9. VIII estación JESÚS SE ENCUENTRA CON LAS MUJERES DE JERUSALÉN - Del Evangelio según san Lucas (23,27-31) Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: “¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron!”. Entonces se dirá a las montañas: “¡Caigan sobre nosotros!”, y a los cerros: “¡Sepúltennos!”. Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?». De los escritos de san Francisco de Asís (Exposición del Padrenuestro 5: FF 270) Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: para que te amemos con todo el corazón, pensando siempre en ti; con toda el alma, deseándote siempre a ti; con toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti, buscando en todo tu honor; y con todas nuestras fuerzas, gastando todas nuestras fuerzas y los sentidos del alma y del cuerpo en servicio de tu amor y no en otra cosa; y para que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, atrayéndolos a todos a tu amor según nuestras fuerzas, alegrándonos del bien de los otros como del nuestro y compadeciéndolos en sus males y no dando a nadie ocasión alguna de tropiezo. Jesús, las mujeres siempre te siguieron y ayudaron, desde el comienzo de tu predicación. Continúan haciéndolo ahora, permaneciendo también al pie de la cruz. Donde hay un sufrimiento o necesidad, allí están las mujeres: en los hospitales y en las casas de ancianos, en las comunidades terapéuticas y de acogida, en las casas hogar con los menores más frágiles, en los lugares más remotos de la misión para abrir escuelas y centros de salud, y en las zonas de guerra y conflicto para socorrer a los heridos y consolar a los supervivientes. Las mujeres te tomaron en serio, tomaron en serio también estas duras palabras tuyas. Desde hace siglos lloran por ellas y por sus hijos; detenidos y encarcelados durante una manifestación, deportados por políticas carentes de compasión, naufragados en desesperados viajes de esperanza, aniquilados en zonas de guerra, suprimidos en campos de exterminio. Las mujeres siguen llorando. Concédenos también a cada uno de nosotros, Señor, un corazón compasivo, un corazón maternal, y la capacidad de sentir como nuestro el sufrimiento de los demás. Sigue concediéndonos lágrimas, Señor, para no disipar nuestra conciencia en las tinieblas de la indiferencia, para continuar siendo humanos.