2. Que el Señor sea uno no es una cuestión de números, tampoco según el texto debe desembocar en una confesión doctrinal, sino que debe erigirse como una realidad que el corazón tiene que vivir con todas tus fuerzas, con todas tus ganas, con todo su empeño, ya que en él deben quedar cinceladas estas palabras. El mandamiento, por tanto, no se reduce a profesar un credo ni una declaración de intenciones, sino amar a Dios. Y, para ello, todas las fuerzas afectivas deben centrarse, concentrarse e implicarse en esta labor. Este amor reclama no solo que el corazón, el alma y fuerzas se junten e integren, pide también la totalidad de todas ellas: todo el corazón, toda el alma, todas las fuerzas.