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2. Sin embargo, cuando se estudia la acepción de estos verbos tanto en la Biblia como en la literatura del Medio Oriente Antiguo el sentido que tienen es el de “desarrollar vocacionalmente al otro”. Y esta acepción guarda estrecha conexión con el significado de consolar, pues si consolar es poner el aliento del corazón, es respirar fuerte, es hacer aquello que Dios hizo en Génesis, se trata de empoderar al hermano para que llegue a ser lo que está llamado a ser según el sueño de Dios. – Es decir, la cooperación no es una gestión autónoma, sino delegada y, como indica la Regla Común de la Hermanas de la Consolación, no se puede perder de vista que “siervos inútiles somos, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10). O lo que es lo mismo, “siendo muy dichosas en su muerte de haber conducido un alma al cielo, y de haber consolado al afligido, educado e instruído secundando la misión sobre la tierra de nuestro dulcísimo Redentor” (RC I,1). Nuestra recompensa es haber podido cooperar, pero a veces nos tomamos por nuestra cuenta la remuneración que creemos que nos merecemos o, peor aún, como aquellos viñadores homicidas nos adueñamos de la viña, llegando hasta excluir al señor (cf. Mc 12,1-12).

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LA COOPERACIÓN NO ES UNA GESTIÓN AUTÓNOMA, SINO DELEGADA