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3. II estación JESÚS CARGA CON LA CRUZ - Del Evangelio según san Juan (19,14-17) Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos: «Aquí tienen a su rey». Ellos vociferaban: «¡Que muera! ¡Que muera! ¡Crucifícalo!». Pilato les dijo: «¿Voy a crucificar a su rey?». Los sumos sacerdotes respondieron: «No tenemos otro rey que el César». Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucifiquen, y ellos se lo llevaron. Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota». De los escritos de san Francisco de Asís (Admoniciones V, 7-8: FF 154) Aunque fueses el más hermoso y rico de todos y aunque hicieses tales maravillas que pusieses en fuga a los demonios, todo eso te es perjudicial, y nada te pertenece y de nada de eso puedes gloriarte. En esto nos podemos gloriar: en nuestras enfermedades y en cargar diariamente la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo. La palabra “cruz” produce en nosotros una reacción de rechazo, más que de deseo. Es más fácil que surja en nosotros la tentación de huir de ella, antes que el anhelo de abrazarla. Jesús, estoy seguro de que también fue así cuando te cargaron la cruz sobre los hombros. De hecho, en Getsemaní habías pedido al Padre que alejara de ti ese cáliz, aun queriendo con todo tu ser cumplir su voluntad. La cruz era el suplicio más terrible y doloroso, reservado a los esclavos, a los criminales irrecuperables y a los maldecidos por Dios. Y, sin embargo, la abrazaste y la llevaste sobre tus hombros, y después te dejaste llevar por ella. No porque fuera bella o atrayente, sino por amor a nosotros. Levantando su carga pesada, sabías que quitabas de nosotros el peso del mal que nos aplasta y cargabas con el pecado que arruina nuestra existencia. Abrazando la cruz y cargándola sobre tus hombros, abrazabas nuestra fragilidad y te hacías cargo de nuestra humanidad. Cargabas sobre ti nuestras esclavitudes, nuestros crímenes e incluso nuestra maldición. Líbranos, Jesús, del miedo a la cruz. Concédenos la gracia de seguirte por tu mismo camino y de no tener otra gloria más que la de tu cruz.