9, Sin embargo, esta relación de mutua confianza puede paralizarse por el miedo. El ser humano puede negarse a vivir del Espíritu de Dios, o bien, puede “enlatar” su aliento. Es decir, no devolverlo. De esta manera la vida de Dios se necrosa. Este último suele ser el peligro del creyente, encerrar en una serie de normas o prescripciones la inmensa vida de Dios o convertirse en el origen de su bondad entrando en la fatídica relación de compraventa donde “tú tienes que ser bueno, si yo soy bueno”. Lo cual es otra versión de apresar el fruto de Génesis, domesticar la relación y erigirse en el origen. Porque “si tú tienes que ser bueno porque yo soy bueno”, en el fondo yo me constituyo en el origen de su bondad. Como se presenta en aquel famoso diálogo con Nicodemo, nacer de nuevo siendo viejo es nacer del espíritu. Sabes de dónde viene, pero no adónde te llevará (cf. Jn 3,1-21). Porque relacionarse es una aventura que no controlas, un desafío constante. Por eso, nos vamos haciendo en relación.