
En la tarde del
18 de marzo de 1849, divisó por primera vez los torreones del imponente
castillo templario de la Zuda, que domina Tortosa. Entre los muchos recuerdos
de aquellas horas, uno había permanecido indeleble en su memoria. Y era que
antes de atravesar el puente de barcas para pasar a la margen derecha del Ebro,
el excelentísimo señor alcalde había descendido del coche y le había dicho,
seguro y sonriente:
- Reverenda
madre, no sé con cuantas gallinas contarán en el huerto, pero sean las que
sean, mañana mismo le dobla la cantidad el ayuntamiento.
Y entonces el
bueno de don Antonio González, que las acompañaba para mostrarles la Casa de
Misericordia, la miró muy apurado y no volvió a promuniar palabra hasta que llegaron.
¡Gallinas! ¡Allí
no había nada! nunca había visto ella una suciedad y una miseria tan profundas.
Tanto que en un primer instante le dolió el corazón. ¿Cómo era posible que así,
en aquellas condiciones inhumanas, vivieran los hijos predilectos de Dios?
En aquel recinto
enorme todo era confusión, inmundicia y pobreza. El olor a excrementos, al
entrar, provocaba náuseas. los doscientos huérfanos alojados allí estaban
devorados por los piojos y tenían la piel llagada y el vientre abultado por la
malnutrición. Los más pequeños dormían sobre tablas de madera invadidas por las
cucarachas; los mayorcitos, juntos en una gran cama olvidada allí por algún
marqués de otro siglo, situada junto all muladar y cubierta por puñados de
paja. Medio centenar de ancianos esqueléticos vestían jirones de camisas, sin
más ropa interior ni de abrigo. Las cabezas tristes, cubiertas de arañazos, les
sangraban de tanto rascarse el picor de la tiña. En la despensa no había prácticamente
nada, ni siquiera jabón, y en todo el edificio, para salvaguardarse del relente
de la primavera y de la humedad del río, encontraron solo siete mantas
apolilladas. La zona de las monjas, llena de trastos, parecía el desván de una
casa antigua, y solo la capilla estaba amueblada, o eso parecía bajo el peso de
las telarañas.
Don Antonio
estaba demudado y la miraba de reojo mientras ella observaba todo en silencio.
No podía hablar. El nombre de la casa le enviaba una invitación antigua:
misericordia significaba sentir aquel dolor en su propio corazón, y lo sentía
tan profundamente que se asfixiaba. Aquella era una tarea titánica, pero no de
orden ni de limpieza, aunque lo pareciese, sino de consolación. Sor Rafaela,
que iba a su lado, le susurró como si le leyera el pensamiento: "Usted
puede con esto, madre. El Señor le manda un encargo a su medida". Ella se
lo agradeció, con lágrimas en los ojos ante aquel desamparo. Consolar por amor
era lo que Él deseaba que hiciera.
- Sor María Rosa,
dígame lo que necesita. Mañana al amanecer lo tendrá aquí.
- Muchas gracias,
don Antonio. Pero si le fuera posible mandarme ahora mismo jabón y unos cubos
grandes que llenemos de agua...
- La huerta es
inmensa, no hay gallinas que pueda duplicar el señor alcalde, pero hay pozo,
tiene muchas posibilidades. Ya lo verá.
- Sí. Con la
ayuda del Señor pronto estaremos bien. Pero...
- Pida usted,
madre.
- Por el amor de
Dios, don Antonio, búsqueme usted cuanto antes ropas de abrigo y unas camas
sencillas para estos pobrecitos.
- Hablaré con el
ayuntamiento lo de las ropas. Y ya se me ha ocurrido de dónde van a salir las
camas. Del almacén del hospital. Mañana las tiene, se o prometo.
Ella comprendió
entonces que en aquel hombre bajito, de piel cetrina y solemne bigote, había
encontrado un aliado para siempre.
Desde el día
siguiente -19 de marzo, san José- corrieron por los suelos de la Casa de Misericordia
grandes baldes de agua, se encalaron las paredes, se fregaron y cepillaron las
puertas, se ordenaron los trastos, se llenaron los pasillos de macetas con
flores, la comida comenzó a ser caliente y las ropas limpias. También para eso
tuvo que echar mano del ingenio y, como no llegaban las nuevas, estableció un
sistema de turnos para lavar, estirar y secar durante la noche, y que así todo
estuviera impecable al amanecer. Por supuesto, entabló también una batalla de
meses contra los piojos y las cucarachas. Y, como si solo aquel cuidado bastase
para hacerlos florecer, los niños sin padres, los ancianos abandonados, los dementes
y los enfermos se sintieron personas. Caminaban más erguidos, se comportaban
con más cuidado, sonreían, daban las gracias...
Los recordaba a
casi todos. A Teresita, que pasaba por loca. Una mañana, ella la estaba
levantando y le frotaba bien el jabón por todo el cuerpo mientras le contaba
alguna pequeña historia. Entonces, aquella mujer sin edad, sonriendo con su
boca negra, le había acariciado la mejilla y le había dicho:
- Nos hemos
convertido en una familia y tenemos una madre.
O a don Lanas, un
anciano con aire de hidalgo que no recordaba cómo se llamaba, y a quien decían
así por la aureola de cabello blanco. A ella, que no paró hasta que descubrió
su nombre en unos viejos registros, le impresionaba la profundidad de su alma.
- Tiene razón,
don Manuel. Muchísimas gracias. O al pequeño Agustín, un huérfano que tenía
solo siete años. Un día le escuchó decir: "Yo de mayor quiero ser
sastre". Y ella se empeñó en sacar ratos para enseñarle a coser. La verdad
es que aquel chavalillo le hacía mucha gracia porque estaba lleno de
inteligencia y era muy observador. Tanto que un día le dijo:
- Madre, ¿a que
para usted sobre todo está Dios?
- Sí, Agustín.
- ¡Lo sabía! ¡Se
lo dije a los otros!
Cómo evitar que
le brotasen las lágrimas. Se emocionaba mucho en compañía de aquellos
desvalidos que eran imágenes de su Esposo.
- Nuestro Señor
en todas partes nos habla, es la suerte que tenemos -comentaba a las hermanas.
Sin embargo le
apuraba que ellas la encontrasen tantas veces deshecha en llanto, así que les
pedía perdón por aquella sensibilidad. Aun así, rezaba con todo el corazón por
sus asilados, uno por uno, día y noche, en el trabajo y en la vigilia. Iban con
ella al pie de la Cruz.
Por supuesto
nunca había olvidado a don Damián Gordo, el obispo de Tortosa, que tenía fama
de santo. Nada más verlas llegar, había solicitado por carta a todas las
parroquias que contribuyeran al sostén de aquella obra de Dios. Aquel gesto
revivió su inquietud por que la Corporación se mantuviera alejada de la
obediencia a la Iglesia. Era una desazón interior que nunca la abandonaba.
Aún recordaba una
mañana en que, como siempre, encontró un minuto para leer el periódico. Le
parecía muy importante saber lo que pasaba, y ahora que dirigía a las hermanas,
más: "Debemos estar informadas para servir mejor a quienes servimos y para
evitar los engaños", les decía. Pues bien, en el Detortense aparecía un
comunicado del ayuntamiento:
Gracias a los
esfuerzos de nuestro celoso Alcalde Corregidor don Mariano Escartín, la Casa de
Misericordia va a salir del lamentable estado en que se halla. a este fin se
han hecho venir de Reus Hermanas de la Caridad que, con su entendida e
infatigable directora, se están ocupando sin tregua ni descanso de montar en
este establecimiento, corrigiendo muchos abusos e introduciendo grandes
reformas.
- Mire esto
Rafaela.
- Madre, que bien
le va la palabra infatigable. Algo estaremos haciendo, cuando ya presume el
alcalde.
- Aún no hemos hecho
nada. La verdadera tarea es cambiar esta casa por dentro.
Se había aplicado
a ello. Y a partir de entonces no solo barría, inundaba los suelos de agua limpia,
cocinaba, remendaba, cosía, cuidaba enfermos, limpiaba caritas mocosas o
consolaba el llanto de los viejos; también procuró que, una vez al día, todos
se reunieran en la capilla para oír la Santa Misa y rezar el Trisagio de la
Santísima trinidad, del cual era muy devota. Ella misma leía en voz alta libros
espirituales durante las comidas, que comenzaron a ser desde entonces
silenciosas y tranquilas, y se ocupaba de que los niños y niñas rezaran por la
mañana y por la noche.
Ese rezo, en el
dormitorio de los pequeños, era su mayor alegría y lo prolongaba cuanto podía
para permanecer más tiempo con ellos y escuchar sus oraciones purísimas. Cada
noche se arrodillaba junto a algún chiquitín huérfano o rechazado por su madre,
le juntaba las manitas, e iba recitando despacio el Padrenuestro para que el
niño repitiera cada frase y la aprendiera. Luego, lo acostaba, lo cubría con el
embozo, le besaba la frente y volvía a caer de rodillas, de nuevo entre
lágrimas que no podía remediar, traspasada por las criaturas de Dios.
Pero también
saboreaba historias antiguas que le contaban los viejos. Le parecía que
aquellas experiencias de vida poseían una profunda belleza. Así lo aseguraba a
las hermanas:
-Es gran caridad
sostener con los ancianos conversación dulce y atenta, y dirigir palabras de
consuelo a los enfermos ya quienes se sienten desgraciados
Para la
trasformación interior de la Casa contó con otro aliado que, sin duda, le había
enviado el Señor: un jovencísimo seminarista de Vinaroz, alto como una torre y
flaco como un huso, que se alojaba en la casita de los guardeses, junto a la
tapia del huerto. Se llamaba Sebastián León Tomás.
“El padre Sebastián, mi confesor durante
los últimos quince años, acaba de administrarme el santo Viático. Era un
muchacho cuando lo conocí y ahora me va a acompañar a bien morir. Recuerdo la
primera vez que lo vi, en un pasillo de la Casa de Misericordia. Yo iba montada
sobre un balde de agua, como si navegara en un barco, y por poco no me lo llevo
por delante. Enseguida me ayudó a que en la Casa hubiera práctica religiosa. Él
mismo dirigía nuestra oración. Ha recibido durante estos años mis confesiones,
conoce mis pecados y me los ha perdonado en Tu nombre. Gracias de corazón,
Señor, por haber puesto en mi camino, cuando más lo necesitaba, a un segundo
fray Salvador: un sacerdote que me ha acompañado como un verdadero padre en
estos años de tanto esfuerzo”.
No había
transcurrido aún un mes de su llegada y la Casa de Misericordia había cambiado
tanto que el arrabal de Jesús, antes evitado por los tortosinos, se había
convertido en el nuevo paseo de la ciudad. Muchos iban a ver “las maravillas
que hacían cinco monjas”; otros, por el contrario, no se privaban de
inspeccionarlo todo en busca de algún defecto, y si no lo encontraban, se lo
inventaban. Para su tristeza, algunos asilados colaboraban en el descrédito: no
les gustaba ni tanto orden ni tanta limpieza, y mucho menos lo de tener que
rezar. Ella reconocía que, en su momento, aquellas críticas le habían dolido,
aunque no por sí misma. Le parecía que el trabajo ímprobo de las hermanas era digno
de veneración. A una dama muy encopetada que les reprochaba con malos modos el
pobrísimo atavío de los ancianos, ya que las ropas de abrigo seguían sin
llegar, le dijo sonriente y calmada, pero en serio:
-Señora, me
parece que unas jóvenes que, abandonando sus familias, van a servir a
desconocidos, e incluso a veces hasta a viciosos, en casas como esta donde el
primer día solo se podía entrar por caridad, deberían ser respetadas y miradas
con mucha deferencia.
El padre
Sebastián, contaba muchas veces la visita de un escritor importante de la
ciudad, un anticlerical que presumía de serlo. Aquel caballero apareció sin
previo aviso en el caserón, con el ceño fruncido, como un inspector de salud
pública. Nada más entrar se dio de bruces con ella, que iba cargando un enorme
capazo de sábanas para tender al sol. Y a pesar de verla así atareada, le dijo:
-Usted es sin
duda la superiora.
-Sí, para
servirle. ¿Cómo se ha dado cuenta?
-Hermana, se le
nota muchísimo. En la estatura, en el continente y, si me permite usted la
confianza, en la luz.
-¿Desea visitar
la Casa?
-Si es tan
amable…
Y se dedicó a
pasear por las salas. A los tres minutos ya estaba asombrado. Y al salir, dijo
a los amigos que lo esperaban: “¡Esto es increíble! ¡O son santas o son
brujas!”. Lo mejor del asunto es que, a partir de entonces, se convirtió en su
defensor más acérrimo en los círculos intelectuales de Tortosa. “Me veo
obligado a reconocer la influencia de la virtud, y la madre Molas la posee en grado
supremo”., decía. ¡Y a raíz de aquello el ayuntamiento tuvo que poner guardias
en la puerta! Sólo así se podía controlar el número de visitas de los
tortosinos al milagro de las cinco monjas. Por supuesto, se asombraban al
comprobar que la superiora era también la remendona, la sacristana, la
cocinera, la tornera. Todo como si nada.
Enseguida
comprendió la necesidad de crear una escuela para las niñas de los arrabales, a
quienes veía deambular por las calles y correr muchos riesgos. En cuanto pudo,
se lo planteó a don Mariano, el alcalde. Por supuesto, este dijo que sí. Ya la
mostraba a los visitantes como “una de las maravillas de la ciudad”. A ella,
sin embargo, le disgustaba aquella exageración y decía a las hermanas:
-Estaríamos
buenas si tomásemos en serio esas tonterías. Hagamos nuestras obras con mucha
perfección y desnudas de toda vanidad y gloria terrena.
La prensa publicó
inmediatamente aquella iniciativa:
-En la
Misericordia, La comunidad compuesta por Hermanas de la Caridad propagará la
instrucción entre las niñas de los arrabales. El día 16 de abril de 1849 se
abrirán la escuela y la costura, en las cuales se enseñará doctrina cristiana,
urbanidad, máximas de buena y sana moral, lectura, escritura y labores. Ninguna
retribución se exigirá para la enseñanza. Las niñas deberán llevar una sillita
para sentarse. (El Detorsense, 8 abril de 1849).
Ella, en Reus, se
había enamorado de ser maestra, así que sentía mucha alegría por contar de
nuevo con una escuela. Solo empañaban un poco aquel momento los intensísimos
dolores de espalda. Por la noche, sobre todo, se le hacían muy difíciles de
soportar, y se los ofrecía al Señor como sacrificio. Tampoco iban muy allá las
rodillas; a veces parecían de madera y se negaban a doblarse. Tal vez trabajaba
demasiado. Peor la espalda o las rodillas no significaban nada: quería dar
aquellos huérfanos y ancianos su vida entera. Por eso se aseguraba de que nadie
le notara el sufrimiento. (María Rosa padeció, desde los treinta años, una
grave osteoartritis en la columna que determinó la fusión de tres vértebras en
el raquis dorsal y dos en el raquis cervical, formando una sola pieza. La causa
fue seguramente una espondilitis anquilosante, enfermedad crónica de origen
infeccioso que cursa además con problemas intestinales, como los que ella
padeció. También sufrió artrosis ellas rodillas. Estas degeneraciones óseas
debieron de producirle dolores terribles.)
Las clases
funcionaban tan bien que en 1850 don Antonio González, siempre ocupado en mejorar
su ciudad, le pidió que se hiciera cargo de la escuela municipal de niñas, que
estaba situada en un edificio llamado Casa de la Enseñanza, en pleno centro de
Tortosa. Nueva responsabilidad y a la vez nuevo regalo de Dios. Para que
pudiera ejercer como directora, le otorgaron el nombramiento de maestra
interina y se le concedió un permiso para seguir residiendo en la Misericordia
aunque la escuela contaba con dependencias para las maestras. Y a partir de
entonces, el arrabal de Jesús, el puente de barcas y las viejas calles
medievales saludaron el trayecto diario de la madre Molas, a pie, entre una
Casa y la otra. Lo hacía rezando, se le notaba, pero también sonreía y
saludaba, tanto es así que los tenderos y los viandantes la esperaban. Aunque
siempre le costó creerlo, toda la ciudad sabía ya quién era.
Como sentía una
verdadera vocación por la enseñanza, puso en práctica en la escuela un método
del que se había informado, y que consistía en el “trabajo simultáneo”, opuesto
al individual que se usaba habitualmente. Las alumnas se dividían en grupos y
se explicaban y corregían unas a otras. El interés por el aprendizaje y los
progresos que resultaban de aquel método eran tan espectaculares que muy pronto
llamaron la atención. Para entonces, el colegio contaba ya con cuatro nuevas
hermanas, enviadas desde Reus y dispuestas a dar pruebas de su vocación. Verlas
la llenaba de alegría. Eran sus hijas. Y ellas, del gusto por estar a su lado,
no la dejaban marchar cuando iba a visitarlas. Le decían: “Madre María Rosa, no
se vaya todavía, déjenos levantar, como en el evangelio, tres tiendas para
acampar aquí. Es que sus consejos y su fervor al hablar de la caridad nos
sirven más que las lecturas y los sermones”.
Una vez por
semana llevaba a las niñas del colegio a escuchar Misa en la capilla de la
Misericordia, luego salían todas al huerto a jugar. A ella le encantaban
aquellos momentos. Sacaba de la cocina unas bandejas de dulces que había
preparado de madrugada, las sentaba alrededor suyo e impartía sonriente una
catequesis sencilla, tanto que parecía una charla de familia. Las chiquillas la
escuchaban con atención. Una de ellas, que se llamaba Cinta Nicolau, no paraba
hasta sentarse a su lado en el corro. La mirada de aquella niña, impregnada de
respeto y confianza, la emocionaba hasta las lágrimas. Por la noche rezaba por
todas, y especialmente por ella. Le gustaba decirles:
-Tenéis que ser
buenas porque… ¡habéis comulgado! La niña que recibe al Señor en su pecho no
debe ya portarse mal. Cuando Jesús entra en nuestras almas, lo hace para
santificarlas. Y para conseguir esto nos inspira santos propósitos y nos habla
santas palabras. Cerrad los ojos, así. Asomaros adentro. ¿Lo escucháis? Pues
permaneced un ratito escuchando. Nuestro Señor siempre habla a los que comulgan
bien. (Cinta Nicolau escribió este testimonio para el proceso de beatificación
y canonización de la madre Molas).
Todo parecía
marchar sobre ruedas cuando llegó la noticia de que el ayuntamiento vendía el
huerto de la Casa de Misericordia. Lo adquiría uno de los letrados de la
magistratura que había conseguido ya un compromiso casi oficial por parte del
alcalde. Ella se encendió sin poder remediarlo. ¡El huerto!¡La verdura fresca y
la fruta que todos comían!¡Los juegos al sol de los niños para combatir el
raquitismo! ¡¡El pozo!! Intentó recordar la mansedumbre de Cristo, pero solo le
venía a la memoria su determinación l expulsar a los mercaderes del templo, así
que se puso en marcha para hablar con el señor letrado en su propio despacho
oficial. Se le plantó delante alta como era, envuelta en las ondas de su velo
negro y lanzando llamaradas desde sus ojos, más negros aún. Argumentó de tal
manera, dijo tales palabras que todavía las recordaba con un pálpito de
vergüenza. Pero el huerto se quedó en la Misericordia. El letrado no contó en
público nada de la reunión salvo una misteriosa frase: “¡Caramba con la
superiora! ¡Si mi mujer me dijera cosas como esas…!”.
Cuando regresó de la entrevista se
encontraba agotada, pero se recuperó al escuchar a Simón, el asilado que hacía
de hortelano:
-Madre, hay quien
cree que ser caritativo es ser blando. Quien no la haya conocido a usted no
sabe lo que es la caridad.
- Calla, Simón.
Solo he cumplido con mi deber. Y bien que me ha cansado.
Pero don Antonio
González, que se había opuesto desde el principio a la venta, dijo a todos cuantos
quisieron oírle:
-Sor maría Rosa
tiene la energía de un héroe y la fe de un apóstol, vive solo para hacer el
bien.
Y dejó bien claro
que mientras él fuese secretario, el Ayuntamiento respetaría el huerto de la
Misericordia.
Por entonces cayó
enferma sor Ángela, una de las cuatro hermanas que habían llegado a Tortosa con
ella. Era una muchacha ejemplar, a la que admiraba. Como no tenía buen aspecto
y le preocupaba mucho, comenzó a levantarse varias veces durante la noche para
preguntarle si necesitaba algo. Aún recordaba los diálogos con ella:
-Madre, usted que
vale tanto, ¿cómo consigue esa humildad?
-Mi pequeñez no
es humildad, sor Ángela, sino que es la verdad de lo que soy. Por eso, porque
está muy cerca de la verdad, la humildad es un tesoro escondido.
-Y ¿cómo puede
pasar tantas noches en oración? ¿No le perjudica luego la falta de sueño para
el trabajo del día?
Ella, emocionada
en lo más hondo, había respondido:
-Quien llega
aprobar cuán dulce es Dios no puede, sin gran violencia, dejar tan suave
ejercicio.
Y con aquellas
palabras desvelaba su mayor secreto: la vía de la contemplación y de
iluminación que ya transitaba y de la que no se atrevía a hablar.
“Señor, yo tenía que hablar a mis hijas de
Ti porque me rebosabas del corazón, porque eras mi Esposo, mi amado, y solo
deseaba estar contigo. Todo eres Tú, en todo estabas. Luego sentía mucho
haberme puesto a mí misma como ejemplo. Si hubiera sabido entonces que Tú me
perdonabas tantas limitaciones, si hubiera tenido la seguridad que tengo hoy –en
mi última hora- de que Tú me amabas así de frágil y confusa., hubieran cesado
todos mis tormentos. Pero tenía que vivirlo para que pudiera llegar después la
felicidad de la unión. Sí, así quisiste que fuera”.
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En 1851 había ya
cinco comunidades que dependían de sor Luisa Estivill como superiora general de
la Corporación: el hospital y la Casa de Caridad en Reus, la de la Misericordia
y el colegio de Tortosa, y una Beneficencia en Tarragona, recién inaugurada.
Seguían, por supuesto, separadas de la autoridad eclesiástica y sumaban ya
muchos años de desobediencia a su congregación originaria. Tantos que las Hijas
de San Vicente de Paúl decidieron actuar con más energía. Como primer paso, su
visitador general exigió el abandono del hábito que sor Estivill había
conservado sin modificaciones. Lo hizo en una carta dirigida nada menos que al
ministro de la Gobernación.
… O las hermanas
disidentes de Reus y Tortosa se someten a mi dirección, como todas las demás
Hijas de la Caridad, o que sirvan en buena hora a los pobres con total
independencia, pero usando un traje que en modo alguno pueda equivocarlas nadie
con las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul.
María Roda
recordaba aún el escrito porque efectivamente, aquella situación irregular le
hacía sufrir cada vez más. Sin embargo, sor Estivill respondió a la
requisitoria con el silencio. La junta municipal de Reus, temerosa de perder a
las servidoras de sus institutos de beneficencia, la respaldó y defendió ante
los Paúles. Al alejarse de las autoridades religiosas, las civiles se habían
convertido en el único pilar en que podía apoyarse aquella mujer obstinada.
En Tortosa el
trabajo seguía, y la necesidad de consolación era inagotable. La ciudad veía
afanarse cada día a la madre Molas. Se sentía querida y respetada; su fama
trascendía. Era fama de santidad, sí, pero a ella le mortificaba y pedía perdón
al Señor por sus carencias. Aquel delta
de su camino, tan ancho y tan cargado de riqueza como el cercano Ebro, iba a
desembocar muy pronto en un nuevo mar. Sin embargo antes la esperaba un momento
difícil. En la confesión general previa a recibir el Santo Viático, no lo había
dejado de lado. Además, el padre Sebastián León había sido testigo. Ella
perdonó enseguida a las protagonistas, y de todo corazón, pero incluso en el
umbral de la Casa del padre recordaba el sufrimiento.
A mediados de
1851, sor Estivill y el padre Carbonell creyeron necesario salvaguardar el
colegio de Tortosa de los cambios políticos. Al fin y al cabo, que la
Corporación dirigiese un centro educativo municipal era un gran avance. Como
primera medida, llamaron a María Rosa y le ordenaron que consiguiera el título
oficial de maestra en la convocatoria de aquel mismo año “con el fin de
mantener la estabilidad de su puesto mejor que con el nombramiento interino”.
Ella les dijo que obedecería, desde luego, pero se quedó preocupada: estudiar
una oposición bastante seria en apenas cinco meses era muy difícil. Si para
cualquiera hubiese sido un reto, para quien sacaba adelante a diario dos
instituciones muy complejas se trataba de un mandato abrumador. Por supuesto,
dedicaría horas a prepararla como fuese. Sin embaro, la orden iba acompañada de
otra, muy extraña, cuya causa no le explicaron:
-Tendrás que
guardar secreto absoluto. No podrás decirle a nadie que estás estudieando, ni
siquiera a tu confesor en Tortosa.
El trasfondo de
aquel mandato sonaba a corte de alas, a prueba encubierta. “¿Por qué?, se preguntó,
pero enseguida rechazó aquel pensamiento. “Debemos ser tan obedientes que lo
dejemos todo por esa virtud. Quien no tiene espíritu de obedecer, no tiene
vocación religiosa”. Así hablaba a sus hijas y eso debía mantener cuando le
tocaba a ella, aunque fuese una obediencia tan trabajosa. Por tanto, preparó
con absoluto sigilo la matrícula del examen y el resto de los documentos. Debía
presentarlos en Tarragona, ante la comisión Provincial de Educación, y las
excusas que tuvo que poner para el viaje le repugnaron. Allí mismo, en la
Escuela Normal, que ocupaba parte del antiguo convento de San Francisco, compró
los libros de estudio. Al abrirlos, se encontró con que tenía muchísimas
lagunas en el conocimiento. A los treinta y seis años, veinte después de haber
sido alumna de don Mariano Ríus, con experiencia como maestra de niñas pequeñas
para leer y contar, y de mayorcitas para bordar y coser, se enfrentaba a un
temario en el cual se hablaba de geometría, de análisis sintáctico, de
geografía, de historia natural… Necesitaba ayuda, necesitaba un preparador o
jamás aprobaría el examen. Y en esto no hubiera habido dificultad, cualquier
maestro de la Escuela de niños le hubiera echado una mano, salvo que ¿no podía
decírselo a nadie!
La Casa de
Misericordia contaba con un director administrativo que también ejercía como
capellán. Era don José Marqués, un sacerdote de treinta años, natural de
Tortosa, muy estimado y laborioso, que entendía de números y colaboraba
directamente con el obispo. Como por el volumen de asilados y la complejidad de
la economía hacía falta un contable, don José pasaba todas las tardes un rato
en el despacho, supervisando las cuentas y anotando en los libros. Ella
comprendió que era la persona adecuada para aclararle dudas y estuvo reflexionando
sobre la manera de pedirle ayuda sin traicionar su voto de obediencia. Después
de darle muchas vueltas, se decidió por fin.
-Padre, no quiero
molestarle, pero… necesito desempolvar algunas lecciones y aprender otras. ¿Le
importaría mucho si, de vez en cuando, le consulto dudas sobre aritmética o
gramática?
-Por supuesto que
no, madre María Rosa. Aquí me tiene a su disposición.
- ¿Tendría la
caridad de explicarme ahora, en un vuelo, el principio de Arquímedes?
-Desde luego.
Siéntese un momento, que con el despeje que usted tiene no vamos a tardar nada.
Pero no deja de asombrarme, madre. Le interesa Arquímedes mientras lleva
adelante esa el Colegio y esta Casa. Como es tan humilde, se esconde usted
detrás de sus sábanas para remendar y sus perolas de dulce membrillo, pero no
puede ocultar que tiene un alma gigantesca.
-Padre, por Dios.
Entonces aquel bueno de Arquímedes…
Y don José se
había sonreído porque sabía que ella padecía con las alabanzas.
-Verá, se trata de calcular la cantidad de
líquido que se desplaza hacia arriba cuando se sumerge un objeto en un
recipiente. Es la fórmula que explica por qué flotan los barcos.
En efecto se
enteró enseguida. Durante un par de semanas echó un ratito cada tarde con el
padre Marqués, tranquila, concentrada en la explicación como de niña, y con la
puerta del despacho cerrada para mantener el secreto sobre algo que, en sí
mismo, carecía de importancia. No vio el peligro. Nunca hubiera podido verlo
porque era casta en sumo grado –no por sus fuerzas sino porque así lo había
querido el Señor- e incapaz de imaginar actitudes que desconocía por completo.
Y de repente
volvió a aparecer la envidia. Una hermana, de las que habían llegado a Tortosa
con ella, convenció a otras dos de que algo prohibido ocurría en el despacho.
Los quince minutos en que aquella puerta permanecía cerrada servían como prueba
suficiente para dar pábulo a una terrible calumnia. Sin más argumentos que la
sospecha, la denunciaron a sor Estivill. Mientras tanto, un par de sacerdotes y
tres o cuatro beatas extendieron el rumor por la ciudad. De la noche a la
mañana se había desencadenado una tempestad en torno suyo, y ni siquiera se
había dado cuenta. Fue sor Rafaela, demudada y llorosa, quien se lo dij. Le
costó mucho creerlo. Y le dolió sobre todo por don José, de quien no había
recibido más que amabilidad y respeto. La misma noche en que se llevó el enorme
disgusto, desvelada y en oración profunda, decidió lavar las penas del alma de
la forma en la que el Señor quería: con el infalible y sanador perdón. Así que
a la mañana siguiente reunió en su pequeña celda de superiora a las hermanas
que la habían calumniado, se arrodilló ante ellas y les dijo:
-Hijas queridas,
no vengo a deciros palabras en mi defensa porque solo lo que ofende a Dios debe
perturbarme. En esta hora que me sabe un poco amarga, me tranquiliza y me anima
no tener fines interesados y poder asegurar así la bondad de mis actos. Solo
siento que, sin querer, haya podido escandalizaros en algo, y por eso pido
perdón humildemente.
Aquellas tres
mujeres sintieron la conmoción que produce la verdadera humildad y se ahogaron
en llanto, como si la vergüenza fuese el mar. La principal responsable de lo
que había sucedido le dijo:
-Perdóneme, madre
perdóneme… Mejor hubiera sido echarle veneno que no levantar eso contra usted,
que es ejemplar.
Pero ya las había perdonado aquella noche ante
la cruz –ella entera, en cuerpo y alma, en corazón e inteligencia-, así que las
abrazó:
-Qué día tan
bonito estamos echando a perder. Queridas hijas, vamos juntas a presentarnos
ante el Señor, vamos a la capilla a rezar.
Tal vez no bastó
aquel abrazo. Los procesos del alma de cada ser humano siguen sus propias
rutas. La hermana que había instigado la calumnia regresó a Reus al poco
tiempo, por su propia voluntad.
Supo luego que el
padre Marqués se había llevado un enorme disgusto, y le había dicho al todavía
seminarista Sebastián León:
-A mí tampoco se
me ocurrieron peligros. Solo pensé en el privilegio de explicarle los sujetos y
predicados a la madre Molas. Es una santa, la religiosa más recatada, la más
inocente de tan inmundas calumnias. Impresiona cómo vive en constante presencia
de Dios. Nunca he visto una cosa igual. Además, en esa distancia corta, es muy
graciosa, mantiene la juventud en el alma. Sabe reírse de sí misma con un humor
estupendo, no descarado sino pleno de dignidad. Ahora comprendo mejor por qué
sus hijas la quieren tanto. El secreto está ahí, no solo en el ejemplo que da
sino en la forma de ser de ella.
Por supuesto
siguió adelante con su trabajo, con su oración, con sus estudios clandestinos y
consultando al padre marqués cada vez que le hacía falta. Habían buscado
desacreditarla y encontraron aquella ocasión, pero –como decía a sus hermanas-
“trabajos son amores y no razones ni lamentos”. Eran, por cierto, palabras de
su abuela María y le emocionaba recordarlas.
Sin embargo en la
Corporación creyeron las murmuraciones. Solo sor Francisca Freixa la defendió y
en cuanto pudo habló con ella y le aclaró muchas cosas. Cuánto, cuánto dolor le
produjeron el silencio de sor Estivill, responsable directa de aquel absurdo
secreto, y del padre Carbonell que la conocía en confesión. ¿De verdad la
creían capaz de aquella oscuridad? ¿Qué tenían contra ella? ¿Era porque raba
con fervor? ¿Por qué estaba sacando adelante una tarea complicada? Si no tenía
mérito, si ella era diminuta y caminaba por el desierto… Aquel fue un dolor
inmediatamente perdonado, pero había llegado muy hondo y asomaba rebelde en sus
dolores de espalda, en las venas hinchadas de sus piernas, en los puntitos
brillantes que le aparecían ante los ojos al fijar su mirada. Era triste
reconocer que la maledicencia podía acomodarse en el interior de una comunidad
religiosa. Después de aliviar miles de tormentos y vivir dos guerras, María
Rosa presenciaba atónita el poder del mal para impregnar las más santas tareas,
cuando quienes las llevan a cabo sueltan la mano de Dios, aunque sea un
instante. Y su Corporación no deseaba sujetarse, esa era la clave.
Para remontar
aquel disgusto, se acercó más que nunca a la oración del Vía Crucis. Era para
ella una fuente de consolación a la cual dedicaba media hora cada día, aunque
tuviera que restarla al descanso. Le admiraba cómo en la Pasión están
representados y purificados todos los sufrimientos posibles del ser humano. Y
al rezarlo, decía:
-Tú sufriste,
Jesús mío, hasta los límites de lo imposible. Yo sólo conozco estos dolores
pequeños, pero te doy las gracias por ellos, que me permiten acompañarte aunque
sea tan de lejos.
La ola de
murmuraciones impulsó a las hermanas de Tortosa a redactar un documento donde
hacían constar la inocencia de su superiora y su buen ejemplo. Ella misma lo
rompió al verlo. “Los escándalos cada uno se los hace a su propia guisa”, dijo.
No era necesario darle a aquel asunto mayor importancia.
No se la había
dado don Damián, el obispo, que conocía bien la naturaleza humana y sabía
adónde tenía que mirar. Por eso confirmó al padre marqués como capellán de la
Misericordia –un puesto que desempeñó durante catorce años- y le adjudicó
nuevas tareas en la diócesis. Pero sobre todo dio un paso trascendental que
significó mucho para María Rosa: aprobó expresamente su trabajo y le ofreció su
protección. Poco después, cuando ella le solicitó por escrito la facultad de
conservar al Santísimo en la capilla de la Casa de Misericordia, se lo
concedió. Qué emoción tan grande fue, a partir de entonces, permanecer de rodillas,
absorta ante el Cuerpo de Cristo, y que la Casa de Misericordia fuese ya, más
que nunca, Su casa.
No cabía duda: La
Madre Iglesia tendía los brazos a aquella comunidad y a su humilde superiora
para que dejaran de ser huérfanas. La generosidad de don Damián se tradujo para
ella en muchas noches de vigilia, durante las cuales su corazón descifraba los
mensajes ocultos en los Salmos:
Si
el Señor no construye la casa,
En vano se cansan los
albañiles;
Si el Señor no guarda la
ciudad,
En vano vigilan los
centinelas.
En las tareas de consolación y caridad no
había lugar para el individualismo. Era el Señor quien debía cimentarlas.
¿Acaso no se consideraban ellas hermanas en la fe? Pues entonces no podían ser
más que hijas obedientes de la Iglesia de Cristo. El delta de su camino deseaba
ya desprenderse del limo y unirse al mar.
Tampoco hubo
consecuencias de la calumnia ante don Antonio Gonzaléz y el ayuntamiento de
Tortosa, que se acercaron en aquellos días para ofrecerle una nueva tarea de
beneficencia: La renovación del Hospital de la Santa Cruz. Era una institución
histórica en la ciudad y se encontraba en un estado lamentable. Aceptó, con
permiso de su superiora general, pocos días antes de su examen de ingreso al
magisterio.
El 9 de febrero
de 1852 expuso sus temas ante la Comisión examinadora de Tarragona y obtuvo su
título oficial de maestra con un “notable” estupendo, pero un poquito insípido
después de tanto sufrimiento. Enseguida volvió a arremangarse y a trabajar.
Los ecos de aquel
triste episodio se diluyeron tan de prisa como un puñado de tierra en el Ebro.
Solo hubo consecuencias para sus autores, que sufrieron. María rosa lo sintió
sinceramente por ellos y por quienes confiaban en ellos. Así lo dijo al resto
de las hermanas: “Me duele el daño del ejemplo”. Tortosa, sin embargo,
pronunció otras palabras: “El nombre de María Rosa Molas merece aplauso como
inteligente e inquebrantable en el ejercicio de su persona”.
Poco después, en
el mes de mayo, sor Estivill accedió al cambio de hábito después de un segundo
requerimiento del visitador de los Paules. Ella recordaba muy bien el momento
en que estrenaron el nuevo, con él se vestirían después la Hermanas de la
Consolación: una túnica recta y negra con pechera almidonada de hombro a
hombro, y una toca sencilla, sin alas , de velo negro cobre una cofia blanca.
Aquel hábito la acompañó al cruzar por primera vez el umbral del Hospital de la
Santa Cruz, otro lugar de tristeza y desidia que levantar en lo terreno y hacia
el cielo.
Tres nuevas
hermanas llegaron de Reus para realizar un duro trabajo de acondicionamiento y
atención a los enfermos. Tres nuevas hijas a las que orientar y apoyar. A ellas
les decía:
-Todo sea siempre
para gloria de Dios y bien de los prójimos, nada para nosotras.
Dios, todo,
siempre, bien, prójimo… Las palabras de su vida.
-------------------------------------------------------------------------------------------------
En 1851 había ya
cinco comunidades que dependían de sor Luisa Estivill como superiora general de
la Corporación: el hospital y la Casa de Caridad en Reus, la de la Misericordia
y el colegio de Tortosa, y una Beneficencia en Tarragona, recién inaugurada.
Seguían, por supuesto, separadas de la autoridad eclesiástica y sumaban ya
muchos años de desobediencia a su congregación originaria. Tantos que las Hijas
de San Vicente de Paúl decidieron actuar con más energía. Como primer paso, su
visitador general exigió el abandono del hábito que sor Estivill había conservado
sin modificaciones. Lo hizo en una carta dirigida nada menos que al ministro de
la Gobernación.
… O las hermanas
disidentes de Reus y Tortosa se someten a mi dirección, como todas las demás
Hijas de la Caridad, o que sirvan en buena hora a los pobres con total
independencia, pero usando un traje que en modo alguno pueda equivocarlas nadie
con las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul.
María Roda
recordaba aún el escrito porque efectivamente, aquella situación irregular le
hacía sufrir cada vez más. Sin embargo, sor Estivill respondió a la
requisitoria con el silencio. La junta municipal de Reus, temerosa de perder a
las servidoras de sus institutos de beneficencia, la respaldó y defendió ante
los Paúles. Al alejarse de las autoridades religiosas, las civiles se habían
convertido en el único pilar en que podía apoyarse aquella mujer obstinada.
En Tortosa el
trabajo seguía, y la necesidad de consolación era inagotable. La ciudad veía
afanarse cada día a la madre Molas. Se sentía querida y respetada; su fama
trascendía. Era fama de santidad, sí, pero a ella le mortificaba y pedía perdón
al Señor por sus carencias. Aquel delta
de su camino, tan ancho y tan cargado de riqueza como el cercano Ebro, iba a
desembocar muy pronto en un nuevo mar. Sin embargo antes la esperaba un momento
difícil. En la confesión general previa a recibir el Santo Viático, no lo había
dejado de lado. Además, el padre Sebastián León había sido testigo. Ella
perdonó enseguida a las protagonistas, y de todo corazón, pero incluso en el
umbral de la Casa del padre recordaba el sufrimiento.
A mediados de
1851, sor Estivill y el padre Carbonell creyeron necesario salvaguardar el
colegio de Tortosa de los cambios políticos. Al fin y al cabo, que la
Corporación dirigiese un centro educativo municipal era un gran avance. Como
primera medida, llamaron a María Rosa y le ordenaron que consiguiera el título
oficial de maestra en la convocatoria de aquel mismo año “con el fin de
mantener la estabilidad de su puesto mejor que con el nombramiento interino”.
Ella les dijo que obedecería, desde luego, pero se quedó preocupada: estudiar
una oposición bastante seria en apenas cinco meses era muy difícil. Si para
cualquiera hubiese sido un reto, para quien sacaba adelante a diario dos
instituciones muy complejas se trataba de un mandato abrumador. Por supuesto,
dedicaría horas a prepararla como fuese. Sin embaro, la orden iba acompañada de
otra, muy extraña, cuya causa no le explicaron:
-Tendrás que
guardar secreto absoluto. No podrás decirle a nadie que estás estudieando, ni
siquiera a tu confesor en Tortosa.
El trasfondo de
aquel mandato sonaba a corte de alas, a prueba encubierta. “¿Por qué?, se
preguntó, pero enseguida rechazó aquel pensamiento. “Debemos ser tan obedientes
que lo dejemos todo por esa virtud. Quien no tiene espíritu de obedecer, no
tiene vocación religiosa”. Así hablaba a sus hijas y eso debía mantener cuando
le tocaba a ella, aunque fuese una obediencia tan trabajosa. Por tanto, preparó
con absoluto sigilo la matrícula del examen y el resto de los documentos. Debía
presentarlos en Tarragona, ante la comisión Provincial de Educación, y las
excusas que tuvo que poner para el viaje le repugnaron. Allí mismo, en la
Escuela Normal, que ocupaba parte del antiguo convento de San Francisco, compró
los libros de estudio. Al abrirlos, se encontró con que tenía muchísimas
lagunas en el conocimiento. A los treinta y seis años, veinte después de haber
sido alumna de don Mariano Ríus, con experiencia como maestra de niñas pequeñas
para leer y contar, y de mayorcitas para bordar y coser, se enfrentaba a un
temario en el cual se hablaba de geometría, de análisis sintáctico, de
geografía, de historia natural… Necesitaba ayuda, necesitaba un preparador o
jamás aprobaría el examen. Y en esto no hubiera habido dificultad, cualquier
maestro de la Escuela de niños le hubiera echado una mano, salvo que ¿no podía
decírselo a nadie!
La Casa de
Misericordia contaba con un director administrativo que también ejercía como
capellán. Era don José Marqués, un sacerdote de treinta años, natural de
Tortosa, muy estimado y laborioso, que entendía de números y colaboraba
directamente con el obispo. Como por el volumen de asilados y la complejidad de
la economía hacía falta un contable, don José pasaba todas las tardes un rato
en el despacho, supervisando las cuentas y anotando en los libros. Ella
comprendió que era la persona adecuada para aclararle dudas y estuvo
reflexionando sobre la manera de pedirle ayuda sin traicionar su voto de obediencia.
Después de darle muchas vueltas, se decidió por fin.
-Padre, no quiero
molestarle, pero… necesito desempolvar algunas lecciones y aprender otras. ¿Le
importaría mucho si, de vez en cuando, le consulto dudas sobre aritmética o
gramática?
-Por supuesto que
no, madre María Rosa. Aquí me tiene a su disposición.
- ¿Tendría la
caridad de explicarme ahora, en un vuelo, el principio de Arquímedes?
-Desde luego.
Siéntese un momento, que con el despeje que usted tiene no vamos a tardar nada.
Pero no deja de asombrarme, madre. Le interesa Arquímedes mientras lleva
adelante esa el Colegio y esta Casa. Como es tan humilde, se esconde usted
detrás de sus sábanas para remendar y sus perolas de dulce membrillo, pero no
puede ocultar que tiene un alma gigantesca.
-Padre, por Dios.
Entonces aquel bueno de Arquímedes…
Y don José se
había sonreído porque sabía que ella padecía con las alabanzas.
-Verá, se trata
de calcular la cantidad de líquido que se desplaza hacia arriba cuando se sumerge
un objeto en un recipiente. Es la fórmula que explica por qué flotan los
barcos.
En efecto se
enteró enseguida. Durante un par de semanas echó un ratito cada tarde con el
padre Marqués, tranquila, concentrada en la explicación como de niña, y con la
puerta del despacho cerrada para mantener el secreto sobre algo que, en sí
mismo, carecía de importancia. No vio el peligro. Nunca hubiera podido verlo
porque era casta en sumo grado –no por sus fuerzas sino porque así lo había
querido el Señor- e incapaz de imaginar actitudes que desconocía por completo.
Y de repente
volvió a aparecer la envidia. Una hermana, de las que habían llegado a Tortosa
con ella, convenció a otras dos de que algo prohibido ocurría en el despacho.
Los quince minutos en que aquella puerta permanecía cerrada servían como prueba
suficiente para dar pábulo a una terrible calumnia. Sin más argumentos que la
sospecha, la denunciaron a sor Estivill. Mientras tanto, un par de sacerdotes y
tres o cuatro beatas extendieron el rumor por la ciudad. De la noche a la
mañana se había desencadenado una tempestad en torno suyo, y ni siquiera se
había dado cuenta. Fue sor Rafaela, demudada y llorosa, quien se lo dij. Le
costó mucho creerlo. Y le dolió sobre todo por don José, de quien no había
recibido más que amabilidad y respeto. La misma noche en que se llevó el enorme
disgusto, desvelada y en oración profunda, decidió lavar las penas del alma de
la forma en la que el Señor quería: con el infalible y sanador perdón. Así que
a la mañana siguiente reunió en su pequeña celda de superiora a las hermanas
que la habían calumniado, se arrodilló ante ellas y les dijo:
-Hijas queridas,
no vengo a deciros palabras en mi defensa porque solo lo que ofende a Dios debe
perturbarme. En esta hora que me sabe un poco amarga, me tranquiliza y me anima
no tener fines interesados y poder asegurar así la bondad de mis actos. Solo
siento que, sin querer, haya podido escandalizaros en algo, y por eso pido
perdón humildemente.
Aquellas tres
mujeres sintieron la conmoción que produce la verdadera humildad y se ahogaron
en llanto, como si la vergüenza fuese el mar. La principal responsable de lo
que había sucedido le dijo:
-Perdóneme, madre
perdóneme… Mejor hubiera sido echarle veneno que no levantar eso contra usted,
que es ejemplar.
Pero ya las
había perdonado aquella noche ante la cruz –ella entera, en cuerpo y alma, en
corazón e inteligencia-, así que las abrazó:
-Qué día tan
bonito estamos echando a perder. Queridas hijas, vamos juntas a presentarnos
ante el Señor, vamos a la capilla a rezar.
Tal vez no bastó
aquel abrazo. Los procesos del alma de cada ser humano siguen sus propias
rutas. La hermana que había instigado la calumnia regresó a Reus al poco
tiempo, por su propia voluntad.
Supo luego que el
padre Marqués se había llevado un enorme disgusto, y le había dicho al todavía
seminarista Sebastián León:
-A mí tampoco se
me ocurrieron peligros. Solo pensé en el privilegio de explicarle los sujetos y
predicados a la madre Molas. Es una santa, la religiosa más recatada, la más
inocente de tan inmundas calumnias. Impresiona cómo vive en constante presencia
de Dios. Nunca he visto una cosa igual. Además, en esa distancia corta, es muy
graciosa, mantiene la juventud en el alma. Sabe reírse de sí misma con un humor
estupendo, no descarado sino pleno de dignidad. Ahora comprendo mejor por qué
sus hijas la quieren tanto. El secreto está ahí, no solo en el ejemplo que da
sino en la forma de ser de ella.
Por supuesto
siguió adelante con su trabajo, con su oración, con sus estudios clandestinos y
consultando al padre marqués cada vez que le hacía falta. Habían buscado
desacreditarla y encontraron aquella ocasión, pero –como decía a sus hermanas-
“trabajos son amores y no razones ni lamentos”. Eran, por cierto, palabras de
su abuela María y le emocionaba recordarlas.
Sin embargo en la
Corporación creyeron las murmuraciones. Solo sor Francisca Freixa la defendió y
en cuanto pudo habló con ella y le aclaró muchas cosas. Cuánto, cuánto dolor le
produjeron el silencio de sor Estivill, responsable directa de aquel absurdo
secreto, y del padre Carbonell que la conocía en confesión. ¿De verdad la
creían capaz de aquella oscuridad? ¿Qué tenían contra ella? ¿Era porque raba
con fervor? ¿Por qué estaba sacando adelante una tarea complicada? Si no tenía
mérito, si ella era diminuta y caminaba por el desierto… Aquel fue un dolor
inmediatamente perdonado, pero había llegado muy hondo y asomaba rebelde en sus
dolores de espalda, en las venas hinchadas de sus piernas, en los puntitos
brillantes que le aparecían ante los ojos al fijar su mirada. Era triste
reconocer que la maledicencia podía acomodarse en el interior de una comunidad
religiosa. Después de aliviar miles de tormentos y vivir dos guerras, María
Rosa presenciaba atónita el poder del mal para impregnar las más santas tareas,
cuando quienes las llevan a cabo sueltan la mano de Dios, aunque sea un
instante. Y su Corporación no deseaba sujetarse, esa era la clave.
Para remontar
aquel disgusto, se acercó más que nunca a la oración del Vía Crucis. Era para
ella una fuente de consolación a la cual dedicaba media hora cada día, aunque
tuviera que restarla al descanso. Le admiraba cómo en la Pasión están
representados y purificados todos los sufrimientos posibles del ser humano. Y
al rezarlo, decía:
-Tú sufriste,
Jesús mío, hasta los límites de lo imposible. Yo sólo conozco estos dolores
pequeños, pero te doy las gracias por ellos, que me permiten acompañarte aunque
sea tan de lejos.
La ola de murmuraciones impulsó a las
hermanas de Tortosa a redactar un documento donde hacían constar la inocencia
de su superiora y su buen ejemplo. Ella misma lo rompió al verlo. “Los
escándalos cada uno se los hace a su propia guisa”, dijo. No era necesario
darle a aquel asunto mayor importancia.
No se la había
dado don Damián, el obispo, que conocía bien la naturaleza humana y sabía
adónde tenía que mirar. Por eso confirmó al padre marqués como capellán de la
Misericordia –un puesto que desempeñó durante catorce años- y le adjudicó
nuevas tareas en la diócesis. Pero sobre todo dio un paso trascendental que
significó mucho para María Rosa: aprobó expresamente su trabajo y le ofreció su
protección. Poco después, cuando ella le solicitó por escrito la facultad de
conservar al Santísimo en la capilla de la Casa de Misericordia, se lo
concedió. Qué emoción tan grande fue, a partir de entonces, permanecer de
rodillas, absorta ante el Cuerpo de Cristo, y que la Casa de Misericordia fuese
ya, más que nunca, Su casa.
No cabía duda: La
Madre Iglesia tendía los brazos a aquella comunidad y a su humilde superiora
para que dejaran de ser huérfanas. La generosidad de don Damián se tradujo para
ella en muchas noches de vigilia, durante las cuales su corazón descifraba los
mensajes ocultos en los Salmos:
Si el Señor no
construye la casa,
En vano se cansan
los albañiles;
Si el Señor no
guarda la ciudad,
En vano vigilan
los centinelas.
En las tareas de
consolación y caridad no había lugar para el individualismo. Era el Señor quien
debía cimentarlas. ¿Acaso no se consideraban ellas hermanas en la fe? Pues
entonces no podían ser más que hijas obedientes de la Iglesia de Cristo. El
delta de su camino deseaba ya desprenderse del limo y unirse al mar.
Tampoco hubo
consecuencias de la calumnia ante don Antonio Gonzaléz y el ayuntamiento de
Tortosa, que se acercaron en aquellos días para ofrecerle una nueva tarea de
beneficencia: La renovación del Hospital de la Santa Cruz. Era una institución
histórica en la ciudad y se encontraba en un estado lamentable. Aceptó, con
permiso de su superiora general, pocos días antes de su examen de ingreso al
magisterio.
El 9 de febrero
de 1852 expuso sus temas ante la Comisión examinadora de Tarragona y obtuvo su
título oficial de maestra con un “notable” estupendo, pero un poquito insípido
después de tanto sufrimiento. Enseguida volvió a arremangarse y a trabajar.
Los ecos de aquel
triste episodio se diluyeron tan de prisa como un puñado de tierra en el Ebro.
Solo hubo consecuencias para sus autores, que sufrieron. María rosa lo sintió
sinceramente por ellos y por quienes confiaban en ellos. Así lo dijo al resto
de las hermanas: “Me duele el daño del ejemplo”. Tortosa, sin embargo,
pronunció otras palabras: “El nombre de María Rosa Molas merece aplauso como
inteligente e inquebrantable en el ejercicio de su persona”.
Poco después, en
el mes de mayo, sor Estivill accedió al cambio de hábito después de un segundo
requerimiento del visitador de los Paules. Ella recordaba muy bien el momento
en que estrenaron el nuevo, con él se vestirían después la Hermanas de la
Consolación: una túnica recta y negra con pechera almidonada de hombro a
hombro, y una toca sencilla, sin alas , de velo negro cobre una cofia blanca.
Aquel hábito la acompañó al cruzar por primera vez el umbral del Hospital de la
Santa Cruz, otro lugar de tristeza y desidia que levantar en lo terreno y hacia
el cielo.
Tres nuevas
hermanas llegaron de Reus para realizar un duro trabajo de acondicionamiento y
atención a los enfermos. Tres nuevas hijas a las que orientar y apoyar. A ellas
les decía:
-Todo sea siempre
para gloria de Dios y bien de los prójimos, nada para nosotras.
Dios, todo,
siempre, bien, prójimo… Las palabras de su vida.
-------------------------------------------------------------------------------------------------
-Entre los
alumnos no tengan distinciones, y si alguna ha de haber, tomen a los más despreciables
y busquen a los más humildes, con recta intención.
Más serio fue el
problema creado por una señorita de buena familia que se convirtió en
detractora feroz de los métodos que seguían las hermanas, y la tomó especialmente
con ella, a quien criticaba en todas partes. Ante el asombro de la comunidad,
esta vez tampoco quiso defenderse. Y se lo dejaba claro a sus hijas:
-No se excusen de
nada, aunque las calumnien de una muerte.
Y ellas entendían que la Madre imitaba a Jesús
ante sus jueces, y además permitía al tiempo ejercer su función de mensajero de
la verdad. Mejor que ocuparse en vanidades era sentirse unida cotidianamente a Jesús
coronado de espinas. Ya les había advertido en varias ocasiones:
-Meditemos la
Pasión, que es manjar predilecto de los mayores santos.
Tuvo que
solucionar también el episodio algo chusco, de un político que fue al hospital
a elaborar el censo, encontró a las hermanas enfrascadas en un millón de
tareas, se sintió desairado porque no le prestaban suficiente atención y elevó
una queja ante el pleno del ayuntamiento. Ella le envió una carta de discípula,
reconociendo los errores desde la mayor humildad porque cualquier crítica a sus
hijas la vivía como suya. A las hermanas les advirtió que, por muy susceptible
que fuese aquel caballero, el momento de descortesía no debía repetirse.
-Recordad que
somos religiosas y nuestra conducta está a la vista de Dios y de los hombres.
El mundo recibe gran escándalo de cualquier imperfección de na religiosa.
Y se encontró con
que le respondieron:
-Madre parece que
estamos oyendo a Teresa de Jesús. Casi desea ser una reprendida para gozar del
fruto de escucharla, que se sale de aquí más fervorosa que de la oración.
Ella sabía que en
el interior de las personas existen desiertos. Tenía el suyo propio, así que
cómo no iba a comprender los ajenos. Por eso mandaba como si rogase, reprendía
como si fuese culpable y con frecuencia era la primera en llorar. La humildad
era la verdad. Y ella había prometido a Dios mantenerse en la verdad siempre.
Por entonces, una
gran crecida del Ebro, que anegó los arrabales y huertos de las orillas y se
llevó consigo muchas vidas humanas, aumentó las tareas de consolación. Aunque
se desvivía por los enfermos, al serla superiora muchos asuntos burocráticos le
restaban tiempo, la obligaban a visitar despachos, a ejercer sus modos de
señora para persuadir a políticos y gestores. A veces terminaba agotada, pero
otras, después de hablar con algún concejal que se creía rey, recordaba los
tiempos en que perseguía morosos por las casas de Reus y se sonreía por dentro.
Aun así, cada jornada abrazaba las horas de encontrarse con su Amado en la
oración, y se postraba ante el crucifijo de rodillas, siempre de rodillas –también
durante las misas y oraciones en común-, cada vez más concentrada, cada vez en
mayor vuelo, con más esfuerzo al despedirse de Él.
-------------------------------------------------------------------------------
El 28 de junio,
el general O’Donnell encabezó un pronunciamiento contra el gobierno moderado
que presidía el conde de San Luis. Las tropas de uno y otro bando se
enfrentaron a las afueras de Madrid, en una localidad llamada Vicálvaro, lo que
bautizo para siempre aquella jornada de Vicalvarada. Por medio se dirimían las
ambiciones de Narváez, Ríos Rosas o el incombustible Espartero. Después de
escaramuzas, asaltos y combates, un joven político emergente, Antonio Cánovas
del Castillo, redactó un manifiesto que planteaba “la conservación del trono
sin caramilla que lo deshonre, la rebaja de los impuestos, la restauración de
las milicias nacionales y la regeneración liberal”. Dio comienzo así, por
tanto, el que se denominó Bienio liberal. Mientras tanto, Cataluña iniciaba una
segunda fase de la revolución. El 15 julio se convocó en Barcelona la primera
jornada de huelga de la historia de España, encabezada por los obreros de la
industria textil a causa de las selfactinas, máquinas hilar automáticas que
amenazaban con dejarlos sin empleo. Aunque también por primera vez, se habían
establecido sociedades obreras que representaban los intereses de los
trabajadores ante los dueños de las fábricas, la jornada desembocó en una
gravísima algarada en la cual fueron asesinados un empresario y su familia, e
inmediatamente fusilados los agresores.
A mediados de
julio se declaró una epidemia de cólera. Así se denominaba ya la antigua peste
azul de triste recuerdo para maría Rosa. Quince días después del primer caso,
habían fallecido ya dos mil personas, una incidencia mayor que la de 1834. El
28 de julio, Espartero consiguió de nuevo el poder. El 30, las autoridades de
Tortosa se pronunciaron oficialmente a su favor. Como consecuencia de
desencadenó un violento motín popular, azuzado por los problemas de desempleo y
el terror a la enfermedad. Muy pronto se congregó a las puertas del
ayuntamiento una multitud que exigía la supresión de los impuestos municipales.
-¡Abajo los
consumos! ¡Fuera la injusticia!
A ella, que
estaba en la Casa de Misericordia, le llegó enseguida la noticia.
Inmediatamente reunió a los asilados en la capilla para rezar. Daba gracias a
Dios porque el verano hubiera interrumpido las clases en la escuela, y
encomendaba una vez más al Señor la salud de los coléricos que atendían en el
hospital. Mientras tanto, varios centenares de personas se habían concentrado
en el ayuntamiento, y proferían amenazas de muertes contra el alcalde y los
concejales. Estaban ya a punto de atacar la puerta principal cuando apareció
ante ellos el obispo don Damián, pálido y doliente el rostro bondadoso. Iba sin
mitra ni báculo, con la sotana más sencilla y en la única compañía de uno de
sus sobrinos. Toda Tortosa sabía que estaba muy enfermo y, de hecho, respiraba
con dificultad. Sin embargo, se irguió y, mirando de frente a los exaltados,
les tendió las manos con un gesto de súplica. Su presencia de hombre santo
acalló en el acto al griterío. Entonces habló con una voz tan clara que no
parecía surgir de aquel cuerpo frágil sino del espíritu:
-¡Hijos de
Tortosa, por el amor de Dios, que cese este furor! ¡Nada conseguiréis con la
violencia! ¡Yo mismo voy a interceder por lo que pedís! ¡Calmaos!
Buena parte de
los grupos, al escucharlo, se disolvieron en silencio. Sin embargo quedaron
allí los más violentos, que le increparon e hicieron ademán de arrojarle
piedras hasta que su sobrino lo alejó. Comenzaron entonces a romper las puertas
a martillazos y por fin consiguieron entrar en el edificio. El alcalde y los
concejales, que se encontraban reunidos en el salón de plenos, lograron escapar
por el tejado. Y solamente el secretario municipal, un hombre bajito de piel
cetrina y solemne bigote, permaneció allí, a pie firme, para defender el honor
de los servidores públicos.
¿Adónde van
Ustedes? ¡Así no se entra aquí!
María Rosa se
enteró al momento y se abismó en la oración, pero quiso leer al día siguiente
la crónica de aquel suceso:
Don Antonio
González, persona bondadosísima y de una honradez intachable, sale al rellano
del último tramo de la escalera para calmar los ánimos de los sediciosos, pero
estos lo asesinan cobardemente, lo arrastran hasta el puente de barcas y lo
tiran al río. Después se apoderan de los fondos de las arcas municipales. El
obispo don Damián Gordo, exponiendo su vida, recorre las calles aconsejando a
los revoltosos que depongan su actitud. El día 31 se organiza la milicia
nacional, acabándose los actos de salvajismo que, horrorizada, presenció
Tortosa. (Acta del ayuntamiento de Tortosa, 31 julio 1854)
De nuevo el odio,
de nuevo la violencia, pero además un profundo dolor por la muerte
incomprensible de aquel bienhechor, su primer y gran aliado en la ciudad, por
quien sentía un inmenso afecto. “¿Tan hondamente arraiga el mal en el corazón
de los hombres? ¿Qué sientes al vernos cometer estas atrocidades? ¿Dónde estás
Tú cuando hay guerra, Señor? En el Calvario, muriendo también”.
La ausencia de
don Antonio se notó enseguida. Con aquel enamorado de la Casa de Misericordia y
del trabajo de la madre Molas se había marchado un inmenso apoyo. La nueva
corporación municipal se propuso reducir los gastos e inmediatamente apuntó a
la educación, eterna secundaria de todas las políticas. Ella recibió un oficio
en el cual le planteaban que las hermanas –cuyo salario era de dieciséis reales
diarios, cuatro cada una- debían abandonar el colegio por motivos de ajuste
económico; a cambio contratarían a una maestra y su ayudante por seis reales
diarios cada una. A vuelta de correo, rogó con toda humildad que se tuviera en
cuenta la competencia como maestras de aquellas hermanas y el amor a las niñas
del cual daban tantas pruebas. “Si no pueden mantenerse las cuatro por falta de
dinero para sus sueldos, permitan quedarse a dos; y si les parece que las
cuatro merecen continuar su tarea, págueseles lo que se pensaba dar a las
sustitutas, pero por caridad no supriman una enseñanza que sirve a las alumnas
y hace mucho bien a Tortosa”. Le respondieron que aplazaban temporalmente la
decisión. Redobló la oración y las mortificaciones que nadie veía pero la
dejaban muchas horas en ayunas. Sin embargo, confiaba en la providencia y en
las hermanas, cuyo trabajo hablaba por sí mismo. Las familias, de forma
unánime, las apoyaron. Y poco después el nuevo alcalde confirmó oficialmente
que continuarían al frente del colegio.
“Aún recuerdo la
alegría que me llevé, tal vez una de las mayores de mi vida. Una vez más, el
Señor inclinaba la balanza hacia nosotras, gratis, sin que yo lo mereciera”.
Cuando, el 24 de
diciembre de aquel año de penas, falleció el obispo don Damián, ella sintió con
más profundidad que nunca el impulso de acercarse a la iglesia. “Cómo es
posible que, siendo religiosas en todas las manifestaciones de nuestra vida,
estemos desamparadas; cómo es posible que hoy no podamos llorar a don Damián
como a un padre, ni compartir el dolor unidas a su rebaño. Señor, te escucho
con claridad: me estás diciendo que debo intervenir en esta situación, por la
comunidad y por mi propia paz interior. Debo intentar que sor Estivill ceda”.
Se había decidido
y lo cumpliría. Sin embargo, aparecía en el horizonte una nueva y grave
preocupación, esta vez tan cercana que latía en su propia sangre. Se torcían
las cosas para su hermano José. Aquel emprendedor, decidido y valiente, no
había llegado a convertirse en el nuevo Simón Bolívar, como soñaba de pequeño,
pero sí en el industrial de primera línea y figura relevante en la vida
barcelonesa. De hecho era concejal del Distrito VI de la ciudad. Además,
presidía la Fundición Barcelonesa de Bronces y otros metales, primera sociedad
anónima creada en España. Se había convertido en un magnate, avispado para los
negocios, que conocía perfectamente en el entramado económico. Pero además era
un artista del metal cuya obra decoraba las mejores casas y aparecía alabada en
los periódicos.
Al llegar 1855,
sin embargo, la Fundición Barcelonesa, asfixiada por la especulación y por una
gestión atolondrada, repleta de irregularidades, entró en quiebra. José –siempre
generoso- cargó sobre sus hombros toda la responsabilidad de cara a los
accionistas. Cuando aquel emporio, aquel sueño suyo, se vino abajo, se vio
obligado a dimitir de la presidencia y a responder ante la ley sobre graves cargos
de corrupción. En un impulso que ni siquiera pudo explicar ante su querida
Doloretes, se decidió a huir de Barcelona para exiliarse en Francia. Lo hizo
antes de ser juzgado, como un forajido, dando la razón a quienes lo acusaban.
Todo y nada, subir y caer… “Por qué, hermano mío, por qué?”.
María rosa que le
escribió mucho durante aquel periodo, no quiso contárselo a nadie de Tortosa.
Evidentemente, en Reus todos lo sabían. Sufrió en silencio pero muy
profundamente, con dolor en las entrañas, y rezó con más fuerza que nunca por
el bien de su hermano.
“José, querido,
cuánto pedí al Señor entonces que vivieras aquella triste experiencia como un
accidente, igual a cualquier otro de la vida; como una vicisitud que el Señor
te mandaba para probar tu paciencia, para aumentar tu mérito, y tal vez para
que aprendieras humildad. Cuánto deseé que aquel sufrimiento y aquella
vergüenza terminaran por convertirse en serenidad y alegría. Que al final
comprendieras la misteriosa prueba de bendición y amistad de Dios que hay en
todas las quebraduras de la vida”.
Estaba segura de
que, en el cielo, José Molas padre y María Vallvé intercedían por aquel hijo a
quien el dinero y la fama habían herido. Solo compartió su tristeza con Antón.
Él seguía viviendo de su trabajo en el taller del carrer Padró, con muchos
hijos y algún nieto, sin lujos, más tranquilo que José, más feliz.
Otra persona, muy
cercana y muy relevante para ella, afrontaba también momentos difíciles, pero
esta vez anunciados ya desde hacía mucho tiempo. Sor Luisa Estivill veía
desmoronarse su obra.
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Al comenzar 1857,
llegaron a Tortosa noticias preocupantes y confusas sobre una grave crisis de
la Corporación. El ayuntamiento de Reus anunciaba, para el curso siguiente, la
supresión de la escuela de niñas de la Casa de Caridad.
Sor Estivill
había perdido la confianza de las autoridades civiles y se veía obligada a
suplicar que le mantuvieran la subvención del resto de las instituciones. Poco
antes se había cerrado de forma precipitada la comunidad bajo su obediencia. La
situación era muy grave venía de lejos: del proio origen de la Corporación, con
la traumática separación de las Hijas de la Caridad y la constante negativa a
reintegrarse; del gobierno absoluto de sor Estivill, que no obedecía a ningún
superior puesto que la autoridad eclesiástica no lo era para ella. Provenía
también de una desmoralización interna que maría Rosa conocía bien porque la
había presenciado en tres de sus propias hijas durante el periodo de la
calumnia. Era inevitable que unas mujeres que vivían sus votos como religiosas,
oraban y trabajaban como religiosas, pero no estaban seguras de serlo,
sufriesen graves crisis de identidad. La propia sor Estivill veía acercarse a
la Corporación muchas vocaciones ilusionadas que, al conocer su indefinición,
se marchaban a verdaderas congregaciones.
A las hermanas
de Tortosa, muy unidas en torno a su superiora y muy nutridas por su amor y su
ejemplo, les dolía la consideración de “señoritas” que empleaban quienes
querían criticarlas. Aquella comunidad, además, crecía en el entorno fértil de
una sede episcopal en la que habitaban muchos sacerdotes y prosperaban los
institutos religiosos. La iglesia tortosina era un Cuerpo, una familia, de la
que ellas formaban parte fundamental por la tarea de caridad, pero secundaria
por la ambigüedad de su situación.
“Señor, dulzura
mía, así me condujiste a la verdadera encrucijada de mi vida. No fue la tarde
en que planteé a mi padre la vocación, ni el momento en que abandoné mi casa,
ni siquiera cuando pisé Tortosa por primera vez. Fue aquel final del invierno
de 1857, cuando mi alma pequeña, vulnerable, sintió cómo la tomabas de la mano,
y escuché de Tus labios una frase estremcedora: “María Rosa, adelante. Para eso
has nacido”.
Por eso he dicho: Aquí estoy,
Tal como el libro dice de mí.
Me agrada cumplir tu voluntad, Dios mío;
Llevo tu enseñanza en el corazón.
Consultó en primer lugar con sacerdotes en quienes confiaba,
entre ellos don Ángelo Sancho, el nuevo vicario capitular, quien se encargó de
informar al arzobispo de Tarragona. Reunió luego a todas sus hermanas y les
pidió consejo. Ellas la apoyaron. Sor Catalina, que pertenecía a la comunidad
del colegio, le dijo:
-Madre, nos ha
exhortado siempre a dos cosas importantes: a ser muy caritativas y a tener
mucha unión entre nosotras. Pues unidas en torno suyo estamos.
-Gracias hijas. Vamos
a por ello entonces. Y apreciemos mucho nuestro estado, pues ser llamadas a la
vida religiosa es como escogernos para el cielo.
Por supuesto, la
obediencia y la lealtad seguían estando en primer lugar para ella, así que,
como estaba acostumbrada desde niña a planificar bien las cosas, trazó una ruta
con sus puntos de inflexión. El primero era convencer a sor Estivill de la
necesidad de reintegrarse a la Iglesia. Escribió a Reus pero no recibió
respuesta. Se decidió entonces a emprender el viaje. “Tuve, lo recuerdo muy
bien, una sensación curiosa: había salido de allí varios años atrás para
arreglar algo que se destruía, y regresaba con la misma tarea. Sólo podía
repetirme que todo lo vencería con el auxilio divino”.
Sor Luisa
Estivill ya no era la mujer capaz de pedirle un “alto el fuego” al general
Zurbano. La trasformación era tan notoria que María Rosa se estremeció al
verla. Sus ojos, siempre punzantes de fiereza y determinación, aparecían
inmóviles, como las agujas de un reloj sin cuerda. Faltaba la perpetua tensión
por la caridad, y en su lugar quedaban solo unas chispas de sarcasmo y dureza,
que en tiempos habían sido “las cosas de sor Estivill”, y ahora se hacían
dolorosas de contemplar.
-A ver, la
embajadora de Tortosa…
-Madre, no he
venido de visita. En nombre de mis hermanas me presento ante usted humildemente
para cumplir con mi responsabilidad.
-Vaya preámbulo.
Sor María Rosa siempre tan fina.
Qué triste estaba
sor Estivill por dentro. En aquel instante lo vio claramente y se compadeció de
ella.
No la voy a
entretener con rodeos, sé que nunca le han gustado. Esto es lo que he venido a
decirle, madre: la Corporación debe transformarse sin tardanza en un verdadero
instituto religioso. Nuestra tarea de caridad, nuestros votos de vida y el
Señor mismo nos lo exigen.
-¿Y qué es lo que
exigen exactamente?
-Que anudemos
cuanto antes los antiguos vínculos con las Hijas de la Caridad o que nos
pongamos bajo la autoridad de la Iglesia como una nueva congregación. Si esto
es lo que decide, madre, el arzobispo de Tarragona nos espera para iniciar los
pasos.
Sor Luisa
contestó, pero su respuesta fue tan amarga, tan cargada de burla y desprecio
que ella –para perdonar a su superiora y mantenerla en el lugar que merecía
dentro de su corazón- intentó olvidar enseguida sus palabras. Y las había
olvidado. Todas, menos una que le dirigió con ironía: “fundadora”. Al
escucharla le había temblado el corazón.
Regresó a Tortosa
muy triste pero muy serena. Ahora veía que las circunstancias eran
determinantes. Y no solo para ella, para sus hijas también. En los dos
platillos de una imperiosa balanza se encontraban, de un lado, una ruptura
dolorosa con la Corporación, que se hundía por falta de cimientos; del otro,
una comunidad viva y pujante, con profundo deseo de unirse a la Iglesia. La
elección estaba clara. Pero, una vez tomada, ¿cómo cumplirla? ¿Retornarían a
las Hijas de la Caridad con quienes nunca habían vivido? No, aquel paso
decisivo deberían darlo hacia delante. ¿Y quién lo daría? La palabra que le
había dicho sor Estivill regresó a sus oídos, pero despojada de todo sarcasmo,
limpia y redonda: fundadora. Ella, la Doloretes que jugaba a ser santa Teresa
en el patio. “¿Por qué? ¿Por qué yo, Señor? Si soy indigna, si soy pequeña, si
arece que valgo y no valgo nada, si estoy muy cansada y tengo la espalda hecha
polvo”. Sin embargo, también escuchaba su propia voz diciendo: “Fundadora
porque es la única forma de que tus hijas desarrollen una verdadera vida
religiosa; porque ante el sagrario has dicho muchas veces que por ellas
entregarías la vida; porque solo deseas dar gusto a Dios…”.
Aquel era un plan
trascendental que englobaba su destino y el de las otras once hermanas de las
comunidades de Tortosa, por eso las había mantenido informadas en todo momento
del objetivo de su viaje a Reus, y por eso –temblando por dentro y sonriendo
por fuera- las reunió al llegar. Era muy importante que todas manifestaron
sinceramente su opinión. Se encomendaron a Nuestra Señora de la cinta, patrona
de la ciudad, y dedicaron varias vigilias a la meditación en silencio y a orar
con intenso fervor. Luego, una a una, expresaron su voluntad. Y fue un clamor:
hacia delante. Decidieron redactar un informe dirigido al vicario capitular de
la diócesis de Tortosa, don Ángelo Sancho, que todas firmaron. En él
solicitaban la gracia de ser admitidas bajo la dirección y obediencia de la
autoridad eclesiástica diocesana. Era sábado 14 de marzo de 1857.
Sabían que don
Ángelo daría su visto bueno porque él mismo las había orientado sobre la forma
de redactar la solicitud, y había sido uno de los consejeros de maría Rosa
antes de su viaje a Reus. Él les encomendó que escribieran también al alcalde –su
casero, al ser de propiedad municipal tanto la Casa De Misericordia como el hospital
y el colegio- para garantizarle que la nueva situación eclesiástica no afectaría
en nada a su trabajo y solicitar que se les transfiriera el contrato firmado
con la corporación de Reus. Así lo hicieron.
“Ni recibimos
coacciones para tomar aquella decisión, ni tuvimos dudas una vez tomada. No fue
un momento de incertidumbre sino de inmensa esperanza. Las doce nos sentimos
más hermanas que nunca. El Señor nos proporcionaba la consolación que
anhelábamos durante los años de nuestra orfandad. No uníamos por fin a la
Iglesia y de nosotras brotaba un nuevo carisma”.
El 6 de abril
recibieron la carta que contenía la respuesta del vicario. Ella esperó al final
del Día para que pudieran leerla todas juntas, al concluir sus obligaciones.
Oraron primero en la capilla y pidieron al Señor que supiesen aceptar Su
Voluntad, fuese cual fuese. Después abrieron el sello episcopal y leyeron:
Tortosa, 6 de abril de 1857
En vita de la
solicitud dirigida por VV. a este gobierno eclesiástico y razones expuestas en
la misma…
Tomamos a las
hermanas firmantes y demás que con el tiempo pudieran agregárseles, bajo nuestra
obediencia, protección y dirección en lo espiritual, como lo solicitan.
Este Gobernador
eclesiástico, al paso que experimenta un verdadero placer en reconocerlas como
parte especial de la grey del Señor que interinamente le está confiada, lo
tienen también en persuadirse de que perseverarán en el laudable celo con que desempeñan
los deberes de caridad que se han impuesto.
Lo que comunico a
VV. para su satisfacción y conocimiento. Dios guarde a ustedes muchos años.
El Vicario Capitular Gobernador Eclesiástico
S. V. Ángelo Sancho
María Rosa Molas, Ángela Sanfeliu, Francisca Ferré, María
Antonia Capdevila, María Castells, Teresa Secall, Rafaela Canals, María Teresa
Bartolomé, Josefa Salvadó, Josefa Solá, Carmen orial y Catalina Pereta.
Aquellos eran los nombre de las destinatarias.
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