11/4/26

2. “Hermanos y hermanas, quienes oran son conscientes de sus limitaciones; no matan ni amenazan con la muerte. En cambio, quienes le dan la espalda al Dios vivo son esclavos de la muerte, convirtiendo su ser y su poder en un ídolo mudo, ciego y sordo al que sacrifican todo valor y exigen que el mundo entero se arrodille”. Arrodillarse para encontrar, en la oración, «una pizca de fe» y no rendirse ante el aparente «destino ya escrito»: el de tumbas que ya no bastan para contener cuerpos aniquilados «sin derecho y sin piedad». Exigir, en cambio, que se arrodillen los demás, cegados por el «delirio de omnipotencia», por la banalización del mal y por los beneficios injustos, hasta el punto de arrastrar «incluso en los discursos sobre la muerte el Santo Nombre de Dios». Así se perfila, impetuosa y conmovedora, la reflexión del Papa León XIV al término del Rosario por la paz de hoy, 11 de abril, en el crepúsculo de la plaza de San Pedro, que asume la representación coreográfica de la lucha entre la oscuridad «de esta hora dramática de la historia», en cuyo banco se evocan las «responsabilidades ineludibles de los gobernantes de las naciones» y las de aquellas mesas en las que «se planifica el rearme y se deliberan acciones de muerte», y la luz del Reino de Dios, que rompe la «cadena demoníaca del mal», entrelazada de drones y venganzas. Con una certeza, «gratuita, universal y rompedora», sobre quién tendrá la última palabra: ¡¡Somos un pueblo que ya resucita!!