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3. A) Consolar, poner en relación – La definición ignaciana de consolación es una de las que más se aproxima a lo que entiende la Escritura por consolar. Así, en los Ejercicios, Ignacio no lo equipara a una emoción sino con un estado teologal que tiene que ver con el incremento de la fe, la esperanza y la caridad. Es decir, estar consolado es estar y permanecer en esa relación con Dios profundamente creadora cuyo efecto inmediato es producir un incremento de vida teologal. Si la acción pasiva (estar consolado) se define según esta pauta, la activa (consolar) es equivalente a poner o a introducir a uno en esa relación. – El libro de la consolación de Isaías (Isaías 40-55) es donde mejor se observa esta cuestión, pues el imperativo del inicio –consolad, consolad a mi pueblo (Is 40,1)-, en realidad se cumple al final de esta sección (cf. Is 54-55) y consiste en haber restablecido la alianza rota en el exilio. La relación estaba acabada. Es más, se llega a describir incluso como un divorcio (cf. Is 50,2), que, finalmente, el perdón logra reconstruir. Pues, aunque Israel ofendido por el silencio de Dios ya no quiere volver y se muestra escéptico (cf. Is 40,27), Dios no se da por vencido y la reconquista con su amor. En convencerles, tiene mucho que ver la figura de un siervo que termina muriendo por este cometido. Esto es, por hacerles entender que Dios los busca y quiere que entren en la fiesta. Por eso, el cuarto canto (cf. Is 52,13-53,12) se considera la puerta de acceso a la consolación. Pues bien, es como si al verle morir salieran de su dureza. Algo parecido a lo que sucede tras el deseo de Jesús, cuando el centurión reconoce: “verdaderamente este era el Hijo de Dios” (Mc 15-38).

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¡CONCOLAD! DIOS LOS BUSCA Y QUIERE QUE ENTREN EN LA FIESTA