4. Esta experiencia de encontrarnos cara a cara nos conduce hasta el corazón del gran misterio de la encarnación. Podemos ver a Dios y vivir. Cuanto más fijamos nuestros ojos en los ojos de Jesús, tanto más conscientes somos de que estamos viendo los ojos de Dios. ¿Acaso hay en el corazón del hombre un deseo mayor que el de ver a Dios? Con el apóstol Felipe, nuestros corazones, también exclaman: "Señor, muéstranos al Padre, y nos basta"; y el Señor contesta: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿No crees que yo estoy con el Padre y que el Padre está en mí?" (Jn 14,8-10). - LOS OJOS DE CRISTO, La belleza del Señor pp 55, 68- 71, Henri Nouwen - DIOS CON NOSOTROS - (Ejercicios espirituales en la vida ordinaria 2026)