8. Otro momento emblemático que refleja lo que tuvo que suponer “dejarse crear” es la separación de la corporación de Reus. Imagino que debió ser parecido a lo que narra Jer 18. El vértigo de estar sobre un torno sintiendo las manos trabajadoras del alfarero, pero también con la ruptura en el corazón de que se ha estropeado el cacharro. Y, aun en la confianza de estar en buenas manos, sin la perspectiva de ver todavía emerger el nuevo jarrón. Desconocemos el doloroso proceso, pero incluso cuando ellas tomaron unánimemente la decisión y sentían que hacían lo correcto, no tenían ninguna garantía de que saliese bien. Era soltarse de manos, romper afectivamente con su origen. Por eso, el mismo posicionamiento fruto del discernimiento y de verlo claro tuvo que ser en muchas ocasiones taller donde fueron trabajados sus miedos, frustraciones, deseos, expectativas, la fraternidad compartida, el proyecto evangélico que soñaban. - Por último, las convulsas circunstancias a partir de la Septembrina (1868) marcan otro hito al respecto. Nuestra lectura es retrospectiva y puede difuminar la tensión del momento. Plantarse a la autoridad pública como en ocasiones hicieron, les podía haber costado la vida o la integridad física, podía haber acarreado la pérdida de las obras y el haberlas hecho padecer. Es más, en algunos momentos tuvo que ser muy complejo decidir si quedarse o abandonar, si resistir o abrir otra casa. En ocasiones las insultaron, como en Ulldecona, las echaron de la obra como en Vinaroz, pasaron hambre en la Casa de Misericordia. Por una parte, no dejar abandonados a los destinatarios. Por otro lado, la responsabilidad sobre la vida de las hermanas. Dilemas que tuvieron que ser duros de afrontar y de discernir y decidir con acierto.