10. Por tanto, consolar tiene que ver con vivir con ellos, pero permanecer en el servicio intentando que no falte el más mínimo detalle, abriendo su dolor a la dimensión trascendente, no cansándose de soportar su mal humor o trato y no respondiéndoles con la misma violencia sino todo lo contrario, desactivándosela, aunque sea a costa de guisar nueve veces un huevo, tantas como te lo tiren. Preocuparse por ellos como si fueran sus madres y, por eso, intentando dar lo que reclaman exceptuando lo que le es nocivo. Porque detrás de tantas exigencias y demandas lo único que realmente se mendiga es el cariño. Emocionarse por ellos y llorar con su dolor. Dejarse tatuar por sus heridas. Solo así se desatará la profecía: consolad, consolad a mi pueblo. En esta línea se expresa Darío Mollá en su precioso libro sobre la espiritualidad de la acción social: – En efecto las intervenciones delicadas requieren instrumentos preciosos, de calidad, y manos expertas en su manejo. Cuanto más débil es la persona o la realidad sobre la que queremos intervenir más cuidado hemos de poner y mejores instrumentos hemos de utilizar: porque si nos equivocamos, o intervenimos mal, podemos hacer mucho daño y un daño más irreparable cuanto mayor es la fragilidad de las personas a las que nos acercamos. Por ello, humana y evangélicamente, para los pobres ha de ser lo mejor, lo de más calidad… El instrumento más decisivo en cualquier intervención social es la persona que interviene, y por ello hay que procurar en quienes hacen acción social el máximo de calidad personal.