5. Pues bien, al igual que en tiempos de Jesús podemos estar enredados en discusiones sobre dónde y cómo tenemos que estar y quiénes deberían ser nuestros destinatarios, evitando o nublando que la projimidad no es una condición del otro sino nuestra. Como se infiere de los documentos, estos nuevos monasterios que son los establecimientos de los pobres son considerados por los coetáneos de María rosa como el hábitat natural de las religiosas, pues dotan al servicio asistencial que se venía realizando de un plus de consuelo, tal como convienen a esta humanidad doliente. Y no solo por lo que se hace sino porque su presencia es ya transformadora. – La “aproximación”, irse a vivir con ellos, es la forma más profunda de consolar, porque no se trata de hacer cosas, sino de crear relación, que es, en definitiva, lo que consuela. Transfiriéndose a sus hábitats, comparten desde abajo y desde dentro su historia, pues la solidaridad no es en ellas un acto puntual ni coyuntural, sino una forma de vivir, de comprenderse y de habitar que es compartir sus condiciones de vida, quedar tocadas y enfermar por su dolor para precisamente, curar mediante la relación, que es el único servicio que dignifica y no humilla. Haciéndose iguales les hicieron sentir sus hermanos. Y este es el principio que hace posible una fraternidad universal.