ÉL «SUBIÓ A ORAR, PERO NO QUISO ROGAR A DIOS, SINO A LABARSE A SÍ MISMO» (S. Agustín), sintiéndose mejor que el otro, juzgándolo con desprecio y mirándolo con desdén. Está obsesionado con su ego y, de ese modo, termina por girar en torno a sí mismo sin tener una relación ni con Dios ni con los demás. (Papa León XIV)