9. Existen otros pequeños detalles que, para quienes estamos familiarizados con su figura, tenemos normalizados pero que fueron excepcionales en la época. Primero, la valorización positiva que merece para sus alumnas y la impronta que su persona deja en ellas. Esto es, si bien la forma de vida de las hermanas debió resultar atractiva para muchas adolescentes, era contracultural porque, lejos de estar relegadas al hogar, formaban parte activa de la esfera pública y porque en momentos complicados mantuvieron un arduo pulso con la administración. – Segundo, sorprende la profunda admiración que le profesa el obispo Villamitjana y el mismo Sebastián León, quien, por iniciativa propia, recoge los testimonios de hermanas y laicos y escribe su biografía (1891). Gracias a ello conservamos el escrito de un testigo presencial que, no solo la conoce hondamente, sino que también, como Villamitjana, la secunda. Además, el hecho de contar con otras dos biografías, relativamente tempranas, como la de Juan Corominas (1907) y Atanasio Sinués (1934), habla de su gran impacto. – Leyendo algunos escritos, da la sensación de que es ella quien lleva la iniciativa y más bien, ellos la dejan hacer convencidos de su buen criterio, que secundan y facilitan. Esto es, el obispo Villamitjana y Sebastián León, junto con otros párrocos y benefactores, se suman a esta red de caridad y son suficientemente humildes para reconocer la grandeza de este espíritu sin sentirse intimidados por ello, ni amenazados en su autoridad como prelados.