30/6/26

5. A Moisés le pasó algo semejante. Al salir de su entorno palaciego ve la realidad de maltrato a los hebreos. Ser testigo de esta acción le hará salir para nunca más volver. Es más, no solo sale, sino que su misión será la de hacer salir, la de sacar de la esclavitud y conducir a una tierra de libertad. Por este motivo, vivir en la periferia existencial ha de estar conectado con una experiencia liminal de Dios. Con la vivencia de una religión no domesticada y cómoda, basada en prácticas y no en un estar expuesto a la relación, que, en el fondo, es la mayor intemperie existencial, pues es cruzar las fronteras de uno mismo y de su ego para salir al encuentro del otro y, con ello, de los cortos horizontes de la autoreferencialidad. – Exponerse no es sinónimo de ser temerario sino de no temer a la relación y con ello asomarse a la zarza ardiendo de un sufrimiento que, mientras exista el mundo, no se consume ni acaba. Y asomándose a mirar este extraño fenómeno (Éx 3), quedar expuestos a ser mirados y enviados a estos u otros “cualesquiera necesitados” (RC I,1). La relación es el lugar de mayor intemperie. Pero es lo único que cura y saca el dolor. A veces paradójicamente nos ocultamos en el hacer, y este en vez de lugar de relación puede convertirse simplemente en un trabajo. Nos protegemos así del miedo que nos da exponernos al otro y conocer su situación, del dinamismo e intensidad que desata en nosotros al asomarnos a las zarzas ardientes de un mundo que no se agotan. Es más, a veces se reavivan. Pero solo cuando el dolor del oro se tatúa en nuestra piel comienza la profecía de consolar.


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SALIR PARA NUNCA MÁS VOLVER