8. Tener a Dios como absoluto y vivirlo como verdad última se convierte en una relación creativa en la que se va forjando una recia espiritualidad social capaz de soportar los envites y las presiones externas e internas y es, en última instancia, garantía de mantenerse insobornables y férreamente anclados en los valores evangélicos y en la construcción del Reino.