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11. X estación JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS - Del Evangelio según san Juan (19,23-24) Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí: «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca». Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados. De los escritos de san Francisco de Asís (Carta a toda la Orden, 28-29: FF 221) Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones; humillaos también vosotros para que seáis ensalzados por él. Por consiguiente, nada de vosotros retengáis para vosotros, a fin de que os reciba todo enteros el que se os ofrece todo entero. Tú mismo, Jesús, habías decidido despojarte de la gloria divina para revestirte de «la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad» (S. Francisco, Carta a los fieles II,4: FF 181). Y ahora te arrancan tus vestiduras, en el cruel intento de humillarte y despojarte también de tu dignidad humana. Es una tentativa que también se repite continuamente en nuestros días. Lo hacen los regímenes autoritarios, cuando obligan a los prisioneros a permanecer semidesnudos en una celda vacía o en un patio. Lo hacen los torturadores que no se limitan a quitar las vestiduras, sino que arrancan también la piel y la carne. Lo hacen aquellos que autorizan y utilizan formas de inspección y control que no respetan la dignidad de la persona. Lo hacen los violadores y los abusadores que tratan a las víctimas como objetos. Lo hace la industria del espectáculo, cuando ostenta la desnudez para obtener algún espectador más. Lo hace el mundo de la información, cuando expolian a las personas ante la opinión pública. Y a veces lo hacemos también nosotros, con nuestra curiosidad que no respeta ni el pudor, ni la intimidad, ni la privacidad de los demás. Recuérdanos, Señor, que, cuando no reconocemos la dignidad de los demás, ofuscamos la nuestra, y cada vez que aprobamos o tenemos un comportamiento inhumano hacia cualquier persona, nosotros mismos nos volvemos menos humanos.