3. En esa “analogía de rostros” –esto es, de poner a Dios una cara porque el ser humano no lo ha visto nunca-, Jesús se muestra como el rostro del Padre, pero también en varias ocasiones su rostro se identifica con el de los más pequeños: “quien acoja a uno de estos niños, me acoge a mí” (Mt 18,5); “Os aseguro que lo que hayáis hecho a uno de estos mis hermanos más pequeños a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). ¿Por qué esta tendencia hacia lo más pobre y desvalido? ¿Acaso Dios no se revela a todo ser humano? – Así como sucede en la Regla Común que insta a servir a Dios “en la persona del pobre, enfermos, niños, encarcelados y otros cualesquiera necesitados”, también en la Escritura se halla la conciencia de que todo ser humano es “imagen y semejanza de Dios, pero guarda especial predilección por lo pobre, lo débil, lo deformado. ¿Por qué? Porque en el pobre se expresa la verdad más desnuda del ser humano. Esto es, el hombre sin adornos, el hombre por lo que es, sin más atavíos ni ornamentos que su realidad desnuda. El ser humano en su más pura dignidad.