LA VOZ DE LOS PAPAS - Los sarmientos están unidos a la vid y de ella toman su alimento, para poder dar fruto. Del mismo modo, los discípulos están unidos al Señor y, gracias a esta unión existencial, pueden actuar espiritualmente y dar fruto: "Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí" (Jn 15, 4). Los sarmientos no tienen vida propia: viven sólo si permanecen unidos a la vid donde han brotado. Su vida se identifica con la de la vid. La misma savia circula entre la vid y los sarmientos; ambos dan el mismo fruto. Entre ellos existe, por consiguiente, un vínculo indisoluble, que simboliza muy bien el que existe entre Jesús y sus discípulos: "Permaneced en mí, como yo en vosotros" (Jn 15, 4). Si todos los sarmientos tienen en común con la vid la misma savia, también están unidos entre sí por una comunión recíproca. De esta comunión de vida brota la exigencia de la comunión en el amor: "que os améis los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15, 12). Se trata de un amor fuerte, que no conoce limitaciones ni confines, y que Jesús pone en relación con su muerte, sufrida para redimir a sus amigos, los discípulos que han creído en Él: "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13). (Juan Pablo II - Audiencia general, 25 de enero de 1995)