12. XI estación JeESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ - Del Evangelio según san Juan (19,17-19) Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota». Allí lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. Pilato redactó una inscripción que decía: «Jesús el Nazareno, rey de los judíos», y la hizo poner sobre la cruz. De los escritos de san Francisco de Asís (Cántico de las criaturas 23-26: FF 263) Loado seas, mi Señor, / por los que perdonan por tu amor, / y sufren enfermedad y tribulación. / Bienaventurados aquellos que las soporten en paz, / porque por ti, Altísimo, coronados serán. Clavado en la cruz como un malhechor, pero con un título que revela tu realeza, oh Jesús, tú nos muestras cuál es el auténtico poder. No es el de quien considera que puede disponer de la vida de los demás al causar la muerte, sino el de quien realmente puede vencer la muerte dando la vida y puede dar la vida incluso aceptando la muerte. Tú manifiestas que el verdadero poder no es el de quien usa la fuerza y la violencia para imponerse, sino el de quien es capaz de cargar sobre sí el mal de la humanidad —el nuestro, el mío—; y anularlo con la fuerza del amor que se manifiesta en el perdón. Tú eres Rey y reinas desde la cruz; no te sirves del poder aparente de los ejércitos, sino de la aparente impotencia del amor, que se deja clavar. Tú eres Rey y tu cruz se convierte en el eje en torno al cual giran la historia y todo el universo, para no caer en el infierno de la incapacidad de amar. Tú, Rey crucificado, nos recuerdas que, si queremos ser partícipes de tu realeza, también nosotros debemos aprender a perdonar por amor a ti y afrontar en paz las dificultades de la vida, porque lo que vence no es el amor por la fuerza, sino la fuerza del amor.