4/7/26

10. Vivir expuestas a Dios y al hermano adentra en un camino de seguimiento sin marcha atrás por el que se es conducido, como Pedro, incluso allí donde humanamente se rechaza ir, porque se tiene miedo a morir (cf. Jn 21,18). Él promete que seremos llevados, porque al final es gracia. De nuestra parte basta con profesar el amor. En los últimos ejercicios de Monseñor Romero, expresa al jesuita Azcue que teme una muerte violenta. Algo así pasa en Getsemaní. La relación con Dios, lejos de inmunizar del miedo, hace plenamente conscientes de las consecuencias que puede acarrear el compromiso social. La oración de Jesús es una tremenda lucha donde el hágase tu voluntad tiene el sentido de dejarse crear por el sueño de Dios. La aparente “pasividad” de la oración es un lugar de tremenda actividad en la que se decide lo más crucial, la aceptación libre. Este amor insobornable a Dios no quita el miedo, pero, como al profeta Jeremías (f. Jer 1,17-19), Dios promete que nuestro cuerpo y nuestra psique resistirán las acometidas sin romperse, que no es igual a no morir.

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ESTE AMOR INSOBORNABLE A DIOS NO QUITA EL MIEDO